El pueblo romaní, conocido históricamente como gitano, es una de las naciones más antiguas del mundo en movimiento. Originario del norte de la India, inició su gran migración hace más de mil años (alrededor del siglo IX-X d.C.), recorriendo Asia Central, el Imperio Bizantino y llegando a Europa Occidental hacia el siglo XIV.
Durante más de un milenio ha sido una nación errante que, sin un Estado propio, ha conservado su lengua, sus tradiciones y su identidad a pesar de las persecuciones, expulsiones y discriminaciones sufridas en casi todos los territorios que ha habitado. Sin embargo, durante siglos su identidad ha sido construida desde fuera: primero como “extranjeros peligrosos”, después como “nómadas exóticos” y, en el siglo XX, como víctimas sistemáticas de esclavitud, deportaciones y genocidio.
Frente a esta larga historia de estigmatización, la reivindicación de la identidad romaní representa hoy un movimiento global de autoafirmación cultural, política y social que busca pasar de la victimización a la agencia plena.
En el Primer Congreso Mundial en Inglaterra, el 8 de abril de 1971.
El Primer Congreso Mundial Romaní
El punto de inflexión simbólico de esta reivindicación ocurrió precisamente el 8 de abril de 1971, durante el Primer Congreso Mundial Romaní celebrado en Chelsfield, Inglaterra. Allí, por primera vez, delegados de distintos países se reunieron bajo una misma bandera: la que hoy es oficial del pueblo romaní (azul y verde con una rueda de carro roja en el centro).
Adoptaron también el himno “Gelem, Gelem” y eligieron el término “Romaní” (que significa “persona” o “humano” en su propia lengua) como autodenominación preferente. Ese congreso marcó el nacimiento del activismo romaní contemporáneo y, desde 1990, el 8 de abril se celebra como Día Internacional del Pueblo Gitano.
La reivindicación romaní tiene varias dimensiones. La primera es lingüística y cultural. Durante siglos, la lengua romaní fue prohibida o despreciada en muchos países. Hoy, activistas y académicos impulsan su enseñanza, su normalización y su reconocimiento oficial en varios Estados europeos. Paralelamente, se revalorizan tradiciones como la música (flamenco en España, manele en Rumania, jazz manouche en Francia), la danza, la orfebrería y las artesanías, no como folklore folclórico, sino como expresiones vivas de una cultura milenaria.
Artistas romaníes contemporáneos como Esma Redžepova, Django Reinhardt (en su legado), o la cantante española Amparo Sánchez, han convertido su herencia en una herramienta de empoderamiento y orgullo.
La bandera romaní.
La lucha por los derechos humanos y contra el antigitismo
La segunda dimensión es política y de derechos humanos. El movimiento romaní lucha contra el “antigitismo” (el racismo específico contra este pueblo), que sigue manifestándose en segregación escolar, desalojos forzosos, esterilizaciones forzadas y discursos políticos xenófobos. Organizaciones como la Unión Internacional Romaní (IRU), la Federación de Asociaciones Gitanas de España (FAKALI) o la Red Europea de Lucha contra el Racismo han logrado que la Unión Europea reconozca al pueblo romaní como minoría étnica y destine fondos específicos para inclusión.
En países como España, donde la comunidad gitano-española es la más numerosa de Europa Occidental, se han creado planes nacionales de desarrollo gitano que incluyen participación romaní en su diseño.
Memoria histórica y el reconocimiento del Porrajmos
La tercera dimensión es histórica y memorial. Uno de los mayores logros de la reivindicación ha sido la visibilización del Porrajmos (el “devoramiento” o genocidio romaní durante el Holocausto nazi), en el que murieron entre 200,000 y 500,000 romaníes. Durante décadas este crimen fue silenciado o minimizado; hoy se conmemora oficialmente en muchos países y se exige que forme parte de los programas educativos sobre la Shoah. Reivindicar la memoria es, para los romaníes, recuperar su lugar como sujetos históricos y no sólo como víctimas.
Sin embargo, la reivindicación no está exenta de desafíos internos. Existe un debate entre quienes defienden una identidad más tradicional (con énfasis en la familia, las costumbres y la endogamia) y quienes promueven una visión más moderna, inclusiva y feminista. Además, la diversidad dentro del propio pueblo —kalé en España, sinti en Alemania, roma en los Balcanes, romanichal en Inglaterra— obliga a hablar de “identidades romaníes” en plural, respetando las diferencias sin perder la unidad política.
La reivindicación romaní en América Latina
En América Latina, donde la presencia romaní es menor pero significativa (especialmente en México, Argentina, Brasil y Chile), la reivindicación adopta formas propias: se lucha contra la invisibilidad estadística y se reivindica la contribución cultural romaní a la música popular y al comercio. En México, por ejemplo, comunidades romaníes participan activamente en celebraciones del 8 de abril y exigen ser reconocidas como parte de la diversidad nacional.
En conclusión, la reivindicación de la identidad romaní no es un simple gesto folclórico ni una moda multicultural. Es un proceso profundo de descolonización identitaria: pasar de ser definidos por los otros (ladrones, nómadas, brujos) a definirse a sí mismos como ciudadanos con derechos, con una historia propia y con un futuro que quieren construir. Cada vez que una niña romaní termina la secundaria, cada vez que un activista habla en el Parlamento Europeo en romaní, cada vez que se iza la bandera con la rueda roja, se está cumpliendo el sueño de aquel primer congreso de 1971: dejar de caminar como exiliados para caminar con dignidad y con nombre propio.
El camino aún es largo, pero ya no se recorre en silencio. El pueblo romaní ha pasado de ser “el eterno errante” a convertirse en sujeto activo de su propia historia. Y esa es, sin duda, la mayor victoria de su reivindicación identitaria.
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