Investigación y edición de José Luis Muñoz Pérez
Hay fechas que parecen escritas por y para el destino. El 29 de junio es una de ellas. Fecha sagrada para la historia universal del futbol, este día, con 28 años de diferencia y en distintos continentes el fútbol vio nacer y consagrarse a sus dos figuras más grandiosas, Pelé y Maradona. Pelé debutó y se convirtió en El Rey en Suecia en 1958 y Maradona, como capitán y sin anotar en la final, coronó a Argentina campeón en 1986 en México mostrando su absoluto liderazgo y registrando el mayor dominio individual jamás visto en un Mundial. Ambos jugaron con el numero 10 y ambos fueron, también, los jugadores más golpeados de la historia.

En cambio para la selección mexicana es fecha infausta: nunca ha ganado un partido mundialista en 29 de junio y, peor aún, uno de ellos es de negra memoria.
A lo largo de más de nueve décadas de Copas del Mundo, esta fecha ha reunido grandes finales, semifinales legendarias, duelos dramáticos, actuaciones individuales que definieron épocas y partidos que cambiaron la percepción del fútbol, como deporte, como espectáculo y como fenómeno social. También arbitrajes que se convirtieron en iconos de la injusticia y agraviaron a toda una generación, como sucedió a México en 2014 cuando el arbitro portugués Pedro Proença cayó en la farsa antideportiva del holandés Arjen Robben y marcó el penal que “no era”, robando a México su clasificación a cuartos de final y provocando su eliminación de la copa. El VAR no se usaba aun, pues se aprobaría hasta 2018, en cierta medida reclamado y ampliamente justificado por aquel marcaje leonino.
Es este 29 de junio fecha espléndida para recordar -con datos seguramente conocidos por los expertos pero sorprendentes para quienes somos legos- primero, las respectivas consagraciones de Pelé en Suecia y de Maradona en el Estadio Azteca. Son pilares históricos fundamentales del deporte más famoso y jugado del planeta.
Vayamos.
Pelé contaba en 1958 con sólo 17 años y era el jugador más joven de la historia en participar en un mundial de futbol. Algunos periódicos de talla internacional apenas lo habían mencionado en unas cuantas líneas como una “curiosidad” por su temprana edad.
Pero en Brasil ciertos círculos de la afición ya conocían su historia y comenzaba a ser admirado.

Recordemos que con tan sólo 11 años de edad el seleccionado Waldemar de Brito lo “descubrió” y lo incorporó, primero al Bauru Atlético Clube. A los 14 años ganó 2 campeonatos estatales juveniles y en torneos de fútbol de salón contra adultos marcó 15 goles en un solo torneo, siendo el máximo goleador. Él mismo siempre comentó que “en sala fue mi mejor escuela… ahí aprendí a tocar el balón sin mirarlo, a ver espacios donde otros no veían nada… cuando pasé a jugar en canchas grandes sentí que tenía todo el mundo para mi sólo…”
Brito también lo llevó hasta su debut profesional el 7 de septiembre de 1956 cuando con sólo 15 años y 10 meses jugó con el Santos contra el Corintia. Entró al segundo tiempo, en el minuto 61, y al 81 anotó su primer gol profesional burlando a tres defensas y colando el esférico entre las piernas del portero.
Había ingresado al Santos en categoría juvenil, pero en cada práctica superaba a los mayores. El técnico Lula lo observaba y comentaba: “Este no es un chico normal, tiene algo que no se enseña”.

Por supuesto, ese gol del 7 de septiembre no vino solo. Para octubre ya sumaba 4. La afición identificó y empezó a corear su apodo en las gradas. Por cierto, un apodo que le habían impuesto en plan de burla sus envidiosos rivales.
En 1957 jugó su primera temporada completa. Con 16 años, ya era titular. En 38 partidos en el Campeonato Paulista de ese año anotó 36 goles, convirtiéndose en el máximomngoleador del torneo, récord que permaneció imbatible más de 20 años.
Pero había algo que llamaba la atención del público y de los medios más allá de sus impresionantes estadísticas. No era solo cuántos goles hacía, sino cómo los hacía. Controlaba el balón como si se pegara a sus pies y podía girar en espacios donde otros no lograban ni acomodarse. No solo anotaba, también daba pases medidos, abría juego y anticipaba sorprendentemente las jugadas. Además, a pesar de ser delgado y de corpulencia de adolescente tenía un equilibrio y una fuerza en las piernas que le permitían aguantar empujones de defensas mucho más grandes y pesados.
Veteranos del equipo como Zito o Pagão contaban: “Al principio pensábamos ‘viene un niño a estorbar’. Pero en el primer entrenamiento nos dejó con la boca abierta. Le pegaba a la pelota con tanta potencia y precisión que parecía un jugador maduro y experimentado. En menos de tres meses, todos lo respetábamos y sabíamos que era el futuro del equipo”.
De hecho, el suyo no fue un período de adaptación lento. Entró, demostró y se quedó… !para siempre!
De chico humilde que se inició con balones de trapo o dominando y pateando mangos a falta de balón, en menos de dos años ya era la gran esperanza del fútbol brasileño.
A finales de 1957, con esa racha de goles y actuaciones, para el entrenador Vicente Feola ya no había duda: lo llamaría a la selección.

Feola fue duramente criticado por la prensa y por muchos personajes del futbol profesional brasileño, acusándolo de favoritismo desmedido. Se admitía que el chico era extraordinario pero contra su inclusión en el seleccionado se alegaban principalmente su edad y complexión.
Y así llegó su debut en la selección en el partido contra Argentina el 7 de julio de 1957, con 16 años, 8 meses y 17 días de edad.
El enfrentamiento contra el coloso gaucho sucedió en el Estadio Maracaná ante 80 mil espectadores. Fue un partidazo. Pelé saltó a la cancha en el minuto 46 sustituyendo a Del Vecchio, cuando el marcador favorecía a sus adversarios con el único gol del primer tiempo. En el minuto 76 Pelé controló magistralmente el balón, hizo un giro rápido y disparo rasante venciendo al arquero Amadeo Carrizo y coronando su debut en la selección brasileña con un gol espectacular. En el minuto 78 Juárez anotó el 2-1 definitivo y el público del Maracaná estalló en júbilo. Las presiones por su instalación como seleccionado disminuyeron notablemente…pero no del todo.
Más aún cuando a finales de abril de 1958, es decir apenas mes y medio antes de viajar al mundial de Suecia, mientras jugaba con el Santos en el Campeonato Paulista se lesionó una rodilla y estuvo a punto de quedarse en casa. Ocurrió en una jugada normal, sin patadas ni golpe violento de por medio. Recibió un pase raso, controló el balón y quiso Vicente Feola, valiente y visionario girar rápido hacia la izquierda para dejar atrás a su marcador. Al apoyar toda su fuerza sobre la pierna derecha, sintió un tirón seco y agudo en la parte interna de la rodilla. Cayó al suelo de inmediato, tocándose la zona y sin poder levantarse solo. Salió en camilla y no volvió a entrar a ese partido.

Los médicos del club lo revisaron y dictaminaron distensión grave de los ligamentos colaterales internos y desgarre parcial del tejido muscular que rodea la rodilla derecha. No era una rotura completa, pero se consideraba una lesión muy delicada. El pronóstico inicial decía que necesitaba entre 6 y 8 semanas de reposo absoluto para sanar bien. El Mundial empezaba el 8 de junio. Si seguía el reposo estricto, llegaría justo para la primera fecha, pero sin haber entrenado con normalidad ni jugado partidos de preparación.
Los médicos de la Confederación Brasileña advirtieron un riesgo de por vida: “Si lo fuerzan antes de tiempo, corre el riesgo de romper el ligamento para siempre y quedar cojo o sin poder jugar nunca más”.
Además, una evaluación psicológica arrojó un resultado adverso. El doctor João Carvalhaes lo calificó de “mentalmente infantil, sin responsabilidad para el juego colectivo” y recomendó no llevarlo, pues era muy inmaduro y de temperamento frágil, de manera que a la desconfianza por su edad y madurez, ahora se sumaba el riesgo físico. Muchos directivos presionaron a Feola para que lo dejara en Brasil y llevara a otro jugador en su lugar. Ciertamente había varios con credenciales óptimas.
Feola no cedió. Respondió al médico: “Puede tener razón, pero usted no sabe nada de fútbol. Si su rodilla aguanta, juega…No me baso en reportes escritos sino en lo que alguien hace con el balón en la cancha… Prefiero arriesgar con un genio que con diez hombres comunes”. Ordenó que se João Carvalhaes. Descalificó a Pelé le aplicaran todos los tratamientos posibles en esa época: vendajes especiales, masajes diarios, baños de agua caliente y fría, y ejercicios muy suaves para fortalecer sin forzar.

Pelé, por su parte, colaboró al máximo. Se levantaba a las 5 de la mañana para hacer terapia antes de que empezara el entrenamiento. Apenas podía caminar pero ya hacía movimientos suaves con el balón, sin correr. Llegó al viaje a Suecia aún con molestias y con una férula protectora que usaba en los entrenamientos. Durante la primera semana en el país nórdico Pelé hacía entrenamientos suaves, corría poco y solo tocaba el balón para no forzar la rodilla.
Por eso, una vez iniciado el torneo no jugó los dos primeros partidos contra Austria e Inglaterra, que terminaron con empate en ceros. Fueron esos dos empates sin goles los que obligaron a tomar el riesgo; el equipo se veía muy predecible, sin profundidad, y Feola pensó: “Si no ganamos al siguiente, nos vamos a casa. Es momento de probar lo que tenemos”.
Así que, para el tercer partido, contra la URSS, tomó una decisión definitiva: entran Garrincha y Pelé de titulares. Era jugarse el todo por el todo. Fue una decisión colmada de valentía y arrojo. Por un lado la juventud y la lesión de Pelé y por el de Garrincha sus notorios y supuestos lastres: era cojo, tenía ambas piernas arqueadas, la columna vertebral chueca y casi carecía de cuello. Además, ya era alcohólico e indisciplinado.
En el Estadio Nya Ullev de Gotemburgo ante unos 50 mil espectadores, el 15 de junio de 1958, aunque los soviéticos eran favoritos y contaban con Lev Yashin, el único arquero de la historia en ganar el balón de oro, Vavá anotó al minuto 3 y Brasil impuso su toque, velocidad y desborde. Pelé tocó mucho, generó peligro y estrelló en el poste un balón que le sirvió Garrincha; nervioso al principio, no anotó pero mostró su magia y entregó un pase perfecto para el segundo gol de Vavá. Didi le dijo: “Tranquilo, ya llegará el gol”. Brasil pasó a la siguiente ronda con un marcador de 2-0.

El 19 de junio la cita fue contra Gales en cuartos de final, también en Nya Ullevi. Fueun encuentro muy difícil y trabado. Gales venía de jugar muy bien, se defendía con mucha disciplina y cerraba todos los espacios. Durante casi toda la primera parte y algo de la segunda, Brasil tenía la pelota pero no lograba romper la muralla galesa para anotar.
En el minuto 66, con marcador en ceros, Garrincha avanzó por la derecha, se llevó a dos desconcertados rivales con su impredecible juego de piernas chuecas y metió un centro medido al área. Pelé, que estaba también marcado por dos defensas, controló el balón con el pecho, lo dejó caer al punto exacto y en un solo movimiento dio media vuelta y disparó un potente tiro que rozó el poste y se metió imparable.
Era su primer gol en un Mundial, el primero de Brasil en esa fase y fue el único del partido.
Por supuesto, Pelé se proyectó como héroe nacional.

La magia de la radio tenía en un puño al país entero y las narraciones transcontinentales en vivo de los enviados Osmar Santos y Pedro Luiz se escuchaban en bares, casas, plazas, fábricas, tiendas, escuelas e incluso en las iglesias.
Ahí fue cuando la prensa empezó a cambiar de opinión. De “chico inexperto” O Globo pasó a escribir: “Este muchacho tiene algo que nadie más tiene”. Folha da Manhã cabeceó: Feola estava certo.
Feola respiró tranquilo y declaró con serenidad: “vamos ver mais”.
Así fue.

El 24 de junio en el estadio Råsunda de Estocolmo, Brasil llegó a la semifinal frente a su hasta entonces rival más poderoso y encumbrado: Francia, que contaba con su gran estrella, Just Fontaine, quien ya llevaba 6 goles en el torneo y era el gran anotador de la copa.
El partido fue un memorable derroche de emociones, magnificas jugadas y muchos goles.
Y sucedió lo que nadie esperaba.
Pelé se adueñó del partido y del estrellato de la copa. En solo 20 minutos marcó tres goles desarmando a la defensa francesa y dejando al mundo con la boca abierta, para un marcador final de 5-2.
Al final, los propios jugadores franceses fueron los primeros en felicitarlo.
Fontaine declaró: “ Aujourd’hui, j’ai vu jouer au football du futur … (Hoy he visto jugar al fútbol del futuro).

