Investigación y edición de José Luis Muñoz Pérez
Su invención sobrevino de un acto de amor. Amor de pareja, correspondido, comprometido; y a la vez, un Acto de Amor humano, fraterno, solidario.
Evolucionó muy rápido, hasta convertirse en poco tiempo en una extensión imprescindible de la individualidad, sin el cual no estás en la órbita del siglo digital.
Es sin duda uno de los inventos más exitosos, útiles, populares y trascendentales de la historia de la tecnología.
Tomó forma cuando Antonio Meoucci tendió unos alambres en su casa en Staten Island, Nueva York. Iban del sótano donde trabajaba, al segundo piso, donde yacía enferma su esposa Ester.
Para escuchar cuando ella lo llamara instaló un “Teletrófono”.
Teletrófono: Tele, distante; tro, transmisor; fono, voz, sonido. Transmisor de Voz a distancia.

Servía para que la pobre mujer reumática y artrítica no tuviera que estar arrojando la bandeja junto con la tasa por la escalera para que el ruido le avisara a su marido que lo necesitaba, que subiera rápido.
Hoy en buena parte la humanidad lo sigue usando para llamar a los que nos interesan, a los que amamos o a aquellos con quienes interactuamos.
Y paradójicamente también para cambiar la forma de hacer la guerra.
En poética paradoja, dota hoy a las personas de individualidad e identidad personal con fines colectivos.
También paradójicamente muchos crecimos usándolo pero ignorando quien fue su verdadero inventor y atribuyéndolo a quien en realidad se apropió indebidamente del invento.
En este siglo el teléfono es la principal vía para participar en sociedad.
Antonio Santi Giuseppe Meucci nació en Florencia un día como hoy 13 de abril en 1808 y esta efeméride la iniciaremos con la siguiente
FE DE ERRATAS
Historia de las telecomunicaciones. Sección Universal / Libros de Texto. Fechas de publicación de 1876 a 2002.
DONDE DICE: “Alexander Graham Bell inventó el teléfono en 1876”…
DEBE DECIR: Antonio Meucci inventó el ‘Teletrófono’ en 1854. Graham Bell perfeccionó y patentó comercialmente la tecnología en 1876, aprovechando diseños de Meucci que alguien de la Western Union hurtó y la empresa reportó como “extraviados”.
La justicia histórica reconoce que la falta de 10 dólares (cuota de renovación de una patente) y una barrera lingüística, fueron los obstáculos que impidieron a Meucci sostener la propiedad de su invento, reconocimiento que el Congreso de Estados Unidos finalmente le otorgó en 2002, con la resolución 269.
A su vez, el Gobierno de Italia lo honró con el título de «inventor oficial del teléfono».
Una justicia tardada, que no lo benefició en vida y tampoco significó ninguna regalía para ninguno de sus descendientes, pero que todos debemos conocer.
La vida de Antonio Meucci es una de esas historias donde el genio y la perseverancia se enfrentan constantemente a la adversidad. Fue un hombre que a pesar de sus inmensas contribuciones técnicas vivió gran parte de su existencia en la lucha y la carencia económicas, y así murió.

Cuando él nació, Florencia, el corazón de la Toscana, era un centro de cultura y arte heredero del Gran Ducado de los Medici, del floreciente y espléndido Período Lorenés y del efímero y decadente Reino de Etruria, que existió entre 1801 y 1807, cuando Napoleón puso en Florencia a los Borbón-Parma como sus “títeres”. En mayo de 1808 -un mes después del nacimiento de Meucci- Napoleón decidió que ya no quería intermediarios. Decretó la desaparición del Reino de Etruria y se anexó la Toscana que así dejó de ser un reino teóricamente independiente para convertirse, de manera oficial, en parte del territorio de Francia. Se dividió en tres departamentos: Arno, Mediterráneo y Ombrone. Posteriormente Napoleón nombró a su hermana, Elisa Bonaparte, como Gran Duquesa de Toscana en 1809, aunque como todos sabemos, el territorio funcionaba como una provincia francesa más, bajo el Código Napoleónico. En 1808, los toscanos sentían una profunda nostalgia por el estilo de gestión de los Lorena. Lo que los Habsburgo-Lorena habían construido era un estado “modelo” de la Ilustración, basado en la autonomía local, el libre comercio y el bienestar civil. Mientras que el “Gobierno Lorenés” se percibía como paternalista, estable y respetuoso con las tradiciones locales, la administración napoleónica de 1808 trajo, entre otros males el odiado reclutamiento forzado. Los jóvenes toscanos eran enviados a las guerras de Napoleón en toda Europa. También altos impuestos para financiar las campañas imperiales y un centralismo radical, en el que las decisiones ya no se tomaban en Florencia, sino en París. Además, el golpe de Napoleón impuso el Bloqueo Continental contra Inglaterra. Esto destruyó el puerto de Livorno, que era el pulmón económico de la región. El comercio marítimo se detuvo, provocando hambre y una crisis económica que nunca se vio en la era de los Lorena.
Meucci nació un mes antes de la anexión, en un barrio humilde y popular llamado San Frediano, ubicado en la margen izquierda del río Arno, conocido por ser hogar de artesanos y trabajadores, un lugar con un espíritu comunitario muy fuerte y un carácter un tanto rebelde, lo que seguramente influyó en la personalidad activa y política que Antonio mostraría años después.
Creció en una familia de clase trabajadora, con recursos limitados pero con una fuerte ética de trabajo y un profundo desprecio por la imposición de los franceses. Su padre, Amatis Meucci, se desempeñaba como empleado del gobierno y cobrador de impuestos locales. Su madre, Domenica Pepi, se dedicó por completo al hogar y al cuidado de sus 9 hijos. Antonio era el mayor. Como fue común en la época, debido a las condiciones de salud, varios de sus hermanos fallecieron a temprana edad.

