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Meridiano 107
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La primera foto de La Tierra y La Luna juntas

José Luis Muñoz Pérez Texto: José Luis Muñoz Pérez
18 septiembre, 2026
en > Efemérides
Tiempo de Lectura: 22 minutos
Portada Efemérides
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Investigación y edición de José Luis Muñoz Pérez

Ellas, que han viajado inseparables por el universo tomadas de la mano durante miles de millones de años, nunca habían sido captadas en pareja. Pero un día como hoy 18 de septiembre, en 1977, hace 49 años, la Sonda Espacial Voyager I giró la vista hacia atrás y enfocó el punto de partida de su trayecto infinito para tomar una foto memorable: la primera de La Tierra y La Luna juntas.

         La imagen se convirtió en un emblema de la exploración espacial y significó un diamante en la corona de la multifacética ciencia astronáutica, que quizá sólo los entendidos catalogaron a plenitud y suficiencia.

          De cualquier manera es una de  las 100 fotografías que han cambiado al mundo por su impacto cultural y simbólico.

          Una frecuente pregunta es por qué si la “era espacial” había comenzado dos décadas atrás, hasta 1977 no se había logrado una foto de La Tierra y La Luna juntas.

           La respuesta es simple, pero revela una gran complejidad. Nunca antes una cámara fotográfica había estado en posición de ángulo geométrico apropiado para captarlas. Aquí y ahora si al tomar una selfie no cabemos todos, se extiende el brazo o nos reacomodamos y listo. Pero encuadrar a un planeta y a su satélite es algo tremendamente más complejo. Uno de los  “pequeños” detalles es que no hay piso.  Simplemente, el horizonte es esférico e infinito. La primera oportunidad de fotografiarlas juntas  sucedió hasta que el Voyager I llegó a poco más de 11 y medio millones de kilómetros de Cabo Cañaveral. Sólo desde esa distancia, en  su trayectoria, cupieron ambas preciosidades en el mismo encuadre fotográfico. De hecho, la ventana de enfoque se abrió el día 18 y se cerró el día 19. 

         Posteriormente se captarían otras gráficas de ambas “flotando” en el espacio, desde la misma nave,  y en futuras ocasiones varias a distancias menores  desde otras naves. 

        El distanciamiento de Voyager 1 pronto dejó a La Luna sumergida en lo invisible. 

        Cuando tomó la foto, Voyager 1 llevaba navegando sólo 13 días, a una velocidad promedio de 892 mil 307 kilómetros por día, unos 37 mil 179 kilómetros por hora, o unos 10 mil 327 metros por segundo. Por eso ya estaba más de 12 veces más allá de la esfera de influencia gravitacional de La Tierra, en franca trayectoria heliocéntrica  y en pleno dominio gravitatorio del sol, pero a sólo 1.07 unidades astronómicas de él. 

       La imagen muestra  de La Tierra el este de Asia, el Océano Pacífico occidental y una parte pequeña del Ártico. En el momento  de la toma  el  Voyager 1 se hallaba directamente sobre el Monte Everest, en el costado nocturno del planeta a 25 grados de latitud norte.

La Cara Visible de La Luna.

          La cara que La Luna nos muestra  es exactamente el mismo borde este de la que llamamos “cara visible”,  vista ligeramente desde el norte, a 369 mil kilómetros más allá de La Tierra desde la perspectiva del Voyager. Parece pequeña, muy tenue, casi perdida en el ruido ambiental y ubicada muy cerca del apogeo, su punto máximo de cercanía cotidiana entre ambas, entre 395 mil  y 405 mil  kms.  El Sol la  iluminaba  entre 30 y 32 por ciento  y habían transcurrido entre 5.2 y 5.6 días desde la Luna Nueva, por lo que la luz la bañaba a un ángulo de iluminación de 135 grados.

         En un creciente de  30-32 por ciento, podemos inferir que la parte iluminada es el borde derecho del disco lunar  -visto desde La Tierra-  con  el terminador- la línea entre luz y sombra- inclinada hacia el norte lunar. Es decir, ese sector oriental de la cara visible que  incluye regiones como Mare Crisium,  Mare Fecunditatis y parcialmente los Mare Tranquillitatis y Mare Serenitatis. También se aprecia una franja de cráteres en el hemisferio noreste.

