Investigación y edición de José Luis Muñoz Pérez
Para mi hijo José Luis, hoy en su cumpleaños.
El próximo 1 de junio escribiré su efeméride.
Es toda una historia.
Permaneció mil 300 años en la oscuridad de su sarcófago y cuando la luz reveló de nuevo su rostro un día como hoy 1 de junio, en 1994, se desató la investigación más profunda ocasionada por un solo individuo en términos antropológicos, forenses, historiográficos y sociales del mundo maya que se haya realizado hasta hoy.

En el momento en que la joven arqueóloga Fanny López Jiménez de sólo 25 años de edad, su jefe Arnoldo González Cruz y su equipo de excavadores abrieron el sarcófago en el Templo XIII, -adyacente al Templo de las Inscripciones, mausoleo del Rey Pakal, el gobernante maya más famoso en la actualidad y la sepultura más elaborada que se ha encontrado en Mesoamérica- no solo estuvieron frente a una osamenta recubierta de un brillante polvo rojo ceremonial, a la vez se toparon con un gran dilema científico: los restos sumergidos en cinabrio no estaban acompañados de ningún glifo que revelara su identidad, ni siquiera una mínima leyenda en toda la cripta. Era una tumba sin nombre. Sin embargo, eso no significó que el sitio careciera de datos. El silencio de los pocos objetos presentes y de la misma información ausente habló, no de inmediato, pero si poco a poco, mientras los científicos se fueron adentrando en la clarificación del misterio.

Hoy se sabe que la noble osamenta perteneció a Ixik Tz’aka’ab Ajaw, esposa de Pakal y socia política en la consolidación del estado y el ejercicio del poder en lo que se conoce como la Época de Oro de Palenque, una de las tres mayores potencias entre las múltiples ciudades-estado que componían el mundo maya del clásico tardío.
Una de las mayores revelaciones en términos históricos, políticos y culturales es que Ixik Tz’aka’ab Ajaw no sólo fue “la mujer de Pakal”, sino, efectivamente, una pieza clave, socia principal en la empresa nacional y puntal determinante en la legitimación y conformación de la dinastía que gobernó ese país los siguientes 140 años.
Ixik Tz’aka’ab Ajaw no era originaria de Palenque, ciudad llamada en realidad Lakam Ha en su tiempo, cuando fue capital del señorío de B’aakal, “Lugar del Hueso”. Era hija del rey de una ciudad vecina, Tok Thán -o también Ox Te’ Kuh- donde radicaba un sublinaje de gran pureza, ubicada en la región de Hix Witz -colina del jaguar- y fue elegida por la madre de Pakal, la gran regente Sak K’uk, para casarla con su hijo y evitar la extinción de su reino.
Lo logró.
Pero vamos por partes.

Entre los años 599 y 611 d.C., el señorío de B’aakal sufrió constantes y catastróficas invasiones militares por parte de su gran enemigo, el poderoso Señorío de Kaan con capital en Calakmul. La ofensiva del año 611, dirigida por el gobernante Serpiente Enrollada, dejó a Palenque militar, dinástica y políticamente devastada. También sus construcciones, casas, templos y palacios quedaron en ruinas.
El año 612 fue caracterizado por una profunda crisis. Después del último ataque, fallecieron casi simultáneamente tanto el rey de Palenque, Ajen Yohl Mat y su lugarteniente y hombre fuerte del reino, Janaabʼ Pakal. Aunque las inscripciones glíficas registran las fechas exactas de los decesos, no especifican las causas. Algunos historiadores especulan que estuvieron directamente ligados a las secuelas del violento asedio de Calakmul, ya sea por ejecución, heridas de batalla, o las dásticas condiciones de hambruna y enfermedad que azotaron a la élite y a toda la población del señorío tras la derrota. No se han encontrado sus restos. Ambos fallecimientos consecutivos provocaron la crisis de sucesión, creando un complicado vacío de poder. El rey y su ministro que según algunas fuentes quizá también fue su hermano, murieron en el peor momento posible para el reino. No sólo no había soberano, tampoco descendientes. Ni siquiera un noble destacado que asumiera el cargo, pues prácticamente todos habían muerto o carecían de estatura. La dinastía había sido destruida, su sangre derramada y el reino al garete sumido en un caos.
Fue entonces cuando los escasos sobrevivientes de la nobleza coincidieron en depositar el gobierno en Sak K’uk’, hija de Janaabʼ Pakal, como regente. Era el personaje vivo de mayor jerarquía dinástica.

Resultó un gran acierto político, pues Sak K’uk’ realizó un excelente trabajo.
Casada con K’an Mo’ Hix, un inteligente noble secundario, posiblemente de una localidad vecina menor llamada Choj Baak, asumió el liderazgo con determinación y su marido le sirvió con absoluta lealtad y discreta eficiencia.
Sak K’uk’ reactivó la moral de la nación, inició la reconstrucción de la ciudad, y sobre todo, volvió a tejer el orden político, mientras K’an Mo’ Hix reconstruía los lazos diplomáticos con los señoríos vasallos asegurando su lealtad, e impidiendo la disgregación a la que estuvieron tentadas algunas poblaciones aliadas a consecuencia de la derrota sufrida.

En sólo 4 años algo cercano a la normalidad volvió a sentirse en su señorío. La nobleza estaba cohesionada en torno a ella, los pueblos pacificados y algunas rutas comerciales se habían restablecido, reactivando la economía. Reunió un nuevo ejército, blindó a la ciudad de nuevos ataques e hizo resurgir la producción agrícola en sus fértiles tierras. Todo en 4 años.
Sin embargo, no cayó en la tentación de autoproclamarse reina o “ajaw”, sino hizo algo más inteligente: en 615 proclamó rey a su hijo Pakal, de sólo 12 años de edad, manteniendo ella el cargo de regente.
Su entronización no fue sólo un acto de protocolo de la nobleza. De hecho, se presentó como una Encarnación del Dios Fundacional del pueblo Maya.
En los jeroglíficos del sarcófago de Pakal que narran la sucesión dinástica de Palenque se encuentra registrado que Muwaan Mat ascendió al poder el 9.8.19.7.18 9 etz’nab 6 ceh de la cuenta larga del calendario maya, es decir, el 19 de octubre del 612 —dos meses después de la muerte de Aj Ne’ Ohl Mat— con la inscripción “k’uhul ixik, satay ajaw” que quiere decir: “perdida está la divina señora, perdido está el señor”. Esta frase que alude a la derrota de la guerra explica un renacer con la entronización de Muwaan Mat, quien es un dios nacido en el año 3,121 Antes de Cristo, siete años antes de la fecha cero de la cuenta larga (0.0.0.0.0 4 ajau 8 cumkú), que había tomado el título de «Divino Señor de Matwiil» en el 2305 a. C. y que había regresado para volver a asumir el trono vacante en el 612 d. C., en la persona de Pakal.
Muwaan Mat era considerado uno de los tres dioses progenitores de Palenque. La metáfora de su regreso para asumir el trono y restablecer nuevamente la sucesión patrilineal, es en esencia lo que otorga legitimidad al trono del siguiente y futuro ajaw K’inich Janaab’ Pakal, quien en el 612 solo tenía nueve años de edad.

