El día de 10 de marzo, fue reelecto por tres años más al frente del Instituto municipal de Investigación y Planeación(IMIP) de Ciudad Juárez, el ingeniero Roberto Mora Palacios, cuando lo supe, en algún lugar de mi memoria habían un recuerdo desagradable al leer su nombre, hoy, un par de amigos me refrescaron la memoria, fue el responsable de derruir el Cuartel del 15, uno de los atentados más graves al patrimonio histórico y cultural de esta frontera.
La historia de las ciudades no sólo se escribe con cemento y varilla, sino también con la preservación de los símbolos que otorgan identidad a sus habitantes. En Ciudad Juárez, esa narrativa ha sido sistemáticamente vulnerada por una visión de «progreso» corta de miras y larga en destrucción. En el centro de esta contradicción se halla la figura de Roberto Mora Palacios, un técnico cuya trayectoria está indisolublemente ligada a uno de los mayores agravios contra el patrimonio fronterizo: la demolición del Cuartel del 15, y quien hoy, bajo el cobijo de Cruz Pérez Cuéllar, continúa dictando el destino urbano de una ciudad que parece planificada para el caos.
La desaparición del Cuartel del 15 en 1991, ubicado en la manzana de las calles Mina, Rayón, Abasolo y Altamirano, no fue un simple acto de renovación urbana; fue un filicidio cultural. Aquella fortaleza porfiriana no era solo un edificio de adobe y ladrillo; era el testigo mudo de la Toma de Juárez de 1911, el sitio donde el ejército de Porfirio Díaz admitió su derrota definitiva. Sus muros presentaban las cicatrices de bala de la Revolución, una lección de historia que ninguna placa conmemorativa puede sustituir.
Mora Palacios, como operador técnico en la administración de Jesús Macías Delgado, participó en la ejecución de un proyecto que privilegió el efímero programa «Solidaridad” por encima de la memoria colectiva. Se derribó un monumento nacional para construir el Mercado Solidaridad, un elefante blanco que nació muerto, que nunca cumplió su propósito comercial y que hoy es un nido de basura y delincuencia. Se cambió un baluarte de la historia por un laberinto de puestos semifijos abandonados.
Resulta alarmante que, tras décadas de una planeación que ha dejado a Juárez con un crecimiento hipertrofiado, servicios públicos colapsados y una movilidad inexistente, el responsable de estas directrices sea ratificado una y otra vez. La permanencia de Mora Palacios al frente del IMIP es el síntoma de una burocracia que se premia a sí misma por su propia ineficiencia.

Bajo su mando, el IMIP ha pasado de ser un centro de pensamiento estratégico a una oficina de validación para los intereses de los desarrolladores y la administración en turno. El Plan Municipal de Desarrollo Urbano se ha convertido en un documento de buenos deseos que palidece ante la realidad de una ciudad bacheada, oscura y sin espacios públicos dignos. ¿Cómo puede alguien que permitió la destrucción de la historia ser el encargado de construir el futuro?
La ratificación de Pérez Cuéllar, una irresponsabilidad
La reciente ratificación de Mora Palacios por parte del alcalde Cruz Pérez Cuéllar el pasado 10 de marzo es, en el mejor de los casos, un acto de inercia política y, en el peor, una irresponsabilidad histórica. Al mantenerlo en el cargo hasta posiblemente el año 2030, el alcalde envía un mensaje claro: en Juárez, los resultados no importan tanto como las lealtades y la continuidad del statu quo.
Pérez Cuéllar ha decidido ignorar las voces de académicos, historiadores y urbanistas que exigen una renovación profunda en las instituciones de planeación. Mantener a un perfil que carga con el estigma de la demolición del Cuartel del 15 es validar una visión de ciudad donde el patrimonio es estorbo y el desarrollo es solo un negocio inmobiliario.
Ciudad Juárez padece una crisis de identidad porque sus gobernantes y técnicos han decidido borrar su rostro. El Cuartel del 15 pudo ser un museo de talla internacional, un centro cultural que revitalizara el centro histórico; hoy es solo un mal recuerdo. Roberto Mora Palacios representa esa escuela de pensamiento que prefiere la demolición al rescate, y la burocracia a la innovación.
Mientras el IMIP siga secuestrado por las mismas figuras que han visto degradarse a la ciudad durante treinta años, Juárez seguirá siendo una urbe fragmentada, sin memoria y sin un plan real que no sea el de la supervivencia del funcionario en turno. La ratificación de Mora Palacios no es un triunfo de la experiencia, es la confirmación de que, en Juárez, la historia se tira y el futuro se improvisa.
Apunte histórico
El Cuartel del 15 represento el corazón de la soberanía nacional y el escenario cúspide de la Revolución Mexicana en la frontera. Su importancia trasciende la arquitectura militar porfiriana de adobe y ladrillo; fue el sitio donde el destino de Mexico cambio para siempre el 10 de mayo de 1911.
Tras tres días de combate encarnizado, este recinto se convirtió en el último bastión del régimen de Porfirio Diaz. Fue aquí donde el General Juan J. Navarro, acorralado por la falta de agua y municiones, acepto la capitulación. El acto simbólico de la rendición ocurrió cuando Navarro entregó su espada a Giuseppe Garibaldi, nieto del prócer italiano, quien formaba parte del estado mayor de Francisco I. Madero. Este suceso no sólo marcó la caída de una plaza estratégica, sino que fue el catalizador directo para la firma de los Tratados de Ciudad Juarez y la posterior renuncia y exilio del dictador.
Hoy, su ausencia es un recordatorio de la fragilidad del patrimonio ante la visión tecnocrática. Perder el Cuartel del 15 fue perder el museo vivo de la Revolución; un sitio que debió ser un santuario de la memoria histórica fue reducido a escombros, dejando a Ciudad Juarez huérfana de uno de sus mayores orgullos fundacionales en el corazón del centro histórico.