Mare Crisium.

        Desde la Tierra, el creciente es más brillante porque la Luna está cerca, pero desde Voyager, el creciente era mucho más tenue porque la Luna está a 369,000 km detrás de La Tierra, y La Tierra estaba 11.66 millones de km de la nave. O sea, La Luna está en la foto a 12  millones de kilómetros de la cámara que la captó.

          Las agencias The Asociated Press y United Press International, AP y UPI,  la distribuyeron a los periódicos de todo el mundo.

        No tuvo el impacto filosófico del Pale Blue Dot, tomada por la misma nave y con el mismo conjunto de cámaras en 1990 a petición y dirección de Carl Sagal, pero sí fue considerada una primicia histórica.

         Algunos medios sólo la consideraron como un testigo del comienzo del viaje hacia Júpiter y Saturno, como una despedida de su lugar de nacimiento.

         Aprovechando este fascinante viaje, echaremos más adelante un ojo a otras as hazañas realizadas por el Voyager 1  -a quien dedicaré posteriormente efemérides más amplias- pero es importante  despejar dudas frecuentes relativas a que la foto de la efeméride de hoy fue efectivamente la primera. 

           La NASA y el Jet Propulsion  Laboratory (JPL)  coinciden en la misma frase clave: “This picture of a crescent-shaped Earth and Moon — the first of its kind ever taken by a spacecraft — was recorded Sept. 18, 1977, by NASA’s Voyager 1…” , lo cual ratifica lo sabido, que ninguna misión previa, ni estadounidense ni soviética, había logrado capturar ambos cuerpos en una sola imagen.

El espléndido montaje de La Tierra y La Luna del Mariner 10.

          Todas las imágenes previamente difundidas de ambos cuerpos no son fotografías reales en un solo encuadre, sino montajes de laboratorio. Por ejemplo, la nave Mariner 10 (1973–74) produjo un  magnífico montaje de La Tierra y La Luna, con magnifica resolución,  pero no era una, sino dos imágenes separadas unidas  posteriormente.  Las misiones Apollo fotografiaron La Tierra desde La Luna y La Luna desde La Tierra, pero nunca ambas en pareja en un solo campo visual, por una poderosa razón:  la geometría lo hacía imposible desde la órbita lunar o terrestre.

Earthrise.

           Todos recordamos la famosa fotografía «Earthrise» captada el 24 de diciembre de 1968 por el astronauta William Anders durante la misión Apolo 8 de la NASA, en la que aparece La Tierra en el cielo surgiendo sobre el horizonte del suelo lunar. Es lo más cercano al propósito, pero no es que se hayan captado  ambos cuerpos en una misma gráfica. Earthrise es como fotografiar El Sol o La Luna saliendo detrás de una montaña terrestre. Aparecerá una montaña o un desierto, pero no el cuerpo celeste llamado  La Tierra. 

Un dato relevante es que la primera foto, de la que hablamos y que reproducimos al inicio de este artículo, fue manipulada para hacer visible la luna. Específicamente,  su luminosidad fue amplificada 3 X.  

        No significa que la Luna fue agrandada artificialmente,  no fue escalada, no fue redimensionada, no fue colocada artificialmente en ese punto del espacio, no fue “inflada”. Fue “realzada” en brillo, no en tamaño. 

La NASA lo explica así:

        “The Moon was brightened by a factor of three to make it more easily visible.”

        Veámoslo a detalle:

Así aparecía en la foto original sin aumentar su brillo.