El famoso Tablero del Palacio inmortaliza en sus relieves el momento exacto de la historia en que Muwaan Mat encarnado en Pakal asume el trono. En el relato de piedra se observa a Sak K’uk’ sentada de perfil, entregándole a su hijo la pesada diadema real de mosaicos de jade, tocado con los atributos del Dios K’awiil, asociado al rayo y símbolo del poder real, quien encarnaría en Pakal para legitimarlo.
No estaba Sak K’uk’ apostando a reconstruir un reinado estable y eficaz, sino a crear una dinastía.
En los siguientes años, mientras el joven crecía, el señorío se fortaleció. Pakal fue educado esmeradamente para gobernar por los mejores maestros de la élite científica y sacerdotal y con el filial ejemplo de sus padres ejerciendo el poder en su nombre y con su permanente participación desde antes de ser rey.
Cuando Pakal cumplió 23 llevaba 11 años siendo rey, querido y respetado por un pueblo que ambicionaba recuperarse, en el que nadie dudaba que su madre, Sak K’uk’ era la persona más poderosa del reino.

A esa edad de Pakal, Sak K’uk’ decidió que su hijo el rey contrajera matrimonio y eligió a una joven princesa de Tok Thán para sellar el pacto más importante de su proyecto político. Ella tenía unos 16 años y se desconoce su nombre de soltera, pero desde entonces se le llamó Ixik Tz’aka’ab Ajaw
Ixik es un prefijo femenino que se traduce directamente como «Señora».
Tz’akbu (o Tz’aka’ab), proviene de la raíz semántica asociada con la continuidad, el orden, los escalones, o el acomodo en fila. En nuestra comprensión, «conectar los eslabones de una cadena» y en el contexto dinástico maya se traduce como «Sucesión» o «Línea de descendencia».
Ajaw es el título político de más alto rango, equivalente a «Gobernante Supremo», o «Monarca». Originalmente significa «el que habla en voz alta”.
Así, su nombre puede traducirse como La Reina del orden dinástico, o quizá Madre de la Dinastía.
Adicionalmente, los epigrafistas del INAH señalan que el nombre guarda un vínculo simbólico con Bolon Tz’akbu Ajaw, una importante deidad maya asociada con el origen y la legitimidad de las familias reales.

También se le conoció con otro nombre: Alpho Hel.
Alpho: Es una variante o derivación del término utilizado para designar a un miembro de la alta nobleza o la realeza.
Hel, en las lenguas mayas clásicas se traduce principalmente como “Reemplazo», «Turno» o «Renovación».
Por lo tanto se interpreta como «Soberana de la Renovación» o bien, la que marca el relevo generacional en el trono.
Pakal y Ixik Tz’aka’ab Ajaw no se casaron tras un romance entre príncipes. Lo suyo fue una sociedad conyugal de estado de lanzamiento fundacional.
Entenderlo es muy fácil. Pakal carecía de la legitimidad de sangre para ser gobernante. No sólo no la podía obtener entre las familias de su casta, pues había sido mermada. No era cosa menor. Sin la legitimidad del gobernante por los cuatro costados el estado era insostenible. No sólo requería una alianza de alcurnia para legitimar su reinado, sino sangre de alcurnia con la cual construir una dinastía y otorgarles a sus descendientes el derecho a gobernar. Su misión era reconstruir los cimientos del reino y fundar un nuevo linaje dinástico. Por eso al éxito de su ciclo se le llama La Restauración.
El enlace matrimonial quedó registrado en el calendario vigesimal mesoamericano de Cuenta Larga bajo la fecha 9.9.13.0.17 7 Kaban 15 Pohp.
En nuestro calendario actual, corresponde exactamente al 19 de marzo del año 626 d.C. aunque algunas fuentes, las menos certeras, lo sitúan el 22 de marzo.
Es uno de los eventos políticos y dinásticos mejor documentados en las inscripciones glíficas mayas.
La ceremonia y la recepción formal tuvieron lugar en la capital de Lakam Ha’ , «Lugar de las Grandes Aguas». Se describe en la epigrafía maya bajo un riguroso protocolo Eclesiástico de Estado.
A Pakal se le asoció con el Dios del Maiz y se le definió como el Árbol del Mundo: no podía existir ser alguno con mayor rango divinizado.
El ceremonial se entendió específicamente como un acto sagrado para dar continuidad a las generaciones divinas y asegurar el orden del cosmos a través de los futuros herederos.
De este matrimonio nacerían los 4 gobernantes sucesores de Pakal:
- K’inich Kan Bahlam II, su hijo mayor, gobernó de 684 a 702, construyó los templos principales y el célebre Grupo de las Cruces, y consolidó el esplendor artístico y astronómico de la ciudad.
- K’inich K’an Joy Chitam II, su segundo hijo fue rey de 702 a 711. También aparece representado junto a sus padres (ya fallecidos) en los relieves del palacio real recibiendo insignias de poder.
- K’inich Ahkal Mo’ Nahb III, su nieto, hijo de su tercer hijo Tiwol Chan Mat, gobernó de 721 a 736.
- K’inich Janaab’ Pakal II, su bisnieto, último de la línea pura K’inich gobernó de 742 a 751.
La Restauración fue el más brillante y floreciente período de la historia del reino.