Tras la caída de Napoleón en 1814, cuando Antonio tenía 6 años, el Gran Ducado fue restaurado bajo Fernando III de Habsburgo-Lorena. El regreso de los Lorena fue recibido con júbilo por una parte de la población que asociaba su apellido con la “Edad de Oro” de la Toscana ilustrada, pero para entonces se comenzó a hablar de República y de Unificación. La Dinastía Habsburgo-Lorena comenzó a gobernar La Toscana en 1737, tras la muerte del último Médici, hasta que fue interrumpida precisamente por Napoleon en 1801.
En medio de la difícil situación económica familiar, el talento de Antonio era evidente. A los 13 años, en 1821, logró ser admitido en la prestigiosa Accademia di Belle Arti, donde no solo estudió arte sino paralelamente adquirió una profunda formación técnica, con estudios de diseño, química y física, y obtuvo la especialidad en ingeniería mecánica. Por las carencias de su familia no realizó sus estudios de tiempo completo, pues debió combinarlos con empleos menores.
San Frediano era un lugar de ingenio práctico. Su primer trabajo importante fue como asistente de aduanas y, más tarde, como técnico de escena en el Teatro della Pergola. Fue precisamente en los pasillos y tramoyas de ese teatro donde comenzó a experimentar con “teléfonos acústicos”, tubos de ventilación que transportaban la voz, para comunicarse con sus colegas a cierta distancia, dentro del teatro.
En esos años asumió una definida postura política ante los acontecimientos que vivía su patria, convirtiéndose en un republicano convencido. Fue un militante activo. No solo tenía ideas liberales, sino participaba en la logística de la insurgencia, involucrado en los movimientos de unificación italiana y en sociedades secretas, como los Carbonarios, una red clandestina que utilizaba códigos y rituales para organizar la resistencia política. Para las autoridades monárquicas Meucci era un “elemento peligroso” por su capacidad técnica puesta al servicio de la propaganda y la comunicación de los opositores.

Debido a su participación en conspiraciones contra el régimen monárquico del Gran Ducado de Toscana, Meucci fue vigilado y encarcelado brevemente en varias ocasiones. La más prolongada, en 1833, lo mantuvo varios meses tras las rejas. Al salir asumió que su carrera en Italia estaba estancada y que su seguridad corría peligro.
Mientras trabajaba como técnico en el Teatro della Pergola en Florencia, conoció al empresario Francisco Martí, quien le ofreció lo que para su condición significó una gran oportunidad: trabajar en el Teatro Tacón en La Habana, que en ese momento era uno de los más lujosos y modernos del mundo, contratado como director técnico y escenógrafo principal.
Así, abandonó su país definitivamente en octubre de 1835, junto con su esposa, Ester Mochi, con quien se había casado un año antes. Tenía 27 años.
Aunque ciertamente era un contrato “temporal”, se convirtió en una estancia de 15 años, de 1835 a 1850, en la isla caribeña territorio de la Corona Española. Llegar a La Habana en 1835 significó para el matrimonio entrar en un mundo nuevo y maravilloso de paz y bienestar, en una ciudad espléndida, generosa y bulliciosa después de las dificultades económicas y la conflictiva persecución política en Italia. Ester también tuvo trabajo como diseñadora de vestuario teatral. Fueron, sin duda, los años de mayor esplendor económico y estabilidad emocional de su vida. 
En Cuba, Meucci nunca fue un inmigrante pasando hambre; era un profesional de élite. Como director técnico del famoso Teatro Tacón, gozaba de un salario generoso y una casa proporcionada por la empresa. Vivía con comodidades que nunca había gozado ni volvió a disfrutar jamás. Tenía un equipo de trabajadores a su cargo y acceso a los mejores materiales para sus escenografías. Fue altamente productivo. Diseñó sistemas de ventilación para el teatro, mecanismos de cambio de escenario que parecían magia y un sistema para elevar el telón que era la envidia de los teatros europeos. Además, tenía un laboratorio en el mismo teatro donde experimentaba con la galvanoplastia, el arte de dorar metales mediante electricidad. También ahí empezó a experimentar con la electricidad y la voz. Un día de 1849 mientras aplicaba descargas eléctricas para tratar el reumatismo de un empleado del teatro, colocó un cable en la boca del enfermo y él mismo sostuvo otro en su habitación contigua. Al oír el grito del hombre a través del cable, Meucci se dio cuenta de que la electricidad podía “transportar” la voz humana.
Así nació su “telégrafo parlante”.
Cuba fue el lugar donde su matrimonio fue más sólido, donde no tenían deudas y donde Meucci era respetado por la alta sociedad habanera. Sin embargo, había una sombra: el entorno político y social. A pesar de la comodidad, Meucci seguía siendo un hombre de ideas republicanas y la Cuba colonial española, con su sistema de esclavitud y control férreo, chocaba con sus valores.
En 1850 el incendio del Teatro Tacón y cambios en la administración del empresario Francisco Martí hicieron que su situación laboral se volviera más que incierta, pues pronto se vio desempleado.