         En la toma original La Tierra aparece en creciente de un azul brillante, perfectamente definido, mientras La Luna es como una pequeña uñita gris extremadamente tenue, casi invisible. Si no sabes dónde buscar, no la encuentras. La Tierra refleja tres veces más luz que La Luna. Esto ya crea una diferencia enorme en la señal que recibe la cámara.  Además el fondo tiene ruido granular, típico del Vidicon o tubo de la cámara utilizada, una  NAC, Narrow Angle Camera. En términos de fotometría en el encuadre de la foto La Luna está en el rango de 0–5% del brillo máximo. El ruido del detector está en 0–3%, es decir,  apenas lo supera,  quedando casi  “devorada” por el ruido. A esa distancia, La Tierra mide ~0.13° de arco y La Luna ~0.04°. La señal de La Luna es demasiado débil. Sumado a  la brillantez de La Tierra cuyo albedo medio es aproximadamente 0.35 -este valor es adimensional y se mide en una escala desde 0 (correspondiente a un cuerpo negro que absorbe toda la radiación incidente) a 1 (correspondiente a un cuerpo blanco que refleja toda la radiación incidente-  y al  casi oscuro de La Luna que es un  albedo menos 0.12, la cámara estaba expuesta para La Tierra, no para La Luna. Resultado: La Luna quedó subexpuesta, casi invisible. Por eso fue necesario multiplicar por 3 su brillo en la foto, o ajustar su  histograma. Es decir, se incrementó la ganancia de la señal lunar para que el público pudiera detectarla y la foto cumpliera su propósito científico y divulgativo. 

        Recordemos también que la tecnología de la época era muy distante de la actual.

A la izquierda, el conjunto de cámaras.

         La Voyager llevaba a bordo un conjunto de cámaras de alta resolución punteras en su modernidad, diseñadas para capturar imágenes de los planetas y sus lunas. Para esta famosa foto usó la NAC con un Focal de 1500 mm, un  detector Vidicon, un campo de visión o FOV de  0.424°  y una resolución de  800×800 píxeles.

         La nave no recibía comandos en tiempo real, sino ejecutaba secuencias preprogramadas cargadas antes del lanzamiento y actualizadas por radio días antes.

          La tarea real de ese día para  la Voyager 1 era la Calibración Fotográfica Interplanetaria Nº 3, una fase de operación del conjunto de cámaras y computadoras involucradas que consistió en varias acciones. 

        Once millones 660 mil  kilómetros equivalen a 38.9 segundos luz. Es teóricamente el tiempo físico que tardaría la primera señal de la foto en llegar de la nave a la tierra desde que inició su transmisión. Pero no fue así. En principio, la foto fue tomada aproximadamente a las 12:30hs, Greenwich Mean Time, pero no había manera de enviarla de inmediato y tampoco quién o qué la recibiera en La Tierra.

Esquema de la Antena de Alta Ganancia montada en el Voyager 1. Usa ondas de radio para comunicarse con una antena de 34 metros en La Tierra en el rango de frecuencia de 8 gigahercios a través de radios de 23 vatios.

       Durante las primeras semanas tras el lanzamiento, la antena de alta ganancia de Voyager 1 no estaba apuntada hacia La Tierra, por lo que las imágenes no pudieron enviarse de inmediato. Se almacenaron en la memoria a bordo y se transmitieron casi un mes después, cuando la nave quedó en visibilidad y con la antena alineada.

         En realidad, la transmisión inició hasta el 7 de octubre y culminó el día 10  siguiente y tampoco fue a la velocidad de la luz, ni fue continua. Se envió por sesiones de contacto con la Red de Espacio Profundo (DSN), a la baja velocidad de 2.560 bits por segundo, en banda S. La imagen pesaba 800 × 800 píxeles. Si consideramos 8 bits por píxel tenemos  5 millones 120 mil bits, por lo que la transmisión de la imagen tardó 2 mil segundos, que son 33 minutos con 20 segundos. 

       Pero para lograr una foto en color, la tecnología de la época requería 3 exposiciones separadas con filtros diferentes para sintetizar el color después en La Tierra, así que fueron necesarias 3 exposiciones separadas usando para cada una un filtro distinto, verde, azul y naranja, pues la cámara tomaba imágenes en blanco y negro o escala de grises. Para obtener color, se tomó la misma escena 3 veces seguidas, cada una con un filtro de color distinto montado en una rueda giratoria, por lo que la imagen compuesta final pesó15 millones 360 mil  bits, equivalentes exactamente a 100 minutos.  

