Investigación y edición de José Luis Muñoz Pérez
Versión conjunta de Marco Polo y Colón contemporáneos, el Icaro más exitoso de todos los tiempos y moderna Ave Fénix que resurgió de las cenizas del nazismo para literalmente alcanzar la gloria en el llamado Mundo Libre, Wernher Magnus Maximilian Freiherr von Braun Quistorp, genio alemán que diseñó y construyó los cohetes que llevaron al hombre a la luna, nació en un pueblito de la actual Polonia con menos de mil habitantes llamado Wirsitz, en la provincia de Posnancia perteneciente entonces al Reino de Prusia y por lo tanto al Imperio Alemán, Segundo Reich, un día como hoy 23 de marzo en 1912, poco antes del inicio de la Primera Guerra Mundial. Luego de finalizar la Segunda, en la que participó al lado de Hitler y fue por él condecorado, se convirtió en el cerebro más importante en las filas de los norteamericanos para una de las más grandes hazañas de la humanidad: viajar al espacio exterior. Su pasión por construir cohetes lo atrapó en la adolescencia y fue siempre para él su único gran sueño, que sin embargo nunca vería realizado por completo pues, aunque se fantaseó astronauta jamás lo fue, y como ingeniero le faltó llegar a Marte, su máximo anhelo.
Pero no sólo fue el ingeniero que construyó las fabulosas maquinas que impulsaron al hombre a la luna. Fue también el gran propagandista y divulgador que entusiasmó al pueblo norteamericano con su idea y el hábil cabildero que logró imponer su sueño y obtener gigantescos recursos de la clase política, incluso más allá de la voluntad del presidente Eisenhower.
Independientemente de sus históricas proezas científicas, para mi fue un personaje especialmente importante porque lo conocí y entrevisté en la Zona del Silencio del Bolsón de Mapimí, una auténtica chiripada gracias a la cual obtuve mi primera plaza de reportero, en El Heraldo de Chihuahua, cuando acababa de cumplir 15 años de edad.

En sus venas corría sangre de alcurnia y gran prosapia por ambas ramas, por lo cual su nombre incluye el término Freiherr, que es un título de nobleza de origen merovingio y significa Ilustre señor gozando de todos sus derechos feudales en perfecta plenitud, heredado de su padre, un adinerado barón cuyos ancestros poseían tierras en el sur de Alemania desde varios siglos atrás; y su madre, Emmy von Quistorp, hija de un miembro de la cámara de los Lores, era descendiente por parte de madre y padre de la realeza europea medieval. Tenía entre sus antepasados a Felipe III de Francia, Eduardo III de Inglaterra, Roberto III de Escocia, y Valdemar I de Dinamarca. Ambos progenitores de Wernher eran personas cultas y refinadamente educadas. Pasó la infancia junto a sus dos hermanos, Sigismund, mayor; y Magnus, menor, en el ambiente privilegiado de las clases altas de Berlín, a donde la familia se trasladó en 1915, cuando su padre fue llamado a ocupar un alto cargo en el Ministerio del Interior y posteriormente el de Ministro de Alimentación y Agricultura, en un período de la República de Weimar de constantes dificultades políticas pero de gran efervescencia cultural, con avances en las artes, la literatura y la ciencia, y en el que también se promovieron derechos de las mujeres y se fomentó la libertad de expresión.
En 1934, a sus 22 años, Wernher ya se había graduado de ingeniero mecánico y obtenido su doctorado en física por la Universidad de Berlín, con las más altas calificaciones.

De niño Wernher se apasionó por la música, aprendió a tocar el violonchelo y el piano y tomó lecciones con Paul Hindemith, uno de los compositores alemanes más importantes de su tiempo. Muy temprano compuso piezas de corte clásico y llegó a soñar con ser compositor, como su maestro, de quien copió el estilo. La música fue una primera afición que nunca abandonó. Sin embargo, a los ocho años, cuando fue llevado a la confirmación en la Iglesia Luterana, su madre le regaló un telescopio, objeto clave para que desarrollara una temprana querencia por la astronomía, según su propio relato. Esa afición se convirtió en pasión cuando, en 1925, con trece años, cayó en sus manos un ejemplar del libro En cohete a los espacios planetarios, escrito un par de años antes por el físico alemán de origen austrohúngaro Hermann Oberth, quien a los 29 años de edad lo presentó como su tesis doctoral.
Wernher quedó prendido del tema.
Nunca más prestó mayor atención a cosa alguna, ni siquiera a las hermosas y múltiples chicas que lo procuraban, aunque en su juventud tuvo fama de mujeriego.

La obra de Oberth abría la imaginación a temas hasta entonces insospechados, pues afirmaba que con los conocimientos de la época ya era posible construir aparatos que volaran con tal fuerza y velocidad capaces de llegar más allá de la atmósfera y salir de los límites de la influencia gravitatoria del planeta, liberándose de la atracción, es decir, hasta dónde ya no tendieran a caer. También mencionaba, quizá por primera vez en una tesis científica, que los cohetes podrían impulsar naves tripuladas por personas. Fue una idea que disparó el entusiasmo por los cohetes en Alemania abriendo múltiples apetitos, incluyendo el de que ponto podrían ser rentables. Otros temas que abordó la obra alcanzaban dimensiones fantásticas, como la posibilidad de colocar gigantescos espejos en la órbita terrestre para redireccionar la luz del sol y controlar el clima. Aunque algunos eran utópicos y quizá descabellados, su planteamiento mostró la magnitud de las aspiraciones de la generación científica germana de entreguerras.
Pero no fue Oberth su única fuente de inspiración. En 1928, a los dieciséis años, Wernher von Braun presenció en Berlín una demostración pública del Opel-RAK, un coche cohete construido por el famoso fabricante de automóviles Fritz von Opel con la ayuda del pionero austriaco de la cohetería Max Valier. Aquel coche fue capaz de

alcanzar los 238 kilómetros por hora, impulsado por 24 cohetes de combustible sólido y dejando al joven Wernher profundamente impresionado. Tanto, que decidió crear su propio modelo casero. Compró los cohetes de fuegos artificiales más gordos que pudo encontrar y los ató a un trineo. Pero tuvo la mala idea de probarlo a lo largo de una acera peatonal, estrellándose en la ventana del sótano de una tienda de vinos y viandas, lo que provocó un gran alboroto y susto, aunque no víctimas. Acabó siendo detenido por la policía que, después de interrogarlo, lo entregó a su influyente padre para que le impusiera castigo en casa. El varón sentenció que ese desgraciado incidente sería el fin de la diversión con cohetes.
Pero cuando aquel mismo año sus padres lo enviaron al Hermann-Lietz-Internat, situado en la isla alemana de Spiekeroog, en el mar del Norte, él ya había decidido que iba a estudiar física y matemáticas para dedicarse a la ingeniería de cohetes. Dos años más tarde, ya con dieciocho, Von Braun asistió a la Universidad Técnica de Berlín, donde se unió a la Verein für Raumschiffahrt (una prematura Sociedad para los Viajes Espaciales), que acababa de ser fundada por un grupo de pioneros de los cohetes que habían participado como “asesores expertos” para la filmación de la película muda de ciencia ficción ‘La mujer en la Luna’, dirigida por Fritz Lang en 1929. Entre ellos se encontraban Max Valier —el de los coches cohete de Opel— y Hermann Oberth, el autor del libro inspirador. Esa producción cinematográfica mostró al mundo por primera vez las ideas de Oberth. Un cohete de

faces múltiples que una a una se desprendían, lanzaba al espacio una nave, llegando hasta una zona sin gravedad, adelantándose con gran apego a la realidad de 50 años más tarde. Ciertamente, antes de que Neil Armstrong dejara la primera huella humana en la faz de la Luna, la imaginación humana ya había dado ese “gran salto” otras veces.
El público disfrutó la cinta de ficción, pero para Wernher tuvo un determinante impacto en la vida real: significó la resolución de que ese sería el propósito de su existencia.

A principios de los años 30, uno de los científicos que mayores logros estaban alcanzando a la hora de explorar las grandes altitudes era el físico, inventor y explorador suizo Auguste Piccard, recordado por sus vuelos en globo de hidrógeno. Piccard diseñó una góndola esférica de aluminio presurizado que permitía ascender hasta las capas más altas de la atmósfera sin necesidad de llevar un traje de presión. Con el apoyo del Fondo Nacional de Investigación Científica de Bélgica, construyó su invento y a bordo de él, el 27 de mayo de 1931, Piccard y su ayudante, Paul Kipfer, despegaron desde la localidad alemana de Augsburgo y se convirtieron en los primeros seres humanos que alcanzaron la estratosfera, con una altitud récord de 15 mil 781 metros.
En 1931, siendo aun estudiante, Von Braun pasó una temporada en Suiza, en la Universidad ETH de Zúrich, ayudando a su admirado Hermann

Oberth a escribir un libro sobre las posibilidades de crear y fabricar cohetes de combustible líquido. Wernher se había acercado a él al concluir una conferencia y directamente le había dicho: “estoy seguro que algún día construiré un aparato para viajar a la luna”. Oberth lo felicitó y no sólo lo impulsó a dedicarse, sino también lo adoptó como discípulo. Al año siguiente, de vuelta en Berlín, Von Braun fundó la empresa de desarrollo de propulsores que fabricaría el primer cohete impulsado por gasolina y oxígeno líquido. En cuanto el ejército alemán tuvo noticia de aquella empresa, el mayor Walter Donberger se puso en contacto con Von Braun para ofrecerle colaborar en la realización de
investigaciones básicas sobre misiles y experimentos con datos meteorológicos. Tenía tan sólo 19 años de edad, aun no salía de la Universidad y ya estaba seriamente involucrado en la profesión de fabricar cohetes y asociado con el ejército, que interesado en su talento le proporcionaba recursos.

Donberger se convertiría en su padrino, protector y guía dentro del ejército.
Su padre no volvió a mencionar el incidente del experimento de la acera peatonal y tanto él como la baronesa mantuvieron el apoyo económico que la universidad requería. Sin embargo, el ejército le ofreció a Wernher pagar sus estudios, por lo que no sufrió escasez alguna, sino todo lo contrario. Aunque le sobraban recursos para divertirse con las chicas, dedicaba su tiempo casi por completo a su pasión por la cohetería y los métodos de propulsión. En esos años se ganó el respeto de sus condiscípulos por ser un alumno adelantado y le reconocían su liderazgo.
En 1932 organizó su primera demostración de un cohete ante mandos militares en un viejo almacén abandonado que había sido utilizado por la milicia durante la guerra. Los cohetes eran quizá el único renglón que no estaba prohibido por el Pacto de Versalles firmado en 1919, para poner fin oficialmente a la Primera Guerra Mundial que estableció duras condiciones para Alemania. Aunque el evento no tuvo un gran éxito, sí fue suficiente para que la empresa de Wernher obtuviera un contrato formal el día 2 de enero de 1933 para desarrollar cohetes para el ejército. A los 20 años comenzó a trabajar en un campo militar secreto de pruebas en las afueras de Berlín en la construcción de dispositivos para armamento.
Varios de sus colegas no estuvieron de acuerdo en realizar trabajo secreto para el ejército y rechazaron incorporarse, pero a Wernher no le incomodo mayormente. Tenía como objetivo superior construir su cohete. Entusiasmado, no desaprovechaba oportunidad para decirle a todo aquel con quien conversara, incluyendo por supuesto a las chicas, que en algún momento de sus vidas serían testigos de viajes espaciales.
Tan solo 2 meses después de obtenido el contrato, el 5 de marzo, un nuevo canciller ganó las elecciones: Adolf Hitler. Algunos creyeron que era buena noticia porque el partido nazi había obtenido los suficientes votos para establecer gobierno en solitario, poniendo fin a un complicado período de estancamiento parlamentario por la pulverización de las bancadas. Además, era antimarxista y opuesto al Tratado de Versalles, como él y la gran mayoría de los alemanes del momento.