Con 17 años, Pelé ya era el protagonista indiscutible.
Así llegamos a nuestra primera efeméride de hoy, el 29 de junio de 1958, con un Pelé que había arribado al mundial lesionado y menospreciado, y que en tan sólo 21 días logró reconvertir su imagen y posicionarla en las alturas y en los titulares de todo el mundo.
Brasil ya estaba en la final que jugaría contra el anfitrión, Suecia, vencedor del campeón vigente, Alemania, a quien derrotó con un marcador final de 3-1. Venían los suecos de una etapa consolidada que incluía el oro olímpico en Londres, tercer lugar mundial en la copa de 1950 y tercer lugar en las olimpiadas del 52. Y en 1956 la selección se vio reforzada con un cambio político clave cuando el país permitió jugadores profesionales, pues antes sólo seleccionaba a amateurs, mientras otras naciones los permitían desde 1930, es decir desde el primer mundial realizado en Uruguay.
El equipo sueco ingresó a la cancha pocos minutos antes de las 3 de la tarde arropado con la explosiva y orgullosa euforia de sus hinchas que ya sentían la copa en sus manos.
Brasil salió al campo con uniforme combinado, camiseta azul y pantaloncillo y calcetas blancos, pues tuvo que cambiar su tradicional canarinha porque Suecia jugaba de amarillo. Lo sortearon y Suecia ganó el volado. Brasil rechazó usar uniforme blanco, ya tachado de mal augurio desde la tragedia del maracanazo, así que se apresuró a comprar camisetas azules a las que cada jugador cosió su escudo.

La multitud compuesta por alrededor de 50 mil asistentes con boleto pagado recibió a la escuadra carioca con gran respeto, sin ninguna muestra de hostilidad. No era sólo cortesía, sino respeto ganado, pues Brasil ya había derrotado en dos previas ocasiones a Suecia, con marcador de 4 a 2 en el mundial de 1938 en Burdeos, y el 9 de junio de 1950 en Rio de Janeiro con un aplastante 7-1 que anidó en la nación sudamericana la ilusión de levantar la copa, pero que también haría más trágico el maracanazo de 7 días después.

También era respeto mezclado con curiosidad de hincha por ver al novedoso chico maravilla y gozar la mágica prestidigitación podal, la prestipedación única de Garrincha.
El rey Gustavo VI Adolfo, a sus 76 años, observaba la entrada con gran atención gesto amable.
El primer brasileño en aparecer en la cancha fue el capitán Bellini, luego los porteros, los defensas, los medios y al final los delanteros, Pelé y Garrincha al último.
Ambas escuadras se formaron en fila frente al palco real y Gustavo VI Adolfo descendió al pasto para saludar de mano a todos, primero a los suyos. Bellini lo acompañó presentando a cada uno de los brasileños.

Al llegar a Pelé el monarca se detuvo y le dijo en portugués “ É uma grande honra vê-lo jogar, jovem”.
Obviamente eran palabras repetidamente estudiadas, pues el rey sueco no hablaba la lengua lusitana.
El chamaco, sorprendido y nervioso, respondió “obrigado, majestade, faremos o nosso melhor”.
Pelé recordaría en entrevistas que con ese saludo sacó el último dejo de la tensión con la que entró a la cancha.
Ninguno de los dos sabía, aun, que era el saludo de dos reyes.
Enseguida Gustavo VI Adolfo le extendió la mano a Garrincha y también le dedicó unas palabras.
Tras sonar ambos himnos nacionales abreviados, el silbatazo inicial sumió al estadio en un breve silencio, como si hubiera comenzado una misa, para, pronto, desatar la fiesta.
Al minuto 4 Skoglun se cuela velozmente por la izquierda y envía un certero centro que recibe Nysytrom y de un preciso cañonazo envía el balón a redes, marcando el primer gol. El estadio rugió, sorprendido y fascinado.
Brasil no se descompuso. Garrincha empezó a desbordar por la lateral derecha y cada vez que tocaba el balón burlaba a sus marcadores. Lo hizo una, otra y otra vez, pero al centrar los suecos abortaban la jugada.
Al minuto 9 la insistente descolgada de Garrincha culminó en un centre magistral que encontró a Vavá en posición cómoda y vino el empate.
Antes de 10 minutos el partido ya sumaba 2 goles y prometía más.

Los siguientes 23 minutos registraron llegadas de uno y otro bandos, incitando al público a ponerse de pie en varias ocasiones.
Justo en el 32, otra vez igual: escapada de Garrincha que burla a varios, centro perfecto, magnifica recepción de Vavá y balón adentro para el 2-1 con el que se fueron al intermedio.
Diez minutos después de regresar, en el preciso y precioso 55, Pelé recibe un pase alto de Nilton Santos y lo controla de pecho con precisión estética digna de un poema, manda el balón a su pie izquierdo y con la punta lo eleva sobre la cabeza del defensa Sigvard “Siggie” Parling haciendo la jugada que quedó inscrita en los anales de la antología como “el sombrero”; siguió de frente el suelo lo pateó con la derecha para anotar el 3 a 1.
Es hasta hoy el gol más afamado de todos los Mundiales.
A más de 10 mil kilómetros de distancia, a lo largo y ancho de la inmensa geografía brasileña la radio hizo estallar de júbilo al país entero. Un comentarista que transmitía en vivo desde el estadio dijo que era una jugada “majestuosa”, que Pelé era también un Rey. En el mismo instante y por el mismo hecho se habían acuñado dos términos para la posteridad.

Al minuto 68 Simonsson acortó la ventaja a 3-2 y Suecia retomó aliento y esperanza. Sin duda era un partidazo que aún tenía por delante más de 22 minutos y todo podía suceder. Y sucedió:
Zagallo puso el marcador 4-2 en el minuto 68. Brasil entero ya bailaba zamba.
Pero no fue todo. Al minuto 90 Pelé recibe un pase, con gran elegancia y serena destreza elude a dos defensores y como si estuviera sólo, con toda la cancha para él frente a la portería, dispara el 5-2 definitivo.
Con 17 años Pelé ya era no sólo el jugador más joven en participar en un mundial, también el más joven en anotar en una final y el más joven en ser campeón del mundo. Siggie, su marcador, diría después: “cuando anotó el quinto gol ya no quería marcarlo más, sólo quería aplaudirle”.

En suma, en 4 partidos en Suecia anotó 6 goles.
En Suma, en 4 partidos en Suecia anotó 6 goles.
Por cierto, la rodilla aguantó todo el torneo sin volver a fallar, incluso en los partidos más intensos.

Vino el silbatazo final 10 minutos antes de la 1 de la tarde en Sao Paulo, Rio de Janeiro y 21 estados y el país más grande de Sudamérica era un solo corazón batiendo eufórico, exultante, en plena exaltación del orgullo brasileño, un solo ser segregando al máximo la adrenalina del fervor patriótico, en viva e inmejorable sanación de la dolorosa herida del 2 a 1 que le recetó Uruguay en la final de 1950 y que llevaba 8 amargos años doliendo, aun abierta; aquel golpanazo en el amor propio recibido con la dureza y el tamaño del estadio construido infructuosamente para ganar la copa, que parecía no tener alivio.
Pero lo tuvo, en Suecia y con Pelé. El triunfo significó la emancipación de Brasil. El País recuperaba la dignidad nacional, se curaba del “maracanazo”, el ciclo del dolor se cerraba y abría las puertas de una nueva era, anchurosa y lumínica, en la que el futbol dejó de ser sólo el deporte más popular del país para consolidarse como el mayor símbolo de unión nacional. Brasil se sintió grande, fuerte y capaz de todo.
Brasil, campeón del mundo por primera vez en la historia, tenía su propio Rey. Y el Rey sólo tenía un deseo: hablar con su padre y su familia.

Apenas librados los protocolos obligatorios luego de la victoria, Pelé corrió literalmente a buscar un teléfono para llamar a Baurú, su pueblo natal. Lo encontró en una estación de trenes y debió esperar cerca de una hora a que la comunicación estuviera completada.

Hoy parece sencillo, pero en 1958 un enlace mútiple internacional transatlántico desde Estocolmo hasta un pequeño pueblo del estado de Sao Paulo era una tarea insólita, que nunca habían realizado las operadoras que intervinieron y novedoso en cuanto a las muchas participantes por estar técnicamente todas sumadas a una llamada de alto nivel de complejidad.

Ninguna marcación era automática. La distancia real por teléfono entre ambos puntos terminales no se medía por los kilómetros en línea recta, sino por el kilometraje de las líneas entre ciudad y ciudad, entre operadora y operadora:
De Estocolmo a Londres
De Londres a Lisboa
De Lisboa a Rio de Janeiro
De Rio de Janeiro a Sao Paulo
De Sao Paulo a Baurú (el teléfono del pueblo situado a unos 320 kilómetros de la capital del estado, de cuya caseta corrió un chamaco a avisarle a los Do Nascimento que Dico -su diminutivo familiar- llamaba desde Suecia. Dodinho, el padre de Pelé, al llegar presuroso al teléfono le arrancó la bocina de las manos a un chamaco vecino que ya se le había adelantado y dijo eufórico:
-Filho!
-Pai, ¿você viu?… Nós ganhamos!, se oyó decir a Pelé
-Eu não vi, mas ouvi tudo pelo radio, (no vi, pero oí todo por la radio) respondió el conmovido papá, con la garganta anudada por las emociones agolpadas. Por las líneas telefónicas corrió una descarga hormonal más intensa y poderosa que un orgasmo a los 40.

Lo dice Pelé: “estaba pagando mi promesa”. Una promesa sagrada como las que hacen los hijos a sus padres jurando que triunfarán y derrotarán a la tragedia. Pelé se lo prometió a Dodinho el día que lo vio por primera vez llorar, más desconsolado que nunca, con el alma descalabrada por el maracanazo.
Entonces el niño Dico, de 9 años de edad, le dijo a su padre:
No llores, Papa, yo conquistaré la copa y será tuya.
De eso se trataba la llamada que tanto urgía. De decirle a su padre que había cumplido, que ya era realidad lo que ambos habían soñado.

La llamada, de muy mala calidad por la interferencia propia de una comunicación tan complicada para aquella época, duró muy poco, pero lo suficiente para que padre e hijo sintieran la conexión que los uniría aun más durante toda su vida. Porque todos sabemos que fue Dodinho, aquel prometedor jugador de futbol que participó en el Santos como centro delantero e impuso una marca de 5 goles de cabeza en un solo partido – que Pelé comentaba que nunca pudo igualarla- pero no pudo hacer carrera al sufrir una lesión discapacitante siendo veinteañero, quien inculcó a su pequeño el gusto por dominar el balón como su primer “entrenador”.
Habían pasado solamente 8 años desde aquella promesa cuando el chamaco de 17 años ya la había cumplido…por primera vez.

Su padre fue siempre una figura de gran relevancia para Pelé. Dice la leyenda que cuando nació y lo tomó en brazos, dijo: “será un gran jugador de futbol”. Pensando en la grandeza para su hijo fue que eligió que se llamaría Edson, en honor a Tomás Alba Edisón, a quien Dodinho admiraba sobre todo porque en esos meses había llegado por primera vez la luz eléctrica a su pueblo. Pasaban las tardes enteras en Baubú en el traspatio de su casa, donde había un árbol de mangos, divirtiéndose Pelé no dejaba de llorar. haciendo “dominadas” con los frutos verdes y con “balones” improvisados con calcetines rellenos de papel y tela. Fue también su padre quien autorizó y convenció a la madre de Pelé para que pudiera ir con Waldemar Brito a tomar la oportunidad en el Santos que lo llevó al futbol profesional.
De ser burdamente entendida en el mundo como una nación sumida en la selva, inmadura y lejana, El Brasil se colocó en el mapamundi con brillo propio. El “estilo brasileño” de jugar al futbol, alegre, deslumbrante, pleno de creatividad y de inventiva, de una fabulosa calidad estética casi desconocida, irrumpía para brillar y para maravillar a cientos de millones de aficionados.
Las estaciones de radio brasileñas siguieron hablando, comentando y repitiendo las escenas de gol tras gol horas y horas.
En São Paulo, los diarios Folha da Manhã y O Estado de Sao Paulo imprimieron y circularon ediciones “extras” el mismo 29 de junio, horas después de
terminado el partido con titulares gigantes, animadas crónicas y relatos e incluso comentarios de Feola, con fotos de archivo de Pelé, Vavá, Garrincha, Didi, de la concentración en Suecia, de entrenamientos previos, de la delegación antes del viaje. Pero sin fotos del partido del 29 de junio.

Hasta el día 30 se publicaron las primeras “radiofotos”, un avanzado método tecnológico de la época para convertir imágenes en señales eléctricas y transmitirlas a largas distancias, con poca nitidez y líneas estorbando como renglones, que se convirtieron en el primer vistazo de la gloria brasileña en su país. El proceso de transmisión-recepción de las radiofotos tardaba horas, utilizando en aquel entonces aparatosas maquinas. El Pueblo las amó y todos los periódicos del mundo las publicaron.
Las gráficas difusas pero maravillosas de Pelé llorando, Bellini levantando la copa, Garrincha y Vavá riendo sin parar, la selección dando la vuelta al estadio portando la bandera verde amarela, llegaron enviadas desde Suecia a París, y de ahí retransmitidas a Sao Paulo.
Las imágenes de televisión fueron vistas en Brasil dos días después, hasta que llegaron las filmaciones desde Suecia, con varias escalas de vuelo.
En Estocolmo los campeones salieron al día siguiente de su triunfo a pasear por la ciudad y a realizar algunas compras. En una tienda, según recordó Pelé muy divertido, una chica sueca le acarició el rostro con las yemas de sus dedos y luego las miró, “esperando ver si lo negro de mi piel se despintaba…nunca había visto un negro”.