         Sin embargo, la Voyager 1 no tomó y envió sólo 3 exposiciones, sino 54. 

         Veamos por qué.

La cámara de ángulo estrecho de Voyager tenía un campo de visión muy pequeño de solo 0,42 grados, digamos equivalente a ver una moneda a unos 7 metros de distancia.

La Antena receptora en Goldstone.

       La Tierra y La Luna, vistas desde 11mil 600 millones de km, corrían el riesgo de no caber completas en una sola toma y había que asegurar una buena resolución. Por eso, los ingenieros programaron la plataforma de escaneo, el brazo giratorio donde iban las cámaras,  para apuntar a 18 posiciones ligeramente distintas, como tomando un «barrido» o una cuadrícula de fotos cubriendo la región donde estaban La Tierra y La Luna. Esas 18 posiciones no eran 18 fotos distintas de La Tierra y La Luna juntas, sino 18 encuadres diferentes dentro del campo de interés, asegurando que ambos cuerpos quedaran bien capturados en al menos una de las posiciones.

       Recordemos que la secuencia fue programada principalmente como calibración y navegación, no como sesión fotográfica artística,  turística o para Play Boy. Debía servir  para confirmar la posición exacta de la nave midiendo dónde aparecían La Tierra y La Luna en cada cuadro.

Al apuntar a 18 posiciones ligeramente distintas, se garantizaba que al menos una de ellas tuviera a ambos cuerpos bien encuadrados y perfectamente definidos. No se podía permitir el lujo de fallar.

         De las 54, los científicos del JPL seleccionaron la mejor posición.

       No hay información oficial al respecto, pero la revista Astronomy Report mencionó que de las 18 posiciones, 16 resultaron de excelente encuadre y cumplían todos los requisitos cualitativos. 

         Hay otro elemento de importancia definitoria.

         En 1977, la red DSN (Deep Space Network) tenía tres estaciones principales de comunicación con la nave, instaladas estratégica y respectivamente en Goldstone, California; Madrid, España; y Canberra, Australia. Por factores como la rotación de la Tierra, la posición de la nave en el cielo, y la consecuente ventana de visibilidad, la estación que estaba en la posición  de seguimiento de Voyager 1 cuando su antena de alta ganancia apuntó a la tierra días después de tomar la foto, ya a mas de 12 millones de kilómetros de distancia, era Goldstone, una estructura de 64 metros de altura, por donde pasó la señal a través de  los receptores de banda S -un sistema para ondas de radio con frecuencias que van de 2 a 4 GHz-  y fue decodificada por el sistema de telemetría. De ahí se transmitió al Jet Propulsion Laboratory en Pasadena por línea terrestre, donde se reconstruyó telemétricamente la imagen, se aplicaron correcciones fotométricas (incluyendo el brillo ×3 de la Luna) y  se archivó en el Photo Processing Lab. Días después se imprimió en formato físico para revisión del equipo y  finalmente se difundió a los medios de comunicación el 10 de enero de 1978, y los periódicos la publicaron el día 11.

El Apolo 8.

         La prensa recibió y trató la noticia con gran entusiasmo resaltando la gran valía de la proeza, pero ciertamente el público mundial no se entusiasmó demasiado seguramente por la distancia de la  calidad cinematográfica de la imagen,  que no fue tan espectacular como la foto conocida como   Earthrise, capturada por el astronauta William Anders, piloto del módulo lunar del Apollo 8, -quien personalmente no descendió a la Luna-  el 22 de diciembre de 1968,  con una cámara Hasselblad 500,  modificada para el espacio, durante su cuarta órbita lunar,  a unos 380 mil km de la Tierra y a una altitud de 110 km sobre la Luna. Esta imagen de la Tierra surgiendo sobre el horizonte lunar si tuvo un enorme impacto, profundo y duradero. Esa percepción de nuestro planeta transformó la mentalidad humana, influyó en cómo entendemos nuestro lugar en el universo y marcó un hito importante en los movimientos ecológicos y pacifistas enmarcados en la realidad sociopolítica de 1968, un año que fue sacudido por movimientos de rebelión, principalmente estudiantiles en Estados Unidos, Francia, México, Helsinki  y Checoeslovaquia, entre otros violentamente reprimidos, además de asesinatos políticos como el de Martin Luther King, altamente influyente en la cultura mundial y el de Robert Kennedy.

