La fractura del PAN amenaza el 2027
En el terreno de la alta política, el tiempo no es un recurso renovable; es un verdugo que no perdona errores. Hoy, en las oficinas principales del Partido Acción Nacional en Chihuahua, corre un reloj de arena que muy pocos en el poder quieren escuchar, o que la soberbia instalada en el Palacio de Gobierno les impide atender. La guerra sorda, pero sumamente cruenta, que se ha desatado en la capital por la candidatura a la presidencia municipal no es un simple reacomodo de equipos ni un trámite de rutina para el relevo institucional. Estamos ante una fractura vertical que, si no se frena y se media en el menor tiempo posible, se volverá completamente irreversible. Cada día que pasa sin un acuerdo real entre el grupo oficialista y el panismo tradicional, la maquinaria electoral se debilita. Al final del día, esta necedad reduce drásticamente las posibilidades de que el PAN retenga la gubernatura en el 2027.
La tesis de este análisis es tan cruda como realista: la disputa por la Joya de la Corona municipal entre el equipo de la gobernadora Maru Campos —empeñado en imponer a su Secretario General de Gobierno, Santiago de la Peña— y el operador histórico de Campos Galván, César Jáuregui Moreno, se salió por completo de control. Lo que empezó como un jaloneo normal de pasillo por espacios de poder ya mutó en una campaña de lodo abierta y encarnizada. Utilizar portales de internet anónimos, columnas políticas por encargo y golpes bajo la mesa no va a borrar del mapa a los rivales. Al contrario, esta estrategia lo único que logra es destruir la confianza del votante leal y sembrar el resentimiento en las bases del bastión más sagrado e importante que tiene el panismo en todo el estado de Chihuahua.
Un partido sin árbitro
El primer gran problema para apagar este incendio es que no existe un mediador que sea respetado por todas las partes en juego. Por simple lógica institucional y jerarquía, la gobernadora Maru Campos debería ser la encargada de sentar a los involucrados, pesar los capitales políticos en la balanza y dictar una tregua salomónica. Pero en esta historia en específico, ella misma se convirtió en una de las partes en conflicto. Al presionar de forma tan evidente y vertical a favor de la postulación de Santiago de la Peña, la jefa del Ejecutivo perdió toda su neutralidad como jefa política del estado. Para el grupo de César Jáuregui y para la militancia de a pie que lo apoya, los mensajes que emanan de Palacio de Gobierno ya no se leen como acuerdos institucionales; se reciben como órdenes de sumisión y despojo político.
Por otro lado, si uno voltea a mirar hacia la dirigencia formal del partido, el panorama es de adorno. Daniela Álvarez, la presidenta estatal del PAN, carece por completo de la solvencia, el oficio político y la estatura que se requiere para resolver una crisis de este tamaño. Su carrera política y su capital se construyeron en el grito, la confrontación estridente y el choque electoral directo en Ciudad Juárez, no en las mesas de diplomacia secreta y alta costura que se necesitan en este momento. Además, como todo el mundo sabe que su llegada a la dirigencia responde por completo a la línea de Palacio, sus llamados públicos a la «unidad» suenan falsos y unilaterales. El panismo tradicional de la ciudad de Chihuahua es sumamente celoso de su territorio, de su historia y de sus fueros locales. Simplemente no le reconocen a Daniela Álvarez la autoridad moral ni la capacidad para decidir el futuro político de la capital.
Al no haber un árbitro real en el estado que pueda poner orden, el conflicto avanza libremente en las secciones electorales. El canibalismo interno sigue creciendo al amparo de la noche, amenazando con destrozar la estructura del partido desde dentro mucho antes de que inicien las campañas oficiales.
Bonilla es el perjudicado
En medio de todo este desastre potencial se encuentra la figura de Marco Bonilla, alcalde de la capital y virtual candidato a la gubernatura del estado. Hay que decirlo con toda claridad: nadie pierde más en esta rebatinga interna que él. Para Bonilla, la ciudad de Chihuahua no es sólo un municipio que gobierna; es su trampolín político, su principal carta de presentación administrativa y su mina de votos más valiosa. El PAN necesita una votación histórica y masiva en la capital para poder compensar el enorme peso electoral que Morena ostenta y operará en Ciudad Juárez. Si la estructura panista de la capital llega dividida, enojada o agraviada a la elección del 2027, la gente que siempre sale a votar por el azul se va a quedar en su casa o va a simular su participación.