Donde se pararon fueron rodeados de simpatizantes que les aplaudían y les pedían autógrafos.
A las 10:45 de la mañana del primero de julio el aeropuerto de Estocolmo estaba abarrotado de suecos que fueron a despedir a los campeones. Muchos lloraban. La revista O Cruzeiro lo registró: “Había lágrimas de emoción en los ojos de muchos fanáticos suecos del balonpíé que habían ido a dar un sincero adiós a los bravos jugadores brasileños.” Un hecho sociológico memorable, pues mostró algo insólito: muchos suecos estaban orgullosos y felices de haber sido anfitriones del equipo que revolucionó el futbol, más allá de la tristeza por no haber el suyo ganado la copa.
El avión PP-PDM “Bandeirante Antônio Raposo Tavares” de la aerolínea Panair do Brasil partió con media hora de retraso rumbo a Londres, donde hizo su primera escala.
En la capital británica los jugadores bajaron del avión y concedieron entrevistas a los medios ingleses de gran presencia internacional. A las 14:45 partieron con destino al aeropuerto de Orly en París, donde provecharon para comprar perfumes y charlar con periodistas franceses. La revista O Cruzeiro informó que al regresar al avión Didi había hecho una lista con los nombres y firmas de los atletas para que pudieran registrar sus premios por la victoria, ya que todo se repartiría: «Dicen que gané un coche. Si es verdad, como no puedo dividirlo en 22 piezas, lo venderé y repartiré el dinero entre todos».

Tras la escala en la Ciudad Luz vino el momento de visitar a sus primos portugueses. Ya era de noche cuando el avión aterrizó en Portela de Sacavém, a cinco kilómetros de Lisboa. Un grupo de aficionados locales confundió a un utilero negro de apellido Assis con Pelé, y se produjo un alboroto. Aunque se había planeado una recepción en el aeropuerto, los jugadores se dirigieron al campo de entrenamiento del Benfica y luego al estadio del Sporting. Allí, la cantante Amália Rodrigues entonó algunas melodías para el equipo brasileño. Tras la breve celebración, la delegación regresó al aeropuerto. Eran las 12:18 de la madrugada cuando el avión de Panair finalmente partió de Europa rumbo a Brasil.


La primera escala fue en Recife. La parada en la capital de Pernambuco estaba inicialmente contemplada sólo para cargar combustible. El equipo no
disponía de tiempo, ya que debía continuar hacia Río de Janeiro, donde tenía una agenda muy apretada, incluyendo una reunión con el Presidente de la República, Juscelino Kubitschek. Pero la presión de la manifestación popular más grande en la historia de la ciudad hasta entonces fue tal que los jugadores tuvieron que bajar del avión. La lluvia intensa no pudo empañar la fiesta de la alegre gente del noreste. Al contrario. Los campeones recibieron un gran homenaje en el Club
Portugués. La revista O Cruzeiro destaca que uno de los primeros en contactar con sus familiares fue Zagallo, de Alagoas. Sus tíos viajaron a Recife especialmente para dar la bienvenida al campeón.
En Río de Janeiro, entonces capital del país pues Brasilia aun estaba en construcción, el Presidente de la República tenía previsto recibir a los jugadores en el aeropuerto de Galeão antes de su partida hacia el Palacio de Catete, pero debido al retraso de la selección el horario se modificó. El gobierno declaró día festivo para las oficinas federales, estatales y municipales. Mientras tanto, los comercios de Río cerraron sus puertas desde mediodía.
Cuando el avión se aproximaba al aeropuerto el piloto transmitió:
Señores… prepárense. Nunca he visto algo así.
Los jugadores se asomaron. Desde el aire, Río de Janeiro parecía un enorme hormiguero humano. Calles bloqueadas. Autos detenidos. Gente trepada a techos, postes, árboles…como si el país entero se hubiera volcado al aeropuerto. Luego los sorprendió ver que 16 cazas de la Fuerza Aérea Brasileña escoltaban al Panair DC7-C mientras sobrevoló Galeão.

El avión tocó tierra. La puerta se abrió y el rugido gigantesco de la muchedumbre los ensordeció.
Bellini salió primero. La multitud coreo su nombre. Él levantó la copa. Ese instante es imborrable en la historia patria.
La gente rompió las barreras. Los jugadores fueron cargados en hombros. Pelé lloraba sin poder contenerse. Garrincha reía como un niño. Zagallo saludaba con la mano, incrédulo. Didi caminaba con la elegancia de un rey africano. Vavá lanzaba besos y abrazos y Vicente Feola, sumamente discreto, miraba con gran serenidad, sin buscar notoriedad.

La caravana comenzó. Lo que debía ser un trayecto de veinte minutos se convirtió en una procesión de cinco horas. La multitud era tan densa que el camión avanzaba a paso de tortuga. Las radios transmitían en vivo cada metro del recorrido. Los narradores también lloraban mientras hablaban.
En Copacabana, la gente lanzaba flores desde los balcones. En el centro, las oficinas
vaciaron sus papeles por las ventanas, creando una lluvia blanca. Los niños corrían detrá del camión como si persiguieran un sueño.
Pelé fue levantado en hombros tantas veces que perdió la cuenta. Esa noche, Río no durmió. Hubo samba en cada esquina. Hubo abrazos entre desconocidos. Hubo lágrimas de quienes habían vivido el Maracanazo y ahora, por fin, ponían fin a su duelo.

Paulo Machado de Carvalho, el abogado y empresario que fungía como jefe de la delegación -hoy el estadio municipal de Sao Paulo lleva su nombre- jamás olvidó la multitud que acudió a recibir a los campeones: «Nos fuimos de Brasil completamente desacreditados. En el aeropuerto de Río, creo que no había ni 40 o 50 personas. En cambio al regreso, esa cifra se multiplicó a cientos de miles y llegó a millones».
Ya era de noche cuando la delegación brasileña fue recibida por el Presidente de la República en el Palacio de Catete. Las estimaciones de la época indican que al menos tres millones de personas se congregaron en las calles de Río de Janeiro esa noche durante todo el trayecto: desde la llegada del equipo al aeropuerto, durante su recorrido por las calles y avenidas, hasta la recepción en la sede del gobierno.
Se instaló un escenario en la acera frente al Palacio de Catete para dar la bienvenida a los héroes de Estocolmo: «Asediado por una multitud cada vez mayor, el Palacio de Catete vivió durante seis horas como una Bastilla sin violencia ni sangre», publicó O Globo. La revista Manchete dijo: “La mayor recepción jamás vista en la historia de la ciudad, mayor que las manifestaciones a la llegada de los soldados o cualesquier otra”.

Junto a su hija Márcia y su esposa Sara, una mujer muy querida en su país, Juscelino Kubitschek entregó las medallas a los campeones. Fue Paulo Machado de Carvalho el primero en recibir la distinción, precisamente a las 21:13hs. Cada jugador también recibió un diploma con el siguiente texto: «El Presidente de la República, reflejando el sentir del pueblo brasileño y considerando la importancia del deporte como afirmación del desarrollo y el progreso de las naciones, otorga a (nombre del jugador) la medalla que alude al título de Campeón Mundial de Fútbol, obtenido en su inmortal campaña en Suecia, en el año
1958. El presidente firmó simbólicamente un proyecto de ley que abría una línea de crédito de 22 millones de cruzeiros para que los jugadores pudieran comprar sus propias casas. También, en un gesto de recíproca cordialidad ordenó acuñar medallas y enviárselas a los jugadores suecos, un agradecimiento a sus oponentes por su deportividad.

En delante, Pelé construiría la carrera futbolística más destacada de la historia:
En el Santos, el equipo de su vida, jugó durante 18 años ininterrumpidos, desde 1956 hasta 1974; un total de 665 partidos en los queanotó 643 goles.
Es el único jugador campeón en 3 mundiales: 1958, 1962 y 1970.
Jugo 4 copas mundiales en las que participó en 14 partidos y anotó 12 goles.
• 1958: 4 partidos, 6 goles
• 1962: 2 partidos, 1 gol
• 1966: 3 partidos, 1 gol
• 1970: 5 partidos, 4 goles
Impuso otras marcas impresionantes : 1959, 126 goles en un solo año (oficiales + amistosos)
• 1961: 5 goles en 13 minutos en un partido
• 1964: 8 goles en un solo partido contra el Botafogo de Ribeirão Preto
• Récord histórico: Durante más de 50 años fue el máximo goleador oficial de la historia del fútbol según la FIFA
Con la Selección de Brasil jugó 113 partidos, 77 de ellos fueron oficiales, anotando
95 goles.
El record Guiness le registra un total de mil 363 partidos con mil 283 goles, (el mayor número de la historia para un jugador) 93 hat-tricks, 30 partidos con 4 goles, 6 con 5 goles; 127 goles en 1959 , su récord anual.

Primer jugador del mundo en llegar a mil goles, en 1969.
En el año 2000 la FIFA lo designó el mejor jugador del siglo XX.
El Comité Olímpico Internacional lo declaró El Atleta del siglo XX .
Pero no todo fue miel sobre hojuelas. Conforme despuntaba su éxito y su estrellato adquiría un brillo sin precedente, llegó la racha de acoso violento y antideportivo. Lesiones en ingle, rodilla y muslo, repetidamente por la forma tan dura en que lo marcaban; los rivales salían con la consigna de pararlo. En Chile en 1962 quedó fuera a los 2 partidos, luego de un desgarre muscular en el minuto 30 frente a Checoeslovaquia, partido que quedó empatado en 0. Tuvo que salir cojeando y no volvió a jugar en el torneo. Brasil mantuvo el campeonato con Garrincha como gran figura y Pelé sólo miró todo desde la banda.
Únicamente jugó 4 partidos entre 1962 y 1966, casi nada, siempre lesionado o mermado. Se perdió eliminatorias y amistosos importantes y no llegó a estar al 100% casi nunca.
Luego vino el mundial de Inglaterra en 1966. Lo lastimaron hasta sacarlo del torneo. En el primer partido contra Bulgaria lo golpearon despiadada e intencionalmente pero aun así marcó gol.
En el segundo, contra Portugal, le cometieron faltas brutales: lesión en la cadera y muslo; tuvo que salir y ya no pudo jugar más. Brasil quedó eliminado en fase de grupos.
Fue el torneo más violento de su historia, con rivales que lo golpearon criminalmente y con arbitrajes incapaces o no dispuestos a protegerlo.

Pelé tenía 25 años cuando salió del campo en Liverpool, cojeando, golpeado, humillado, con la mirada perdida. Sus “primos” portugueses lo habían cazado como si fuera un animal. El árbitro no lo protegió, se desentendió. Nadie lo protegió.
Cuando llegó al vestidor, se sentó en silencio. No lloró. No grito. No dijo más. Solo murmuró una frase que heló a todos:
“Nunca más jugaré un Mundial.”
Pelé, el muchacho que había hecho llorar a Suecia en 1958, el joven que había salvado a Brasil en 1962, estaba roto. No físicamente, sino emocional, anímicamente.

El fútbol, ese juego que él amaba, lo había traicionado.
Estuvo 4 años sin querer ni pensar en volver.
Entre junio de 1962 y junio 1970 pasaron 8 años sin disputar una Copa del Mundo completa ni estar del todo bien.
Entonces Brasil lo mimó como a un hijo herido. El Santos lo protegió. La prensa lo
defendió. El país entero lo abrazó. Pero Pelé seguía diciendo:
“No volveré. No quiero terminar inválido.”
Y por supuesto tenía razón. El suyo era temor fundado. En 1966 no existían tarjetas.No existían cambios por lesión. No existía protección para los hábiles y los brillantes. El fútbol era una selva. Pelé era el león más hermoso y todos querían cazarlo.
El mundo no resistió su ausencia y sucedió algo extraordinario. El mundo prefirió cambiar al futbol que perder a su Rey.
La FIFA, los árbitros, los jugadores y los dueños de los clubes decidieron actuar y lo hicieron por protegerlo, para no perderlo.
La FIFA y los organizadores le dieron 3 garantías:
* Instrucciones estrictas a los árbitros,
*Reglas más claras contra las faltas peligrosas
*Un equipo diseñado para cuidarlo.
Para castigar la violencia que había intentado destruirlo, aparecieron las tarjetas amarilla y roja.

Para evitar que un árbitro indiferente permitiera otra masacre se profesionalizó el arbitraje.
Se introdujeron los cambios por lesión, para que nadie más jugara cojeando como él en 1966.
Por su parte Brasil reorganizó toda su selección e introdujo un nuevo sistema de preparación científica, con entrenadores modernos que
también revolucionaron la forma de preparar a los jugadores en todo el mundo, para lograr
un equipo equilibrado.
Y también, un detallado plan para cuidarlo. Zagallo, que ya era el entrenador armó un conjunto de primera calidad:
Carlos Alberto, Piazza y Brito integraron una muralla atrás de Pelé y se convirtieron en sus guardias personales en la cancha. Gerson y Clodoaldo se hicieron cargo de dar orden, visión y pases precisos. Jairzinho y Rivellino asumieron desborde y llegada de gol.
Y al frente: Pelé, libre, sin presión, sin miedo.
Era como si el mundo entero le dijera:
“Pelé, vuelve. Esta vez te cuidaremos.”
La consigna permeó de arriba abajo y de abajo a arriba, del este al oeste y viceversa, como bocanada de aire fresco en un ambiente que estaba devorando al futbol verdaderamente deportivo y recreativo. Fue un acuerdo general que decretó: Pele no se toca. A Pelé no se le golpea sin severas consecuencias.
Pelé dudó. Dudó mucho. Pero un día, en 1969, durante un entrenamiento en Santos,
hizo algo que no hacía desde hacía tiempo: sonrió.