William Anders con su maravillosa foto.

         El 22 de abril de 1970, solo dos años después de la misión Apolo 8, se celebró el primer Día de la Tierra, marcando un punto de inflexión en la concienciación ambiental. Se considera que «Earthrise» desempeñó un papel clave en esa toma de conciencia global, inspirando un sentido de solidaridad y responsabilidad hacia nuestro planeta.

         Luego vendría la de gran fama conocida como el Punto Azul Pálido. 

        Aquel 18 de septiembre de 1977 Voyager 1 ejecutó una secuencia de calibración fotográfica que incluyó la captura de  varios tipos de imágenes: primero algunas del espacio profundo que muestran sólo un fondo oscuro, luego imágenes de estrellas brillantes para calibrar  el enfoque a las que le siguieron Imágenes de La Tierra sola e imágenes de La Luna sola. Enseguida vinieron las imágenes del sistema Tierra–Luna juntas (la famosa) y finalmente imágenes de verificación del Vidicon (patrones internos).

          Con la tecnología moderna, la transmisión de aquella foto hubiera tardado menos de un segundo. Especulemos por mero afán comparativo.  

           A una nave como Psyche, -lanzada  el 13 de octubre de 2023 a una misión orbital planificada para explorar el origen de los núcleos planetarios mediante el estudio de un asteroide metálico del mismo nombre, pues algunos meteoritos de hierro-níquel encontrados en La Tierra pueden haber venido de Psyche-  con capacidad de operar despachos a una tasa de 10 Mbps le tomaría una fracción de .51 segundos enviar la misma foto de 800 x 800 pixeles, 5 millones 120 mil bits,  a la distancia de 12 millones de kilómetros de la tierra.

El asteroide Psyche.

          Luego de concluir sus tareas tras tomar la foto, Voyager continuó su viaje infinito y unas cuantas fechas más tarde La Tierra y la Luna dejaron de ser resolubles por la cámara. Perdiendo de vista su punto de partida, se enfocó rumbo a su siguiente encuentro,  Jupiter,  el planeta más grande del sistema solar, con un diámetro aproximado de 142, 984 km y una masa más de dos veces mayor que la de todos los demás planetas juntos, con quien tuvo su mayor cercanía el 5 de marzo de 1979, a sólo 349 mil  km de sus nubes superiores, (aproximadamente la misma distancia que La Luna está de La Tierra). 

        Voyager 1 vio a Jupiter -nombre del Dios Supremo de los romanos, equivalente exacto del Zeus griego- como sería ver desde La Luna,  a una “Tierra llena” pero 11 veces más grande, con  su masa equivalente a 318 veces la de La Tierra. Algo verdaderamente maravilloso que ningún ser humano ha tenido el privilegio de experimentar…aún.

Júpiter es más de dos veces mayor que toda la masa del resto de los planetas juntos. Esa mancha roja es una tormenta.

       Durante ese acercamiento a Júpiter, Voyager 1 tomó imágenes espectaculares de la Gran Mancha Roja, descubriendo que se trata de una gigantesca tormenta más grande que toda la tierra, activa desde hace miles de años,  e  hizo estupendos estudios de Ío, que no sólo es la luna más volcánica del sistema solar, sino el cuerpo volcánico más grande conocido por la ciencia, hasta donde ha llegado su mirada. Su intenso vulcanismo implica que renueva su superficie cada millón de años. Ío parece haber estado en erupción de forma más o menos continua durante miles de millones de años, quizás incluso 4 mil 500 millones de años, o desde que existe el propio sistema solar. En otras palabras, Ío es volcánicamente hiperactiva desde que el Sol brilla. Voyager 1 tuvo un escalofriante acercamiento a Ío, el más de toda su impresionante carrera, sobrevolándola a sólo 20 mil 570 km.