Wernher, que no sólo era ajeno sino sentía urticaria por la política, no encontró ningún inconveniente en seguir con su trabajo cuando su padre le comentó que los nazis no traerían nada bueno para el país y se retiró a la vida privada refugiándose en su mansión de Silesia. Más aún cuando el apetito nazi por el rearme le facilitó los recursos prácticamente ilimitados para desarrollar su cohete impulsado con combustible líquido, de 300 kilómetros de alcance. Se le autorizó ampliar su equipo humano y se le ordenó instalarse en un sitio adecuado para un programa secreto. Buscando un lugar aislado, su madre le comentó que conocía uno idóneo en una isla en el Mar Báltico donde su marido solía cazar patos varios años atrás. Así encontró Peenemünde, una localidad del noreste de Alemania, en el norte de la isla de Usedom, cerca de la desembocadura del río Peene, en la porción más oriental de la costa báltica germana, que llegaría a convertirse en un centro neurálgico para el desarrollo de armas de destrucción masiva y que tuvo un impacto significativo en la historia militar y en los avances tecnológicos posteriores. Más de 2 mil personas entre técnicos, ingenieros y científicos trabajaron ahí el proyecto para construir un cohete que llevaría una ojiva balística, y Wernher, de 25 años, fue nombrado director técnico, bajo el mando del coronel Donberger.

1934 fue el año en el que obtuvo el Doctorado en Física, con una tesis titulada ‘Acerca de las pruebas de combustión’. Pero en realidad esa tesis solo era una parte de su auténtica investigación, la fracción que se hizo pública. La tesis completa permaneció clasificada por el Ejército alemán hasta 1960. Su título era ‘Construcción, solución teórica y experimental al problema del cohete de propulsante líquido’, y en ella se detallaban el diseño y la construcción del cohete A2. Con el apoyo del ejército, Von Braun había construido y probado con éxito dos de aquellos cohetes de combustible líquido a finales de 1934, y con uno de ellos había alcanzado los tres mil quinientos metros de altitud.
En 1937 se afilió al Partido Nacional Socialista simplemente porque todo aquel que trabajara con el gobierno debía hacerlo. No tuvo ningún reparo, ni sentía alguna repulsión mayor por los nazis.

En determinado momento el Führer visitó las instalaciones en Peenemünde para presenciar una prueba de los motores del A4 que lo dejó impresionado. Dada la magnitud y el enorme costo del proyecto se requería su personal aprobación. Pero al preguntarle a Wernher cuanto tiempo tardaría en desarrollar el cohete completo, el joven ingeniero le respondió que entre 5 y 10 años. Hitler, mostrando clara decepción, comentó con una mueca que era demasiado tiempo. Muy pocos lo sabían, pero sin duda ya pensaba en la guerra. Wernher sintió que todo terminaría ahí y sus biógrafos comentan que no tuvo ánimos para sonreír en la foto oficial a la que no fue invitado a formar parte de la primera fila. Sin embargo, los fondos siguieron fluyendo y en 1938 Donberger y Von Braun pudieron presentar un video con el cohete terminado. Sólo tenía al final un texto: “Lo hemos logrado”. Hitler se sintió feliz y abrazó a Von Braun. A partir de entonces no lo olvidaría.
Una semanas después Wernher recibió a un visitante enviado con un mensaje de Heinrich Himmler, el repugnantemente célebre jefe de las SS, para entonces una organización paramilitar cuya función principal era servir como guardia personal de Hitler y de otros altos funcionarios del gobierno y del partido. El enviado, un coronel Müller, le llevaba la propuesta de darse de alta en las SS. Wernher pensó que aquello significaba que lo moverían de su trabajo en los cohetes, pero el enviado le aseguró que de ninguna manera. Seguiría haciendo exactamente lo mismo, pero tendría el “honor” de formar parte de aquella “elite”. Aun así, Wernher pidió tiempo. Lo primero

que hizo fue consultarlo con el coronel Donberger, quien le respondió que negarse sería poner en riesgo todo el proyecto, su futuro y su propia libertad. Rápidamente buscó al contacto y le dijo que aceptaba gustoso. Seguramente nunca imaginó que durante la guerra las SS se convertirían en instrumento clave en el cumplimiento de las políticas racistas, la represión, la persecución de los opositores políticos, y del terror, hasta llegar a coordinar la llamada “solución final”. Wernher nunca fue llamado a desempeñar ninguna otra función que la relacionada con la fabricación de cohetes, pero fue ascendido tres veces hasta alcanzar el rango de Sturmbannführer, similar al de comandante, y que literalmente significa “líder de unidad de asalto”. Von Braun declaró que se trataba simplemente de promociones técnicas que recibía cada año por correo. También afirmó, cuando le enseñaron una foto suya cerca de Himmler y vestido con el uniforme negro de las SS, que solo lo había portado en esa ocasión. Pero en 2002 un antiguo oficial de las SS contó a la BBC que Von Braun vistió el uniforme de las SS en todas las reuniones oficiales. Sin embargo, en todas las otras fotos aparece con ropa de civil.
Las operaciones para construir el A4 se trasladaron al interior de unas profundas cavernas en las montañas Hartz, un campo al que se le denominó Dora-Mittelbau. También se le cambió el nombre al cohete, por órdenes del Führer, a V-2, que significa Segunda Revancha, o Vergeltung zweit. Vergeltung, una de las palabras que se utilizan en la lengua germana para referirse a venganza o revancha, implica una reacción o respuesta a una acción previa, en un contexto de conflicto. Se refiere a la idea de que cualquier acción tiene su correspondiente reacción, y que esto puede ser una forma de justicia o desquite. Como todos sabemos, una de las ramas de proselitismo de Hitler fue la de que Alemania había perdido la Primera Guerra por un armisticio o rendición que no obedecía a una derrota real, sino fingida por sus dirigentes políticos y los ricos judíos. La idea cobró una gran credibilidad en la sociedad lastimada.

De ahí que convenciera al pueblo alemán de que emprender una nueva guerra de revancha era absolutamente lícito. El V-2 fue un arma mortífera que segó la vida de miles de personas incluyendo civiles en Londres y otras ciudades europeas y que hizo famoso a Wernher von Braun como su creador, no sólo en Alemania sino también en los países aliados que fueron sus enemigos durante la guerra. También costó innumerables vidas antes de ser disparado por primera vez, pues las labores obreras las realizaron miles de prisioneros utilizados como esclavos, muchos de los cuales murieron dentro de las cavernas, pasando meses sin ver la luz, y otros fueron ejecutados ahí mismo en la horca. El V-2 fue el primer proyectil balístico de largo alcance de la historia y se estrenó el 8 de septiembre de 1944 en el barrio de Chiswick, en las afueras de la capital británica. Pese a su alto costo, los nazis lanzaron unos 5 mil contra los aliados, Londres y Amberes principalmente, causando enorme destrucción y dejando una sangrienta ola de muerte.

Con toda puntualidad llegaban a Wernher las noticias de los efectos que provocaban sus cohetes y prácticamente a diario veía el trato inhumano que sufrían los obreros de su proyecto, pero jamás se atrevió a emitir protesta alguna, sabedor de que hacerlo significaba firmar su fin y de lo que colocaba por encima de todo: su proyecto. Esperaba con ansia que la guerra terminara y llegara el tiempo de que su trabajo tuviera otro destino, que no fuera matar gente.
A pesar de todo, para 1943 Wernher había perdido toda confianza en Hitler y en su Estado Mayor sobre el manejo de la guerra y estaba seguro de que Alemania perdería. Su esperanza de diseñar y fabricar cohetes para un propósito no bélico sino afín con su sueño de viajar al espacio se desmoronaba día a día.
Su mente comenzó a ocupar la mayor parte del tiempo en calcular dónde podría seguir desarrollando sus cohetes. Dónde y para quién.
Una noche en una reunión con colegas en la que se consumió alcohol despreocupadamente, sus inquietudes se convirtieron en palabras. Con inusitada franqueza comentó con un grupo que no veía cómo revertir la tendencia que se registraba en los campos de batalla. Como los espías estaban en todos lados, no faltó uno que llevó el reporte a las SS. Al día siguiente Wernher fue detenido y sometido a largos interrogatorios. Permaneció en la cárcel durante dos semanas hasta que Donberger logró hacer llegar el mensaje al Führer.
Personalmente Hitler emitió una orden semejante a un salvoconducto que blindaba a Wernher y mandaba que por ningún motivo se interrumpiera su trabajo. No sólo s

alió inmediatamente libre sino que a los pocos días, el 29 de octubre de 1944, fue condecorado con la Orden Caballeresca de la Cruz de Guerra con Espadas, la máxima otorgada a un civil en colaboración con el ejército en el régimen nazi. Se otorgaba por mérito a soldados por servicios excepcionales relacionados con la batalla, pero no directamente en el frente.
Pero en su mente ya estaba claro que debía decidir cómo continuaría su labor al terminar la guerra que Alemania no iba a ganar.
Con absoluta discreción, en las siguientes semanas consultó privadamente con los más cercanos de su equipo si estarían dispuestos a colaborar con el enemigo. Prácticamente todos coincidieron en que lo harían, pero nunca con los soviéticos. Fue esta una opinión unánime y estuvieron de acuerdo en que sólo había una opción que podía patrocinar su proyecto de viajar al espacio, y esa era lo que ellos llamaban “América”.

A principios de 1945, cuando la derrota nazi era inminente, Wernher planeo con la complicidad de su hermano Magnus, ingeniero químico que trabajaba con él como experto en combustibles y hablaba un inglés aceptable, contactar con los americanos para ofrecer su rendición. Falsificó un legajo de documentos con supuestas órdenes superiores y trasladó a cerca de 500 de sus colaboradores al área de Oberammergau, en los Alpes bávaros, donde supuestamente continuarían sus trabajos, mientras el caos se apoderaba del alto mando. Wernher aprovechó el momento y el traslado para ocultar los planos del V-2 y otros muchos registros de sus diseños e investigaciones en una mina abandonada de la cordillera de Hartz, que sólo él, su hermano, un chofer y Donberger ubicaban, aunque el conductor nunca supo qué escondían.
Se dice que el 22 de abril, cuando los soviéticos estaban a punto de concretar la toma de Berlín, los científicos del grupo de Wernher, incluyendo al coronel Donberger, supieron de la orden del Führer transmitida en su nombre por Goebbels, de enviar a las cámaras de gas a todo el personal relacionado con la investigación de cohetes para evitar que el enemigo se hiciera con sus conocimientos. Orquestadamente se dispersaron en la región montañosa antes que las SS pudieran organizarse para ejecutar la instrucción. Por supuesto, también se movilizaron para evitar caer en manos de los rojos, a quienes no sólo repudiaban sino también temían. Los soviéticos tenían la consigna de atraparlos. Habían recibido de Moscú una lista de los científicos que le interesaban a Stalin y Von Braun la encabezaba.

El 29 de abril las tropas alemanas destacamentadas en Italia se rindieron ante el Mariscal inglés Harold George Alexander, comandante en jefe de las fuerzas aliadas en el Frente del Sur de Europa y el Mar Mediterráneo. Sería el principio del fin.
El 30 de abril Hitler se habría suicidado junto con su esposa Eva Braun y un día después también Goebbels y su mujer, después de asesinar a sus hijos. El 1 de mayo la radio berlinés dio a conocer la noticia que causó una gran alegría en cientos de millones de personas alrededor del mundo. ( ver El Día de la Victoria – Meridiano 107 )
El 2 de mayo de 1945, mientras el general Helmuth Weidling, comandante de la guarnición de Berlín firmaba la rendición de la ciudad desobedeciendo a Hitler, Magnus Von Braun, el hermano de Wernher, montando una bicicleta se acercó a un soldado del 44º Ejército de Infantería de USA en un camino cercano a Garmisch-Partenkirchen y le dijo en inglés: “Mi hermano inventó el V-2 y queremos rendirnos”.