Muchos de sus amigos exiliados italianos se estaban concentrando en Nueva York y el deseo de estar cerca de la causa de la unificación italiana volvió a tirar de él. Meucci sabía que había descubierto algo revolucionario con el telégrafo sonoro ( sound telegraph) . En esa época Nueva York era el centro del mundo industrial y tecnológico. Sentía que si se quedaba en La Habana, su invento sería solo una curiosidad local, mientras que en Estados Unidos podría patentarlo y cambiar el mundo.
Salió de La Habana con una pequeña fortuna ahorrada (unos 20,000 pesos de la época), pero ya en Nueva York, entre malos negocios, estafas y el costo de sus experimentos, lo perdió todo en pocos años. Para Meucci, Cuba fue el paraíso de la tranquilidad, mientras que Nueva York fue un cruento campo de batalla.
En 1850 Giuseppe Garibaldi, quien sería el gran héroe de la unificación italiana, llegó a Nueva York tras el colapso de la República Romana. Estaba derrotado militarmente, deprimido y perseguido. Meucci, que acababa de llegar de Cuba no dudó en abrirle las puertas de su casa e infundirle nuevos ánimos.
Al igual que muchos revolucionarios de su época como el propio Garibaldi y Benito Juárez en México, Meucci formaba parte de la Masonería. Esta red era fundamental para el intercambio de ideas ilustradas y republicanas. En Nueva York, perteneció a logias que promovían la libertad de los pueblos y el laicismo. Su visión del mundo era la de una República Democrática donde la ciencia y la técnica estuvieran al servicio del progreso humano, no de las élites monárquicas.
Incluso su lucha por la patente del teléfono tuvo un tinte político. Meucci siempre se sintió víctima de un sistema que favorecía a las grandes corporaciones anglosajonas, como la Western Union y la de Alexander Graham Bell, frente a los inmigrantes latinos con pocos recursos. Para él, defender la autoría del invento era también una forma de defender el honor y la capacidad intelectual de la nueva nación italiana frente al mundo.


Entre 1850 y 1854, Garibaldi vivió hospedado en la casa de Meucci. Pero Meucci no solo le dio a Garibaldi techo, sino también dignidad. Sabía que Garibaldi no aceptaría caridad, así que lo invitó a trabajar en su nuevo proyecto: una fábrica de velas de parafina y sebo. Durante este tiempo, ambos trabajaron juntos en la pequeña fábrica que Meucci había montado. Es sin duda una de las imágenes más curiosas y humanas de la historia: el “Héroe de Dos Mundos”, -Italia y Sudamérica-, Giuseppe Garibaldi, y el padre del teléfono, Antonio Meucci, fabricando velas de sebo hombro con hombro en una pequeña casa de Staten Island.
Pasaban horas fundiendo cera y preparando moldes. Garibaldi, un hombre acostumbrado a dirigir ejércitos y navegar mares, se convirtió en un obrero más. En sus memorias, Garibaldi escribió con mucho cariño sobre este tiempo, mencionando que Meucci era un hombre de una bondad inmensa.
Mientras las velas se enfriaban charlaban largamente sobre la unificación de Italia, la libertad y, por supuesto, los inventos de Meucci.
Fue en esta casa donde Meucci instaló un prototipo de su “teletrófono” para comunicarse desde el sótano con el segundo piso, donde, postrada, pasaba el tiempo su esposa Ester. Vivían de forma muy austera. Garibaldi solía ir a pescar al muelle cercano para ayudar con la comida de la casa.
Mientras vivían en la austeridad y hacían algo tan simple como velas, uno estaba planeando el nacimiento de una nación y el otro el nacimiento de las telecomunicaciones modernas.

Aunque Meucci no empuñaba las armas en las batallas de unificación, su hogar se convirtió en un cuartel general intelectual. Ayudaba a recaudar fondos y a organizar el apoyo de la comunidad de inmigrantes italianos para las campañas militares en Italia. Tener a Garibaldi allí le dio a Meucci un estatus como de “cónsul” entre los inmigrantes italianos. Su casa era “el lugar” de peregrinaje para los patriotas italianos que pasaban por Nueva York.
Sin embargo, el negocio de las velas no prosperó mucho porque Meucci prefería gastar el dinero en sus experimentos eléctricos que en la administración de la fábrica. Cuando Garibaldi se fue en 1854 para continuar su lucha en Italia, Meucci se quedó en una situación económica cada vez más precaria.
A pesar de que sus caminos se separaron, mantuvieron el afecto mutuo. Años después, cuando Meucci estaba en medio de sus batallas legales contra Graham Bell, siempre recordaba con orgullo que su casa fue el refugio del hombre que finalmente unificó su patria.