        A esa cercanía fotografió enormes columnas de materia volcánica que se elevaban sobre la superficie de Ío, y que permitieron a los científicos ver lo que ocurre en el interior de la luna, de tal forma que un equipo calculó que Ío posee una fuente de calor  quizá único en el sistema solar.

Io, la zona más volcánica del sistema solar.

    De esta observación surgió una predicción matemática vinculada a las extrañas órbitas de Europa y Ganímedes, dos lunas cercanas a Ío. Cada vez que Ganímedes completa una órbita alrededor de Júpiter, Europa completa dos, e Ío cuatro. Este ritmo, conocido como resonancia, altera la órbita de Ío, dándole una forma más elíptica que circular.

     Cuando Ío se encuentra más cerca de Júpiter en su órbita irregular, experimenta una atracción gravitatoria más fuerte; cuando está más lejos, la atracción gravitatoria de Júpiter es un poco más débil. Esto provoca mareas en Ío similares a las que la Luna produce en los mares y océanos del planeta Tierra. Pero en este caso, las mareas son tan fuertes que la superficie de Ío se eleva y desciende 100 metros lo que en el mar terrestre sería un poderoso Tsunami.

         Todo ese movimiento genera mucha fricción, lo que produce una cantidad asombrosa de calor. Dentro de Ío, ese calor funde una cantidad considerable de roca,  creando posiblemente un océano de magma. Y eso alimenta erupciones realmente feroces en su superficie, que a menudo toman la forma de ríos de lava serpenteantes, más largos que la mayoría de los ríos terrestres, imponentes columnas de lava rica en azufre y calderos de roca líquida que actúan como portales al inframundo de Ío, al que el trabajo de Voyager permitió asomarse.

Europa, la mayor luna de Júpiter.

         Voyager también captó las estructuras en Europa, la luna más grande de las 90 confirmadas de Jupiter; y descubrió   los llamados anillos jovianos,  un sistema que rodea Júpiter, e  incluye un anillo principal brillante, un anillo de halo y dos anillos difusos, que están compuestos principalmente de polvo expulsado por otras lunas de Júpiter, como Metis y Adrastea.  Ese encuentro rompió el patrón generalizado de ignorancia que sólo mencionaba los anillos de Saturno, los más brillantes que se conocen. Voyager nos dio cuenta de múltiples lunas jupiterianas “nuevas” para el conocimiento humano.

          Este fue el primer gran encuentro de la sonda de su “Grand Tour”. 

         Además de todo lo otro realizado en Jupiter -de lo que hablaremos particularmente  en otra entrega tan ampliamente como el gran tema lo requiere- del planeta gigante Voyager 1 aprovecho su encuentro gravitatorio para ganar velocidad en una maniobra llamada “asistencia gravitacional”, fundamental para su increíble recorrido, que precisamente ahí  cambió de dirección.

          Esa fuerza lo lanzó hacia Saturno. 

          El sobrevuelo de Saturno en 1980 es considerado “uno de los momentos más importantes en la historia de la exploración del sistema solar”.

Voyager tuvo un gran acercamiento a Saturno.

       Su acercamiento a ese planeta fue tan extraordinario el 12 de noviembre de 1980 como sólo un décimo de la distancia entre La Tierra y La Luna, sólo 124 mil kilómetros, es decir, la región donde el campo gravitatorio de Saturno domina totalmente y lo suficientemente cerca para obtener imágenes y mediciones sin  precedentes.

        Un ejemplo razonablemente comprensible para la mente humana es el de velocidades de viento superiores a  mil 600  kilómetros por hora. También registró estructuras de tormentas profundas -inconcebibles para nosotros- y bandas atmosféricas invisibles desde telescopios terrestres, así como una composición química detallada  de hidrógeno, helio, trazas de amoníaco y otros compuestos. 

         Saturno es el planeta más famoso por sus anillos, visibles incluso desde la Tierra. Sus anillos están formados principalmente por fragmentos de hielo y roca, y se extienden cientos de miles de kilómetros alrededor del planeta. Saturno posee siete anillos principales, designados como A, B, C, D, E, F y G, cada uno con características únicas; los anillos A y B son los más densos y brillantes, mientras que los exteriores como E y G son más tenues. La formación de estos anillos se atribuye a la captura de material por la gravedad del planeta, posiblemente restos de lunas o asteroides que se desintegraron.

