Jerusalén, 5 de abril del año 33.- Al amanecer del primer día de la semana, sólo dos días después de la crucifixión de Jesús de Nazaret ocurrida el viernes 3 de abril a las tres de la tarde, varias mujeres se acercaron al sepulcro excavado en la roca, ubicado cerca del Gólgota, con el propósito de ungir el cuerpo del maestro fallecido.
Según los relatos de los testigos recogidos en los Evangelios, encontraron la pesada piedra que sellaba la entrada removida y la tumba vacía. Un ángel de apariencia deslumbrante les anunció: “No está aquí; ha resucitado, como había dicho”. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé. Llenas de temor y alegría, corrieron a informar a los discípulos.
Pedro y Juan acudieron de inmediato al lugar y constataron que solo quedaban las vendas de lino y el sudario, cuidadosamente doblado. Poco después, el propio Jesús resucitado se apareció primero a María Magdalena cerca del sepulcro, quien al reconocerlo exclamó “¡Raboni!” (Maestro mío). Esa misma tarde se manifestó a dos discípulos en el camino a Emaús, explicándoles las Escrituras, y al anochecer, en una casa de Jerusalén con las puertas cerradas por miedo a las autoridades, se presentó ante los once apóstoles (excepto Tomás), mostrándoles las heridas de las manos y el costado con las palabras “Paz a vosotros”.
Estos hechos ocurrieron en un contexto de gran tensión en la Ciudad Santa. Jerusalén estaba repleta de miles de peregrinos judíos que habían llegado para celebrar la Pascua bajo el dominio romano de Poncio Pilato, prefecto de Judea desde el año 26. La crucifixión de Jesús, vista por los líderes del Sanedrín como una amenaza a su autoridad religiosa y al orden público, había generado inquietud entre los sumos sacerdotes y fariseos. Temerosos de que los discípulos robaran el cuerpo y proclamaran una resurrección, habían solicitado a Pilato que sellara el sepulcro y colocara una guardia romana.
Tras conocerse la noticia del sepulcro vacío, las reacciones fueron inmediatas y contrapuestas. Los guardias romanos, aterrorizados por lo sucedido, informaron a los principales sacerdotes, quienes, según los relatos, sobornaron a los soldados para que difundieran la versión de que los discípulos habían robado el cuerpo mientras dormían. Esta explicación se propagó rápidamente entre los líderes religiosos y parte de la población judía, generando escepticismo y hostilidad hacia los seguidores de Jesús.
Por otro lado, entre los discípulos y las mujeres que fueron testigos, el acontecimiento provocó un profundo cambio: del miedo y la dispersión posterior a la crucifixión pasaron a una convicción inquebrantable. Aquel mismo domingo, la fe en la resurrección comenzó a consolidarse como el centro del mensaje que pronto empezarían a proclamar.
En Judea, bajo el emperador Tiberio en Roma, estos eventos extraordinarios ocurrieron en medio de un clima de opresión romana y divisiones internas entre los judíos. Lo que para las autoridades parecía el fin definitivo de un perturbador movimiento galileo, se convirtió, según los primeros cristianos, en la victoria sobre la muerte y el inicio de una nueva era.
Los testimonios coinciden en lo esencial: el sepulcro vacío, las apariciones y el mandato de anunciar el Evangelio.