Hoy en día, esa casa donde vivieron los dos grandes personajes es el Garibaldi-Meucci Museum. Está ubicada en el número 420 de Tompkins Avenue, en Staten Island, Nueva York. Es una construcción de estilo gótico rural que data de la década de 1840, un lugar pequeño cargado de historia, donde todavía se pueden ver los moldes de las velas que hicieron juntos y algunos de los primeros diagramas, modelos y dibujos del teléfono que Meucci realizó allí mismo. Es el lugar donde realmente cobró vida el Teletrófono. También conserva objetos personales del general, incluyendo camisas rojas, símbolo de su ejército, y otros artefactos de su estancia en Nueva York. El museo es propiedad y está administrado por la Orden de los Hijos de Italia en América. Para la comunidad italiana de Nueva York, es un lugar sagrado que representa el ingenio y el sacrificio del inmigrante.

El mismo año que Garibaldi partió, Meucci diseñó un nuevo modelo que llamó El Cono Acústico. Consistía esencialmente en embudos de cartón o madera. En el fondo del cono, colocaba una membrana de piel de animal a manera de un tambor pequeño. En el centro de la membrana, fijaba una lengüeta de hierro. Detrás de la lengüeta de hierro Meucci colocaba una bobina de hilo de cobre enrollada alrededor de un imán. Cuando él hablaba, las vibraciones del aire movían la membrana, esta movía el hierro y eso generaba una corriente eléctrica variable que viajaba por el cable.
A todas luces, algo sorprendentemente ingenioso.
“En ese instante supe que había vencido a la distancia. Ya no necesitaba que el aire empujara el sonido; ahora la electricidad lo transportaba a la velocidad del rayo”, comentó alguna vez recordando sus avances.
Para 1856 ya había perfeccionado su creación y realizó pruebas más ambiciosas. Logró transmitir la voz a una distancia de aproximadamente una milla, utilizando placas de cobre como conductores, aislados con algodón.

Aunque significó un gran avance, los años pasaron sin que Meucci volviera a dedicar tolda su atención al ingenioso descubrimiento. Regresaba a él ocasionalmente abstraído por ocupaciones urgentes para llevar comida a su hogar. Sus ingresos rondaban entre un dólar y máximo un dólar y medio por día trabajado.
Sin embargo, entre 1854 y 1871 Meucci diseñó al menos 30 modelos diferentes.
Fue hasta el 28 de diciembre de 1871 que armado con 10 dólares ahorrados con gran esfuerzo, acudió a la oficina de patentes para registrar un “caveat”, es decir una notificación de intención de patente, que obtuvo con el número 3335. Lo registró como “Telettrofono” y ya era un dispositivo más serio que incluía una caja de jabón de madera reciclada. Usaba un núcleo de acero magnetizado y una bobina de cobre muy fina. Había descubierto que si humedecía los conductores, la señal llegaba más lejos. Este trámite costaba exactamente 10 dólares y tenía vigencia de un año. Obtener una patente podía costar hasta 100 dólares o más, incluyendo la factura de un abogado que llenara todos los renglones de un formulario y presentara un escrito describiendo pormenorizadamente el invento, con precisión jurídica. La tasa de presentación era de 15 dólares y si la patente era aprobada había que pagar otros 20 dólares. Adicionalmente se requerían dibujos profesionales en papel especial o pergamino con tinta china. También era obligatorio presentar un modelo físico funcional del invento, lo que implicaba costos de carpintería y metalurgia. Antonio no contaba con ese dinero, ni pudo reunirlo en los dos años siguientes. Sólo renovó el “caveat”, en 1872 y 1873.
En ese lapso, considerando que su invento estaba a salvo, acudió a la poderosa Western Unión en busca de financiamiento para desarrollarlo, ofreciéndolo en sociedad. Hizo la propuesta y entregó sus prototipos y documentación a Edward B. Grant, vicepresidente de la Western Union Telegraph Company, con la esperanza de probar su invento en sus líneas.
Entonces sucedió uno de los acontecimientos más trágicos de su vida.

Meucci solía tomar el ferry Westifield para cruzar a Manhattan desde Staten Island. El 30 de julio la caldera del barco explotó violentamente mientras aun estaba en el muelle, matando a unas 125 personas e hiriendo a cientos. Meucci estaba a bordo. Resultó gravemente herido con quemaduras de segundo y tercer grado. Consecuentemente pasó meses postrado en cama, incapaz de trabajar o de seguir desarrollando sus prototipos.
En aquella época, las leyes de responsabilidad civil distaban mucho de ser como las de hoy. Las grandes corporaciones tenían mucho poder y las indemnizaciones por daños personales a inmigrantes pobres solían ser mínimas. Meucci intentó buscar justicia legal. Presentó una demanda contra la Staten Island Ferry Company por la explosión del Westfield. Tras un largo y tedioso proceso legal, Meucci ganó una insignificante indemnización. Tan pequeña que tras pagar los honorarios de los abogados y las cuantiosas facturas médicas acumuladas por sus meses de agonía, más las deudas que su esposa había contraído para que no los desalojaran mientras él no podía trabajar, no le quedó prácticamente nada. Ni siquiera alcanzó para una nueva renovación del “caveat” de 10 dólares en 1874.
El caveat funcionaba como una advertencia a otros inventores: si alguien presentaba algo similar, la Oficina de Patentes debía notificar a Meucci para que él presentara su solicitud de patente completa en menos de tres meses. Al caducar el documento en 1874, ese «escudo» desapareció.