Acababa de regresar de Nigeria, entonces sumida en una guerra civil que causó un millón de muertos y que por acuerdo de las partes se suspendió un día para que todos pudieran ver el partido del Santos contra un equipo local en Benin City, por supuesto con Pelé como estrella. Que yo sepa, es la única ocasión en la que una guerra se ha pausado para ver a un deportista en acción.
Durante ese entrenamiento sintió que su cuerpo respondía. Sintió que el fútbol volvía a ser un amigo. Sintió que el miedo se alejaba. Sintió que podía confiar en el futbol.
Y entonces dijo:
“Está bien. Jugaré un Mundial más…será el último y quiero jugar sin miedo”
Brasil contuvo la respiración. El mundo también.
Así jugó 6 partidos, ganó los 6, marcó 4 goles y dio 6 asistencias. Cuando Pelé pisó la cancha del Estadio Jalisco en el debut contra Checoslovaquia, algo cambió en el aire. No era el muchacho de 17 años de 1958. No era el joven herido de 1966. Era un hombre completo, pleno. Un rey que regresaba a su trono en 1970.

Y el mundo lo vio renacer: vio el cabezazo imposible contra Banks; el amague sin tocar la pelota; el pase ciego a Jairzinho; el gol en la final; el abrazo con Carlos Alberto; la sonrisa que iluminó a México 70.
Pelé volvió. Volvió porque quiso. Quizá pesaron las amenazas de la dictadura que oprimía a su país pero ante todo volvió porque el mundo cambió para él. Volvió porque el fútbol lo necesitaba.


Y al volver, se convirtió no solo nuevamente en campeón… sino en leyenda eterna.
Pelé no regresó por orgullo. Ni por fama. Ni por dinero. Regresó porque entendió que el fútbol, ese juego que casi lo destruye, era su vida.
Regresó porque Brasil lo aclamó. Porque el mundo lo esperaba. Porque la historia lo necesitaba.
Regresó porque era Pelé, el mejor jugador de todos los tiempos.
MARADONA, EL PELUSA
Después de Pelé, sin duda Maradona ocupa el lugar más alto entre los mejores jugadores de la historia mundial.
“El Pelusa”, apodo que surgió en su infancia por su abundante melena, rizada, esponjada, que se inflaba con la humedad y el sudor, no fue solo un gran futbolista. Fue un fenómeno cultural, un símbolo político, un héroe trágico y un artista del balón cuya vida osciló entre la gloria absoluta y el abismo. Así se hizo de otros apodos como “El Pibe de Oro”, antes de “D10S”.
También emergió de un hogar con grandes carencias, en Villa Fiorito, uno de los barrios más pobres del Gran Buenos Aires, con calles sin pavimentar. Creció en una casade láminas y cartón sin agua entubada ni sanitario moderno, con siete hermanos y un único sueño: jugar al fútbol. Nunca pasó por su mente otro futuro para su existencia.

Descubrió su vocación cuando a la escasa edad de 3 años su primo Beto le regaló una pelota que se convirtió en su inseparable. Dormía abrazándola, iba
con ella a la escuela pateándola por el camino, apenas comía y salía a dominarla. Su padre trabajaba en una fábrica y su madre, Doña Tota, se encargaba del hogar y con frecuencia fingía algún malestar para no comer y ceder su ración a los hijos.
A los 9 años, su amigo Goyo le contó que había conseguido una plaza en Los Cebollitas, el equipo infantil de Argentinos Juniors y que le habló de él al entrenador Francisco Cornejo y este le pidió que lo llevara y le dio 10 pesos para el camión. Diego se entusiasma pero sabe que necesitará dinero para el transporte y no lo tiene. Sin embargo su padre, consciente de que no tenía otro interés, acepta apoyarlo. En cosa de semanas ya era la estrella del equipo que llegó a estar invicto en 136 partidos consecutivos.
Fue precisamente Cornejo quien ofreció a sus padres patrocinarle un tratamiento a base de inyecciones y pastillas para reforzar sus huesos y sus músculos, débiles por la desnutrición crónica. Le sirvieron, sí, pero el tiempo se las cobró.
Cornejo estaba deslumbrado. Aunque Diego es más chico, sobresale notablemente con su habilidad de juego. En los medios tiempos no se sienta a descansar, hace exhibición con la pelota para el deleite de todos. El público lo aplaude de tal manera que comienzan a invitarlo a partidos de primera división para que haga su show durante el descanso. En una ocasión lo invitan a que lo haga en la Bombonera y pasa los 15 minutos dominando el balón sin dejarlo caer y paseándolo por todo el cuerpo, pies, rodillas, cadera, muslos, hombros… La afición no sólo le aplaude, comienza a corear “que se quede…que se quede”…
Ya era fan de Boca, como su padre y sus amigos, pero aquello inició un vínculo para toda la vida.
A los 10 años su nombre aparece por primera vez en un periódico, ni más ni menos que en Clarín, el diario argentino por excelencia. Sólo que su apellido lo escriben con un error: Caradona. El editor y propietario Hermes Manuel de Noble se entera y lo invita al periódico, se disculpa y le hacen una entrevista. “Mi mayor sueño es jugar un mundial”, declara.
Gracias a la entrevista lo invitan también al programa Sábados Circulares, el más visto de la televisión de Buenos Aires en aquel momento, conducido por el popular Pipo Mancera, en el que hizo “dominadas”con la pelota frente al 80 por ciento de los televisores encendidos en Buenos Aires.

En Argentinos Juniors anotó 116 goles en 166 partidos, por lo que se empezó a decir que era “extraterrestre”.
River Plate, el equipo clasemediero se interesa en él y para no perderlo su club le ofrece, en calidad de “prestado” un departamento para que viva con su familia. Es una vivienda simple, más bien modesta, pero tiene varias recámaras y un enorme lujo para los Maradona: agua, luz y sanitario. También televisión. Y algo no incluido en el contrato: su nueva vecina, de nombre Claudia.
Debutó en Primera División a los 15 años, el 20 de octubre de 1976. En 1981 llegó a Boca Juniors cedido por Argentinos, ganó el Metropolitano y en su primera temporada se convirtió en ídolo. Boca fue el club de sus amores.
A los 16 años el recién nombrado director técnico de la selección argentina, Cesar Luis Menotti decide llamarlo a un partido amistoso con Hungría, uno de los equipos más poderosos de Europa. Entra al segundo tiempo, luce, hace pases abriendo espacios, sirve dos jugadas que llegan a tiro a gol y él mismo intenta una anotación, pero no logran meter el balón a redes. Sin embargo, al concluir el partido sus compañeros lo abrazan y felicitan y Menotti lo alienta.

Diego sueña entonces con formar parte del equipo que jugará el mundial de 1978, precisamente en Argentina, pero Menotti decide que aún no es su tiempo. El pibe llora desconsoladamente durante todo el torneo, sobre todo cuando Argentina se corona campeón en su propio país. Es el único argentino desconsolado.
Sin embargo, Menotti continuó invitándolo a partidos amistosos. En un encuentro contra Escocia arranca desde atrás de media cancha, burla a uno, luego a otro y a otro, llega frente al portero, hace una finta y lo descoloca para luego meter el esférico ante el asombro general.
Llega entonces el mundial sub 20 en Japón y Menotti decide que esta sí sea su gran oportunidad. El primer partido es contra Indonesia y Maradona anota 2 goles, es la bujía del partido y ganan 5-0. El siguiente rival es Yugoeslavia y el partido es muy cerrado y difícil. Diego no anota pero ganan 1-0.

Luego se enfrentan a Polonia y Argentina gana 4-1, con gol de Diego.
Ya en cuartos de final, contra Argelia, Menotti no lo incluye. Encolerizado, deja la banca y se va a los vestidores a llorar sin consuelo. Su equipo gana y va a la semifinal contra Uruguay, el adversario eterno. Ahí sí juega y ganan. Participa en la final contra la URSS con una actuación brillante y anota un espectacular tiro libre poniendo el marcador 3-1 con el que Argentina se corona campeón mundial sub-20. Por si fuera poco, el pelusa es elegido el mejor jugador del torneo.
En sus propias palabras “ese equipo de Japón fue por mucho el mejor en el que participé en toda mi carrera…. Nunca me había divertido tanto…”
Unos meses después suceden 2 cosas extraordinarias. La primera es que lleva a toda su familia a Disney World, de lo que se siente sumamente orgulloso y así lo destaca en su autobiografía. Otra, que Argentinos Junior se enfrenta con Boca. En la víspera el portero de Boca, de apellido Gati, declara a Clarin que Maradona no es el gran jugador que se dice y que, además “está gordito”, que su fama se ha exagerada. Maradona le responde en el partido anotándole 4 goles. Uno de ellos queda para la posteridad porque, con el balón muy cerca de la línea del área de corner se dispone a disparar lo que cualquiera o mejor dicho todo mundo esperaba fuese un centro, que el mismo Gati sale a tratar de recibirlo, Maradona patea con la zurda una línea alta que sorprendentemente hace curva en el aire y
se mete a golpear el segundo palo para entrar imparable mientras todos, defensas, delanteros y portero sólo pueden mirar con la boca abierta.

Un comentarista de la radio, eufórico por lo que acaba de ver comenta: ¡lo dicho, es extraterrestre!
Su fama de venido de otro mundo se consolida.
Al final del partido los propios hinchas del Boca corean su nombre y le aplauden efusivamente.
Consecuentemente le llueven contratos publicitarios y registra ingresos de un millón de dólares al año, unos 6 y medio actuales. Compra una lujosa mansión y varios departamentos que regala a sus hermanos.
Desde luego, se queda en la selección que jugaría el mundial en España 82.

Su debut mundialista fue contra Bélgica el 13 de junio, encuentro que perdió Argentina 1-0.
Cinco días después, el 18, se enfrentarían de nuevo a Hungría en competición formal y la derrotan 4 a 1, con dos espléndidas anotaciones de Maradona.
Su imagen creció y el futbol vio el nacimiento de una estrella de talla mundial.
Luego derrotaron a El Salvador 2 a 0, con un penalty cobrado por el capitán Daniel Pasarella en el minuto 22 y al minuto 52 Bertoni anota el segundo esquivando a 3 contrarios que lo asediaban y doblegando al portero desde el área grande.
Sin embargo, Argentina perdería los dos siguientes partidos contra Italia, 2 a 1 y contra Brasil 3 a 1.
El juego contra Brasil es memorable porque Maradona perdió los estribos y fue expulsado en el minuto 85, aquel 2 de julio de 1982, en el Estadio de Sarrià de Barcelona.
Argentina llegó al partido obligada a ganar, pues de perder se iría del torneo. Brasil, dirigido por Telê Santana, jugaba un fútbol brillante, rápido y técnico. Maradona, con 21 años, era la gran figura

argentina y su equipo no encontraba cohesión ni gran eficacia. Maradona recibió patadas constantes. Batista fue uno de los jugadores que más golpeó a Maradona durante el partido, pero no fue el único: Cerezo, Luizinho y Oscar también lo lastimaron con dureza, con la reprochable tolerancia del árbitro italiano, Gianfranco
Menegali. Brasil dominó ampliamente anotando 3 goles de Zico, Serginho y Júnior.

Un recuento de las agresiones contra Maradona en ese encuentro registra la siguiente secuencia:
Minuto 7
Primera falta fuerte de Batista: entrada abajo, directa al tobillo, que ameritaba tarjeta, pero no la hubo.
Minuto 15
Cerezo lo derriba por detrás sin siquiera tocar el balón cuando Diego intenta girar.
Minuto 20
Luizinho le mete un cruce durísimo en la mitad de la cancha.
Minuto 25
Batista lo anticipa con el cuerpo y lo manda al suelo. El árbitro ni siquiera marcó la falta.
Minuto 30
Oscar le gana una pelota dividida con un planchazo. Maradona protesta, sin éxito.
Minuto 40
Nueva falta de Batista: rodillazo en la cadera al disputar un balón aéreo.
Minuto 50
Se cansó de tanta agresión antideportiva.
Cerezo lo baja con un agarrón y un empujón. Se marca la falta, pero sin tarjeta.

Minuto 60
De nuevo Batista; esta vez lo cruza fuerte en la mitad de la cancha. Maradona empieza a perder la paciencia.
Minuto 70
Luizinho lo barre de costado. Diego se levanta furioso. Los golpes habían sido brutales.
Minuto 80
Batista lo traba abajo con una zancadilla. Maradona protesta airadamente.
Minuto 85
Maradona, desbordado, disputa un balón con Batista, pero llega tarde a la jugada y en un arranque de frustración le mete tremendo planchazo directo al abdomen a Batista. El árbitro reacciona de inmediato y sin dudarlo aplica tarjeta roja.
El pelusa fue expulsado del torneo y terminó el Mundial humillado y frustrado. Además, la FIFA consideró que la acción de su parte había sido violenta, intencional y fuera de toda disputa del balón, tres características que ameritaban castigo adicional. El ser un partido televisado globalmente aumentó la presión disciplinaria. No podrá jugar otro partido de la copa -aunque ya estaban eliminados-, ni tampoco el primer partido oficial que Argentina disputara después del certamen. La sanción se aplicaba a partidos oficiales FIFA, no amistosos.
La prensa mundial lo criticó duramente. Menotti, su entrenador, dijo después: “Diego explotó porque lo golpearon todo el partido.”