LA PRIMERA ACCION ARQUEOLÓGICA EN AMERICA
La ciudad de Otolum como conocían los choles del siglo XVI a la hoy zona arqueológica de Palenque, se asienta en una plataforma natural de aproximadamente 2 y medio kilómetros cuadrados, de los
que sólo está explorada y descubierta una décima parte. Es considerada Patrimonio de la Humanidad desde 1987. A la llegada de los colonizadores españoles ya tenía alrededor de 7 siglos abandonada y devorada por la selva. Otolum, en la lengua ch’ol o lakty’a significa “lugar de Casas Fuertes”, por lo que el fraile dominico Pedro Lorenzo de la Nada en 1567 la nombró Palenque, término que en lengua catalana, Palenc, significa fortificación. Él mismo fundó una aldea de indígenas a 10 kilómetros del sitio, que hoy subsiste como la ciudad con ese nombre.
La zona arqueológica fue redescubierta a mediados de 1700 por los habitantes de Santo Domingo de Palenque. En 1787, el rey Carlos III de España ordenó al gobernador general de Guatemala investigar las ruinas y recuperar reliquias para el museo nacional de Madrid. Fue la primera misión arqueológica científica de la que se tenga memoria en el continente americano. El gobernador encomendó esta tarea a un capitán del ejército español, Antonio del Río, quien durante cinco semanas de ese mismo año, limpió, estudió, ordenó dibujar y exploró la zona. Por lo tanto es válido afirmar que las ruinas de Palenque son las primeras que despertaron la atención sobre la existencia en América de ciudades antiguas y desconocidas. Del Río contrató a un dibujante guatemalteco, Ricardo Almendáriz, quien plasmó 30 magníficas ilustraciones a tinta copiadas de las ruinas de Palenque, principalmente del Templo de las Inscripciones, donde el 15 de junio de 1952 fue descubierta la tumba de Pakal El Grande por el arqueólogo francés nacionalizado mexicano Alberto Ruz Lhuillier, elevando la importancia arqueológica y científica de la ciudadela. Entre las láminas de Almendáriz se encuentra una que retrata a la pareja real, Pakal y Ixik Tz’aka’ab Ajaw.

Para fortuna de la ciencia y de la humanidad, el desciframiento de los jeroglíficos mayas comenzó el mismo año, cuando el lingüista ruso Yuri Knorozov propuso una teoría revolucionaria sobre su naturaleza, sosteniendo que se trataba de un sistema silábico mixto. Como todos sabemos Knorozov no había visitado el Mayab. Hizo su brillante análisis a partir de dos libros que encontró en la ocupación soviética de Berlín en 1945 como soldado del ejército rojo. En su artículo “La escritura antigua de América Central”, publicado en la revista Etnografía Soviétskaya, argumentó que los glifos mayas combinan logogramas (signos que representan palabras completas) con fonogramas (signos fonéticos), donde cada glifo representaba una combinación consonante-vocal, es decir, una sílaba o una palabra completa. Aplicando innovadores métodos matemático-estadísticos, Knórozov identificó y clasificó 355 signos silábicos en el sistema de escritura maya. Además, descubrió el principio de sinarmonía, según el cual una palabra maya formada por una combinación consonante-vocal-consonante se escribía con dos glifos, quedando sin pronunciar la vocal del segundo glifo. Este enfoque lingüístico, fundamentado en un análisis riguroso de frecuencias y patrones, le permitió descifrar numerosos textos que hasta entonces permanecían incomprensibles, revelando por primera vez en siglos los nombres de gobernantes, fechas de acontecimientos históricos y aspectos de la vida religiosa y política de los antiguos mayas. Esta teoría fue confirmada y refinada en la década de 1960 por el arqueólogo británico Michael Coe, quien reveló los escritos en numerosas estelas. Otros investigadores importantes en este campo han sido Linda Schele, David Stuart y Nikolai Grube. Estos avances han permitido a los estudiosos leer textos históricos, mitológicos y religiosos mayas con gran precisión, reconstruyendo así la historia y el legado de esa civilización. Se calcula que hoy puede leerse y traducirse más del 90 por ciento de la escritura maya. Fue hasta 1990 cuando Knorozov pudo visitar tierras mayas, primero invitado por el gobierno guatemalteco, que lo condecoró con la Orden del Quetzal. En 1994, el año en que se descubrió la Reina Roja, ya con el reconocimiento internacional que merecía, visitó México para participar en el Tercer Congreso Internacional de Mayistas y recibió la Orden del Águila Azteca, la máxima distinción que otorga el gobierno mexicano a un extranjero.

Cuando fue descubierta la tumba de Pakal se le llamó el Señor de la Pirámide. Antes de que existiesen los avances suficientes en el desciframiento de los jeroglíficos mayas se le refería simplemente como 8 Ajaw, pues sólo se habían identificado algunos de los glifos que corresponden a la fecha de su nacimiento.
EL GRAN HALLAZGO
El hallazgo de la tumba de la Reina Roja inició el 11 de abril de 1994, cuando la joven arqueóloga Fanny López Jiménez a cargo de un pequeño grupo de trabajadores, realizaba labores de limpieza y consolidación en los llamados “Templo XIII”, y “Templo de la Calavera”, dos estructuras adyacentes al gran Templo de las Inscripciones, bajo las órdenes del arqueólogo Arnoldo González Cruz, jefe de los trabajos del INAH en Palenque. Su misión era “darle vista” es decir permitir la visualización de la plataforma y las escalinatas que preceden al edificio, entonces cubiertas de escombro y vegetación, o como ella dice, “enmontadas”. Debía descubrir el área, en el sentido de retirar tierra, piedras y plantas que la cubrían.

Fanny había llegado unos meses antes a laborar en el sitio en lo que fue su primer empleo pagado, y su primera labor ahí fue lavar tepalcates. Su vínculo con la arqueología le había llegado sin soñarlo ni pensarlo. Intentó primero estudiar psicología en su natal Tuxtla Gutiérrez, pero por un error no vio su nombre en las listas

de aceptados en la universidad cuando las consultó. Con tristeza se fue a su casa y se lo comentó a su madre, quien junto con su padre la autorizaron a ir a estudiar antropología en San Cristobal, lo que hizo durante un par de semestres. Allá, casi un año tarde se enteró que sí había aprobado la admisión. Pero en determinado momento un maestro le dijo que debía irse a estudiar en la ENAH, “la mejor escuela de antropología del país”. Obtuvo el permiso y el financiamiento de su familia y partió a la Ciudad de México. Ahí le informaron que no podían homologar sus estudios realizados en Chiapas y que la carrera de antropología estaba saturada. Le presentaron una lista de opciones y eligió Arqueología, la primera que aparecía en la lista, sin siquiera pensarlo. Muy pronto estaba fascinada con la elección Al graduarse hizo su servicio social en Templo Mayor de Tenochtitlan, sin duda un magnífico privilegio. Ahí participó en excavaciones bajo la cátedra metropolitana. Cuenta que colaboró en el trabajo para instalar pilotes que contuvieran el hundimiento del edificio. Conforme descendía por unas trincheras de más de 15 metros de profundidad, vio pasar las estratificaciones de la fase contemporánea, la época virreinal y la época prehispánica hasta llegar al agua.
Ya amaba la arqueología pero esa experiencia le confirmó que no había nada más importante para ella ni nada que la hiciera más feliz.
El siguiente regalo que le otorgó su carrera fue participar, también como parte de su servicio social, en unas excavaciones en Palacio Nacional. Sin duda, la estrella de la arqueología iluminaba su camino y la reclamaba para sus filas.
Luego decidió regresar a Chiapas, no sólo porque el terruño llama, sino decidida a adentrarse en la arqueología y la historia de su estado.