Wernher llevaba un cabestrillo sosteniendo su brazo izquierdo enyesado, que se había fracturado al igual que el hombro en un accidente automovilístico en marzo, cuando su chófer se quedó dormido al volante durante las escapadas iniciales a esconder los documentos en la mina abandonada. Contraviniendo el consejo de los médicos, ordenó entonces que le enyesaran la zona lesionada para salir cuanto antes del hospital, pero por culpa de esa precipitación al mes siguiente tuvo que ser hospitalizado de nuevo para que le volvieran a fracturar los huesos y se los realinearan antes de enyesarle el brazo por segunda vez. Así lo tenía cuando llegó a entregarse con el hasta entonces enemigo.
Antes de 24 horas, 127 científicos e ingenieros de su equipo ya estaban en manos de los norteamericanos, que los recibieron con los brazos abiertos. Siguieron largas conversaciones o interrogatorios, siempre caracterizados por una especial gentileza, pues los americanos tuvieron desde un inicio instrucciones de tratarlos cordialmente. De hecho, ya tenían en marcha la Operación Overcast, predecesora de la Paperclipp, para evacuar de Alemania a los sabios que les interesaba llevar a Estados Unidos, aprobada en Washington el 20 de junio de 1945 por el Estado Mayor Conjunto. No por casualidad, su lista también la encabezaba Von Braun, “el autor del famoso V-2”, que tanto daño y admiración había causado. Según relató Dornberger años más tarde, poco después de entregarse a los aliados, una noche unos agentes soviéticos disfrazados con uniformes ingleses intentaron secuestrar a Von Braun de su alojamiento. Por suerte, los guardias descubrieron el engaño y les impidieron el acceso.

Debido a que el nombre Overcast se hizo público por el uso del campamento que se montó para albergar al botín que integraron los científicos, se le cambió el nombre a Papeclipp, con el que adquirió fama mundial.

Una pieza clave para la identificación de ese “botín” de guerra fue Werner Oskar Edwald Osenberg, un científico alemán nacido en 1900, especializado en materiales y catedrático de máquinas-herramienta, que operó como Jefe del Departamento de Investigación, Invenciones y Patentes del Alto Mando y como organizador del desarrollo de armamentos estratégicos para el Tercer Reich, posición desde la que integró una amplia base de datos con más de 5 mil científicos para integrarlos al Reichsforschungsrat o Consejo Imperial de Investigación. Él colaboró ampliamente con los norteamericanos al finalizar la guerra proporcionando gran parte de los nombres de más de mil 500 científicos de distintas disciplinas, que según la enciclopedia Britannica fueron llevados a Estados Unidos. También participó como declarante en los Juicios de Nuremberg en diciembre de 1946 y posteriormente trabajó como investigador en el uso de cerámicas como materiales de corte y otros temas de ingeniería mecánica, desde 1954 hasta su muerte en Renningen en 1974.

El primer grupo, del que formaba parte Wernher von Braun, arribó a Nueva York el 16 de septiembre de 1945 a bordo del USS Argentina. De inmediato fueron todos trasladados a un campamento en Fort Bliss, en las afueras de El Paso, Texas, y posteriormente al Centro de Investigaciones de White Sands, en Nuevo México. No parecía tener ningún atractivo, pero Wernher encontró algo que le pareció fantástico: era un lugar con cielo límpido que permitía una nítida observación de las estrellas.
Esa parte del botín no sólo incluyó mentes brillantes, también una gran cantidad de planos, diagramas y fórmulas y los componentes para armar 60 cohetes V2, además de cerca de varias toneladas de herramientas especiales. Dicho de otra manera, los norteamericanos no dejaron ni un tornillo al alcance de los soviéticos.
Pero no todo el equipo corrió la misma suerte. Walter Donberger, el oficial de mayor rango fue retenido en Alemania y sometido a interrogatorios durante 2 años, hasta que Von Braun a fuerza de insistencia logró que fuera liberado.

La principal labor de Von Braun y su equipo en los primeros años fue capacitar a militares norteamericanos en la comprensión del funcionamiento de los cohetes y en lo que podemos llamar transmisión de tecnología. Eran estrechamente vigilados por que la mayor preocupación del alto Mando consistió en mantenerlos alejados y ocultos de los soviéticos.
Von Braun varias veces confesó que estuvo cerca del aburrimiento, que evitó gracias a que siempre estaba estudiando y concibiendo nuevos diseños y se le proporcionaban todos los libros que solicitaba. Pero no se podían quejar, había buena comida, les pagaban dólares y vivían en paz, lo cual era mucho mejor que vivir en el Berlín devastado. En un artículo escrito por él en 1952, reconoció que le fue “bastante bien bajo el totalitarismo”, aunque también describió a Hitler como “un tonto pomposo con un bigote de Charlie Chaplin” y una persona “totalmente sin escrúpulos, un hombre ateo que se creía el único dios”.
Por su parte, el FBI, el Departamento de Estado y el Departamento de Justicia de los Estados Unidos se encargaron de eliminar y desaparecer toda información contenida en los archivos nazis y en los reportes de inteligencia que implicaran a los científicos, en un decidido afán por borrar su pasado y limpiar su imagen. Llegaron a reescribir informes que los espías norteamericanos enviaron a sus superiores con el mismo fin. Pero lo que no pudieron borrar fue el recuerdo que permaneció inolvidable en la mente de muchas víctimas.

En el caso de Von Braun el FBI llegó a la conclusión oficial de que, si bien había recibido numerosas cartas de elogio del partido nazi por el desempeño de sus deberes durante la dictadura, su participación obedeció únicamente a su deseo de prosperar en su carrera científica y al miedo lógico que sentía por la posibilidad de ser encarcelado o ejecutado si dudaban de su compromiso ideológico. Nunca fue acusado de haber cometido algún crimen en su vida nazi. Pero algunos sobrevivientes de Dora-Mittelbau que testificaron años después de finalizada la guerra lo describieron como un auténtico “hijo de puta” que no se inmutaba con el dolor de los esclavos ni sentía remordimiento por las enorme cantidad de muertes que provocaron sus cohetes utilizados para lanzar bombas.
Y efectivamente, en más de una ocasión declaró que no creía que los científicos fueran responsables de lo que los militares hicieran con sus inventos. Enfatizaba la imparcialidad de la ciencia, diciendo que “no tiene dimensiones morales hasta que sus productos son usados por la sociedad”.
A fines de 1946 escribió a su prima hermana María Luise von Quistrop de 18 años de edad, hija de una hermana de su madre, proponiéndole matrimonio y rápidamente recibió respuesta afirmativa. En febrero de 1947 regresó por primera vez a Alemania y el 1 de marzo se casaron en la iglesia luterana Christuskirche de Landshut, la capital de la Baja Baviera, a orillas del río Isar. Se instalaron en White Sands. Tuvieron dos hijas, Iris y Magrit, y un hijo, Peter.
En 1950, al comienzo de la Guerra de Corea, Von Braun y su equipo fueron trasladados al Arsenal de Redstone, en Huntsville, Alabama, que se convertiría en su hogar durante los siguientes veinte años. El pequeño pueblito se transformó pronto en una población mediana llena de ingenieros y científicos que la harían famosa como la capital nacional de los misiles. Allí, bajo la dirección de Von Braun, se desarrolló el Redstone, el primer misil balístico de gran tamaño de los Estados Unidos, que era básicamente un descendiente directo del V2. Pero Wernher no se conformaba con fabricar armas; seguía con la mirada puesta en las estrellas.


En esos años se convirtió en un gran divulgador científico. Colaboró con la revista Collier’s en una serie de artículos titulados ¡El hombre pronto conquistará el espacio!, donde presentaba planes detallados para una estación espacial, una expedición a Marte y, por supuesto, un viaje a la Luna. También fue la voz de la NASA. Una especie de fiebre recorría la Unión Americana, levantando una gran afición por las historias de ciencia ficción que con frecuencia abordaban supuestos viajes a otros planetas y la visita a la tierra de extrañas criaturas extraterrestres. Eran muy populares, pero todo el mundo los consideraba como mera ficción.
Fue entonces que encontró a un aliado fenomenal: Walt Disney. Hicieron una mancuerna fabulosa en la elaboración de una serie de programas de televisión llamada Men in Space sobre la exploración espacial que cautivó al gran público. Fue la plataforma que lo convirtió en el rostro de la conquista del espacio para los estadounidenses: un científico carismático, entusiasta y con un ligero acento alemán que prometía un futuro brillante más allá de la Tierra. Dicho de otra manera, Disney fue el cohete que lo lanzó al estrellato mediático.

Los comentarios sobre su antecedente nazi habían quedado sepultados por su carismática personalidad ligada al futuro espacial.
Sin que su pasado significara el menor obstáculo , el gobierno de Dwight Einsenhower le otorgó la nacionalidad estadounidense en 1955 igual que a su esposa.

El 4 de octubre de 1957 el lanzamiento del primer satélite al espacio, el Sputnik soviético, asombró al mundo y sacudió las estructuras del pensamiento científico y militar. Ciertamente desde antes del Sputnik Estados Unidos entendió que observar actividades militares desde el espacio sería una ventaja estratégica. Ambas superpotencias desarrollaron satélites de Fotorreconocimiento, Interceptación electrónica, Alerta temprana, Identificación de objetivos y otros para comunicaciones militares, meteorología, navegación y posicionamiento, pero no habían sido lanzados. El lanzamiento del Sputnik cambió las reglas del juego. La carrera espacial ya no era un sueño romántico, ni una hipótesis militar, sino una cuestión urgente de seguridad nacional…y de prestigio.
El éxito del Sputnik fue utilizado por el líder soviético Nikita Krushev como una muestra de preeminencia tecnológica y de superioridad del sistema socialista.

Por supuesto, el hecho dolió profundamente en el orgullo norteamericano y el gobierno de Dwight D. Eisenhower se apresuró a intentar empatar la naciente carrera espacial, apremiando el programa Vanguard.
El programa estadounidense de satélites terrestres había comenzado en 1954 como una propuesta conjunta del Ejército y de la Armada llamada Project Orbiter, que pretendía poner en órbita un satélite científico durante el Año Geofísico Internacional -que comprendió del 1 de julio de 1957 al 31 de diciembre de 1958-. La idea, que utilizaría un misil Redstone, diseñado y construido por Von Braun como lanzador, fue rechazada por el presidente Dwight Eisenhower, que se inclinó por el Project Vanguard, colocado bajo la administración de la US Navy y la supervisión del Departamento de Defensa, y no contemplaba el uso de un misil sino el de un cohete pensado expresamente para lanzamientos civiles.
Sin embargo, antes de que terminaran de reaccionar, el 3 de noviembre de 1957 a las 02:30 GMT los soviéticos lanzaron un segundo Sputnik, esta vez con el primer terrícola vivo que visitó el espacio: la perrita Laika.

Otro impacto tremendo a favor del orgullo soviético y contra el norteamericano.
El prestigio del régimen socialista parecía posicionarse sin rival en las alturas.
El 6 de diciembre de 1957, 2 meses después del lanzamiento del Sputnik 1 y 33 días después del Sputnik 2, en Cabo Cañaveral, a las 16 horas con 44 minutos y 35 segundos GMT se encendieron los motores del primer satélite norteamericano dirigido a orbitar la tierra, el TV3, desarrollado por el mencionado programa Vanguard, cuyo nombre significó la pretensión de posicionar a los Estados Unidos a la vanguardia de la conquista del espacio.
Fue un rotundo fracaso.
Aunque el cohete encendió correctamente y comenzó a ascender, aproximadamente 2 segundos después del despegue, tras elevarse apenas unos metros, perdió el empuje y cayó a la plataforma de lanzamiento. Al impactar, los tanques de combustible se rompieron y explotaron, destruyendo el cohete y dañando gravemente la plataforma. El satélite fue proyectado más allá del lugar del impacto y literalmente arrastrándose aún enviaba señales, dramatizando aún más el fracaso.