Diego declaró que, efectivamente había cometido un gran error: “Me equivoqué… yo quería dar a Falcao», dijo.
«Cuando vi a Falcao de pie me dije: ‘¡qué hiciste estúpido! ¡erraste al que querías pegar! Una cosa terrible», lamentó.
Fue la única tarjetas roja para El Pelusa en un mundial.
Este fue uno de los encuentros más duros que Diego jugó en su carrera antes de 1986.
Y por supuesto, no fue su más brillante actuación y mucho menos ejemplar, pero mostró calidad suficiente para que el Barcelona lo adquiriera en el
traspaso más caro de la historia hasta ese momento, por mil 200 millones de pesetas, unos 7.2 millones de euros. El artífice de la contratación fue el también
argentino Nicolau Casaus, entonces recién designado vicepresidente del club. Pelusa debutó el 4 de septiembre del mismo año en encuentro contra el Valencia, con 21 años de edad. A los 20 minutos de juego anotó su primer gol en liga española, pero su equipo terminaría perdiendo 2 a 1.
Con el Barcelona Diego Armando atrapó el corazón de la afición española y la atención de toda Europa. Tuvo un buen inicio, pero en diciembre le diagnosticaron hepatitis, por lo que se perdió varios meses y regresó ya en la recta final. El Barça terminó 4.o en la Liga, muy lejos del título.
Pero en el año siguiente, 1983, ganó tres copas : La Copa de la Liga, La Supercopa
de España y La Copa del Rey.
La Copa de la Liga fue una competición ya desaparecida, que se disputó solo entre 1982 y 1986. Participaban todos los equipos españoles de Primera División.

La Supercopa de España enfrenta a los mejores equipos de la temporada anterior, es decir el Campeón y subcampeón de Liga y el Campeón y subcampeón de Copa del Rey. La Copa del Rey es la competición de fútbol más antigua de España, fundada en 1903. Un torneo de eliminación directa donde participan equipos de todas las categorías, desde La Liga hasta clubes modestos de divisiones regionales, es decir unos 120 equipos. Se juega con un formato de partido único en casi todas las rondas y por ello se le conoce como el gran torneo democrático del fútbol español, pues cualquiera puede eliminar a cualquiera y es famosa por las “sorpresas” ya que equipos pequeños dejan fuera a gigantes.
En LaLiga juega 36 partidos y anota 22 goles.
En la Super Copa de España juega 6 partidos y anota 4 goles.
En la Copa del Rey, 9 partidos con 4 goles.

También juega 7 partidos en la Recopa de Europa en los que anota 8 goles Maradona es designado el jugador más valioso y se corona como el principal
anotador.
Pero en la final de la Copa del Rey volvió a suceder:
Todo comenzó un año antes, el 24 de septiembre de 1983, cuando el defensa del Athletic, Andoni Goikoetxea, le fracturó el tobillo a Maradona con una entrada brutal, claramente antideportiva. Goikoetxea fue apodado desde entonces “El carnicero de Bilbao”. Maradona nunca olvidó esa agresión. La final de Copa del Rey 1984 fue, por tanto, un partido cargado de tensión, no sólo deportiva sino también marcadamente de animadversión personal. Se celebró el 20 de mayo de 1984 en el Santiago Bernabéu y la ganó el Atletic con un gol de Endika al minuto 14.

El partido fue durísimo, con entradas excesivamente fuertes, provocaciones abiertas y un ambiente hostil. Pero el verdadero escándalo empezó después del pitazo final, desatando una pelea campal, uno de los mayores bochornos del fútbol español. Apenas terminó el partido, varios jugadores del Athletic comenzaron a burlarse de Maradona, haciéndole gestos y provocándolo. Entre ellos Miguel Sola, que le gritó algo como: “¡Baila ahora, Maradona!”. Otros jugadores hicieron gestos de burla, incluso imitando su caída cuando sufrió la lesión de 1983. Maradona estalló. Corrió hacia Sola y le aplicó una patada voladora en el pecho.

En la batalla entre jugadores de ambos equipos, hubo patadas, puñetazos, rodillazos, empujones, e incluso golpes a personal del cuerpo técnico. Fue necesaria la intervención de la policía, que entró al campo a rescatar el orden. El Bernabéu estaba en shock y millones de personas vieron la pelea transmitida por la televisión en directo. Las imágenes dieron la vuelta al mundo no una, no dos, sino múltiples ocasiones.
La Federación Española abrió expedientes disciplinarios. La prensa española y de todo el mundo cargó durísimo contra Maradona. La directiva del Barcelona, que ya tenía conflictos con él, decidió que no podía continuar en el club. Juventus y Milán lo querían, pero pocos días después, el Barça aceptó la oferta del Napoli recuperando lo que había pagado por él dos años antes.
El Napoli era un equipo de segunda categoría, representante de una ciudad catalogada como pobre, que nunca había descollado en el futbol italiano. La suma que pagó por Maradona representaba una locura, un gasto increíble para un club de su nivel, habitualmente de “media tabla” que algunas veces tuvo que pelear contra el descenso. Pero para ambos, club y jugador, significó el inicio de una etapa memorablemente legendaria. También para la ciudad.

Sin esa pelea, Maradona no habría ido al Napoli. Fue, sin duda el punto de inflexión que lo proyectó hacia su destino. La ciudad estaba hundida en problemas económicos y sociales

y sufría marcada por una fractura profunda:
El norte -Milán, Turín, Génova- rico, industrial, moderno, en auge.
El sur -Nápoles, Calabria, Sicilia- pobre, marginado, estigmatizado.
Los napolitanos eran objeto de racismo interno, burlas y prejuicios.
En los estadios del norte les gritaban “napolitanos, ladrones”, “báñense, cochinos”.
Nápoles era vista como una región atrasada, inculta, caótica, casi “no europea”.
El día de la presentación de Maradona 75 mil personas llenaron el San Paolo, era un Maradona en su punto más alto de liderazgo, influencia y regularidad.
Su adquisición no era solo fútbol sino esperanza colectiva. Era rebeldía que anhelaban escalar una posición de respeto, una reivindicación ante la nación y el mundo.
Y así fue.
Con Maradona, el Napoli ganó el Scudetto de 1987. Un privilegio con los colores de la abandera de Italia que sólo pueden portar en su uniforme quienes hayan sido campeones nacionales el año previo; es decir el equipo que termina primero en la tabla general después de jugar toda la temporada contra todos los demás equipos, ida y vuelta. Es el trofeo más importante del fútbol italiano y se gana por regularidad, no por eliminación directa.

El Napoli arrancó la temporada ganando al Brescia el 14 de septiembre de 1986 y rápidamente se instaló arriba en la tabla. Luego, el primer gran golpe llegó en octubre-noviembre:
Victoria 1–0 contra Roma en el Olímpico.
Empate 0–0 con Inter.
Triunfo 3–1 ante el Juventus en Turín, un partido que enloqueció de gusto a Napoles, provocando 3 días de celebraciones en las calles, pues no sólo respondía al gran sueño, sino también lo posicionaba como líder absoluto del campeonato.
En toda la primera vuelta, el Napoli solo perdió un partido (contra la escuadra Fiorentina el 4 de enero de 1987).

En la segunda vuelta encadenó cinco victorias consecutivas y ocho partidos sin perder.
La solidez defensiva y la capacidad de Maradona para decidir partidos ajustados fueron claves.
Hubo dos derrotas que generaron dudas. El 0–1 contra el Inter y el 0–3 contra Hellas Verona.
Aunque la euforia del público se desinfló, el equipo tenía una moral sólida y respondió inmediatamente con una victoria crucial:
Ni más ni menos que 2–1 frente a la Juventus en San Paolo, es decir en casa, con Maradona como figura fulgurante.
El golpe final consistió en otra gran proeza: vencer al Milán
En la recta final, Napoli logró goles de Carnevale y de Maradona. Aunque el torneo aun no terminaba, ese partido prácticamente definió el Scudetto por los puntos acumulados.
La consagración llegó el 10 de mayo de 1987 con un empate frente a la Fiorentina, con gol napolitano de Andrea Carnevale. Con ese empate, y una ventaja de 3 puntos sobre Milán y Juventus (cuando la victoria valía 2), Napoli se coronó campeón por primera vez en su historia.

El papel de Maradona, por supuesto, fue la clave, siendo el único extranjero del plantel, el líder emocional, técnico y táctico, además del jugador más determinante del campeonato. Su influencia era total: goles, asistencias, manejo de los tiempos, personalidad y una conexión casi mística con la ciudad creando una verdadera revolución social fuera de los estadios.
Fue la primera vez que un club del sur venció a los gigantes industriales del norte derrumbando un tabú de siglos.
Maradona se convirtió en un dios cívico en Nápoles.
El mismo año, apenas unas semanas después del Scudetto, Napoli ganó también La Copa Italia 1987, un torneo de eliminación directa, similar a la Copa del Rey en España en el que participan equipos de todas las divisiones. Se juega por rondas eliminatorias y no premia la regularidad, sino el ganar duelos directos. Es el segundo trofeo nacional en importancia.
Nápoles explotó en celebraciones que duraron semanas, pues se había logrado algo
impensable para un club del sur en aquella época.
Por primera vez en la historia, el sur vencía al norte en el terreno donde el norte se creía invencible.
La racha de triunfos cambió para siempre la identidad del club y de la ciudad y nadie ponía en duda que el artífice era Maradona.

Los festejos incluyeron altares con la foto de Maradona, incontables bebés bautizados “Diego”, murales en cada barrio y procesiones religiosas mezclando a Maradona con santos.
Se dice que constituyó una Revolución Social porque los cambios que generaron los triunfos no fueron sólo en el mapa futbolístico, sino tuvieron un gran impacto en la dignidad, la identidad y el orgullo de pertenencia.
Los napolitanos empezaron a decir con inédita satisfacción meritoria “somos del sur, y somos campeones”. Maradona les devolvió la sensación de valía destruyendo el complejo frente a los norteños y apabullando la discriminación interna. En una ciudad fragmentada por pobreza, mafia y desigualdad, Maradona fue un punto de unión. Por primera vez, alguien poderoso y admirado mundialmente decía: “Nápoles es mi casa”. Eso fue revolucionario.
Luego vino otro fenómeno impensable: Cuando Italia enfrentó a Argentina en la semifinal del Mundial 1990 en Nápoles, Maradona jugando con su país, envió un mensaje: “Durante 364 días al año, Italia los ha tratado con desprecio y hoy les pide que sean italianos.”
Muchos napolitanos lo entendieron y apoyaron a su salvador, a quien alteró la geografía emocional de la península, a quien transformó el fútbol en un acto de justicia simbólica, apoyaron a Argentina. Eso fue un auténtico terremoto político.

En Napoles, Maradona no fue solo el mejor jugador, “local”, fue un poderoso agente social.
Nápoles no volvió a ser la misma.
Y Maradona quedó para siempre como el santo laico del sur.
Luego llegaría el fin de su etapa más gloriosa y el inicio de un período turbulento.
El 17 de marzo de 1991 el Napoli venció 1–0 a Bari. Ese día Maradona jugó su último partido con la camiseta napolitana, pues dos días después vendría la noticia que conmovió al mundo entero: el 19 de marzo de 1991, Maradona dio positivo por cocaína en un control antidopaje.
Millones nos resistíamos a creerlo.
Asistíamos al más lamentable y trágico atentado de un hombre contra sí mismo y contra sus dones, que su madre, Doña Tota, resumió en una dolorosa frase: “cuánto más hubiera sido si no se hubiera drogado”.
La sanción fue durísima: 15 meses de suspensión por parte de la Federación Italiana.
Ese castigo rompió definitivamente su relación con el club y con Italia y lo dejó fuera del futbol.
Fue la puerta a uno de los capítulos más dramáticos, intensos y humanos de la vida de Maradona.

No fue solo fue una caída deportiva sino un desplome emocional, judicial, físico, social y espiritual.
También, sin planearlo, un dramático mensaje a las juventudes de todo el mundo, dejando claro que las drogas destruyen incluso a lo mejor dotado por la naturaleza, incluso a los que parecen invencibles.
Fue el descenso de un dios al barro.
Cuando cae por doping, la justicia italiana se ensaña y le abre Investigaciones por tráfico de drogas – que libra sin ningún sustento-, por prostitución, por evasión fiscal y por presuntos vínculos con la camorra, la mafia de la región de Napoles y la provincia de Caserta, involucrada en lavado de dinero e infinidad de delitos, e infiltrada en la política nacional. Según Fortune, la Camorra es el tercer grupo del crimen organizado más grande y poderoso del mundo, con ramificaciones en España, Francia, Países Bajos, Marruecos, Nigeria, Albania y China, y alianzas con cárteles de la droga en México y Sudamérica. A Maradona nada se le comprueba y sin embargo Italia mantuvo viva una orden de arresto por consumo de drogas, además de una investigación por impuestos.