Por si fuera poco, Ester había tomado una decisión desgarradora sin consultarlo cuando Meucci convalecía: entregar los prototipos y casi todos los modelos de trabajo del “teletrófono” a una casa de empeños por apenas 6 dólares. Cuando Meucci se recuperó e intentó recuperarlos, los aparatos ya habían sido vendidos a un tercero desconocido. Se perdió la evidencia física de años de evolución, desde los experimentos en La Habana hasta los de Nueva York. A la ruina económica se sumó una brutal depresión.
Al recuperarse y sin haber obtenido ninguna respuesta alentadora de la Western Unión, Meucci acudió a reclamar la devolución de su prototipo y documentación que había entregado a Edwar B. Grant.
Le respondieron que todo se había “extraviado” y le ofrecieron una disculpa.
Lo cierto es que Alexander Graham Bell realizaba investigaciones como asociado en los mismos laboratorios donde Meucci había dejado sus prototipos y con toda seguridad ahí tuvo acceso a ellos. Pero no fue el único.
En la trama aparece también Elisha Gray, un socio tecnológico de Western Union cuya carrera e inventos estuvieron profundamente ligados a esa empresa. Gray fue cofundador de Gray & Barton en 1869, una compañía de fabricación de equipos eléctricos. Western Union compró una participación mayoritaria de G & B y la rebautizó como Western Electric Manufacturing Company. A través de esta empresa Gray fabricaba gran parte del equipo telegráfico que Western Union utilizaba. Aunque no trabajaba directamente en sus oficinas, Gray era considerado por Western Union el «inventor de casa».

Apenas meses después de que Meucci dejara de pagar la renovación, Bell presentó su solicitud de patente la mañana del 14 de febrero. En compañía del ingeniero mecánico Thomas Watson, que aportó al dispositivo láminas metálicas vibrantes, logró la primera transmisión de voz clara y la mostró en la propia oficina de patentes al transmitir la frase “Mr. Watson, come here, i want to see you”.
Fue la primera transmisión inteligible de voz humana mediante un aparato electromagnético.
Al no existir un caveat vigente, la oficina dio entrada a la solicitud de Bell sin contratiempos.
Pero ese mismo día, dos horas más tarde, Elisha Gray en compañía de su abogado presentó un caveat para registrar su versión ¡también de un teléfono!, entablando uno de los momentos más dramáticos y polémicos en la historia de la propiedad intelectual, que parece emanado de una espléndida imaginación de novelista.
Sin embargo, había diferencias importantes, aunque las dos solicitudes llegaron casi juntas al escritorio del examinador.

La gestión de Bell llegó primero y era una solicitud de patente completa. Lo respaldaba el dinero de su suegro millonario.
La de Gray sólo un caveat, pero su diseño era técnicamente superior y más avanzado que el de Bell en ese momento. El caveat de Gray describía un transmisor de resistencia variable que usaba una aguja sumergida en un líquido conductor (agua ácida).
El prototipo de Bell se centraba en lo que llamaba “telégrafo armónico” de ondas electromagnéticas. Sin embargo, en la margen de la solicitud de Bell aparecía una anotación escrita a mano que describía exactamente el mismo método del líquido de Gray. Esto generó sospechas de plagio o espionaje industrial.

Zenas Fisk Wilber, el examinador de patentes, confesó años después, bajo juramento y sumido en deudas por alcoholismo, que le había mostrado el caveat de Gray al abogado de Bell y que este le pagó 100 dólares por el «favor».
Pero más aun, debe destacarse un detalle sobresaliente: Cuando Bell hizo la primera transmisión exitosa de voz llamando a Watson, no usó el diseño de su patente original, sino un transmisor de líquido como el que Gray había descrito en su caveat.
A pesar de la ventaja técnica de Gray y la sospecha de soborno, Bell se quedó con la gloria por dos razones legales:
La ley daba prioridad a una solicitud de patente completa sobre un caveat, aunado esto a las horas de diferencia.
Y la otra, determinante:
Sospechosamente aconsejado por sus abogados y bajo la creencia de que el teléfono era solo un «juguete» sin futuro comercial frente al telégrafo, Gray decidió no pelear su prioridad y retiró sus objeciones iniciales.
Se arrepintió profundamente años después cuando vio a la Bell Telephone Company convertirse en un gigante.