Se manejaron varias hipótesis sobre las causas, como una fuga de combustible entre el tanque y el motor, posiblemente debido a una conexión suelta en una tubería o a una junta defectuosa; baja presión en el tanque de combustible durante el procedimiento de lanzamiento, lo que habría permitido que parte del combustible en combustión en la cámara de empuje regresara al tanque a través de la cabeza del inyector antes de que la turbobomba alcanzara la presión total del propulsor y otras, que en general poco interesaron al público norteamericano.
El hecho lógicamente generó una gran decepción entre los estadunidenses, el presidente Eisenhower que recién había sido reelecto perdió popularidad y la reacción mediática fue cruel e imparable. El cohete fracasado fue bautizado por la opinión pública como «Flopnik», una dilogía o antanaclasis utilizando la palabra en inglés Flop, fracaso rotundo, hermanada con el sufijo putnik significando un Sputnik fracasado; y también «Kaputnik», usando el término Kaput, originalmente del Yidish pero generalizado al mundo por el alemán y que significa completamente terminado, derrotado o destruido.
Por supuesto, provocó un segundo estallido acaso semejante: la presión política.
No sólo sobre el presidente, también contra la marina y la defensa que habían sido responsables del proyecto.
El gobierno se vio obligado a modificar estructuralmente sus políticas espaciales, lo que llevó a la creación de la NASA el 29 de julio de 1958.

Pero antes, el equipo de Wernher Von Braun recibió luz verde y casi tan pronto como un suspiro adaptó el cohete Juno 1, a partir del misil Jupiter-C, que lanzó con éxito el primer satélite estadounidense, el Explorer I, el 31 de enero de 1958 las 22:48 horas GMT, dando comienzo formal a la carrera espacial, que se convertiría en hermana gemela de la Guerra Fría.
Oficialmente llamado 1958 Alpha 1, situó al Explorer 1 satisfactoriamente en una órbita cuyo perigeo se posicionaba a 358 km de la superficie terrestre y cuyo apogeo se distaba a 2 mil 550 kilómetros, con un periodo orbital de 114.8 minutos. Alrededor de la 1:30 de la madrugada de la costa este de Estados Unidos y tras la confirmación de que estaba exitosamente en órbita, se celebró una rueda de prensa en el Great Hall de la Academia Nacional de Ciencias en Washington D. C. para presumirlo al mundo.
El diseño y la construcción del Explorer 1 se llevaron a cabo por el Jet Propulsion Laboratory del Instituto de Tecnología de California bajo la dirección del Dr. William Hayward Pickering, mientras James van Allen dirigió el diseño y la construcción de la instrumentación científica del Explorer 1. Fue el segundo satélite que llevó «carga», solo por detrás del Sputnik II.

Presentaba una forma fuselada muy esbelta, de 203 centímetros de largo y 15,9 de diámetro, con un peso total de 13,97 kilos, de los cuales la instrumentación sumaba 8,3. La sección de instrumentación en la parte frontal del satélite y la estructura del cohete de cuatro etapas orbitaban en un solo cuerpo girando alrededor de su eje longitudinal a 750 revoluciones por minuto, lo que le aportó una excelente estabilidad. Comparativamente, el Sputnik I pesaba 83,6 kg y su forma esférica giraba de manera descontrolada. Algo genial fueron sus franjas claras y oscuras pintadas en la superficie que ayudaron a regular eficazmente la temperatura mientras que la esfera pulida del Sputnik 1 sólo permitía su seguimiento visual.
La transmisión de datos a la base en tierra se realizaba mediante dos antenas. Un transmisor de 60 mW alimentaba una antena dipolo formada por dos antenas de ranura de fibra de vidrio, cuya frecuencia de operación era de 108,03 MHz; otro transmisor de 10 mW operando a 108,00 MHz alimentaba cuatro latiguillos flexibles que conformaban una antena de torniquete.
Por primera vez se usaron transistores. Veintinueve para su operación y otros adicionales para detectores de micrometeoritos y de rayos cósmicos, y para sensores de temperatura. Eran de germanio y silicio, una tecnología inédita cuya utilización en el mundo espacial supuso un importante desarrollo.

Fue el primer vehículo espacial que detectó los cinturones de radiación de Van Allen, que se encuentran en la región interior del campo magnético de la Tierra y atrapan electrones y protones energéticos, gran descubrimiento científico inicial de la era espacial, bautizados así en honor a James van Allen, quien había dirigido el diseño y la construcción de la instrumentación científica del Explorer I. El satélite envió datos durante algo menos de cuatro meses, hasta que sus baterías de mercurio se agotaron. Suministraron energía al transmisor de mayor potencia durante treinta y un días y al de menor potencia durante ciento cinco días. Permaneció en órbita 12 años hasta el 31 de marzo de 1970, cuando se produjo su reentrada en la atmósfera y se precipitó al océano Pacífico.
En cambio, el Sputnik 1 cayó en enero de 1958 y el 2, en abril del mismo año. Ninguno de los dos realizaron mediciones científicas y sólo ensayaron transmisiones de radio.
Por lo que respecta al cohete diseñado por Von Braun, constó de 4 etapas, semejante al de la película muda de sus tiempos de estudiante, que combinaba una primera fase de combustible líquido con otras superiores de propulsión sólida lo que le permitió alcanzar la velocidad orbital necesaria con una carga útil relativamente modesta. Como se desarrolló rápidamente a partir del Redstone, que era un misil militar, demostró que el hardware modificado era exitoso para la exploración espacial, como siempre soñó Wernher.
Fue el primer lanzamiento del programa Explorer, una larga serie de más de noventa.
En 1960, el equipo de los alemanes fue transferido a la NASA, y el 1 de julio de 1960 Werhner von Braun se convirtió en el primer director del Centro Marshall de Vuelos Espaciales de la NASA, con la promesa de que le permitirían seguir trabajando en el desarrollo de su nuevo cohete multifase, puesto que ocuparía durante toda una década, hasta 1970. Durante aquella época, el Centro Marshall logró llevar a cabo algunos de los principales logros espaciales estadounidenses: en 1961 enviaron al espacio, a bordo del cohete Mercury-Redstone 3 a su primer astronauta, Alan Shepard en un vuelo suborbital, y lograron desarrollar los cohetes Saturno, claves en el programa Apolo.
Por fin, la luna apareció al alcance de su mano.
Pero el presidente Eisenhower no tuvo interés en ese sueño de Wernher. Prefirió hacer incursiones con fines científicos sobre la idea romántica de los viajes tripulados.
Wernher debió modificar su discurso con los políticos, pues en el fondo sabía que cuando hablaba de viajar a la luna o a Marte, las palabras venían del niño que llevaba dentro y de sus sueños de siempre, inspirados por el placer de la aventura.

Su alta eficacia mediática y propagandística levantó la ilusión de la norteamericanos y los políticos comenzaron a ceder a aquel sueño, y cuando llegó a la Presidencia John F. Kennedy todo cambió. Su ánimo fue fundamental. Estados Unidos iba claramente por detrás de la Unión Soviética en la «carrera espacial», y Kennedy vio en la Luna un desafío que permitiría a Estados Unidos demostrar su superioridad tecnológica y científica. Le pidió al vicepresidente Lyndon B. Johnson que presentara un plan y éste recurrió antes que a nadie a Von Braun. Tantó Johnson como Kennedy hicieron excelente química personal con Von Braun y el presidente se convirtió en el principal impulsor del programa Apolo y del objetivo de llevar al hombre a la Luna. El 25 de mayo de 1961 en un discurso ante el congreso lanzó el reto que marcó la historia. “Creo que esta nación debe comprometerse a lograr el objetivo, antes de que termine esta década, de llevar a un hombre a la Luna y devolverlo sano y salvo a la Tierra”, fueron sus palabras clave.
Su compromiso generó un apoyo masivo.
El 12 de septiembre de 1962, en su famoso discurso en la Universidad Rice («We choose to go to the Moon»), explicó por qué era importante explorar el espacio, no porque fuera fácil, sino porque era difícil, y porque ese reto serviría para impulsar el conocimiento y la capacidad humana, como así fue.

Kennedy fue asesinado en 1963, por lo que no vivió para ver el éxito. Pero su meta se cumplió exactamente como lo prometió, antes de que terminara la década de los 60s. Le sucedió Johnson con igual entusiasmo tanto por su convicción personal como en memoria de Kennedy.
El Congreso aprobó presupuestos históricos para la NASA. Llegaron a representar el 4.4% del gasto federal total en 1966.
Así llegó el Saturno V, obra maestra de Von Braun. Con más de 110 metros de altura y una potencia descomunal, este cohete fue el que finalmente permitió que la misión Apolo 11 llegara a la Luna en julio de 1969. Fue lanzado desde la plataforma LC 39ª de Cabo Kennedy el miércoles 16 a las 13:32 UTC, 9:32 de Florida y 8:32 hora de

México. Fuimos varios los alumnos de la Secundaria de la UACH que faltamos a una clase de matemáticas con la maestra Hayashi para ver el lanzamiento en vivo por televisión. Nadie hablaba de otra cosa en todo el planeta.

La denominación de las naves, privilegio del comandante, fue Eagle para el módulo lunar y Columbia para el módulo de mando.
Después de 2 horas y 33 minutos en órbita terrestre, el motor S-IVB se encendió para acelerar la nave espacial a la velocidad requerida para escapar de la gravedad de la Tierra y dirigirse hacia la Luna. La Eagle alunizó exitosamente el día 20, 102 horas, 24 minutos y 40 segundos después del lanzamiento, posándose suavemente en el Mar de la Tranquilidad a las 20;17:39 UTC, 14;17 hora de México. La tripulación la integraron el comandante Neil A. Armstrong de 38 años; Edwin Buzz E. Aldrin Jr., de 39 años, piloto de Eagle, y Michael Collins, de 38 años, piloto del Columbia, que permaneció en órbita hasta que el Eagle se reincorporó 27 horas y 51 minutos después de separarse.
El comandante Armstrong fue el primer ser humano que pisó la superficie del satélite terrestre el 21 de julio de 1969 a las 2:56 UTC, seis horas y media después de haber alunizado.

Inmediatamente después de que la nave tocó suelo, Armstrong y Aldrin prepararon al Eagle para el despegue como medida preventiva y permanecieron a bordo 6 horas y media, mientras los sensores registraban datos, antes de aventurarse en la superficie lunar. Armstrong salió primero. Al descender, soltó la cámara de televisión que grabó el primer paso de la humanidad en la Luna. En caso de que una contingencia requiriera un fin temprano a las actividades de superficie planeadas, Armstrong recolectó y almacenó rápidamente muestras de material de la superficie antes de que Aldrin descendiera.
Luego ambos llevaron a cabo la secuencia planeada de actividades que incluyó una colección mayor de muestras más grandes de rocas, fotografías panorámicas del lugar de aterrizaje y del horizonte lunar y una serie de experimentos. Las muestras incluyeron basaltos y rocas ígneas de color oscuro que fueron fechadas con cerca de 3 mil setecientos millones de años de antigüedad. 

Aproximadamente 2 horas y 15 minutos después, los astronautas comenzaron los preparativos para volver a entrar en el módulo lunar y dormir. Al día siguiente, 21 horas y 36 minutos después del alunizaje, los astronautas despegaron de la superficie lunar en la etapa de ascenso del Eagle y se reunieron con Collins en el Columbia.

El hito constituyó la primera transmisión global por TV, desde tres instalaciones ubicadas estratégicamente alrededor del mundo: el Observatorio Parkes en Honeysuckle Creek en Camberra, Australia; la estación de seguimiento de Goldstone, California, y Fresnedillas de la Oliva, en Madrid, España.