Los meses siguientes vivió entre Argentina y Cuba, donde intentó rehabilitarse de su esclavizante adicción y estrechó amistad con Fidel Castro, pero al contrario, deprimido, desorientado y sin rumbo, su adicción empeora y su estado físico se deteriora. Durante este período toca fondo y su apariencia parece una caricatura del ídolo que fue.
Pero como no hay plazo que no se cumpla, la sanción de la Federación Italiana terminó
y el 4 de octubre de 1992 regresó a jugar con el Sevilla, en un encuentro contra el Zaragoza,
gracias al entrenador Carlos Bilardo que lo adoraba y que abogó incansable por su
contratación. Ganó Sevilla 2 a 1.
Con Sevilla jugó 26 partidos pero sólo anotó 5 goles, su estadística más baja. Aunque mostró destellos de genialidad, careció notoriamente de continuidad y pronto volvió a tener problemas disciplinarios, además de enfrentar su deterioro físico que lo hizo lento y pesado en la cancha. El siguiente año salió del club tras una discusión con la directiva y con el director técnico que lo había llevado. Se fue por la puerta de atrás. Bilardo, su padrino futbolístico, dijo con pesar : “Diego estaba roto por dentro.”

El 7 octubre 1993 volvió a pisar una cancha argentina, esta vez con el Newell’s Old Boys, donde hizo patente un estado físico muy pobre. Está fuera de forma, no puede correr, vive dolores constantes. La gente lo ama, todo Rosario lo idolatra, pero él no puede responder. Es un Maradona frágil, vulnerable, que causa lástima. Participa únicamente en 5 partidos oficiales, luego de los cuales se retiró de nuevo, rodeado del cariño manifiesto de sus miles de fans.
Así llega 1994 y contra todo pronóstico, el Director Técnico Alfio Basile lo llama y Maradona vuelve a la Selección. Muchos lo dudan, pero muchos se inclinan por creer que el ídolo ha vuelto, que se ha salvado de las garras del vicio y la adicción.
En su primer partido, Argentina vs. Grecia, Maradona de 33 años, hace vibrar al público dentro y fuera del estadio.
Apenas al minuto 2 Maradona recibe de espaldas, gira ágilmente y mete un pase filtrado a Batistuta, pero la defensa griega logra despejar con lo justo. Al minuto 7 Chamot coloca un certero centro que Batistuta controla y fusila para el 1-0. Maradona corre a abrazarlo. Se le ve rápido, fino, despierto.
Entre el minuto 20 al 35 el show es de Diego. Maradona domina el partido. Toca de primera, cambia de frente, sirve de eje. Se luce con dos caños. Hace un sombrero. Ríe, disfruta, juega. El público se le entrega : “¡Maradooona, Maradooona !”
En el minuto 60 Argentina mueve la pelota por la derecha. Simeone toca hacia el borde del área. Cuando nadie lo espera, Maradona aparece como un fantasma corriendo desde atrás, controla con la zurda, la pelota queda muerta, hace un movimiento perfecto, arma el remate sin detenerse con la misma pierna y el disparo sale violento, preciso, sube como un misil y entra al ángulo izquierdo imposible de ser detenido.

El pelusa corre eufórico hacia la cámara con agilidad juvenil, se planta frente a la lente gritando con los ojos desorbitados, el mensaje es ¡aquí estoy, estoy vivo!
Esa carrera, ese grito, esa furia, esa toma es tan famosa que se volvió símbolo del Mundial 94.
El golazo hace rugir de emoción al Foxboro Stadium de Boston, a toda Argentina y a millones de fans en todo el mundo.
Sería su último gol en un mundial.

Al minuto 65 Batistuta cambia un penal por gol y al 90 logra su Hat-trick, para cerrar el partido 4-0.
Para Maradona fue su mejor partido desde Italia 90. Jugó preciso, rápido, inteligente, fue el líder creativo, con movilidad sorprendente y con una zurda quirúrgica. En el siguiente encuentro (Argentina 2–1 Nigeria), aunque no anotó, jugó muy bien. Corrió, presionó, armó las jugadas, distribuyó con certeza, llevando a Argentina a ganar un partido durísimo. Parecía haber renacido…pero.

Al terminar el partido, una enfermera entró a la cancha por él y de la mano lo llevo consigo. La FIFA había seleccionado a dos jugadores “aleatoriamente” para control antidopaje, Maradona y Ben Iroha. El festejo siguió sin contratiempos.
Al día siguiente, 26 de junio de 1994 la FIFA anunció el resultado de análisis. Maradona dio positivo por efedrina.
Por supuesto, fue expulsado del mundial.
Argentina quedó devastada igual que todo sus seguidores que, ilusionados, ya habíamos dado por exitoso su regreso.
Diego no puede creerlo. Está convencido de que debe haber un error. Pero los resultados del examen son claros.

La explicación es igual de trágica: al llegar a Estados Unidos su preparador físico Manuel Serrini compró un suplemento para reemplazar a otro que había traído de Argentina, un producto que se vendía libremente en cualquier farmacia y que muchos atletas amateurs utilizaban. El problema fue que Serrini nunca leyó la etiqueta. La efedrina es una sustancia común que puede encontrarse incluso en medicamentos para la gripe o la congestión nasal, pero está en la lista de productos prohibidos por la FIFA, pues también es considerada estimulante y en dosis altas o en su presentación sintética – que no fue el caso- puede significar una ventaja competitiva ilegal. La determinación de la FIFA es legal e inapelable.
En conferencia de prensa entre lagrimas, Maradona declara: “Me preparé como nunca para este mundial…jamás hubiera lo puesto en riesgo…me cortaron las piernas….quiero que a todos les quede claro que yo no corrí por la sustancia, corrí por la camiseta.
Argentina llora a su máximo ídolo y la misma copa deja de importar.
Entre paréntesis, ese “dopaje” que significó el fin de Maradona, el que le “cortó las piernas”, hoy no sería penado. Su caso fue tan mediático que obligó a revisar el sistema. En 1999 se creó la WADA (Agencia Mundial Antidopaje), que introdujo un enfoque científico y graduado. Desde entonces, las reglas cambiaron en tres puntos clave. La efedrina ya no es “dopaje automático” . Hoy la efedrina solo es sancionable si supera un umbral específico de 10 microgramos por mililitro (μg/mL) en orina. Si el nivel está por debajo, como fue el caso, no hay sanción. Si está apenas por encima se investiga si fue accidental o terapéutico Antes, cualquier rastro era positivo. En 1994 no existían umbrales.Hoy podría funcionar sin problema una TUE (exención de uso terapéutico).
En pleno lamento, sintiéndose devastado alguna vez Maradona dijo: “Si pudiera volver a un día de mi vida, volvería a México 86.”
Y no, no he omitido ese magnifico capítulo. Por supuesto, he preferido dejar para el final de su semblanza el mundial de 1986, al que llegó 8 años antes del error de Serrini, en su mejor momento físico y mental, y que corrió del 31 de mayo al 29 de junio en México, el lugar donde nació el mito, el espacio bendito en que
se convirtió en D10S.

Wikipedia aporta los datos básicos del torneo: “Acudieron 24 selecciones y se disputaron 52 partidos, igual que en el mundial anterior, solo que ahora con la supresión de la segunda ronda grupal y el establecimiento de una fase de octavos de final, así como el retorno de la de cuartos de final; la integración de seis grupos de cuatro equipos, incluía la posibilidad de clasificación para los cuatro mejores terceros lugares de sector. La mascota fue Pique y el balón oficial fue el Adidas Azteca México, el primero fabricado con materiales sintéticos, lo que aumentaba la impermeabilidad y

la durabilidad y brindaba mejor rendimiento en campos de juego duros, con mucha humedad y a grandes alturas… una destacada generación de futbolistas de notoria habilidad técnica forzaron a los sistemas tácticos a abrirse en esquemas más verticales; jugadores como Zico, Sócrates, Michel Platini, Gary Lineker y Emilio Butragueño resaltaron significativamente. Sin embargo, en este torneo destacó de manera sustancial una de las mejores actuaciones individuales en Copas del Mundo, el mediocampista argentino Diego Armando Maradona alcanzó el cenit de su habilidad futbolística en este certamen. Nunca antes un solo jugador había sido tan determinante para impulsar el esfuerzo colectivo que
concluyó como campeón del mundo”
La afición mexicana lo aclamó desde el primer día. El Estadio Azteca se volvió su templo.
Ese primer día de Maradona en el mundial de México fue el encuentro de Argentina con Corea del Sur, el 2 de junio, en el estadio Olímpico Universitario, que ganaron los albiazules 3 a 1. Los goles fueron 2 de Valdano y uno de Burruchaga. Maradona no anotó, pero sin duda fue el mejor jugador del partido, haciendo un futbol brillante, elegante, preciso y efectivo. Dio dos asistencias a gol y generó 6 ocasiones que emocionaron al público. Los coreanos lo golpearon sin piedad: recibió 11 faltas, el récord del torneo.
El director técnico, Bilardo, declaró en entrevista posterior: “Ese día entendí que Diego venía a ser campeón del mundo”.
El siguiente partido se consideraba el mayor reto para Argentina, contra el campeón vigente, Italia, y efectivamente lo fue, pues terminó con un empate a 1
gol. Se jugó en el Estadio Cuauhtemoc, de Puebla, el 5 de junio. En el minuto 6 el árbitro marca un penalty a Burruchaga que aun causa polémica. El balón ciertamente golpeo la mano del argentino, pero las grabaciones muestran que no fue intencional, pues la tenía pegada a la cadera. Sin embargo, contó y Alessandro Altobeli lo cobró exitosamente.

Argentina no se disminuyó, sino al contrario. Presionó, presionó y siguió presionando hasta empatar con gol de Maradona.
Luego vendría el Argentina vs. Bulgaria el 10 de junio, también en el universitario. Argentina se impuso 2 a 0, con goles de Valdano y Burruchaga. Maradona no marcó, pero dejó en claro que no es necesario meter gol para conducir el partido e imponer el ritmo, fue sin duda fue el cerebro absoluto y lució su calidad con pases al área que estuvieron cerca de convertirse en gol, ejecutó 3 espectaculares remates, y dio el pase previo al gol de Burruchaga. Mostró que estaba jugando para el equipo sin afán de protagonismo personal.

Argentina terminó en primer lugar del grupo A, invicta, sólida y con un Maradona admirado por la afición y en ascenso.
México logró en ese torneo llegar hasta donde nunca había ni ha vuelto a llegar hasta hoy, cuartos de final, con su mejor actuación y el brillo refulgente de Hugo Sánchez, el más grande futbolista mexicano de todos los tiempos. La escuadra nacional fue eliminada el 21 de junio por Alemania en penaltys, ante el empate a ceros. La gran estrella del partido fue el portero Shumacher que hizo 4 paradas espectaculares en el juego y detuvo 2 penales. La otra gran figura mexicana fue “la chiquitibun”, Mar Castro, la joven que se hizo famosa con su comercial de Carta Blanca y su blusa recortada. Fue el mundial en el que por primera vez se implementó una “ola”. Al día siguiente Maradona firmó uno de los partidos más memorables del futbol mundial.
Quién que lo haya vivido no recuerda el 22 de junio en el Azteca aquel Argentina vs. Inglaterra que fue más, mucho más que un gran partido de futbol; para muchos conocedores el más famoso en la Historia de los Mundiales. El partido de “La Mano de Dios” y el del Gol del Siglo. El partido que significó para el dolido pueblo argentino la revancha contra los ingleses que recién los habían derrotado en la Guerra de las Malvinas. Una espina que aun duele pero que en aquel momento fue como sacarla del propio pecho para clavarla en la luminosa válvula emocional para un país herido. Pero también, independientemente de asuntos fuera de la cancha, un episodio que revitalizaría en el mundo el gran gusto, el enorme placer de ver y gozar el futbol y de testificar el surgimiento de una estrella fulgurante en el firmamento deportivo.

