Jerusalén, año 33 d.C. – Tras la crucifixión de Jesús de Nazaret el viernes, la ciudad vive hoy un día de aparente calma tensa, marcado por el reposo sabático y el duelo de sus seguidores.
Según las costumbres judías, el sábado es día de descanso absoluto. Ningún trabajo se realiza, los mercados permanecen cerrados y las calles muestran una quietud poco habitual tras los tumultos del día anterior. El cuerpo de Jesús, crucificado en el Gólgota alrededor de la hora nona del viernes, fue descendido de la cruz antes del anochecer por José de Arimatea y Nicodemo, quienes lo envolvieron en una sábana limpia y lo depositaron en un sepulcro nuevo excavado en la roca, cercano al lugar de la ejecución.
Una gran piedra fue rodada para cerrar la entrada de la tumba. Las autoridades religiosas, temerosas de que los discípulos pudieran robar el cuerpo y simular una resurrección, solicitaron a Poncio Pilato que se colocara una guardia romana frente al sepulcro. El prefecto romano accedió y, además, ordenó sellar la piedra con el sello oficial.
Mientras tanto, los seguidores de Jesús permanecen ocultos. Las mujeres que lo acompañaron hasta la cruz —María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé— preparan aromas y perfumes para ungir el cuerpo una vez pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana. Sin embargo, por el riguroso descanso sabático, deben aguardar.
En las sinagogas y en los hogares, el pueblo judío observa el sábado con oraciones y lecturas de la Torá, ajeno en su mayoría al significado profundo que este día adquiere para el reducido grupo de galileos que creían en el maestro nazareno.
La ciudad, aún conmocionada por los acontecimientos del viernes —la oscuridad que cubrió la tierra desde la hora sexta hasta la nona, el velo del Templo rasgado de arriba abajo y el terremoto que abrió algunas tumbas—, parece ahora envuelta en un silencio expectante.
Para los discípulos, este Sábado de Gloria representa el momento más oscuro: su maestro yace muerto, sus esperanzas parecen sepultadas con él y el miedo a las represalias de las autoridades los mantiene escondidos. Nadie imagina aún lo que ocurrirá al romper el alba del domingo.
Este día de reposo forzoso, cargado de incertidumbre y dolor, se convertirá con el tiempo en el umbral entre la muerte y la vida nueva que los cristianos celebrarán como Sábado Santo o Sábado de Gloria.
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