Llegando realizó prácticas de campo en El Lagartero un sitio muy interesante rodeado de lagunas con lagartos, que por cierto en la actualidad está abierto al público. Un buen día fue al museo regional que en ese momento dirigía Carlos Silva… “un arqueólogo al cual yo le tengo mucho agradecimiento, porque cuando yo llego le digo que quiero hacer mi tesis sobre materiales cerámicos que tengan influencia teotihuacana. Y entonces él, así en su escritorio, agarra la gaveta, saca la llave y me la da para que yo revise todo el acervo…. Años más tarde yo fui directora del museo en el mismo escritorio, y yo no daba la llave para nada; había todo un protocolo para entrar a los acervos, ¿no? Pero yo tuve el privilegio que me dijeran: «aquí está la llave, entra al acervo y revisa todo lo que necesites…
“Y bueno, no tenía yo ni una semana de estar viendo todo ese material, apenas pensando qué era lo que iba a hacer con tanto, porque son muchísimas piezas, cuando llega Arnoldo González, el director del proyecto Palenque, y me dice: «Fanny, ¿quieres trabajar en Palenque? ¿Qué haces aquí?». Y yo, ni lo acabé de oír, ¿no? O sea, ya tenía la maleta lista. Eso fue un viernes y le digo: «sí, pero por supuesto». Me dice: «solo que te vas a hacer cargo de la bodega de materiales arqueológicos». O sea, de los

materiales que los arqueólogos no nos queremos hacer cargo realmente porque hay que lavar, hay que marcar, hay que… no, es mucha talacha. Y entonces yo le dije: «de lo que sea con tal de estar en Palenque» y me dice: «bueno, te espero el lunes». Ni lo acabé de oír el fin de semana.
En 1993 Fanny ya trabajaba en el Proyecto Especial Palenque y, por primera vez, recibía un salario.
Ese proyecto especial fue posible gracias al interés del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, que destinó el más importante presupuesto aprobado hasta entonces en México para realizar investigación arqueológica, bajo el denominado programa de «responsabilidad social y rescate de la identidad nacional». Ningún gobierno anterior había dado tal importancia a la arqueología, seguramente porque, como Salinas comentaba, si no hubiera estudiado economía le hubiera gustado ser arqueólogo. Por ese gusto apoyó 14 proyectos especiales a lo largo del país, otro de ellos en Toniná. Antes, los trabajos arqueológicos eran esporádicos y con poco dinero; con Salinas hubo financiamiento estable desde el presupuesto federal, recurso que por cierto salió de Pemex que aún era una empresa rentable, lo que permitió trabajar todos los días, limpiar zonas abandonadas y revisar estructuras que nadie había tocado. También la logística vino de Pemex. Ningún presidente posterior ha mostrado más interés ni destinado tantos recursos a Palenque, es decir al sitio arqueológico.
En los hechos, eso hizo posible llevar a Fanny a descubrir la tumba de la Reina Roja. Porque fue ella, su intuición y su persistencia lo que la provocó a excavar donde ya lo había hecho Alberto Ruz, el famoso descubridor de la tumba de Pakal. Luego del memorable hallazgo, Ruz siguió excavando en los edificios vecinos del Templo de las Inscripciones pero a pesar de su experiencia y talento no encontró nada.

Los trabajos de limpieza conducidos por Fanny se toparon de pronto con “un hueco”. Sus reflejos le dijeron que excavara y lo hizo. En determinado momento su jefe la recriminó por ello y le advirtió que podía provocar una desestabilización del edificio.
-“Bueno, 50 centímetros más, si no encuentro nada ahí le paro”, le respondió ella.
–“Va a ser tu responsabilidad”, le dijo Arnoldo González Cruz, se dio la vuelta y se fue.
“Pero– narra Fanny– no fueron necesarios los 50 centímetros. Casi al instante, el trabajador me dijo: “arqueóloga, baje porque aquí el pico casi se me va…pero no veo nada…Por supuesto bajé de inmediato. Alumbré con un encendedor que yo traía, me incliné y al alumbrar veo dos lajas de piedra caliza tendidas, llenas de jade. Y había concha y se veía obsidiana, había cinabrio… ¡Wow!
“El encendedor aportaba una luz muy tenue y se me apagaba a cada instante y yo estaba sumamente asombrada. Eran las piezas de jade jamás vistas, las más grandes que había en Palenque. Por inercia pensé “esto es una tumba”. Decidí ir a informar a mis compañeros, a mi jefe, pero entonces veo con más claridad que no sólo hay lo dicho, también me topo con una puerta tapiada…”

Emocionada como si estuvieran viviendo aquel momento, sigue narrando:
“Entonces me asomo, alumbro con un espejito reflejando los rayos del sol a una rendija, y que veo un pasillo largo… Yo: “¿esto qué es?”. Y ahí empieza toda la historia”.
El 18 de abril, comenzaron a limpiar y abrir el paso con mucha delicadeza, usando herramientas pequeñas para no dañar nada. Al quitar las piedras que lo bloqueaban, se encontraron con un pasillo largo y estrecho, hecho con bloques de caliza bien tallados, que tenía casi 15 metros de largo. Estaba limpio, sin escombros, y parecía que había sido cerrado recientemente, pero en realidad llevaba casi mil 300 años sellado. Al final del pasillo, había tres habitaciones pequeñas. Las dos primeras estaban vacías; solo encontraron algunos restos de ofrendas y señales de que se habían realizado rituales religiosos allí, pero nada más.