El famoso gol de La Mano de Dios está escrito entre los más memorables eventos del futbol mundial. Corría el minuto 51. Maradona inicia la acción fuera del área y toca el balón hacia Jorge Valdano. La defensa inglesa recupera, Steve Hodge intenta despejar fuera de la línea de meta, pero la pelota desciende en el área inglesa.Maradona la persigue. Como el balón venía de un rival, Maradona no quedó en fuera de juego. El balón cae entre Maradona y el portero inglés Peter Shilton, 20 centímetros más alto que el astro argentino. Ambos saltan, Shilton con su mano derecha, Maradona con el puño izquierdo cerca de la cabeza. El puño de Maradona toca la pelota antes que la mano del portero, enviándola al arco. Maradona mira de reojo al árbitro y al juez de línea… y cuando ve que convalidan el gol, corre a festejar. Todo el estadio festeja y aunque los alemanes reclaman, el gol es válido y poner el marcador 1-0.
Aun no amainaban las emociones encontradas por uno de los goles más polémicos en la historia del fútbol cuando, 4 minutos más tarde, en el preciso y precioso 55, Maradona recibe de Enrique el balón en campo argentino atrás, cerca del círculo central. La recibe de espaldas a la portería inglesa, con un control corto y pegado al pie, gira sobre su eje, usando el cuerpo como escudo. No es un regate “de fantasía”, sino un giro técnico y eficiente, deshaciéndose del marcaje de Beardsley. Reid se apresura y lo enfrenta en el medio campo, Maradona aplica cambios de ritmo: acelera, frena un poco, vuelve a acelerar y combina con amagues de cintura más que grandes movimientos de pies, pero avanza

y lo deja atrás, luego acelera, un tercer volante también se ve rebasado. Cruza la línea del medio campo entrando al terreno inglés con la pelota siempre pegada al pie izquierdo, manteniendo una combinación de toques leves, velocidad cambiante, control y amagues de cintura. El estadio siente que algo grande viene. Llega a 3 cuartos de la cancha donde lo afrontan Butcher y Fenwik. No frena, sigue en carrera

con la pelota prácticamente pegada al pie izquierdo. Fenwick se barre intentando cortar el avance aun cometiendo falta, pero el pibe cósmico lo elude con un toque hacia afuera y un cambio de dirección, sin perder velocidad. Fenwick queda descolocado y ya no puede seguirlo ni recuperarse. Cada cambio de ritmo obliga a los defensores a recalcular su reacción, quedando siempre medio paso atrás. Mientras conduce, percibe la posición de rivales y espacios sin mirarlos directamente. Pareciera tener visión de 360 grados que le permite elegir la línea de carrera óptima instintivamente. Pelusa entra en el área con pleno control del balón. En cada toque, imprime una pequeña rotación al balón que ayuda a que la pelota siga una trayectoria estable y predecible para él, pero no para sus oponentes. Encuentra a Butcher decidido a ritmo. Butcher queda atrás, intentando perseguirlo, desesperado, pero el pibe de oro es más rápido y se posiciona frente al portero Shilton. Shilton sale a achicar, intentando cubrir el arco y el posible remate. Maradona se acerca tanto que casi lo tiene encima. El ángulo no es perfecto, por lo que en lugar de rematar fuerte, da tiempo a que el portero se lance a donde piensa que ira el disparo, obligándolo a adelantarse y cuando este ya no puede punta del pie izquierdo, para que pase al lado de Shilton, quien se estira pero no llega. El balón entra lentamente al arco, besando la red.
El estadio lleno a desbordar no lo cree. Pareciera una visión onírica. Los alaridos surgen como una orquesta en climax.
Ni el mismo Maradona cree lo que acaba de hacer. Sigue corriendo hacia el córner, luego hacia la banda con los brazos abiertos. Lo persiguen compañeros y hasta algunos rivales que no pueden evitar admirar lo que acaban de presenciar. El relator Víctor Hugo Morales suelta entonces el famoso “¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta has venido?, un comentario que se vuelve parte inseparable del gol.
(Barrilete es en Argentina un cometa, o lo que en México llamamos papalote).

Luego vendría el Argentina-Bélgica el 25 de junio en el que Maradona, ya considerado el más grande del mundo en su momento, consolidaría su corona con 2 goles a los que ninguno más hiciera sombra en el partido. México lo adoptó como propio, con derecho pleno, por ser su lugar de nacimiento para la inmortalidad
futbolística.
Así llegamos a nuestra segunda efeméride de hoy, la histórica final frente a Alemania el 29 de junio de 1986 en el Estadio Azteca, que más allá de la oficialidad nunca dejará de llamarse así.
Hoy se cumplen exactamente 40 años de aquel festín inolvidable, grandioso, irrepetible.
El entrenador de la escuadra albiceleste Carlos Salvador Bilardo, el arquitecto del equipo, el hombre que diseñó el mecanismo para que Maradona brillara sin límites, decide El encuentro contra Bélgica fue prácticamente «pan comido» para Argentina. una formación 3-5-2, el famoso escuadrón de 5 mediocampistas, uno de ellos Maradona, capitán y enganche libre.
Un detalle que poco se recuerda ahora es que el capitán histórico de la Selección Argentina, Daniel Pasarella, no jugó la final ni la semi porque fue víctima de la famosa maldición de Moctezuma, una tremenda infección intestinal que no pudo atribuirse a la alimentación de la concentración por ser el único que la padeció, pero que requirió hospitalización por fiebre, diarrea y deshidratación severas. La verdadera causa nunca fue precisada. En su lugar entró un jugador no titular, desconocido en los mundiales, José Luis “El Tata” Brown, quien anotó el primer gol al minuto 23.
La alineación argentina estuvo compuesta por
Nery Pumpido-Arquero
José LuisBrown-Stopper central
Óscar Ruggeri – Central

José Luis Cuciuffo – Lateral/central
Jorge Burruchaga – Volante ofensivo
José Luis “El Tata” Brown, lateral
Jorge Valdano – Delantero
Ricardo Giusti – Volante de contención
Diego Armando Maradona (C) –
Enganche, capitán
Héctor Enrique – Volante mixto
Julio Olarticoechea – Lateral-volante
izquierdo
Al minuto 90 Bilardo hace el cambio más simbólico del Mundial, Marcelo Trobbiani por Burruchaga, un celebrado gesto para realzar el reconocimiento a su trayectoria.
Alemania Federal formó con: Harald Schumacher; Thomas Berthold, Karlheinz Förster, Norbert Eder, Andreas Brehme; Wolfgang Rolff, Lothar Matthäus, Felix Magath; Pierre Littbarski, Karl-Heinz Rummenigge y Klaus Allofs. Ingresaron: Rudi Völler por Allofs y Dieter Hoeneß por Magath, con formación 4-3-3 que mutaba a 4-4-2.
El árbitro fue el brasileño Romualdo Arppi, que pitaba su quinto partido en el torneo. También fue árbitro en los Juegos Olímpicos de 1968 en México, 1980 en la Unión Soviética y 1984 en Los Ángeles, California.
Ese domingo en el azteca no cabía un banderín más, con 114 mil 600 espectadores.
En punto de las 12 horas el delantero y capitán Karl-Heinz Rummenigge luciendo una inusual camiseta verde puso a rodar el balón bajo un sol radiante a una temperatura de 30 El capitán Pasarella cayó enfermo y se perdió la semifinal y la final. Maradona tomó el mando. grados, con vientos de menos de 3 kilómetros por hora. Un calor intenso y sofocante que sumado a la altitud de 2 mil 240 metros sobre el nivel del mar complica el rendimiento de los atletas.

En los primero minutos Argentina domina la pelota. El Azteca ruge cada vez que Maradona toca la pelota. No la toca, la acaricia, la convence, la seduce. Matthäus sigue a Maradona hombre a hombre convirtiéndose en su sombra por orden estricta de Beckenbauer. Diego lo arrastra hacia los laterales para que Burruchaga tenga espacios por el centro y pueda desarrollar su juego. El propio Burru ejecuta un córner con la derecha, hay un rebote y Batista se pierde el primero a cuatro pasos del arco alemán.
En el Minuto 11 Pumpido comete un error al sacar con la mano desde su área. Entrega mal a Enrique que es anticipado por Berthold. La pelota se termina perdiendo lejos del arco de Nery desvaneciendo el primer susto para la Selección Argentina.
Al Minuto 17 Briegel, un verdadero tractor alemán a la hora de pasar al ataque, logra dejar atrás la marca de Valdano, y Brown lo frena con clara falta al borde del área. Ante el toque cortó alemán y el adelantamiento de la barrera argentina, Arppi marca que debe repetirse la ejecución. Maradona protesta airadamente y el árbitro le responde con tarjeta amarilla, en un claro mensaje de que no permitirá desafíos a su autoridad.

Llega el minuto 21 con la primera aparición importante de Maradona en el partido. Combina con Cucciufo sobre el sector derecho del ataque y ambos
terminan siendo derribados. Amarilla para Matthäeus por la falta sobre el 10 argentino y tiro libre para su selección. En el minuto 23 ejecuta Burruchaga, la pelota
toma una comba perfecta para alejarse de la anticipación de Schumacher que sale mal, el enorme Tata Brown salta más alto y de certero frentazo mueve el marcador central. El rugido en el Azteca es nada comparado con el delirio que estremece al país gaucho.
Al minuto 40 los centros alemanes llueven sobre el arco de Pumpido. Ruggeri y Brown sacan todo y en un rechazo la pelota le queda a Maradona, Diego encara con arrojo y valentía y deja tres hombres en el camino, el tercero lo derriba cometiéndole falta y dando un nuevo respiro para Argentina. Se van al descanso de medio tiempo 1-0.
El segundo tiempo arranca con un cambio en el equipo alemán. Salio Allofs, Cuciuffo lo había borrado de la cancha, e ingresó Rudolf Völler. En el equipo de Bilardo, Ruggeri sigue sobre Rummenigge, Cucciuffo va sobre Völler. Giusti queda enganchado habilitando en un tiro libre alemán, Brown se juega todo y salva la situación pero queda lastimado en su hombro. El médico lo revisa y el Tata se niega a abandonar el juego, a pesar de que lo trae dislocado. Momento de angustia, pero el líbero sigue.

Así llega el preciso y precioso minuto 55. Valdano recupera un balón en posición de lateral derecho, toca a Enrique, cruza por detrás de él ya sin balón, el volante lo asiste en el momento justo para dejarlo de cara al gol en una corrida impresionante del delantero argentino. Cara a cara con el arquero alemán, Valdano toca suave y marca el segundo tanto argentino.
Mientras a 7 mil 373 kilómetros de distancia en Buenos Aires la euforia transmitida por televisión en vivo inflama a todos los hogares argentinos, a 9 mil 742 hacia el este en Berlín y toda Alemania Occidental las caras largas parecen abandonar toda esperanza. Sin embargo, Alemania es Alemania y la idea de que aun faltan 35 minutos de tiempo reglamentario mantiene la fortaleza de sus jugadores.
Minuto 61: Beckenbauer ejecuta un cambio cantado. Entra a la cancha un delantero de buen juego aéreo, Dieter Hoeness, y sale Magath que había aportado entre poco y nada.
Al Minuto 73 Enrique cede un córner sobre el sector derecho de la defensa argentina. Briegel ejecuta, alguien la peina levemente en el primer palo, Rummenige la empuja en la propia puerta del arco con dos argentinos literalmente clavados en la línea del arco de Pumpido que lo habilitan y Alemania descuenta la ventaja argentina.
Llega el minuto 81. Otra vez tiro de esquina para el equipo alemán, La pelota cae en el área y esta vez un cabezazo certero de Völler pone el 2-2.
El peor momento en el partido para la expectativa del equipo argentino que 26 minutos antes ya sentía la copa en sus manos.
Sí y no. Porque en los minutos faltantes Argentina gozó de una ventaja irremontable:
A partir del minuto 70 el organismo de todos los jugadores enfrenta un nuevo y profundo desafío: el efecto de la altura sobre el nivel del mar.
Carlos Salvador Bilardo no dejó nada librado al azar. Para él, la altura no era un detalle, era un peligroso rival que debía encararse con anticipación.

Porque efectivamente, a esa altura el cuerpo humano entra en un estado de estrés fisiológico que afecta la respiración, la circulación, la capacidad de sprint, la recuperación entre esfuerzos y la toma de decisiones bajo fatiga. Entra menos aire a los pulmones. La sangre transporta menos oxígeno, la hemoglobina
se satura menos. El músculo recibe menos combustible. El cuerpo entra en “modo ahorro”, aumenta la frecuencia respiratoria y también la frecuencia cardíaca.
Los jugadores pueden correr rápido, pero no sostenerlo. La recuperación es más lenta entre esfuerzos. Un sprint exige 20–30 segundos más de recuperación que al nivel del mar. Hay mayor acumulación de ácido láctico, lo que significa que los músculos “arden” antes. La fatiga aparece más rápido. Las decisiones son más lentas bajo hipoxia. La falta de oxígeno afecta la claridad mental. Un segundo de duda puede ser igual a un pase perdido.
Ahora lo sabemos, pero Bilardo comenzó a ganar el mundial mucho antes de que comenzara. Desde enero de 1986, seis meses antes de que iniciara la justa, puso en marcha la Operación Tilcara, una población norteña en la Quebrada de Huamahuaca que se ubica a 2 mil 465 metros sobre el nivel del mar. Ahí llevó a entrenar a sus muchachos. Aunque no fueron todos, incluyendo entre los ausentes a Maradona, la estadía sirvió para acondicionarlos y medir científicamente como respondía el cuerpo de cada jugador.
Además, otra medida clave: la Selección Argentina completa llegó a la ciudad de México 3 semanas antes que los alemanes.
La final del 86 no fue sólo un partido, fue también una competencia de supervivencia metabólica.