Para entonces, el presidente de Western Union, William Orton, había llamado al teléfono en una opinión famosa, un «juguete eléctrico» sin mayor valor.
Al igual que Meucci, Gray pasó el resto de su vida en batallas legales intentando ser reconocido como el verdadero inventor y en determinado momento obtuvo en esa contienda todo el apoyo de Western Union que se había dado cuenta del grave error que había cometido al desestimar el invento de Meucci y al dejar escapar el tesoro que tuvo en sus manos.
La patente de Bell, la famosa 174,465 le fue concedida el 7 de marzo de su año clave, 1876, específicamente como Improvement in Telegraphy, ( mejora en la telegrafía) en un contexto en el que la palabra teléfono aun no se le aplica. En los siguientes meses, Bell realizó una serie de demostraciones públicas con éxito rotundo. En la Exposición Universal de Filadelfia de que tuvo lugar del 10 de mayo al 10 de noviembre del mismo año, el “Improvement in Telegraphy”, aún sin magneto ni campana, fue uno de los inventos más aplaudidos y su fama cobró dimensión mundial, significando un poderoso golpe mediático que sacó al invento del anonimato técnico y lo convirtió en una sensación mundial.
Bell fue astutamente teatral en la presentación de su aparato el 25 de junio de 1876. Instaló dos teléfonos en extremos opuestos del Machinery Hall y a través del primero recitó líneas de Hamlet: “To be, or not to be…” que fueron escuchadas por quien quiso en el segundo, situado a 100 metros de distancia.

El público quedó atónito. La prensa lo describió como “magia eléctrica” y la noticia fue replicada en todo el mundo.
Los Componentes principales del prototipo presentado en la Expo eran su base de madera como soporte estructural del aparato. Un Electroimán cilíndrico montado sobre un poste de latón. El diafragma vibratorio, compuesto por una membrana de pergamino y una placa metálica central. Un Embudo de hojalata sostenido por dos soportes de latón que servía de bocina y auricular. Dos bornes de conexión para unirlo a una batería externa y un solo electroimán, lo que permitía que el mismo aparato funcionara como transmisor y receptor. Aunque el diseño era extremadamente primitivo comparado con los teléfonos posteriores, contenía el principio clave: variar la corriente eléctrica en proporción directa a las vibraciones de la voz.
Y era también un hermano casi gemelo del prototipo de Meucci, salvo que aquel no contaba con un sistema electromagnético refinado como el de Bell.

Pedro II, Emperador de Brasil, fue quizá el visitante más famoso. Al escuchar la voz transmitida, exclamó: “¡Dios mío, habla!”, una reacción clave para atraer la atención mundial. Sir William Thomson, más conocido como Lord Kelvin, considerado el físico más prestigioso del mundo en ese momento, fue miembro del jurado científico de la Exposición. Declaró que “el invento de Bell era la maravilla de la Exposición”. Su aplauso legitimó el teléfono ante la comunidad científica internacional. Joseph Henry, Presidente de la Smithsonian Institution, -cuyos descubrimientos en materia de electromagnetismo fueron determinantes para el trabajo que Alexander Graham Bell desarrollo con el telégrafo- subrayó ante los periodistas la importancia que tendría el telèfono para el futuro de la humanidad, mencionándolo como un antes y un después. Delegaciones de Francia, Alemania y Reino Unido documentaron el invento y sus informes aceleraron la adopción del teléfono en Europa.

La demostración convirtió a Bell en una celebridad. Los inversionistas llovieron con ofertas para financiar la Bell Telephone Company.
Con buenos reflejos, Bell organizó exhibiciones adicionales en Boston y Nueva York e hizo una demostración privada a la Reina Victoria en su castillo de Osborne, que ella calificó de “extraordinaria”.
Western Union dio poderosamente la pelea en tribunales, intentando usar a Elisha Gray y también a Thomas Edison para recuperar terreno. Compró los derechos de Gray obtenidos en su caveat presentado el mismo día que Bell, y creó la American Speaking Telephone Company. Ignoró autoritariamente la patente de Bell y alegando que el verdadero inventor era Gray empezó a instalar sus propios teléfonos, muy mejorados por Edison, que incorporó un transmisor de carbón superior al de Bell.
Por su parte, Meucci quedó fuera del dilema legal. Su caveat de 1871 simplemente había expirado en 1874 por falta de pago y carecía por completo de recursos para litigar. Sin embargo, su nombre sería usado más tarde por Western Union para intentar debilitar a Bell. Todavía en 1876 Western Union comete otro error garrafal al desperdiciar la oferta de comprar la patente de Bell por 100 mil dólares, pensando ilusamente que puede ganar la batalla en tribunales.

The New York Times reportó: «El 9 de octubre de 1876, Alexander Graham Bell y Thomas Watson hablaron por teléfono el uno con el otro mediante un alambre estirado entre Cambridge y Boston.
La compañía de Bell demandó a Western Union por infracción de patente. Durante el juicio, Western Union utilizó el argumento de las «2 horas» y el hecho de que el diseño de Gray (transmisor de líquido) era el que Bell usó en su primera transmisión exitosa.
Argumentos ciertos, pero insuficientes. Gray testificó que su transmisor líquido era anterior. Pero su caveat no es una patente, y además Gray nunca construyó un teléfono funcional antes de Bell.