         Voyager 1 identificó seis sistemas de anillos  de Saturno con estructura fina, reveló ondas, divisiones, trenzados y resonancias nunca antes vistas y mostró que los anillos son sistemas dinámicos, no estáticos.

          Antes de Voyager, los anillos eran “bonitos pero simples”. Después de Voyager, se entendieron como complejos laboratorios de física orbital.

Titán, el mejor candidato de la investigación científica a ser hogar de formas de vida.

          Voyager 1 tomó más de 17 mil 500 imágenes del sistema de Saturno, incluyendo algunas del planeta completo en alta resolución que dejaron al público terrícola boca abierta por su espléndida belleza. También miles de Titán, Rea, Dione, Tethys, Mimas, Encélado, y las estructuras finas en los anillos. Un Safri fotográfico sin precedente en la historia de la humanidad en cualquier disciplina.

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          Estas imágenes fueron la base de toda la ciencia saturniana durante 25 años, hasta la llegada de Cassini.

       Pero el sobrevuelo de Titán fue un punto sobresaliente, sorpresivo y decisivo de la misión. Voyager 1 detectó en esa luna una neblina global que ocultaba la superficie y una atmósfera densa de nitrógeno, con presión similar a la de la Tierra, presencia de metano y moléculas orgánicas. 

      Este hallazgo cambió la historia de la exploración planetaria:

     Titán se convirtió en el único mundo del sistema solar con atmósfera comparable a la terrestre, y el principal candidato para química prebiótica, es decir posibilidad de vida primitiva por química orgánica.

        Este descubrimiento  causó tal impacto en la comunidad científica que se decidió desviar su trayectoria que estaba programada para continuar hacia Urano y Neptuno, para estudiar Titán de cerca, sacrificando el resto del “Grand Tour” por un objetivo científico mayor.

Diferentes enfoques de Titán cortesía de la NASA. Su encuentro y sorprendentes descubrimientos cambiaron el destino del Voyager 1.

         No fue para menos. Hoy Titán es considerado el mundo más parecido a La Tierra en términos de procesos atmosféricos y el laboratorio natural más importante para estudiar el origen de la vida.

      Hoy entendemos que Titán es mucho más profundo que lo que Voyager 1 pudo sugerir en 1980, pero aquel desvío de la ruta original abrió la puerta; Como consecuencia Cassini y la sonda Huygens la atravesaron. Y ahora, en 2026, la ciencia ha llegado a conclusiones sorprendentes. Una de ellas es la comprobación de que en ella existe un ciclo hidrológico completo, conformado por lluvias de metano,  nubes de metano, ríos de metano, lagos y mares de metano y etano, evaporación, condensación y precipitación, como sucede con el agua en La Tierra. Se han identificado sus  mares polares (Kraken Mare, Ligeia Mare) y también dunas gigantescas de hidrocarburos y la existencia de estaciones y clima cíclicos.

       Un artículo publicado en la prestigiada  Nature Communications este año afirma que Titán es “un mundo orgánico complejo donde los aerosoles contienen moléculas que podrían ser precursoras de vida” . La atmósfera produce moléculas orgánicas complejas. Estas moléculas caen como “lluvia orgánica” sobre la superficie y en los mares de metano pueden formarse estructuras químicas estables.

Mares de metano en Titán.

           Muchos indicios hacen pensar que en el subsuelo podría haber un océano de agua líquida, donde la química orgánica podría interactuar con agua.

       La ciencia actual describe a Titán como dos mundos superpuestos: Una  superficie fría  de hasta menos 179 °C y  un océano subterráneo cálido, con agua líquida, sales y  posible actividad hidrotermal, información refrendada por la Mision Cassini  y el descenso de Huygens. 