Con el partido empatado a 2 goles era en el marcador como si hubiera apenas comenzado, pero no en la capacidad de rendimiento de los jugadores.
Al minuto 84 los germanos muestran mayor cansancio. Enrique inicia una jugada con pase para Maradona que sin controlar el balón, a un toque, habilita magistralmente a Burruchaga. Con la defensa alemana total e increíblemente desarmada, el volante argentino inicia su corrida para enfrentar a Schumacher. Toque suave del 7 argentino que pasa entre las piernas del arquero y ¡Gol!
El tercero, el grito al cielo de rodillas, el estadio revelando -lo que para nadie era un secreto-, quien era su favorito.
Desde Jujuy hasta la Tierra del Fuego, desde Misiones hasta El Chalten de Santa Cruz, los 2 millones 791 mil 810 kilómetros cuadrados del territorio continental argentino vibraron en uno de los momentos de mayor alegría conjunta del sufrido pueblo gaucho que padecía la odiada dictadura militar y tanto necesitaba un consuelo.
La Operación Tilcara había rendido fruto.
La ciencia explica su contribución a la gloria: Maradona, adaptado, ve el pase. Burruchaga, adaptado, sostiene el sprint. Briegel, fatigado por altura y calor, pierde velocidad. Schumacher, deshidratado y con menos oxígeno, reacciona tarde.
La Copa del Mundo se definió en una jugada donde la biología fue tan importante como la técnica.
En el minuto 90 Bilardo decide el ingreso de Trobbiani por Burruchaga. Se busca parar el ritmo del partido y definitivamente desatar el festejo.
Maradona toca con Enrique, los últimos minutos, la compensación, se consumen fuera de peligro. Los suplentes y colaboradores invaden el campo de juego. El árbitro acaba de decretar el final del partido. Por segunda vez en su historia, Argentina vuelve a ser campeón del Mundo
El Azteca no es un estadio, es un gigantesco animal vivo, un corazón latiendo al ritmo de 114 mil 600 gargantas que celebran su triunfo, no ha ganado su selección pero sí la de su hijo adoptivo, Maradona, que vino a desquitarse de quien los había eliminado.
En Argentina millones de aficionados lloran siguiendo a los comentaristas de la radio y la televisión.
El 29 de junio queda inscrito para siempre como un día en que el fútbol tocó el cielo.
En 1986 México no fue solo un país anfitrión. Fue el escenario donde Maradona se convirtió en D10S.
Maradona dijo y repitió decenas de veces: “México me dio lo más lindo de mi vida.”
Y también: “El Azteca es mi casa.”
Es más relevante aun esa visión idílica y agradecida si se contrasta con el hecho de que el Mundial de Mexico 86 fue en el que Maradona recibió más faltas, 53. Ciertamente es también el número 1 histórico en faltas recibidas en Mundiales:
• 53 en 1986
• 50 en 1990
• 36 en 1982
• Total: 152, récord absoluto.
Y no sólo en mundiales. Incluyendo sus partidos en clubes es el jugador más golpeado de la historia documentada.
Años después, México fue también su resurrección emocional. Después de sus dramáticas caídas, Maradona siempre recordaba a México como un lugar donde fue feliz, donde el pueblo lo abrazó sin juzgarlo donde vivió su cumbre absoluta como futbolista.

Regresó al país en 2018 como director técnico de los Dorados de Sinaloa, un equipo de segunda división. Su presentación fue el 7 de septiembre. Llegó con serios problemas de salud y sobrepeso y con mil dudas sobre su capacidad como director. Pero otra vez revivió.
Llevó al equipo desde el sótano a dos finales consecutivas del Ascenso MX. Perdió ambas, pero dejó una huella enorme. La afición lo adoró. Los jugadores lo siguieron como a un líder espiritual
En Culiacán visitaba barrios humildes, se tomaba fotos con todos, lloraba en los entrenamientos y decía que México lo hacía sentir vivo.
Con gran sinceridad declaró “Yo no vine a salvar a Dorados. Dorados me está salvando a mí.”
Su frase más famosa la pronunció en 2001 en La Bombonera, la casa de Boca Juniors. La afición llenó el estadio desde temprano, no para un partido, sino para un ritual, una despedida, un abrazo colectivo a un hombre que había sido héroe, villano, mito, pecado y milagro al mismo tiempo.

Había banderas con su cara, con el 10, con el barrilete cósmico. Había lágrimas antes de que empezara la ceremonia. Había familias enteras que habían viajado sólo para verlo caminar una vez más sobre el césped.
Maradona salió del túnel despacio, como si cada paso fuera un recuerdo. La gente no gritó: rugió. Un rugido que parecía venir desde
1986, desde Nápoles, desde Fiorito, desde todos los lugares donde Diego había dejado una huella.
Cuando tomó el micrófono, no era un Maradona desafiante, ni el Maradona polémico. Era un hombre cansado, vulnerable, agradecido, consciente de su historia y de sus heridas.
Su voz temblaba. Sus ojos brillaban. Y entonces pronunció las palabras que se volvieron eternas:
“El futbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. Eso no le quepa la menor duda a nadie. Porque se equivoque uno, no tiene que pagar el futbol. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha.”
Esa línea cayó sobre el estadio como una verdad absoluta. No fue excusa. No fue defensa. Fue confesión y absolución al mismo tiempo. La Bombonera explotó en un grito que no fue festejo, fue agradecimiento, fue reconocimiento, fue perdón.
Cuando murió en su casa de Buenos Aires el 25 de noviembre de 2020, en México se hicieron murales en los barrios, altares con ofrendas florales y homenajes en estadios.
Ningún otro país fuera de Argentina lo lloró tanto.
El gobierno argentino decretó tres días de duelo nacional.
Fue velado en la Casa Rosada con honores de funeral de Estado.
LA INGRATA EXPERIENCIA MEXICANA
México ha jugado 2 partidos de Copa del Mundo en fecha 29 de junio.
Ambos en octavos de final y ambos muy recordados aunque por razones distintas.
En 1998, en Montpellier, Francia, México enfrentó a Alemania, luego de vencer a Corea del sur 3 a 1 en Lyon, el 13 de junio, y de empates a 2 con Bélgica y Holanda.
El Tri había llegado al mundial con una mezcla de ilusión y dudas. El director técnico Manuel Lapuente había tomado al equipo en plena turbulencia, y aunque el conjunto tenía talento -Campos, Suárez, García Aspe, Cuauhtémoc, Peláez, el Matador-, no estaba claro si le alcanzaría para competir con las grandes potencias.
El debut fue un gran alivio.
Corea del Sur sorprendió con un gol tempranero, pero México reaccionó con carácter.

Peláez empató con un cabezazo quirúrgico y Luis Hernández marcó dos goles que anunciaban su mundial consagratorio.
El Tri salió del estadio con la sensación de que podía competir con cualquiera.
En su segundo partido México enfrentó a Bélgica el 20 de junio en Bordeaux.
El Stade Chaban-Delmas estaba lleno, con miles de mexicanos que pintaban el estadio en un mosaico verde.
El clima era pesado, húmedo, y el partido prometía ser físico. Manuel Lapuente apostó por Campos en la portería, Claudio Suárez como líder defensivo, García Aspe como cerebro, Cuauhtémoc Blanco como enlace, Luis Hernández y Peláez como dupla ofensiva.
México empezó bien, con control y llegadas, pero Bélgica fue más contundente. México buscaba posesión, presión alta y transiciones rápidas.
Bélgica, más física, apostaba por centros, juego aéreo y potencia.
Al minuto 19 un centro desde la derecha llega al área mexicana, Wilmots da un salto poderoso y cabecea con precisión y contundencia. Campos no puede hacer nada.
El 1-0 cayó como descarga de agua helada.
México intenta reaccionar, pero Bélgica se siente cómoda contragolpeando.
Justo antes del descanso, otro balón aéreo, otra desconcentración y otra vez Wilmots que esta ocasión remata de volea dentro del área.

El golpe es durísimo. México se va al vestidor 2–0 con la sensación de que el partido se escapa. Pero -como otras veces en su historia- México se negó a morir y transformó el encuentro en una demostración de carácter.
Lapuente ajustó líneas, adelantó al equipo y ordenó atacar sin miedo.
México empieza a encerrar a Bélgica y Cuauhtémoc a dominar el partido. Peláez pelea cada balón. El Matador acecha.
Bélgica retrocede, nerviosa, incapaz de detener la avalancha mexicana.
En el preciso y precioso minuto 55 Cuauhtémoc Blanco recibe una falta dentro del área. El Tri respira. García Aspe descontó de penal para poner el marcador 2-1.
El tiempo reglamentario estaba por terminar cuando en el minuto 90, el Matador apareció para empatar y desatar un grito que se escuchó en todo México.
Ese gol no solo salvó el partido, le dio al equipo una convicción feroz.
Vino entonces la ocasión de enfrentar a Holanda, la poderosa Naranja Mecánica el 25 de junio, en Saint-Étienne.

Fue el partido másduro del grupo. Holanda, con Bergkamp, Kluivert, Cocu y los De Boer, dominó durante largos tramos. México perdía 2– 1 y parecía condenado… hasta que, otra vez, Luis Hernández apareció para el 2–2.
El Matador cerró la fase de grupos con 4 goles en 3 partidos. México avanzó como segundo del grupo y con la moral en lo alto: había sobrevivido a todo y
podía enfrentar a Alemania con entusiasmo y fe.
Así llegamos al 29 de junio de 1998. El Stade de la Mosson hervía bajo un sol que caía a plomo. México llegaba con confianza; Alemania, con jerarquía. Era el choque entre un equipo que crecía y otro que, aunque poderoso, mostraba grietas.
En las tribunas, miles de mexicanos convertían Montpellier en una sucursal del EstadioAzteca. Banderas, trompetas, camisetas verdes. El canto de “¡Mé-xi-co! ¡Mé-xi-co!” retumbaba como un himno de guerra y la afición francesa estaba de su lado.
El primer tiempo se caracterizó por la tensión, el estudio mutuo y la resistencia.
Alemania, con Klinsmann, Bierhoff, Hässler y Matthäus, intentó imponer su físico. México respondió con orden, presión y un Jorge Campos que transmitía seguridad.
Cuauhtémoc Blanco, con su estilo desafiante, empezó a incomodar a los alemanes. García Aspe manejaba los tiempos.
El Tri no se achicaba: jugaba de tú a tú.
Llegó el medio tiempo sin nada para nadie.

Al minuto 47 apenas regresando del descanso, una jugada nació por la banda izquierda, le siguió un pase filtrado, un movimiento perfecto, Luis Hernández controla, se perfila, dispara y el balón besa la red.
El estadio explota con el 1–0 de México.
El Matador corre hacia la esquina con los brazos abiertos, como si quisiera abrazar a todo un país. Por un instante, México se ve en cuartos de final. Por un instante, Alemania parece vulnerable.
Pero Alemania es Alemania y sólo necesita un instante.
Al Minuto 74 un centro llega al área de Campos, le siguen un rebote y un segundo de desconcentración suficiente para Klinsmann, el depredador eterno que empuja el empate.
México siente el golpe, pero no se derrumba.
Al Minuto 86 un balón filtrado, Bierhoff gana la espalda, Campos sale pero el alemán
define con frialdad quirúrgica.
En diez minutos, el sueño se había volteado.
México buscó el empate con desesperación. Cuauhtémoc intentó una chilena. García
Aspe probó de media distancia. El Matador peleó cada balón como si fuera el último.
Pero el tiempo se agotó.
El silbatazo final dejó una mezcla de orgullo y tristeza. México había jugado uno de sus mejores partidos en Mundiales… y aun así, nuevamente no alcanzó.

Fue el mejor partido del “Matador” en Mundiales, marcó la tercera eliminación consecutiva del Tri en octavos y la primera derrota un 29 de junio.
Pasarían 16 años para que llegara otro encuentro en un mundial un 29 de junio, esta vez en Fortaleza, Brasil.
Giovani dos Santos anotó el primer gol al minuto 48 y lógicamente México se inflamó de emoción y de esperanza.
Yo estaba ese día en Brasilia y vi ese partido por televisión celebrando mi cumpleaños con una amiga muy querida. Como mi viaje fue sorpresivo por asuntos de trabajo no tuve tiempo ni ocasión para asistir al estadio en Fortaleza. Al día siguiente acudí al magnifico estadio Mané Garrincha para presenciar el Francia vs. Nigeria.
El restaurant donde vimos el partido de México estaba repleto y la concurrencia pronto nos identificó como mexicanos y claramente estaban de nuestro lado.
Ya estaba el partido a punto de terminar, México ganaba 1-0 cuando en el minuto 88 vino la remontada de Sneijder para emparejar el marcador 1-1. En el restaurant como en todo México se hizo un silencio absoluto.

Terminó el tiempo reglamentario y el árbitro concedió 5 minutos de compensación. Al minuto 94 literalmente en la última acción del partido, Robben entra al área, Rafa Márquez estira la pierna, Robben exagera en una farsa abiertamente antideportiva que el árbitro Pedro Proença Oliveira Alves Garcia se traga completita y señala penal.
El mundo se detiene.
La televisión brasileña que yo veía repite inmediatamente la jugada dejando claro que No era penal.
Pedro Proença, un director financiero y ejecutivo empresarial además de árbitro no era un improvisado sino uno de los árbitros más respetados de Europa, con fama de ser firme, seguro y con carácter. Era arbitro internacional FIFA desde 2003, integrado en la categoría Élite de la UEFA a partir de la temporada 2009–2010. Dirigió numerosas competiciones europeas como varias temporada la Champions League y la Europa League y la final de la Eurocopa 2012. Fue el primer árbitro en dirigir en el mismo año la final de la Champions y la final de la Eurocopa, un hito en la historia del arbitraje europeo. Para 2014 era considerado un árbitro “de élite”. Su estilo era directo: poca tolerancia al teatro, mucha autoridad, y tendencia a dejar jugar. Paradójicamente, ese estilo chocaría con la jugada más discutida de su carrera. Ese instante lo acompañará toda su vida, porque el mundo entero tuvo la certeza de que No era Penal.

Sin embargo, Huntelaar lo cobra y anota.
El país entero siente una mezcla de rabia, incredulidad y frustración.
Para la afición mexicana, su nombre quedó grabado en una herida que aún duele.
Por su parte Arjen Robben era un farsante profesional que tiempo después declaró con pleno cinismo: “ a veces me tiro, pero esa ocasión se marcó penal”
Hoy es convicción general que si el VAR -Video Assistant Referee- ya hubiera operado en 2014, aquel penal jamás hubiera contado.
Es la historia de una triste historia, historia que dejó un amargo sabor en las generaciones que lo presenciamos, desde niños hasta ancianos.
Y para la Selección Mexicana el 29 de junio se convirtió en una fecha que no es grato recordar.
Por eso mejor aquí le paramos a esta efeméride.