Su diseño no transmitía voz inteligible. Por lo que respecta al invento de Meucci, su caveat no describe un mecanismo electromagnético funcional y tampoco contiene el principio de corriente proporcional.
Todas estas razones llevaron a los propios abogados de Western Union a una conclusión devastadora: Bell tenía la prioridad legal.
El 10 de noviembre de 1879, para sorpresa del mundo empresarial, Western Union se rindió antes de que el juez dictara sentencia y por consejo de sus abogados llegó a un acuerdo privado: Admitió que Bell era el inventor legal, se retiró totalmente del negocio telefónico y a cambio, la National Bell Telephone Co. se comprometió a no competir en el negocio de los telegramas y a pagarle a Western Union el 20 por ciento de las regalías telefónicas durante 17 años. Así fue.
Gray continuó inventando, pero nunca recuperó protagonismo. Murió en 1901 con una amarga sensación de derrota, dejando una nota que decía:
«La historia del teléfono será escrita… y dejará el mérito a quien pertenece… pero yo ya no estaré aquí para verlo».

En 1880 nació Globe Telephon Company, no precisamente para innovar tecnológicamente, sino para desafiar el monopolio de la American Bell Telephone Company, lo que emprendió decididamente en 1983. En aquella época, Bell demandaba a cualquier empresa que intentara vender teléfonos, amparándose en su patente que ya había sido reconocida por la Suprema Corte. Globe buscó una estrategia legal: encontrar una patente o un inventor que fuera anterior a Alexander Graham Bell para invalidar sus derechos. La compañía compró los derechos de las invenciones de Meucci y lo nombró «ingeniero eléctrico» de la empresa. Su objetivo era usar los dibujos y prototipos de Meucci como prueba de que Bell no era el primer inventor. Al iniciar operaciones comerciales, la Bell demandó a Globe por infracción de patentes. Globe presentó evidencias de que Meucci había logrado la transmisión de voz años antes que Bell. El propio Meucci testificó, explicando cómo funcionaba su aparato basado en la conducción eléctrica. Los abogados de Bell no pudieron negar que Meucci había inventado algo que transmitía sonido, pero utilizaron una estrategia brillante y cruel. Argumentaron que el invento de Meucci era un “teléfono mecánico” (como los de vasitos con hilo) y no un “teléfono eléctrico”. Sin embargo, las notas de Meucci mencionaban claramente el uso de baterías y bobinas. La defensa de Bell simplemente se dedicó a confundir al jurado con términos técnicos complejos que Meucci, por su barrera lingüística, tardaba en aclarar.
En 1887, el juez William Wallace falló a favor de Bell. Su argumento fue que ciertamente los dispositivos de Meucci eran «instrumentos mecánicos» y no habían utilizado la corriente eléctrica de la misma forma que el sistema de Bell. Tras la derrota judicial, la Globe Telephone Company perdió su fuerza y ya no pudo comercializar sus equipos.
Para 1886, más de 150 mil personas en los Estados Unidos poseían teléfonos.

Luego sobrevino algo inesperado: El caso «Estados Unidos contra American Bell Telephone Co.» El 13 de enero de 1887, el Gobierno de los Estados Unidos propuso anular la patente otorgada a Bell por motivos de fraude y tergiversación, un caso que la Corte Suprema consideró viable y remitió para juicio, iniciado oficialmente ese mismo 1887. No fue una demanda entre empresas privadas, sino que el propio Gobierno de los Estados Unidos, bajo la presidencia de Grover Cleveland, demandó a Bell para anular su patente por fraude y engaño, en defensa de los derechos de Meucci. El argumento del Gobierno era que Alexander Graham Bell había obtenido su patente de manera irregular, ocultando que la tecnología ya existía.
Durante el proceso, se presentaron las pruebas del trabajo de Meucci desde 1854. Tras revisar la evidencia, el propio Secretario de Interior y los fiscales del gobierno llegaron a la conclusión pública de que había pruebas suficientes para creer que Meucci fue el primero en transmitir la voz de forma eléctrica.
El juez del caso permitió que el proceso avanzara basándose en que existían fundamentos reales sobre la prioridad de invención de Meucci. Más aún, tras escuchar a Meucci escribió en sus notas preliminares que había “prioridad de invención”. Parecía que por fin la justicia reconocería el mérito de Meucci. El juicio se alargó casi 2 años debido a las tácticas dilatorias de los abogados de Bell. Sin embargo, el caso iba camino a una victoria histórica para el inmigrante italiano, con el apoyo de los fiscales y los jueces y la aprobación decidida del Presidente Grover Cleveland.
Pero el destino tuvo otros planes.
En octubre de 1889, mientras el caso seguía abierto, Antonio Meucci murió en la pobreza total en Staten Island.