La tercera habitación era diferente: estaba totalmente cerrada por un muro de piedra cubierto de estuco.
Así recuerda Fanny ese memorable momento:
“Entonces le pregunto a Arnoldo que si podemos abrir un boquete, chiquito, nada más para saber qué hay ahí… y nos organizamos…entonces llega el trabajador con un bote de estos que usan para cargar mezcla y lo pone de boca debajo de escalón, con su cincel y su marro en mano… se sube al bote y al momento de darle el primer golpe dice: “suena hueco, y cuando caiga la piedra no se va a ver nada”. Así que en ese momento le digo a Arnoldo: nos va a hacer falta luz… Arnoldo la consigue, cae la piedra y se crea la rendija … el trabajador se baja del bote y yo aprovecho a subirme … mi vista se está acostumbrando a la oscuridad, cuando me jala Arnoldo de la cintura . ¿A dónde crees que vas?, me dice, y se sube él al bote y alumbra al interior y dice: “Fany, es una tumba, es una tumba”. Pues lo bajo, le quito la luz, subo yo y le digo: “Arnoldo, es un sarcófago, es un sarcófago lo que está ahí”. Y entonces él vuelve otra vez a bajarme del bote, se sube y me dice: ¿ya viste la ofrenda que está ahí en la entrada?. Vuelvo a bajarlo y de nuevo me subo… y así

estamos, sube y baja del bote, hasta que en una de esas tengo el presentimiento, la intuición, de que lo que está dentro de ese sarcófago es una mujer. Y se lo digo ahí en ese momento: Arnoldo: “lo que está dentro del sarcófago es mujer”. ¿Por qué pensaba eso? No vi ningún elemento por fuera que yo pudiera decir: “es que esto solo se entierra en depósitos funerarios femeninos o algo parecido”. No, la verdad fue una corazonada que yo sentí, y expresé en automático: “es mujer”. Entonces él, con toda razón me regaña y me dice: “la arqueología no es intuición, la arqueología es ciencia”.
Eso sucedió el 16 de mayo.
Paralelamente en las últimas semanas una reportera de La Jornada, Adriana Malvido, se había percatado en la Ciudad de México de que “algo importante ” se había descubierto en Palenque. Cuando pidió información al INAH le dijeron que no, que no había nada de eso. Pero su fuente anónima le replicó que sí. Adriana siguió insistiendo y presionado hasta que le fue autorizada la visita al sitio con la condición de que no revelara nada hasta acordarlo con el instituto. Lo que fuera, se manejaría como secreto de estado. Lo era, porque el presidente Salinas recibía información permanente y quería ser él quien decidiera, con todo derecho, pues quería proyectar a México ante el mundo como un país con una historia grandiosa.
Dos semanas después, el 31 de mayo, se habían abierto camino por un muro posterior para entrar en la cripta sin dañar la “puerta” ni poner el techo en riesgo de desplome. El primero en acceder fue un trabajador, por cierto sordomudo, llamado Gregorio Gómez, a quien cariñosamente apodaban “Don Goyo.

Ese día ingresaron y pudieron inspeccionar la lápida que estaba firmemente sellada al sarcófago y al limpiarla corroboraron que tenía un orificio, un pequeño agujerito intencional que los arqueólogos llaman psicoducto. Es, según sus creencias, el lugar por donde se libera el alma de la persona enterrada. La tumba de Pacal también lo tiene.

Por ahí metimos una camarita para saber qué había allí adentro y cuando vimos dijimos: “no… esto está plagado de jades”.
Por supuesto, lo siguiente era levantar la lápida, pero carecían de equipo para hacerlo. Así que Arnoldo improvisó.
¿Cuántos autos hay en el estacionamiento?, preguntó.
Pues tantos…
Traigan todos los gatos, ordenó.
Adriana Malvido ya estaba allí y era la única periodista en Palenque.
Cuidadosamente colocaron los gatos y se dispuso una persona para manipular cada uno.
Cuenta Fanny: “Decíamos: “uno”, y se levantaba; luego se bajaba la palanca y se levantaba la lápida muy cuidadosamente… déjame decirte que nos decían “el Kínder de Palenque”, pues éramos arqueólogos muy jóvenes, muchos pasantes, trabajando en un sitio tan importante y todos los arqueólogos estaban con las miradas puestas sobre qué estaban haciendo los niños de Palenque… no podíamos fallar…
Así, la madrugada del 1 de junio pudieron remover totalmente la lápida.

Lo que vieron es la historia que ha dado la vuelta al mundo: una osamenta por completo cubierta de una gruesa capa de un polvo de color rojo intenso, el famoso cinabrio, un mineral de sulfuro de mercurio y azufre, lo que lo hace potencialmente tóxico, con brillo adamantino cuando es puro, como el de la tumba de la Reina Roja, que por esa razón fue bautizada así.
Fuera del sarcófago, en la misma cámara funeraria se descubrieron las osamentas de dos personas sacrificadas para acompañar a la soberana en su viaje: un niño de entre 8 y11 años en el costado oriental, y una mujer adulta de unos 30 años en el occidental. Sus cuerpos presentaban huellas de decapitación y extracción del corazón, una práctica ritual reservada para las exequias de los miembros de la más alta realeza maya.
Dentro de la gran caja de piedra se encontró el ajuar funerario:
Cuando Arnoldo González Cruz y Fanny López miraron por primera vez el interior del sarcófago, lo que vieron fue un esqueleto fragmentado y un “rompecabezas” de cientos de piezas verdes y blancas sepultadas en el polvo rojo más otras de concha y pirita.

Así lo narra Arnoldo González Cruz:
“Una colección de jades, perlas, agujas de hueso y conchas cubrían y rodeaban al esqueleto. Unas 1,140 piezas entre las que habrían formado parte de una máscara, collares, orejeras, y pulseras con las que vistieron al personaje para ser enterrado. Entre estos materiales resaltaba una diadema de cuentas circulares planas de jadeíta sobre el cráneo, piezas rectangulares de color verde manzana que rodeaban parte del cráneo y pecho y que un análisis de laboratorio identificó como malaquita y que por su distribución pensamos que se trate de una máscara.
“A la altura del pecho también se localizó una alta concentración de cuentas planas de jadeíta y cuatro navajillas de obsidiana. Alrededor de ambas muñecas había pequeñas cuentas de jadeíta pertenecientes posiblemente a las pulseras y a la altura de la pelvis se localizaron tres hachuelas de piedra caliza, que con seguridad formaban parte del cinturón. Entre las falanges de la mano izquierda y la pared este del sarcófago localizamos una concentración de plaquetas de jade a manera de mosaico, que por sus características probablemente es una pequeña máscara. Una de las piezas más relevante de este conjunto es una minúscula figurilla tallada en piedra caliza que apareció en el interior de una valva de concha y que se ubicaba en la esquina nordeste del sarcófago. Las paredes del sarcófago, el cuerpo y todos los elementos se encontraban cubiertos de un polvo rojo al que se ha identificado como cinabrio”.