        La nave Cassini (orbitador) y la sonda Huygens (aterrizador) despegaron juntas desde Cabo Cañaveral a bordo de un Titan IVB/Centaur el 15 de octubre de 1997. Fue una misión conjunta NASA–ESA–ASI, la más ambiciosa jamás enviada al sistema de Saturno. El 1 de julio de 2004 Cassini entró en órbita alrededor de Saturno después de un encendido de motor de 96 minutos. A partir de ese día comenzó la exploración continua del planeta, sus anillos y sus lunas, con especial interés en Titán. 

          La sonda Huygens se separó de Cassini el 25 de diciembre de 2004 y descendió a Titán el 14 de enero de 2005, constituyendo el primer aterrizaje en un mundo del sistema exterior. Huygens funcionó durante más de 90 minutos en la superficie antes de perder contacto, pero la información que captó y envió a La Tierra es absolutamente valiosa y se sigue analizando con sorprendentes descubrimientos año con año.

          Pero volvamos a Voyager, que en agosto de 2012  cruzó la Heliopausa, el límite de la “burbuja” solar, y entró en el medio interestelar.

Trayectoria del Voyager 1 vista desde La Tierra, desviándose de la elíptica en 1981 a la altura de Saturno y dirigiéndose hacía la constelación de Ofiuco.

         Sus motores no necesitan impulsar la nave continuamente. Tampoco requiere órdenes humanas  para continuar su ruta.  Conserva su movimiento y atraviesa el vacío siguiendo las leyes de Newton. Su energía, sin embargo, no es eterna. Sus generadores termoeléctricos de radioisótopos pierden potencia con el tiempo, lo que obliga a los  ingenieros a apagar paulatinamente sus sistemas para prolongar la misión lo máximo.

        Este año la NASA confirmó que aun conserva dos instrumentos científicos activos: un magnetómetro y un detector de plasma.

Algo que  todos sabemos de Voyager 1 es que lleva  consigo un famoso disco dorado de cobre bañado en oro. Es una cápsula del tiempo, destinada con insólita  esperanza a que alguna civilización lejana encuentre en él noticias sobre la vida en La Tierra. Contiene 115 imágenes de los distintos ecosistemas terrícolas, gente y ciudades, sonidos naturales y saludos en 55 idiomas y música de los diversos géneros incluyendo la muy mexicana “Yo tenía mi cascabel, con una cinta dorada…” Lo han llamado una fotografía sonora de La Tierra, congelada en  1977. La Nasa estima que podría sobrevivir perfectamente “útil” mil millones de años en el espacio, lejos del agua y el oxígeno terrestre.

En unos 40 mil 272  años se calcula que pasará tan cerca como 1.7 años luz de la estrella AC+793888, una distancia tan grande que de ninguna manera se considera un encuentro, además de que la estrella, por supuesto,  también continuará moviéndose. En esos milenios   Voyager atravesará un vecindario galáctico del que no tenemos mayor idea.

El disco dorado, nombrado Sounds of Earth.

Teóricamente cuando la tierra deje de existir, porque tarde o temprano se agotará el hidrógeno del sistema solar en miles de millones de años, Voyager 1 seguirá viajando por el espacio interestelar…salvo que alguien la intercepte en su camino.

Actualmente Voyager 1 se desplaza a la inconcebible velocidad de 60 mil 905 kilómetros por hora. Como punto de comparación, La Tierra  en su movimiento de rotación alcanza unos mil 600 kilómetros por hora en el ecuador y 3 kilómetros por hora en los polos. A esa velocidad, Voyager daría vuelta y media a la tierra por el ecuador en una hora. En esta gráfica de la NASA podemos informarnos de la velocidad a la que se mueve la sonda en tiempo real.  https://science.nasa.gov/mission/voyager/where-are-voyager-1-and-voyager-2-now/ 

  En 2 meses más a partir de hoy, el próximo 18 de noviembre, menos de 50 años después de su despegue el 5 de septiembre de 1977  la sonda Voyager 1 llegará a la distancia de un día luz de la tierra, 25 mil 902 millones de kilómetros. Es el objeto de fabricación humana que más lejos ha viajado.

En esa fecha publicaremos una efeméride que abarque el periplo completo de Voyager 1 hasta el momento. 

Autor

  • José Luis Muñoz Pérez
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