Inicialmente, el paseo lunar iba a ser retransmitido a partir de la señal que llegase a la estación de seguimiento de Goldstone, pero no fue buena y se optó por las instalaciones de Fresnedillas de la Oliva. El observatorio Parkes y el de Goldstone fueron utilizados durante el resto del paseo lunar, según iba rotando la Tierra.
El 24 de julio de 1969, el módulo de mando entró de regreso en la atmósfera de la Tierra con una velocidad de 11 mil 32 metros por segundo, aproximadamente 40 mil kilómetros por hora. Al entrar a esta velocidad, el escudo térmico debía soportar temperaturas de hasta 2 mil 760 grados centígrados, un calor tan intenso que ningún material conocido podría aguantarlo sin derretirse. Por eso, el Apolo usaba un escudo ablativo, elaborado de una resina de epoxi y fenol. Al calentarse, la capa exterior se carboniza, se funde y se ablanza o desprende de la nave. Al desprenderse, esa materia se lleva consigo la mayor parte del calor, protegiendo la estructura interna. Es un sistema de «sacrificio»: el escudo se va destruyendo paulatinamente para salvar a los astronautas. Además su forma de «fondo de sartén» crea una onda de choque frente a la nave que aleja el aire más caliente de la superficie.
Durante unos 3 minutos, el plasma generado por el calor bloqueó toda señal de radio con el centro de control en Houston.
Acuatizó en el Océano Pacífico a las 16:50:35 UTC, 11:50:35 a.m. hora de México, aproximadamente a mil 500 km al suroeste de las islas Hawái, en un evento de precisión quirúrgica que marcó el fin de la misión más famosa de la historia.
El portaaviones USS Hornet, encargado de recogerlos, estaba a solo 24 km del punto de impacto.

Calcular el punto exacto de impacto de una nave que viene de la Luna a 40 mil km/h es uno de los mayores logros de la ingeniería de los años 60. No era simplemente «caer», sino controlar un vuelo de muy alto riesgo dentro de la atmósfera.
Para lograrlo la NASA utilizó tres pilares fundamentales:
1.- El ángulo de entrada o «Ventanilla de Reentrada» Imaginemos que la atmósfera es la superficie de un lago y la cápsula es una piedra. Si el ángulo es muy plano, la nave «rebota» en la atmósfera y sale disparada de nuevo al espacio como una piedra haciendo «patitos» en el agua. Si el ángulo es muy pronunciado: La fricción es tan brutal que la nave se desintegra o la “fuerza g” mata a los astronautas. El punto dulce o ángulo exacto debía ser de exactamente 6.2 grados. Esto permitía que la nave penetrara la atmósfera de forma segura pero con suficiente energía para maniobrar.
2.- Navegación por Sustentación. Aunque la cápsula Apolo parece un simple cono, su centro de gravedad estaba desplazado, es decir, no en el centro exacto. Esto hacía que la cápsula volara con un ligero ángulo de ataque, lo que generaba una pequeña cantidad de sustentación aerodinámica. Al rotar la cápsula sobre su propio eje, usando pequeños motores de propulsión, los astronautas podían dirigir esa fuerza de sustentación hacia arriba, abajo o a los lados. Si veían que se iban a pasar del punto de aterrizaje, rotaban la nave para «hundirse» más en la atmósfera; si se quedaban cortos, la rotaban para «flotar» un poco más y ganar distancia.
3.- Computación y Rastreo Terrestre. Para que el sistema funcionara, la computadora a bordo comparaba constantemente su posición real con la trayectoria teórica. La Red de Espacio Profundo, con sus estaciones de radio en Madrid, Goldstone y Canberra, rastreaban la nave con radares ultra precisos. Minutos antes de perder la señal por el calor, Houston enviaba los últimos datos de corrección a la computadora de la nave para que el sistema de guía automático supiera exactamente cuándo desplegar los paracaídas.

Inmediatamente después de su regreso a Tierra, los astronautas del Apolo 11 abordaron la Instalación Móvil de Cuarentena, MQF, junto con un médico y un técnico. El objetivo del MQF era evitar la improbable propagación de contagios lunares aislando a los astronautas del contacto con otras personas. Cuando llegaron a Houston, se trasladaron a un centro de cuarentena más grande. Sólo se les permitió salir de cuarentena cuando los científicos estuvieron seguros de que no estaban infectados con “gérmenes de la Luna”.

El módulo de mando del Apolo 11, Columbia, alojamiento de la tripulación durante gran parte de la misión de aterrizaje lunar, fue la única sección de la nave espacial que regresó a la Tierra. Inicialmente quedó «patas arriba» (Posición Estable II) en el agua, pero unas bolsas de flotación inflables la enderezaron rápidamente. Fue transferido al Smithsonian en 1971 después de una gira por ciudades estadounidenses patrocinada por la NASA. En 2022, Columbia se exhibió en la exposición Destination Moon en el Museo Nacional del Aire y el Espacio en D.C.

VON BRAUN DE VISITA EN MEXICO
El 11 de julio de 1970, a las 2:40 de la madrugada, el misil “Athena 122” fue lanzado desde Green River, Utah. Con 15 metros de altura y 7 mil 257 kilogramo de peso, fue ensamblado como un modelo a escala, simulador de un misil balístico intercontinental para estudiar las características de reentrada a la atmósfera de las ojivas y otros vehículos espaciales. Estaba programado para caer en el Campo de Tiro de Misiles de White Sands.
Pero según un resumen histórico del Comando de Sistemas de la Fuerza Aérea, «Una falla en vuelo, el encendido del motor de la cuarta etapa en el V123D antes de las maniobras de guiado de mitad de trayectoria, proporcionó una extensión de alcance de aproximadamente 400 millas náuticas, y provocó que se desviara de su trayectoria y volara hasta un sitio despoblado en la Zona del Silencio en el vértice trifinio donde confluyen los límites de los estados de Chihuahua, Coahuila y Durango, a unos 700 kilómetros más al sur de su destino.
Dos días después, el lunes 13, cerca de las 2 de la tarde estaba yo de guardia en la redacción de El Heraldo de Chihuahua, a donde había entrado a trabajar el 6 de marzo del año anterior. Aunque ya había desempeñado algunas tareas de reportero y suplido al titular de la fuente policiaca Armando Pineda, seguía teniendo plaza de auxiliar. En eso escuché la campanilla del telex que sonaba con insistencia, señal de que iniciaría el envío de un documento urgente o importante. Acudí de inmediato al cubículo donde se encontraba y vi entrar una nota procedente de la Redacción Central de la Cadena García Valseca que afirmaba que un cohete norteamericano había caído accidentalmente en territorio chihuahuense y solicitaba al jefe de información que enviara personal a cubrir la noticia en el lugar de los hechos.
Como el jefe de información era un patán engreído no le avisé a él, sino al Jefe de Redacción de El Heraldo de la Tarde, Oscar W. Ching Vega, que por las mañanas era mi jefe inmediato. Le llamé a su casa y le leí la nota. Me dio instrucciones de que localizara al jefe de almacén, que controlaba también los vehículos del periódico y le dijera que iba a necesitar una camioneta y vale de gasolina. También que le informara al primer fotógrafo que encontrara que se dispusiera a viajar y llevara suficientes rollos de película, de color y blanco y negro.
-En media hora estoy en el periódico, me dijo Oscar.
Así fue. El fotógrafo fue Miguel Pérez Venzor.
Cuando estaban a punto de partir, Oscar me dijo: usted también véngase, acompáñenos.

Me encantó la idea y celebré haber decidido informarle a Oscar y no a Octavio Sandoval. Avisé a mi casa y nos fuimos.
Llegamos al poblado de Escalón en el municipio de Jiménez, Chihuahua, alrededor de las 6 y media de la tarde. Nadie en el pueblo sabía nada, ni habían visto ni oído algo anormal la madrugada del sábado 11. Localizamos al presidente seccional que nos atendió con gran amabilidad y pidió tiempo para darse “una peinada” antes de que Miguel le tomara una foto. No había mucho que hacer allí. Oscar comentó que seguramente en poco tiempo llegarían norteamericanos a buscar el cohete, pues no concebía que lo dejaran abandonado. Así que decidió que yo me quedara “de guardia” y el presidente seccional se ofreció a hospedarme en su casa. Oscar me dio algo de dinero, con la instrucción de que en cuanto llegaran los buscadores le avisara por teléfono. Del teléfono de la presidencia seccional avisé a mi casa.
El martes y el miércoles transcurrieron sin novedad y yo le pedí a mi madre que me enviara en un camión una maleta con cambios de ropa. Pero el martes llegó un paquete con ejemplares de El Heraldo y el edil anduvo por el pueblo mostrando su foto publicada en una página interior, sintiéndose como estrella de Hollywood. El jueves 16 al mediodía llegó a la presidencia seccional una camioneta y en ella 2 gringos. Le informaron al edil que eran militares del ejército norteamericano y que tenían autorización del gobierno federal para realizar “una búsqueda” en el desierto. El presidente seccional les dijo que ya los esperábamos y me presentó con ellos. Les pregunté en plan de confirmación si lo que buscarían sería el cohete Athena y se sorprendieron de que tuviéramos la información. De inmediato el que hablaba español, un teniente de nombre Oscar Domínguez, preguntó si alguien había visto dónde cayó y si se había escuchado el ruido. Nadie vio ni escuchó nada, le respondió el edil. Yo le hice otras preguntas y me informó sin rodeos, entre otras cosas que la búsqueda iniciaría la mañana siguiente y que su equipo estaba hospedado para pasar la noche en Torreón, a donde habían llegado en avión.
De inmediato le llamé a Oscar W. Ching Vega para informarle y me dijo que él también llegaría al día siguiente y que si los gringos partían antes de que él llegara intentara yo ir con ellos a la búsqueda. Los gringos llegaron a las 6:20 de la mañana aproximadamente, cuando ni yo ni el presidente seccional nos habíamos levantado aún. Él les dijo que era necesario que él y yo los acompañáramos, en lo que estuvieron de acuerdo. Pasando las 7 nos internamos en el desierto, antes de que llegara Oscar. En el trayecto conversé ampliamente con el teniente Domínguez quien me dijo que a ellos les convenía que la prensa local diera testimonio informativo de su quehacer. Pero también me advirtió que al localizar “la nariz” de cohete permaneciera distante porque contenía material radiactivo. Llevaba dos pequeños contenedores de cobalto 57, un metal ferromagnético, de color blanco azulado. Su temperatura de Curie es de 1388 K. Normalmente se encuentra junto con níquel, y ambos suelen formar parte de los meteoritos de hierro.
Oscar nos alcanzó en el desierto como a las 12 del día guiándose por las huellas de los vehículos. Llegando lo presenté con Domínguez, hablaron unos 20 minutos y Oscar se despidió dejándome instrucciones de que no me separara del teniente.
Durante 5 días la búsqueda fue infructuosa, a pesar de que los especialistas de la Fuerza Aérea refinaron los datos y dijeron que estaría en un área de 2 y medio kilómetros de largo y unos 800 metros de ancho. Sin embargo, no pudieron ubicar ese rectángulo en un punto exacto en un mapa, por lo que era como buscar una aguja en un pajar.
De gran ayuda fueron dos avionetas que sobrevolaron intensivamente la zona y finalmente localizaron algo que parecía un espacio de suelo removido. Para que las brigadas terrestres pudieran ubicarlo lanzaron desde el aire una estela o pista de sacos de harina.