El peor error estratégico que pueden cometer Marco Bonilla y su equipo de asesores es cruzarse de brazos, asumir una postura cómoda y decidir esperar los tiempos que marca el calendario oficial. Bajo esa lógica puramente burocrática, el alcalde tendría que aguardar hasta estar investido formalmente con la candidatura del partido —lo cual ocurrirá mediante los métodos de encuesta y validación hasta los primeros meses del año 2027— para entonces querer actuar con la legitimidad de un jefe político indiscutido. Esperar tanto tiempo es un auténtico suicidio político. Para cuando le entreguen la constancia oficial y el registro ante las autoridades electorales, el daño interno en Chihuahua municipal será completamente incurable. Los resentimientos habrán echado raíces profundas, los operadores locales se habrán retirado y el voto de castigo silencioso estará completamente decidido en las colonias.
Marco Bonilla tiene que intervenir ya, de manera discreta, informal y con mucha fuerza política por debajo del agua. Él no puede darse el lujo de cuidar las formas institucionales o las cortesías de palacio mientras le están dinamitando los cimientos de su propia candidatura a la gubernatura. Debe obligar a las partes a sentarse en una mesa de paz inmediata. Tiene que actuar como el líder que necesita asegurar su propio triunfo hoy, porque mañana será demasiado tarde y la victoria se le habrá escapado de las manos.
La opción de Jorge Triana
Como a nivel local las vías de comunicación están rotas y nadie tiene la capacidad de destrabar el problema, la salida más rápida y viable es la intervención de un tercero externo con peso específico: el diputado Jorge Triana. Él no sólo es el vocero nacional del panismo, sino que ostenta el cargo formal de delegado del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) en el estado de Chihuahua. Esta cachucha y representación directa de la dirigencia nacional que encabeza Jorge Romero le otorga el peso político necesario para sentarse a hablar con Maru Campos, con Santiago de la Peña y con César Jáuregui sin tener que pedirle permiso a los grupos locales o subordinarse a ellos. Triana representa el único puente institucional capaz de meterle cabeza fría a un pleito donde el ego y el cálculo a corto plazo nublaron la vista de todos los involucrados.
El primer paso estratégico de Triana, si conoce a los actores en pugna, debe ser buscar directamente al ex fiscal. César Jáuregui es, por definición, un animal político de colmillo retorcido, un hombre sumamente negociador y pragmático que entiende perfectamente el lenguaje de los costos y los beneficios en el poder. De los actores metidos en este pleito, Jáuregui es con quien mejor y más rápido se podría sentar a dialogar. Ojo: esto no significa en lo absoluto que esté dispuesto a doblar las manos o a ceder su plaza sin pelear; significa que está abierto a la política real, a la mesa donde se intercambian barajas y se respetan las dignidades. Si el delegado nacional logra abrir esa primera puerta con el operador histórico de la capital, tendrá la mitad del rompecabezas resuelto, demostrando que la cerrazón no está de ese lado, sino en el ala más radical de Palacio.
Lo más absurdo y trágico de esta guerra civil que vive el PAN en la capital es que está ocurriendo justo en el momento en que Morena les está regalando el estado debido a sus propias divisiones. Las fracturas en el partido de la transformación en Chihuahua ya son un hecho consumado e irreconciliables, un secreto a voces que paraliza su propia operación. Por un lado, están los grupos que apoyan las candidaturas de la senadora Andrea Chávez y de Juan Carlos Loera, quienes mantienen un odio histórico y doctrinario contra el bloque que encabezan el alcalde de Juárez, Cruz Pérez Cuéllar, y la presidente de Morena Ariadna Montiel. Son dos visiones del poder que simplemente no caben en el mismo proyecto y que van a operar de forma interna para destruirse mutuamente en las urnas en el 2027.
El escenario era perfecto para el PAN: solo tenían que sentarse a ver el espectáculo del canibalismo de enfrente mientras mantenían su maquinaria capitalina unida, aceitada y lista para dar el golpe definitivo. Sin embargo, por la prisa extrema de imponer a un candidato en el municipio mediante guerras sucias informales, el PAN estatal está perdiendo su gran ventaja competitiva e igualando las condiciones de vulnerabilidad con su rival. Si la cúpula panista y el equipo de Palacio no entienden que por la obsesión de quedarse con la alcaldía pueden terminar perdiendo la gubernatura entera, el golpe político en el 2027 será histórico. La medición y la tregua tienen que darse hoy; mañana, la herida habrá infectado a todo el cuerpo del partido y el abismo será inevitable.