Luego dedujeron que las teselas conformaban La Máscara de Malaquita. A diferencia de la de Pakal, que es de jade, la Reina Roja fue enterrada con una máscara
Luego de años de intenso trabajo se logró reconstruir la joyería que portaba la reina al ser sepultada, comenzando por la máscara, hecha principalmente con malaquita. Los ojos están detallados con concha de ostra (Pinctada mazatlanica) y las pupilas son de obsidiana gris. Los expertos afirman que la máscara se desarmó por efecto de la humedad de los siglos que destruyó la argamasa que la unía y por la modificación postural del rostro de la reina al descarnarse. Tomó más de dos años de minucioso trabajo de registro fotográfico y mapeo de la posición de cada tesela. Cada pieza se recogió con pinzas y cepillos muy finos y se numeraron.

Estaban cubiertas de una costra dura formada por tierra, resinas vegetales, restos de tejidos y el polvo rojo de cinabrio que se había fusionado con la piel, los huesos y la malaquita. La posterior clasificación en el laboratorio precedió al trabajo del restaurador Juan Alfonso Cruz para que pudiera rearmar la máscara de malaquita, con auxilio de joyeros, físicos, químicos y dibujantes, devolviéndole el volumen y los rasgos exactos que hoy podemos admirar en las exhibiciones.
La Diadema: Sobre la frente llevaba una cinta o corona formada por discos planos de jade.
Cuentas e Instrumentos en el Cráneo: Cerca de la boca y los oídos se hallaron orejeras de jade y pequeñas cuentas que formaban parte del tocado.
El Collar y el Pectoral: Un gran collar de cuatro hilos compuesto por pesadas cuentas de jade de distintas tonalidades, complementado con un pectoral de cuentas tubulares.
Las Pulseras: En cada muñeca portaba brazaletes formados por múltiples hilos de cuentas de jadeíta.
La Figurilla de Concha: A la altura de la pelvis se encontró una pequeña y detallada estatuilla de una mujer tallada en una concha de Spondylus prínceps, que se cree representaba a una deidad o a la propia reina en una faceta mística.
Un Telar de Cintura: Fragmentos de agujas y herramientas de hueso que denotaban sus altas responsabilidades y atributos femeninos dentro de la corte.
Ofrendas en los Extremos del Sarcófago: En los costados de los pies y de la cabeza, fuera del espacio ocupado directamente por el cuerpo pero dentro de la caja monolítica, se colocaron depósitos rituales específicos:
Vajillas Cerámicas: Platos, cajetes y fuentes de cerámica polícroma que originalmente contenían alimentos y bebidas para su viaje al Inframundo (Xibalbá) y que fueron de suma utilidad para determinar detalles de tiempo y factura.
Navajillas de Obsidiana y Pedernal: Utilizadas en los rituales de autosacrificio y sangrado previos al entierro.
Ofrendas de Concha marina: Diversas conchas enteras de Spondylus y elementos de concha nácar cortados en formas geométricas y zoomorfas.
Para resolver el enigma de su identidad, el Instituto Nacional de Antropología e Historia tuvo que desplegar una batería de ciencias duras que nunca antes se habían coordinado a tal escala para un entierro maya.

Por cierto, la noticia del descubrimiento no fue publicada hasta el 1 de Julio y por supuesto la primicia fue de La Jornada. Ese día el presidente de México lo dio a conocer al mundo, en un momento de grave tensión política en el país, pues recordemos que el primero de enero de ese mismo año fue el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional precisamente en Chiapas, coincidiendo con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio que muchos izquierdistas repudiaban incluyendo a López Obrador y Cuauhtemoc Cárdenas entre otros, y el siguiente 23 de marzo el asesinato de Luis Donaldo Colossio sacudió a la nación.Fuem un año convulso.
Hoy como entonces podemos leer el artículo inicial de Adriana Malvido y los posteriores, que fueron decenas, y en ninguno se le otorga mérito a Salinas de Gortari, sin cuyo apoyo presupuestal el descubrimiento no hubiera sido posible, por lo menos en aquella época. Más aún, hubo algunos desquiciados de los que nunca faltan que afirmaron que era una noticia falsa, inventada, diseñada con el único propósito de distraer la atención que se enfocaba en el conflicto chiapaneco.
LA INFLUENCIA DE IX SAK K’UK Y LA TRANSICION

La gran regente ha quedado en la memoria histórica de Palenque como la mujer que salvó a la nación cuando la dinastía que lo gobernaba fue destruida por los enemigos procedentes de Calakmul.
Su influencia en el destino de Palenque y en el gobierno de su hijo, Kʼinich Janaabʼ Pakal, fue profunda, decisiva y prolongada. No fue sólo el motor de cohesión y el dinamo de la transición; se convirtió en el verdadero pilar político y embrión de la nueva dinastía.
Aunque Pakal ya era el K’uhul Ajaw (Divino Gobernante) desde los 12 años de edad, las inscripciones demuestran que Sak K’uk’ siguió ejerciendo un enorme poder político, militar y religioso durante los siguientes 25 años. Debido a la corta edad con la que Pakal ascendió al trono, ella y su esposo, K’an Mo’ Hix, actuaron como consejeros supremos de su hijo y cogobernantes, siendo siempre ella la figura central.
Bajo su tutela y cogobierno se gestaron los cimientos de la restauración de Palenque y el reinado de Pakal. Falleció en el año 640 d.C., solo tres años antes que su esposo y fue hasta entonces que Pakal, un rey ya maduro y consolidado asumió por completo las riendas del señorío y comenzó las monumentales obras arquitectónicas autónomas que hoy asombran al mundo, de la mano de su esposa la reina Ixik Tz’aka’ab Ajaw quien para entonces ya conocía detalladamente los rincones de la política y la diplomacia del reino y también el arte de gobernar.
Pakal dejó claro testimonio de que le debía el trono y la restauración del reino a su madre. Por ello, desafió las convenciones dinásticas tradicionales y la colocó en el centro de la propaganda de su reinado.
Cuando Pakal construyó el Templo de las Inscripciones para que fuera su propia tumba, mandó labrar detalladamente el colosal sarcófago de piedra. En los costados de la caja mortuoria, esculpidos como si nacieran de las grietas de la tierra, se encuentran retratos de sus ancestros transformados en árboles frutales sagrados.

La efigie de Sak K’uk’ aparece esculpida en dos ocasiones ocupando los lugares de mayor honor, inmortalizada por su hijo no solo como la madre que lo engendró, sino como la gran salvadora y arquitecta política del nuevo Palenque.
El programa iconográfico del contorno de la caja muestra a diez figuras de ancestros reales brotando literalmente de las fisuras del inframundo (Xibalbá), representados de la cintura hacia arriba. Cada ancestro está fusionado con el tronco de un árbol específico, cargado de frutos reales y simbólicos. Por ejemplo, su madre Ix Sak K’uk’ reencarna como un árbol de cacao, mientras que su padre, K’an Mo’ Hix, brota transformado en un árbol de guayaba. Otros ancestros están asociados con plantas de aguacate, chicozapote y nance. Al lado de cada cabeza (como se aprecia nítidamente en la primera y segunda imagen) los escultores labraron cartuchos glíficos más pequeños que detallan los nombres exactos y títulos de cada rey y reina del pasado, creando un bosque heráldico que rodeaba físicamente los restos de Pakal.