El sábado 18 llegó el ingeniero y coronel Carlos Bustamante y asumió el mando absoluto. Él trabajaba como ingeniero de proyecto para el SRAM (Misil de Ataque de Corto Alcance) en el Campo de Tiro Nacional. Había trabajado como ingeniero de proyectos para el programa Athena y participó en la selección de Green River como sitio de lanzamiento, lo que lo hacía conocedor del tema. También sabía cómo funcionaba White Sands y hablaba español con fluidez. El domingo 20 llegaron los primeros técnicos mexicanos y se molestaron porque la búsqueda había iniciado sin esperarlos, siendo su retraso injustificable. Bustamante se disculpó cortésmente y giró instrucciones de que ningún otro miembro del equipo norteamericano estaba autorizado para hablar con ellos.
Por las tardes dictaba mi nota a la redacción y por las mañanas muy temprano me comunicaba con Oscar para hacerle un relato de las novedades que él se encargaba de escribir con gran amenidad, como no lo hacía ningún otro periodista de Chihuahua.
El martes 21 a eso de las 3 de la tarde una brigada terrestre encontró un “pequeño cráter” y el detector de radioactividad emitió señal positiva. Acordonaron la zona y restringieron el acceso a personal exclusivamente dentro de trajes especiales. Hubo que escarbar durante 2 días porque la nariz del cohete estaba enterrada.
Cuando por fin desenterraron el jueves 23 los restos del cono de la nariz y la fuente radiológica los embalaron en una especie de ataúd que había llegado días antes en una avioneta. Nunca encontraron la tercera ni la cuarta etapa del Athena.
Parecía que todo había concluido ahí, pero esa noche el teniente Domínguez me informó “mañana viene el mero-mero”.
-¿Quién es el mero mero?, le pregunté.
-“El doctor Von Braun, el genio más importante en materia de cohetes, el que mandó a los astronautas a la luna. Para que lo entrevistes”, me respondió.
-¿Y él a qué viene?, pregunté.
Mañana le preguntas, ojalá acepte la entrevista, me dijo. Yo te puedo ayudar con la traducción porque no habla ni pizca de español.
Siendo yo un auténtico novato de escasos 15 años de edad, no fue raro que le preguntara a Domínguez:
-¿Y qué más le puedo preguntar?

Generosamente Domínguez me hizo dos o tres recomendaciones. Resultó ser una buena pregunta, pues obtuve asesoría de un conocedor.
Wernher Magnus Maximilian Freiherr von Braun Quistorp, ya investido de enorme fama y prestigio en todo el mundo, una auténtica figura legendaria, estuvo frente a mi el viernes 24 de julio a eso de las 10 de la mañana, unos 3 minutos después de haber descendido de un helicóptero. Lucía una barba esmeradamente recortada y cana en la barbilla. Vestía ropa campirana, pantalón de mezclilla y camisa clara a cuadros. Charlé con él unos 5 o 6 minutos. Me dijo que un cohete accidentado puede aportar mucha información valiosa y que tenía especial interés en verificar si había caído donde cayó sólo porque ahí terminó la fuerza de su impulso o si en algo había influido la región llamada Zona del Silencio, enclavada en un polígono donde habían caído varios meteoritos entre ellos el “Allende” en enero de 1969, que se desintegró al caer y esparció cientos de pequeños trozos, quizá algunos en la propia zona.
Le pregunté si eso significaba que podría haber una relación entre el fenómeno del “silencio” provocado en las comunicaciones de radio y la desviación del Athena, en un intento por entender lo que me había comentado.
Respondió que no. El cohete se desvió por un error en el encendido de uno de sus motores ya en vuelo, precisó. Pero quizá los altos contenidos de magnetita en el suelo de la zona pudieron influir en atraer su caída. Eso lo sabremos al analizar a fondo la tierra que llevaremos al laboratorio.
(Entre paréntesis, vale dedicarle una líneas a este tema. Se dice que La Zona del Silencio es famosa por albergar una alta concentración de magnetita, un mineral con propiedades ferromagnéticas naturales. Cuando hay concentraciones masivas en el subsuelo, el terreno se comporta como un escudo o una esponja para ciertas frecuencias. Las ondas de radio son electromagnéticas y al viajar sobre un terreno cargado de minerales magnéticos, el suelo induce pequeñas corrientes eléctricas que absorben parte de la energía de la onda, debilitándola hasta que desaparece, o bien genera un ruido de fondo que interfiere con las señales de baja frecuencia, como las que usaban las avionetas de la época, haciendo que la comunicación se pierda en la estática. Desde los años 40 y 50 ya existían reportes de pilotos locales y de rutas comerciales que notaban que sus instrumentos «enloquecían» o que las señales de radio simplemente desaparecían al sobrevolar ciertas coordenadas entre Chihuahua, Coahuila y Durango. Para los 60 el término ya estaba arraigado en el léxico de los aviadores.

Se sabía que las ondas de radio no se propagaban de manera uniforme, un fenómeno que se atribuía a las altas concentraciones de magnetita y otros minerales en el subsuelo y también a innumerables mitos. Sin embargo el respetado sabio y geólogo chihuahuense Carlos García Gutiérrez desestimó esa tesis, afirmando que no hay evidencia científica de anomalías magnéticas significativas en la zona. En otras ocasiones, volando con el Capitán Peña y con el Capitán Valdés en sus avionetas pude constatar que efectivamente las comunicaciones de radio se interrumpían o entorpecían. Todos los pilotos chihuahuenses lo sabían sin lugar a dudas.)
¿Cuánta tierra llevarán?, pregunté.
-“Aun no sabemos exactamente cuánta, pero serán varios metros cúbicos, principalmente para limpiar cualquier vestigio de cobalto radiactivo que haya contaminado el área donde cayó y para hacer otros estudios. El gobierno mexicano está de acuerdo e interesado en que lo hagamos. Dejaremos el área limpia de todo vestigio contaminante”.
Luego le pregunté sobre el futuro del programa Apolo.

Me dijo que a inicios del año siguiente -1971- partiría el Apolo XIV con tripulación que descendería en la región Fra Mauro de la luna y que ya se trabajaba en un siguiente vuelo, el Apolo XV, también tripulado, para mediados de año, en el que se utilizaría por primera vez un vehículo rodante para recorrer y explorar largas distancias en la superficie lunar.
-Se habla de que el programa puede sufrir importantes recortes financieros, qué hay de cierto en eso?, le pregunté.
La aprobación de los fondos está siempre a discusión, principalmente en el congreso, pero yo tengo fé en que no será así, pues la clase política en su mayoría está entusiasmada con el programa y el público norteamericano lo quiere, lo aprueba y lo exige, respondió.

¿Qué más nos puede decir sobre este accidente del cohete Athena?
-“Que me ha dado la gran oportunidad de venir a México y de estar en la famosa Zona del Silencio. Muchas gracias”, dijo y se retiró con un apretón de manos.
Me sentí muy emocionado con la entrevista, pero conforme pasaban los minutos y las horas llegaban a mi mente infinidad de preguntas que desaproveché la oportunidad de plantearle. Estuvo unas 5 horas en la región sin que yo lo volviera a ver y partió de regreso en su helicóptero. Una gran lección que aprendí es que las oportunidades periodísticas suelen ser únicas e irrepetibles.
Hablé por teléfono con Oscar W. Ching Vega, quien tomo nota de preguntas y respuestas y me interrogó de varios detalles de su llegada y partida, las siglas del helicóptero, el clima y hasta de la ropa que vestía. Al día siguiente se publicó la nota en toda la cadena, firmada con mi nombre y el de Ching Vega, que fue quien escribió, utilizando importante documentación que yo no había ni hubiera imaginado incluir. El coronel García Valseca, Presidente y Director General de la cadena preguntó quién era José Luis Muñoz y por qué aparecía en la firma antes mi nombre que el de Ching Vega, siendo este el reportero estrella de Chihuahua y uno de los mejores del país. La misma nota dice que la entrevista la hice yo y el coronel estaba intrigado. Cuando supo que yo era “un auxiliar” que había permanecido “de guardia” en el lugar desde que se conoció la noticia, ordenó que me dieran la plaza de reportero, lo que sucedió con fecha de 29 de julio.

Efectivamente, se montó un gran operativo para llevarse la tierra desde el lugar donde cayó el cohete, a unos 32 kilómetros de Estación Carrillo, de ahí en ferrocarril a Escalón y luego hasta White Sands, cruzando la frontera por Ciudad Juárez-El Paso. El epicentro fue Estación Carrillo, una pequeña comunidad que entonces tenía unos 100 habitantes o menos constantemente visitada por camioneros que cargaban sal de las salinas del área de la llamada Laguna de Palomas. Había sido parte del trayecto ferroviario entre las poblaciones de Escalón, Chihuahua y Laguna del Rey, Coahuila, en pleno Bolsón de Mapimí, y la vía ya estaba en desuso, pero aún utilizable. Es la comunidad chihuahuense más cercana a la Zona del Silencio.

En los siguientes días llegaron a la región decenas de personas, vehículos, maquinaria y un tren. Ningún vehículo mostraba insignias militares por condición impuesta por el gobierno de México. El tren constaba de tres vagones tipo Pullman para alojar al personal, un vagón comedor, tres vagones de carga, nueve vagones plataforma para equipo pesado, dos vagones cisterna de agua y un vagón cisterna de combustible. Salió de Orogrande, NM, a unos 90 kilómetros de El Paso, a anochecer del 23 de septiembre y pasó la aduana en Juárez justo después de la medianoche del 24 de septiembre.
La tarea de recuperación fue denominada «Operación Parche de Arena» y comandada por el Coronel Thomas Kearns duró un par de semanas. El trabajo se vio interrumpido en dos ocasiones por intensas lluvias, muy poco frecuentes en ese desierto.
Construyeron un camino de Carrillo al “cráter” por el que transportaron la tierra en barriles, que en total fueron 60.

Los trabajadores gringos desayunaban y cenaban en el vagón comedor y les entregaban el almuerzo en cajitas. Dormían en el tren.
Se tardaron unos días en limpiar y cargar todo. Pero hubo un problema. Fueron demasiado rápidos en su trabajo y terminaron antes de tiempo. El gobierno mexicano no les permitió irse hasta la fecha acordada. Eso dejó al equipo con algo de tiempo para trabajar para la comunidad de Carrillo. Nivelaron las calles, reforzaron la presa de contención sobre el pueblo y trabajaron en el sistema de agua. El tren finalmente salió de Carrillo poco después de la medianoche del 5 de octubre. Llegó a la estación ferroviaria de Ciudad Juárez alrededor de las 4 p.m. y fue enviado inmediatamente a su destino. Para el 7 de octubre, la operación se había completado con un costo de 104 mil dólares.

Y efectivamente, como me lo dijo Von Braun, el 31 de enero de 1971 despegó de Cabo Kennedy el Apolo 14 en una misión que se prolongó hasta el 9 de febrero. Alan Shepard y Edgar Mitchell descendieron en la región Fra Mauro y recolectaron muestras de roca lunar. Fra Mauro es un paraje situado en la cara visible de la Luna con un cráter de 80 kilómetros de diámetro localizado en su interior que se conoce con el mismo nombre, una extensión montuosa de particulares características geológicas que cubre grandes porciones de la superficie lunar alrededor del Mare Imbrium. Se piensa que pudo ser formado por las eyecciones del impacto que originó el mar. El área está principalmente compuesta de crestas y cerros relativamente bajos, entre los que existen valles ondulados. Gran parte del manto de material eyectado con el impacto del Mare Imbrium ha sido cubierto con escombros procedentes de impactos más recientes y por materiales precipitados por posibles movimientos sísmicos. Los escombros presentes en la formación pueden haberse originado en profundidad bajo la corteza lunar original, por lo que las muestras recogidas allí aportaron valiosa información de la historia geológica de la Luna. Debe su nombre a un monje y cartógrafo italiano del siglo XV. En ese vuelo Shepard jugó con una pelota de golf en la superficie lunar. Originalmente estaba planificado que el Apolo 13 alunizase en las tierras altas de Fra Mauro, pero como todos sabemos el vuelo abortó y se le conoció como el «fracaso exitoso». Debido a la explosión de un tanque de oxígeno, no pudieron descender en la luna, pero la pericia de la NASA logró traer a los astronautas sanos y salvos tras rodear el satélite terrestre.