Bajo las leyes de la época, al morir el demandante principal y cesar el interés del gobierno en un caso que ya era “viejo”, el juicio se cerró sin una sentencia definitiva. La Corte Suprema determinó que, al haber expirado ya la patente original de Bell (por el paso del tiempo), el caso de «fraude» ya no tenía objeto legal práctico. Bell conservó la titularidad del invento por “default” .
Antonio murió sin hijos y en una pobreza tan profunda que su esposa, Ester, tuvo que vender gran parte de sus herramientas y prototipos para poder comer mientras él aún vivía. Muchos de sus bocetos se perdieron o fueron subastados por centavos.
En la tarde del 25 de enero de 1915 Bell y Watson hablaron por teléfono mediante un cable de 3 mil 400 millas entre Nueva York y San Francisco. Bell se encontraba en Nueva York y su socio en el lado opuesto del continente. Según en New York Times, se escucharon uno al otro más claramente que en la primera conversación de 38 años antes en Boston, a menos de 9 metros de distancia.
Pasaron más de 11 décadas y en septiembre de 2001 miembros de la comunidad italo-americana, liderados por figuras como Vincenzo Marra, fundador del Italian-American Digital Project, desplegaron un intenso cabildeo en Washington con el objetivo era presentar pruebas ante instancias políticas de que Meucci había demostrado su «teletrofono» en Nueva York en 1860, años antes que Bell. La idea entusiasmo a cientos de orgullosos y solidarios “hijos de Italia” radicados en Estados Unidos. Antes de finalizar el año el diputado republicano por el distrito 134 de Nueva York, al que pertenece Staten Island, Vito Fossella, adoptó la iniciativa y se convirtió en el principal promotor de la causa en la Cámara de Representantes.

El 9 de abril de 2002, tras meses de preparación y recolección de evidencia histórica, Fosella formalizó el proceso legislativo con la intención de que la Cámara de Representantes reconociera el mérito de Meucci. Propuso una resolución que declaraba que la vida y los logros de Antonio Meucci debían ser reconocidos, específicamente que su trabajo en la invención del teléfono fue fundamental y pionera.
Las gestiones avanzaron durante abril y mayo. Antes de llegar al pleno, la resolución fue remitida al Comité de Educación y Fuerza Laboral. Durante semanas, se revisaron los fundamentos históricos que indicaban que Meucci instaló un sistema de telecomunicaciones rudimentario en su casa de Staten Island para comunicarse con su esposa enferma. Mientras tanto, Fossella hablaba y convencía a legisladores de ambos partidos de la legitimidad y justicia de su propósito, logrando amplio apoyo bipartidista.
Así llegó el 11 de junio de 2002 y el tema pasó a votación del pleno. El consenso fue tal que se asumió la modalidad de “suspensión de reglas” también conocida como “dispensa de trámites” y la votación fue aprobada por viva voz.
Durante la sesión, se resaltó que Meucci murió en la pobreza y nunca recibió el crédito que merecía debido a dificultades económicas y a la barrera del idioma.
Se estableció oficialmente que «…si Meucci hubiera sido capaz de pagar la tasa de 10 dólares para mantener la advertencia después de 1874, no se podría haber concedido ninguna patente a Bell.»
Textualmente, la resolución cierra diciendo:
Resuelto, Que es el sentir de la Cámara de Representantes que la vida y los logros de Antonio Meucci deben ser reconocidos, y su trabajo en el que hay que reconocer la invención del teléfono.
Dar fe:
Aunque la resolución es un hito histórico y político de gran peso moral, no anuló legalmente las patentes de Bell, pero sí cambió para siempre los libros de texto y la narrativa oficial sobre quién fue el verdadero «padre del teléfono».
En los últimos 130 años el teléfono ha evolucionado de manera que ni Meucci, ni Gray, ni Bell pudieron nunca imaginar.
Tampoco nadie en aquel entonces pudo visualizar que en 2025 los ingresos mundiales totales de los servicios de telefonía en todas sus modalidades actuales ascienden aproximadamente a 1.5 billones de dólares, hablando de billones en español, es decir un millón y medio de millones de dólares, equivalentes a cerca de 4 mil millones de dólares diarios, que es la cifra aproximada de lo que pagamos los usuarios del teléfono.
Todo esto sin contar los montos que se destinan a la compra de los aparatos.
El teléfono celular nos dará sin duda tema para otra efeméride, pero hoy podemos decir que aunque parezca que un iPhone o un Android no tienen nada que ver con una caja de jabón, trozos de cuero
y cables de cobre, la física fundamental sigue siendo la misma de Meucci en varios puntos:
La Membrana o Diafragma.- Todos los teléfonos actuales siguen teniendo una membrana diminuta en el micrófono y en el altavoz. Al igual que la piel de animal que usaba Meucci, esta lámina vibra para captar o reproducir el sonido.
Conversión de Ondas.- El principio básico de convertir ondas sonoras (presión de aire) en señales eléctricas para transportarlas, y luego volver a convertirlas en sonido en el otro extremo, es exactamente lo que Meucci ideó. Hoy sucede de forma digital y por ondas de radio, pero la secuencia física es idéntica.
Aislamiento de Conductores.- Meucci batalló para que la electricidad no se “escapara” de sus cables y los forró con algodón. Hoy, aunque usemos fibra óptica o circuitos integrados microscópicos, el concepto de aislamiento de la señal para evitar interferencias sigue siendo el reto número uno de la ingeniería en telecomunicaciones.
El concepto de Red.- Meucci fue el primero en proponer que el teléfono no fuera solo de punto A a punto B, sino que pudiera haber una central. En sus notas de la época, ya hablaba de establecer conexiones entre diferentes casas, que es la base de la red celular moderna.
De manera que aunque hoy usemos satélites y microchips, el gesto de acercar el oído a una membrana que vibra es un legado directo de lo que Antonio Meucci hacía en su sótano para atender a su esposa.