Mientras tanto, en el llamado Tablero de Palacio ubicado en la Casa Blanca o Sak Nul Naah, el edificio más sagrado y de mayor importancia ceremonial, utilizado para las entronizaciones, está empotrado el relieve de piedra caliza en la que se observa a Pakal sentado en un trono de dos cabezas de jaguar.( página 10) Justo a un costado aparece la figura de su madre entregándole el atributo de la legitimación del poder dinástico. Arriba de su figura hay un bloque jeroglífico que flota sobre la cabeza de la mujer. Inicia con el prefijo femenino Ix, representado por el rostro estilizado de una mujer joven, seguido del glifo compuesto por las palabras Sak (Blanco) y K’uk’ (Quetzal). Su nombre completo registrado en las inscripciones de Palenque es Ix Sak K’uk’ Ixik’ Ch’ahb’ Ajaw.
La fecha es 9.9.2.4.8 en la cuenta larga maya , 5 de febrero de 615 d.C. El texto glífico declara explícitamente la acción: el ascenso al trono (ch’am k’al) de K’inich Janaab’ Pakal y detalla que recibe el tocado real de manos de su madre.
Pakal, quien nació el 23 de marzo de 603 d.C, gobernó durante 68 años y 33 dias, considerando desde la fecha de su investidura como K’uhul Ajaw, el 26 de julio de 615, hasta su muerte el 28 de agosto de 683, 46 de esos años acompañado de su única esposa la Reina Roja. El suyo es posiblemente el reinado más prolongado de la historia del Mayab.
Cumplió Ix Tz’akbu Ajaw a gran cabalidad con la misión para la que fue importada a Palenque, asegurando el futuro del señorío a través de sus descendientes, aunque tardó nueve años en asegurar su primer heredero, K’inich Kan Bahlam.

Aunque su reinado se asocia a la opulencia, las artes y la prosperidad, durante su permanencia en el trono lo defendieron firmemente con las armas. Palenque no buscó una guerra frontal con la superpotencia de Calakmul, pero libró intensas guerras subsidiarias contra las ciudades aliadas y satélites de su antiguo opresor para arrebatarles el control territorial y comercial.
Entre las principales campañas militares registradas se encuentra La Campaña del Oriente (654-659). Fue el conflicto militar más crítico de su reinado. Las ciudades de Pomoná y Poco Uinic (aliadas de Calakmul) bloqueaban el comercio de Palenque hacia las tierras altas de Guatemala. Pakal lanzó una contraofensiva brutal. En agosto de 659 las fuerzas de Palenque capturaron a varios señores de la guerra y nobles de estas urbes. El evento fue tan relevante que Pakal hizo labrar los retratos de estos jefes militares capturados, humillados y maniatados, en el ala oeste del patio central del Palacio para que los visitantes extranjeros simbólicamente pisaran su orgullo.

Otra fue la captura de Nuun Ujol Chaak. En esa secuela de victorias, las inscripciones registran que el mismísimo soberano de la gran urbe de Tikal,- la tercera potencia junto con Palenque y Calakmul- Nuun Ujol Chaak, buscó refugio y tejió alianzas temporales en la corte de Palenque mientras huía del acoso de Calakmul. Esto demuestra que Pakal había convertido a su reino en un santuario geopolítico seguro y respetado.

Al expandir sus fronteras militares occidentales hacia las llanuras de Tabasco y asegurar el norte de Chiapas, Pakal blindó las rutas de abastecimiento. Cuando falleció, el reino en cenizas que recibió de niño se había transformado en un imperio culturalmente consolidado, inmensamente rico y militarmente respetado, lo que sus hijos Kan Balam II y K’an Joy Chitam II se encargarían de mantener en la cúspide.
La Reina Roja falleció exactamente el 16 de noviembre del año 672. A partir del dato de que tenía 16 años cuando se casó con Pakal en el año 626, se calcula que al morir tendría 62 años, una edad avanzada y extraordinaria para los estándares de la época. Los estudios bioantropológicos practicados a sus restos, entre ellos destacadamente los de la brillante doctora Vera Tiesler, indican que tuvo una buena alimentación, nunca realizó trabajos pesados y en general mantuvo buena salud, pero sufrió de una osteoporosis agresiva que descalcificó y debilitó drásticamente su esqueleto. Esta enfermedad afectó de forma crítica la estructura de sus huesos, al punto de que los análisis

anatómicos mostraron que el hueso de su frente se había vuelto extremadamente delgado, comparado por los investigadores con la fragilidad de una «hojuela». Se teoriza que esta pérdida masiva de densidad ósea estuvo vinculada a desequilibrios de carácter hormonal sistémico, potencialmente agudizados tras haber dado a luz a sus hijos. Los análisis de Vera en su dentadura demostraron que casi no tenía caries. Esto confirma que mantuvo durante toda su vida una dieta de muy alta calidad propia de la máxima élite, basada en proteínas y alimentos blandos finamente procesados, que no desgastaron sus dientes. Su muerte, por tanto, parece haber sido el resultado de complicaciones naturales derivadas de su avanzada edad y del severo desgaste de su salud general, y no de un evento violento o repentino.
El ceremonial funerario de la élite de Palenque, aplicado rigurosamente con la muerte de Ix Tz’akbu Ajaw, era un proceso místico sumamente complejo. Para los mayas, el entierro de un gobernante era sobre todo la preparación para un viaje sagrado a través del inframundo o Xibalbá, donde la soberana debía enfrentar pruebas antes de renacer como una deidad astronómica que contribuiría a sostener el equilibrio cósmico de su pueblo.
Antes de sellar el sarcófago, los sacerdotes cubrieron por completo el cuerpo de la soberana, sus joyas y el interior de la caja monolítica con la densa capa de cinabrio.
En la cosmovisión maya, el color rojo intenso del cinabrio simbolizaba la sangre, la fuerza vital, el este o el retorno del sol a la bóveda celeste y la promesa del renacimiento. Al impregnarla con este pigmento mineral, los sacerdotes realizaban una especie de transmutación ritual, aseguraban que, aunque la carne muriera, su esencia vital continuaría latiendo.
SU IDENTIFICACION
Como mencionamos antes, la carencia de documentos de identidad en la tumba obligó a desplegar una batería de ciencias duras para resolver el dilema. La intuición de Fanny que causó el regaño de su jefe Arnoldo González Cruz cuando se atrevió a expresar que era una mujer sin tener ningún elemento científico para hacerlo, pues aun ni siquiera se había abierto el sarcófago, fue confirmada por el célebre antropólogo físico mexicano Arturo Romano Pacheco, el mismo que 42 años antes, en 1952, había sido también el encargado de analizar e identificar los restos óseos de Pakal el Grande cuando Alberto Ruz Lhuillier los descubrió en el Templo de las Inscripciones.