Igualmente, el Apolo XV, la novena misión tripulada del programa y la cuarta que alunizó, cumplió un exitoso periplo del 26 de julio al 7 de agosto de 1971. El comandante David Scott y el piloto del módulo lunar James Irwin posaron su Falcon en la región Hadley-Apennine, convirtiéndose en el quinto y sexto seres humanos en caminar sobre la superficie lunar mientras el piloto del módulo de comando Endeavour, Alfred Worden, orbitaba. Los objetivos de la misión eran recolectar muestras lunares y realizar experimentos científicos. Scott y James Irwin utilizaron por primera vez el vehículo explorador lunar para recorrer mayores distancias. También colocaron un paquete de instrumentos científicos, que dejaron en la superficie para recopilar datos sobre el entorno de la Luna. El piloto del módulo de comando Alfred Worden también realizó una caminata espacial, durante la cual recuperó botes de película del exterior del módulo. Es una de las tres únicas personas que alguna vez han realizado una caminata en el espacio profundo, es decir fuera de la órbita de la Tierra, en este caso en el espacio cislunar. La tripulación regresó a la Tierra con más de 77 kilogramos de muestras que han ayudado a los científicos a comprender mejor la historia y composición de la Luna. Relevantemente, la misión demostró que los humanos podrían vivir y trabajar en la superficie lunar durante períodos prolongados.
La llegada del ser humano a la Luna que hizo posible el programa Apolo no solo fue una gran hazaña de exploración, sino aportó a la humanidad un impulsó sin precedente en materia tecnológica y científica, un catalizador que aceleró décadas de progreso en pocos años, cuyas repercusiones han tenido enorme presencia de nuestra vida cotidiana.
Veamos:

Causó una verdadera Revolución en la Computación. En los años 60, las computadoras ocupaban habitaciones enteras y usaban tubos de vacío. La NASA necesitaba algo pequeño y potente para navegar en el espacio. El programa Apolo exigió miniaturización y fiabilidad absoluta. La Apollo Guidance Computer (AGC) fue una de las primeras en utilizar circuitos integrados hoy mundialmente famosos e indispensables conocidos con el nombre de microchips. El programa Apolo fue el mayor consumidor de microchips en los años 60. La demanda masiva de la NASA por estos componentes aceleró exponencialmente la industria de los semiconductores y obligó a la industria a perfeccionar la fabricación y reducir costos, permitiendo que la tecnología llegara finalmente a las computadoras personales y los teléfonos actuales. De hecho, las computadoras predecesoras del programa “apolo” eran menos poderosas y funcionales que un teléfono inteligente actual, pero fueron la base de todo el desarrollo posterior. Sin el programa Apolo no sabemos cuánto tiempo hubieran tardado en llegar a nuestros escritorios las PC y las Lap Tops. Conjuntamente se desarrollaron lenguajes de programación y sistemas de control en tiempo real, como el Software de Navegación, que sentaron las bases de la informática moderna.
Algo sobresaliente es el impacto en el área de la Seguridad Alimentaria. El sistema de análisis de riesgos para garantizar que la comida de los astronautas no tuviera bacterias es hoy el estándar global de seguridad en la industria alimentaria. Tecnología y normas inherentes se difundieron y aplicaron con rápida aceptación en innumerables países y vinieron a otorgar un nuevo estándar de higiene y conservación de alimentos.

En materia de Sistemas de Purificación de Agua, la tecnología de iones de plata utilizada para purificar el agua de los astronautas sin usar cloro hoy se usa ampliamente en filtros domésticos y para eliminar bacterias en piscinas.
En Medicina y Salud la necesidad de monitorear a los astronautas a miles de kilómetros de distancia impulsó tecnologías que hoy salvan vidas, como la Telemetría Médica. Los sistemas para medir el ritmo cardíaco y la presión arterial a distancia son la base de las unidades de cuidados intensivos actuales. Muchos materiales elásticos y resistentes diseñados para los trajes espaciales y los vehículos lunares se adaptaron para fabricar prótesis más ligeras y funcionales y facilitar implantes.
En cuanto a geología y cosmología, temas centrales de la exploración lunar, el análisis de los 382 kilogramos de rocas y sedimentos traídos a la Tierra transformó nuestra comprensión del espacio. Por ejemplo, gracias a la composición química de las muestras se pudo establecer que la Luna se formó probablemente a partir de una colisión masiva entre la Tierra y un cuerpo del tamaño de Marte hace miles de millones de años. También otorgó precisión al reloj geológico, pues la datación de esas rocas permitió crear una cronología precisa de los impactos de meteoritos en el sistema solar interior, la cual se usa hoy para estimar la edad de superficies en otros planetas.

Sin duda, implicó una revolucionaria Transferencia Tecnológica. Para llegar a la Luna, la NASA tuvo que inventar soluciones a problemas inexistentes, muchas de las cuales terminaron en nuestra vida cotidiana. Algunos ejemplos sencillos son las múltiples herramientas Inalámbricas como taladros, aspiradoras, microondas y utensilios e implementos para mecánica y construcción.
De ahí vienen también los Materiales de Aislamiento como las mantas térmicas plateadas (mylar) diseñadas para proteger equipos y naves que se utilizan hoy en situaciones de emergencia y para aislar edificios.
Y más allá de lo técnico, quizás el beneficio más profundo fue psicológico. El Apolo nos regaló la fotografía conocida como «Earthrise» (La salida de la Tierra) Por primera vez, la humanidad vio fotografías de la Tierra desde la distancia: un mundo frágil, sin fronteras marcadas y suspendido en la oscuridad. Esto dio un impulso sin precedentes una conciencia sobre la unidad de la humanidad, al movimiento ecologista y a la comprensión de que todos compartimos un mismo hogar .
Es fascinante ver cómo una misión que parecía puramente de exploración terminó transformando nuestra vida diaria de formas que a veces no sospechamos.
En total el programa operó 17 “apolos”:
Las Pruebas No Tripuladas, del Apolo 1 al 6. Antes de arriesgar vidas humanas, la NASA probó exhaustivamente primero el cohete Saturno IB y luego el gigantesco Saturno V.
Pero el Apolo 1 constituyó una tragedia que nunca despegó y amenazó la continuidad del proyecto. En 1967, durante una prueba en tierra, ocurrió un incendio que cobró la vida de los astronautas Grissom, White y Chaffee. Esto obligó a rediseñar por completo la cápsula, que fue donde se originó el problema, quedando claro que no en el cohete. Los apolos 2 y 3 no se usaron porque se consideró que los vuelos de prueba anteriores de los cohetes Saturno (llamados AS-201, AS-202 y AS-203) ya cubrían los objetivos de ingeniería que les hubiera correspondido en la secuencia. El Apolo 4 (1967) fue el primer vuelo real del Saturno V. Fue un éxito total y demostró que el «monstruo» de Von Braun podía elevarse sin explotar. El Apolo 5 (1968) se lanzó al espacio para probar en órbita terrestre específicamente el Módulo Lunar (la nave que descendería en la Luna), pero sin tripulación. El Apolo 6 (1968) fue la última prueba no tripulada del Saturno V. Tuvo algunos problemas de vibración, pero sirvió para dar el visto bueno final a los vuelos tripulados.

De ahí vino el gran salto a la Tripulación con el Apolo 7 en octubre de 1968. Fue la primera vez que se enviaron astronautas al espacio en este programa. Estuvieron 11 días orbitando la Tierra para asegurarse de que el Módulo de Mando era seguro para vivir y trabajar.
De ahí siguieron:
El Apolo 8, que viajó del 21 al 27 de diciembre de 1968. Fue la primera misión tripulada en orbitar la Luna.

El Apolo 9. Una de las misiones más fascinantes y, a veces, menos recordadas, porque aunque no salió de la órbita terrestre, fue el examen final para la tecnología de Wernher von Braun y el equipo de la NASA. Si el Apolo 8 demostró que el hombre podía llegar a la Luna y regresar, el Apolo 9 demostró que podía alunizar. Fue la primera vez que se voló el Módulo Lunar (bautizado como Spider) con astronautas a bordo. Hasta entonces, solo se había probado sin tripulación. Los astronautas McDivitt y Schweickart se separaron de la nave principal (el Módulo de Mando Gumdrop) y volaron solos por el espacio. Fue una prueba de nervios de acero. El Módulo Lunar no tenía escudo térmico, por lo que no podía regresar a la Tierra. Si el motor de ascenso fallaba o si no lograban acoplarse de nuevo con la nave principal, los astronautas se quedarían atrapados en el espacio. Afortunadamente, los sistemas funcionaron a la perfección. En esta misión se probó por primera vez el traje autónomo, con su propia mochila de soporte vital, que se usaría para caminar sobre el polvo lunar. Rusty Schweickart salió de la nave y estuvo fuera unos 40 minutos probando que el traje era seguro. Básicamente, el Apolo 9 confirmó que las dos naves diseñadas para el programa podían «hablarse», separarse y volver a unirse en el vacío del espacio. Sin este éxito, el Apolo 11 jamás habría intentado bajar a la superficie de la luna.

El Apolo 10 navegó del 18 al 26 de mayo de 1969. Realizó un ensayo general para el primer alunizaje, acercándose a solo 15 kilómetros de la superficie lunar. Así llegó el Apolo 11 del que ya hablamos, cuyo periplo abarcó del 16 al 24 de julio de 1969, y sin duda es el más memorable de la historia. Neil Armstrong y Buzz Aldrin se convirtieron en los primeros seres humanos en caminar sobre la Luna.
Le siguió el Apolo 12, del 14 al 24 de noviembre de 1969. Pete Conrad y Alan Bean aterrizaron cerca de la sonda no tripulada Surveyor 3 y realizaron experimentos científicos. Fue la confirmación de que el ser humano podía viajar a la luna, caminar sobre ella y regresar sano y salvo, como lo contempló John F. Kennedy.

Luego vino el que quizá es el segundo más famoso, el Apolo 13, del 11 al 17 de abril de 1970. Debido a una explosión en un tanque de oxígeno, no pudo alunizar y la tripulación tuvo que regresar a la Tierra dando la vuelta alrededor de la Luna. Muchos lo recuerdan por la memorable frase “Houston, tenemos un problema”. Era la más reciente experiencia antes de que Von Braun viniera a Chihuahua.
En el Apolo 14, del 31 de enero al 9 de febrero de 1971, Alan Shepard y Edgar Mitchell alunizaron en la región Fra Mauro y recolectaron muestras de rocas. También ya nos referimos a él.
En el Apolo 15, del 26 de julio al 7 de agosto de 1971. David Scott y James Irwin utilizaron por primera vez el vehículo explorador lunar para recorrer mayores distancias y trajeron la mayor cantidad de material lunar de todos los viajes.
En el Apolo 16, del 16 al 27 de abril de 1972, John Young y Charles Duke aterrizaron en las tierras altas lunares y realizaron perforaciones para obtener muestras del subsuelo, de gran utilidad para los geólogos.

El último fue el Apolo 17 que navegó del 7 al 19 de diciembre de 1972. Desde entonces no se han realizado viajes tripulados a la luna. Los afortunados fueron Eugene Cernan y Harrison Schmitt, conocido como «Jack», geólogo y el único científico profesional que ha pisado la Luna. Su misión lo convirtió en el duodécimo y último hombre en posar su pie en el satélite terrestre. Schmitt aportó una perspectiva única al programa Apolo e inauguró un cambio de enfoque en la NASA, que empezaría a seleccionar astronautas con habilidades científicas específicas, además de cualidades de piloto. Durante su estancia en la Luna, Schmitt y Cernan recolectaron muestras de rocas y regolito lunar, instalaron experimentos científicos y exploraron la Luna con un particular enfoque geológico. Su trabajo fue crucial en la identificación de un tipo especial de roca volcánica conocida como «suelo anaranjado», que proporcionó evidencias de una antigua actividad volcánica en la Luna. Schmitt también documentó su alergia a la Luna, lo que fue una experiencia inesperada durante su misión.
En total, el programa Apolo según las fuentes oficiales del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, tuvo un costo de 25 mil 400 millones de dólares erogados entre 1960 y 1973, un equivalente aproximado a 250 mil millones de dólares actuales, que en su momento representaron un 4.4% del presupuesto federal anual de los Estados Unidos.
Poco menos de la mitad, unos 10 mil 300 mdd se aplicaron en el desarrollo de cohetes y naves, es decir los Sautrno, módulos de mando y módulos lunares.
El gasto incluyó los lanzamientos, entrenamiento de los astronautas, el control de las misiones y el soporte desde tierra; la construcción de centros espaciales, laboratorios e instalaciones de prueba.
Fue uno de los proyectos más costosos y ambiciosos de la historia en tiempos de paz. Aunque originalmente se habían planeado misiones hasta la número 20, el programa se detuvo por una combinación de diversos factores.

En primer lugar, el objetivo principal del programa, impulsado por Kennedy y Johnson era ganarle a la Unión Soviética y demostrar la superioridad tecnológica de Estados Unidos. Una vez que Neil Armstrong pisó la Luna, ese objetivo político se cumplió. Para el gobierno de Richard Nixon, seguir gastando en volver a la Luna ya no ofrecía el mismo «rendimiento» en términos de prestigio internacional. Pero también pesó de manera importantísima el factor económico. Mantener el programa era tremendamente caro en un contexto en el que gravitaban la Guerra de Vietnam y una economía interna en problemas, de manera que el Congreso y la Casa Blanca decidieron recortar los fondos de forma drástica. Aunque el hardware ya estaba construido, pues los cohetes Saturno V ya existían, se decidió que era mejor dejarlos en tierra.
Desde el punto de vista del público, una vez que se dominó el alunizaje, las misiones empezaron a parecer «repetitivas». Aunque para los geólogos y científicos cada misión era un tesoro, para el contribuyente promedio ya no había la emoción de “la primera vez».
Von Braun fue trasladado a Washington donde se sintió como director sin orquesta, según sus propias palabras. Frustrado por la falta de apoyo político para misiones tripuladas más allá de la órbita terrestre y por los constantes recortes de la administración Nixon, Von Braun decidió retirarse de la agencia en junio de 1972.

Poco después de dejar el gobierno, se unió a Fairchild Industries, una importante empresa aeroespacial con sede en Germantown, Maryland. Fue nombrado Vicepresidente de Ingeniería y Desarrollo, con un salario de 200 mil dólares, muy superior a los 36 mil que ganaba en la NASA. Se centró en aplicaciones mucho más prácticas y comerciales, especialmente en el desarrollo de satélites de comunicaciones y tecnología para llevar conectividad a zonas remotas. Trabajó ahí hasta 1976, cuando su salud empezó a deteriorarse seriamente debido al cáncer, lo que lo obligó a jubilarse definitivamente poco antes de fallecer en 1977.
Pero antes fundó el National Space Institute (NSI) su última creación para asegurar que el interés por el espacio no muriera junto con el programa Apolo. Lo estableció en Washington como una organización civil y privada sin fines de lucro, con objetivos muy claros: Explicar a la gente común por qué el espacio es importante para la vida diaria; seguir presionando al Congreso para que no recortara más el presupuesto de la NASA. Crear una base de seguidores que apoyaran misiones a Marte y asentamientos humanos permanentes.
En la actualidad, el esfuerzo parece haber fructificado.
El próximo primero de abril despegará de Cabo Cañaveral el cohete Artemis II, que llevará la primera misión tripulada a la Luna desde 1972. Los astronautas viajarán alrededor del satélite, pero no aterrizarán. Será una prueba de todos los sistemas de la nave Orión y el cohete SLS. También será una tripulación histórica, pues Christina Koch se convertirá en la primera mujer en viajar a la Luna y Victor Glover en el primer astronauta afrodescendiente en una misión lunar. El comandante Reid Wiseman y el canadiense Jeremy Hansen completan el equipo.
Luego tripulantes del Artemis III, quizá en septiembre de 2028, volverán a pisar nuestro satélite. La misión tendrá una duración total de 10 días, 6 en la superficie, recolectando muestras y probando tecnologías para vivir y trabajar allí. Descenderán en el polo sur lunar, una zona muy poco explorada donde se sabe que hay algo sorprendente en cráteres permanentemente oscuros.
Las observaciones desde tierra confirman la existencia de hielo de agua, mezclado con el suelo lunar en depósitos subterráneos. Es agua que proviene de cometas y meteoritos que chocaron contra la Luna hace millones de años, y se ha conservado intacta.
Podría ser de gran utilidad, incluso como agua potable para los astronautas. También como oxígeno, pues al separarlo del hidrógeno se obtiene aire para respirar. Y como combustible, pues el hidrógeno y el oxígeno se pueden usar para hacer propelente para cohetes. En otras palabras, significa que la Luna podría convertirse en una «gasolinera espacial» para viajar a Marte o más allá.
El polo sur está en el borde de la Cuenca Aitken, el cráter de impacto más grande y profundo del que se tenga noticia de todo el Sistema Solar. Cuando se formó este cráter, el impacto fue tan fuerte que arrancó material del manto lunar, la capa que está debajo de la corteza. Nunca hemos tenido acceso directo a rocas del manto. Analizarlas nos revelará cómo está construida la Luna por dentro y cómo evolucionó. Como esas zonas nunca han sido tocadas por el Sol ni por la erosión, conservan materiales prístinos desde la formación del Sistema Solar, hace 4 mil 500 millones de años. Son una especie de cápsula del tiempo cósmica. Estudiar estas rocas y hielos también nos dirá posiblemente de dónde vino el agua que hay en la Tierra, cómo se formaron los planetas y qué materiales existen en el espacio profundo.
Es como encontrar un libro de historia que nadie ha abierto nunca.
Así como hay zonas de oscuridad total, también hay picos y montañas que reciben luz solar casi el 90% del tiempo, a diferencia del ecuador, donde hay días y noches de 14 días cada uno. Se les ha dado el poético nombre de “picos de luz eterna”. Esto es ideal para instalar paneles solares y tener energía continua para una base permanente, sin depender de baterías grandes para sobrevivir a la noche lunar.

En otras palabras, ir al polo sur no es solo «volver a la Luna», es encontrar los recursos para quedarse allí y abrir la puerta a la exploración del Sistema Solar.
China se ha incorporado en la presente década a la carrera espacial con gran éxito, dejando muy atrás a Rusia.

En 2019 la nave Chang’e 4 hizo historia al alunizar en la cara oculta, concretamente en el cráter Von Kármán.
En 2024, la Chang’e 6 realizó la misión más reciente y exitosa que descendió en el Polo Sur-Aitken para recolectar muestras y traerlas de vuelta a la Tierra
El Chang’e 7 tiene un objetivo mucho más ambicioso y su misión es mucho más compleja que las anteriores porque no consiste en una sola nave, sino en una flotilla que incluye un Orbitador para mapear la superficie desde el espacio, su alunizador que bajará a la superficie del Polo Sur, un Rover, para explorar el terreno y una sonda voladora (Flying mini-detector), herramienta innovadora diseñada para «saltar» o volar hacia los cráteres que están en sombra perpetua para buscar hielo de agua.
De acuerdo con el cronograma vigente de la Administración Nacional del Espacio de China (CNSA), el lanzamiento de esta misión está previsto para la segunda mitad de este 2026.

Por su parte, India hizo historia el 23 de agosto de 2023, al convertirse en el primer país en aterrizar con éxito en la región del polo sur lunar con su misión Chandrayaan-3. La misión llevó el aterrizador Vikram (en honor al padre del programa espacial indio) y el pequeño rover Pragyan. Durante las dos semanas que operaron, antes de que la gélida noche lunar los pusiera en «sueño» permanente, confirmaron la presencia de azufre en la superficie y detectaron otros elementos como aluminio, calcio y hierro.
Actualmente India está a punto de lanzar sus primeras misiones tripuladas para enviar astronautas indios al espacio y están trabajando en la siguiente etapa, que será una misión de retorno de muestras. Quieren alunizar con robots, recolectar rocas lunares y traerlas de vuelta a la Tierra. Algo sorprendente es que India logró alunizar en el Polo Sur —la zona más codiciada hoy por el hielo de agua— con un presupuesto de tan sólo unos 75 millones de dólares. Esa eficiencia técnica hubiera dejado sin habla a los ingenieros de la era Apolo y se les hubieran caído los calcetines. Los sistemas de navegación autónoma que usó India para esquivar cráteres en el último segundo son algo que Von Braun ni siquiera podría soñar con sus computadoras de tarjetas perforadas.
Pasamos de la fuerza bruta y los presupuestos ilimitados de la Guerra Fría a una era de «ingeniería de precisión de bajo costo».
En los años 70, la carrera espacial se trazaba en el eje Washington- Moscú. Hoy, Rusia que fue la pionera absoluta, depende de la tecnología china para no quedar fuera de los viajes a la Luna.

Aunque aún no se ha confirmado oficialmente quién viajará en el norteamericano Artemis III, Christina Koch es la candidata más fuerte a ser la primera mujer en pisar la superficie lunar, pues ya va sobrevolarla en Artemis II y tiene una gran experiencia ya que también tuvo el récord de estancia más larga en el espacio para una mujer: 328 días.
El programa norteamericano elevará la mira, pues consiste en continuar con el Artemis IV, V y VI que se lanzarán entre 2029 y 2030. Se construirá la Gateway, una estación espacial en órbita lunar que servirá de base para ir y venir a la superficie. Se planea llevar astronautas a la Luna de forma periódica, usando módulos de alunizaje desarrollados por empresas privadas, como Blue Moon de Blue Origin, con el superobjetivo de crear una base lunar permanente y usar lo aprendido para enviar la primera misión tripulada a Marte en los años 30 o 40.
Hasta antes del primer despegue el programa Artemis, desde sus inicios hasta 2025, ha costado unos 93 mil millones de dólares.
Obviamente la tecnología de Artemis es mucho más moderna que la que utilizó y desarrolló Von Braun en el programa Apolo, pero ciertamente muchos de sus principios fundamentales siguen vigentes y se aplican hoy en día.
Por ejemplo, Von Braun diseñó el Saturn V como un cohete gigante capaz de llevar todo lo necesario a la Luna en un solo lanzamiento, evitando tener que ensamblar piezas en órbita. En Artemis este concepto se repite con el SLS (Space Launch System). Es el cohete más potente construido hasta ahora, y sigue la misma filosofía: potencia bruta para salir de la gravedad terrestre y llegar directo a la Luna.

Von Braun fue pionero en usar como combustible la combinación de hidrógeno y oxígeno líquidos que ofrece gran energía pero es difícil de manejar por las temperaturas extremas. En Artemis los motores principales del SLS (los RS-25) siguen quemando hidrógeno y oxígeno líquidos, exactamente igual que los motores F-1 y J-2 del Saturn V. Sigue siendo la mejor opción descubierta para viajes largos.
El Saturn V de Von Braun se desprendía de sus etapas a medida que se quedaban sin combustible para aligerar el peso. En Artemis el SLS funciona exactamente igual: primera etapa, segunda etapa y luego la nave Orión. Es un diseño que ha demostrado ser el más eficiente y seguro.
Y en cuanto a la filosofía de seguridad y redundancia, Von Braun siempre insistió en diseñar sistemas con copias de seguridad «por si algo falla». En Artemis, aunque la electrónica es digital y mucho más avanzada, se mantiene la regla de tener sistemas redundantes, especialmente en lo que respecta a la vida de los astronautas.
Quizá hoy se pueda redimensionar lo que Von Braun decía de joven y afirmar que muy probablemente nuestros hijos verán al hombre pisar la superficie de otros planetas.
Todo indica que Wernher Von Braun siempre fue un creyente en Dios y en varias etapas de su vida fue frecuente concurrente a la iglesia. Una declaración sobre su trabajo ilustra claramente su pensamiento al respecto: «Las leyes naturales del universo son tan precisas que no se nos hace difícil construir una nave espacial para volar a la Luna, y podemos medir el tiempo del vuelo con la precisión de una fracción de segundo. Estas leyes tienen que haber sido establecidas por alguien«.
Está sepultado en Alexandria, Virginia, y desde el año pasado su mujer a un lado.