Al examinar directamente las características anatómicas de la osamenta cubierta de rojo, y basado específicamente en la morfología de la pelvis, confirmó sin lugar a dudas lo mismo que había dicho Fanny: Es una mujer… agregando: y tuvo hijos.
Primero se pensó que pudiera ser la gran regente Sak K’uk, madre de Pakal. Pero los análisis de ADN mostraron que no existía parentesco entre ambas osamentas.
Se partía de algo irrefutable: era alguien estrechamente ligada a Pakal, pues su tumba estaba al lado de la de él y se había construido en la misma época.

por la UNAM y Profesora Investigadora en la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán.
Los estudios osteológicos realizados por Vera Tiesler y Arturo Romano Pacheco determinaron que la mujer de la tumba murió teniendo alrededor de 60 años.
Al revisar las fechas de los registros epigráficos mayas tallados en piedra en el Palacio, se constató que la reina Ix Tz’akbu Ajaw se casó con Pakal en el año 626 y falleció en el 672. Si asumimos que se casó siendo una adolescente o una mujer joven (entre los 14 y 18 años), su edad biológica al morir coincide milimétricamente con el rango estimado por los antropólogos forenses en el laboratorio.
Por su parte, el antropólogo Andrea Cucina realizó análisis de isótopos de estroncio y oxígeno en el esmalte de las piezas dentales de la Reina Roja. Esta técnica permite saber qué agua y alimentos consumió una persona durante su infancia, lo que revela su lugar de origen geográfico.
Las pruebas demostraron que la Reina Roja no era originaria de Palenque, sino que había crecido y pasado sus primeros años de vida en una región cercana con una composición geológica distinta. Esto encajó a la perfección con la historia de Ix Tz’akbu Ajaw, de quien las inscripciones dicen claramente que nació en Ox Te’ Kuh.
La Iconografía significó otra pista de gran valor. Los objetos encontrados dentro del sarcófago terminaron de sellar su identidad. Sobre la tapa de la caja de piedra se halló un malacate de hueso y una aguja, utensilios sagrados vinculados con el hilado y el tejido. En el mundo maya, el tejido estaba directamente asociado con la Diosa de la Luna, la fertilidad y el rol sagrado de la matriarca del linaje real.
Además, en su pecho se recuperó un medallón con una concha esgrafiada y un rosetón con rasgos de un mono araña, que conformaban el emblema del Dios Sol, un símbolo heráldico de altísimo rango político y dinástico que solo la legítima «Señora de la Sucesión», interlocutora de los dioses de Palenque podía portar.
Hoy en día prácticamente no hay científico serio que dude que la Reina Roja es Ixik Tz’aka’ab Ajaw.


Los restos de Ix Tz’akbu Ajaw ya no se encuentran dentro de su sarcófago del Templo XIII. Cuando la Reina Roja fue descubierta el interior de su sarcófago estaba sumamente húmedo y el cinabrio se había adherido fuertemente a los huesos. Bajo un estricto protocolo fueron llevados al Claustro de Sor Juana en la Ciudad de México, donde tras años de estudios los antropólogos forenses determinaron que las condiciones de humedad extrema dentro del Templo XIII deteriorarían los huesos de forma irreversible si eran devueltos ahí. El 15 de junio de 2012, el esqueleto de la reina regresó a Chiapas. Actualmente permanece resguardado en condiciones ambientales estrictamente controladas en los laboratorios de bienes culturales del INAH a resguardo del Museo de Sitio de Palenque «Alberto Ruz Lhuillier».
No están a la vista del público , pero sí su espectacular ajuar funerario original, que incluye la célebre máscara de malaquita, el tocado, los collares de jade y la concha con la figurina que se exhibe de forma permanente en la sala principal del Museo, ubicado a la entrada de la misma zona arqueológica.
Los restos óseos de Pakal se encuentran en su lugar sagrado original: la cripta subterránea del Templo de las Inscripciones.
Tras su descubrimiento en 1952 por Alberto Ruz Lhuillier, la osamenta del soberano fue retirada de la selva y trasladada a la Ciudad de México para su estudio y resguardo en el Museo Nacional de Antropología.

En el año 2010, tras concluirse minuciosos estudios de conservación y estabilización de la cripta principalmente para controlar la humedad y filtraciones de agua, el INAH tomó la decisión de regresar los restos reales a Palenque. El esqueleto fue reubicado con extremo cuidado dentro de su sarcófago monolítico original, sellando la losa de piedra para que el rey descansara definitivamente en el sitio que él mismo mandó edificar para su eternidad. Un detalle sobresaliente es que el sarcófago de Pakal nunca ha sido removido y menos trasladado de su sitio original, por una poderosa razón: la pirámide se construyó alrededor del sarcófago. La caja de piedra es tan gigantesca que no cabe por las puertas ni los pasillos; así que indudablemente, primero se colocó el sarcófago en la fosa y después en su entorno se levantó el Templo de las Inscripciones.

Por estrictas razones de conservación y seguridad, el acceso del público a la cripta subterránea está permanentemente cerrado. Sin embargo, en el Museo de Sitio de Palenque y en el Museo Nacional de Antropología en la CdMx se pueden admirar réplicas exactas a escala real de la tumba, así como su célebre máscara de jade original. A fines del siglo pasado yo y mi familia pudimos bajar hasta la cripta y admirar de frente el enorme sarcófago.
Ciertamente estas tumbas y sus sarcófagos no son los únicos del mundo maya, como se pensó y afirmó durante décadas, pero por su escala, el nivel artístico de sus relieves, sus máscaras de jade y malaquita, y el hecho de haber sido encontradas absolutamente intactas con todo su tesoro milenario, las dos de Palenque siguen ostentando la corona de la arqueología maya.
Actualmente Fanny López Jiménez es rectora de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, ha escrito varios libros sobre arqueología y dictado decenas de conferencias en todo el mundo, y mensualmente organiza visitas y recorridos para entusiasmar a niños de primaria a convertirse en arqueólogos.



