Muestra músculo el PRI
En una clara demostración de movilización política, el dirigente nacional del Partido Revolucionario Institucional, Alejandro Moreno Cárdenas, visitó la capital del estado para encabezar la toma de protesta de mil 380 defensores de Chihuahua, una estructura operativa proveniente de los 67 municipios. Con este evento masivo, respaldado por figuras locales como la diputada federal Graciela Ortiz y la dirigencia estatal, el tricolor buscó evidenciar presencia territorial de cara al proceso electoral de 2027 y fijar postura frente a la conformación de un bloque opositor.
Durante un encuentro con medios de comunicación, el líder nacional priista abordó uno de los temas centrales para el futuro político de la entidad: la potencial coalición con el Partido Acción Nacional. Al ser cuestionado sobre los perfiles del blanquiazul, Moreno se refirió al alcalde y virtual candidato a la gubernatura, Marco Bonilla Mendoza, señalando de manera directa que, en caso de concretarse una alianza formal entre ambas fuerzas políticas, el edil capitalino sería sin duda el candidato idóneo para abanderar dicha causa.
Esta declaración pública reconfigura de inmediato el escenario de negociaciones entre las cúpulas partidistas. Por un lado, la dirigencia del PRI utiliza la exhibición de su maquinaria territorial y el despliegue de sus bases para negociar desde una posición de fuerza, dejando en claro que el partido mantiene un caudal de votos indispensable. Por otro lado, el reconocimiento abierto hacia la figura de Bonilla anticipa que el panismo y el priismo evalúan la necesidad imperativa de sumar fuerzas para mantener la competitividad frente al avance de Morena en el territorio chihuahuense.
El evento celebrado en Chihuahua capital cumplió con el doble propósito de organizar las bases partidistas y enviar un mensaje político estratégico hacia el exterior. Mientras el tricolor proyecta vitalidad a través de sus nuevas estructuras seccionales y municipales, las declaraciones de su dirigente nacional colocan los primeros bloques sobre la mesa de diálogo rumbo a la definición de candidaturas y la eventual consolidación de la alianza opositora en el estado.
Entre el triunfo y un volado
El tablero político en Chihuahua rumbo a la sucesión gubernamental comienza a agitarse con demasiada intensidad, mostrando un escenario donde las matemáticas electorales y las grillas internas definen el porvenir de los partidos.
Por un lado, el Partido Acción Nacional enfrenta la contienda con una ventaja táctica que no proviene precisamente de sus méritos extraordinarios, sino del profundo desgaste y la fractura abierta que padece el oficialismo. En Morena, los suspirantes andan tan ocupados en sacándose los trapotes al sol y dinamitando sus propias bases, que le pavimentan el camino a la oposición. Ante este panorama de pleitos encarnizados y tribus desatadas, competir en solitario ya no es una locura para el blanquiazul; es una posibilidad real que se discute en los cafés de la capital.
Sin embargo, apostar toda la jugada a la suerte de la fractura guinda resulta sumamente aventurado. Ir solos al matadero electoral implica un volado de pronóstico reservado donde se puede ganar por un margen milagroso o perder por un descuido territorial. Es ahí donde entra la alquimia de la coalición con el Revolucionario Institucional. Aunque cargar con las siglas del tricolor a veces pesa como maleta de piedra, los números fríos indican que esa alianza podría inyectar al bloque opositor esos codiciados ocho o nueve puntos porcentuales que faltan para blindar la elección.
Esa suma aritmética cambiaría radicalmente la correlación de fuerzas, haciendo buena la conseja popular de que «entre más seguro, más marrao». Con el PRI adherido a la causa, la victoria dejaría de depender exclusivamente de que Morena se suicide políticamente en sus pugnas internas y se convertiría en una maquinaria más sólida. Cierto es que el matrimonio partidista no garantiza un triunfo infalible en un estado con tantas corrientes e intereses encontrado, pero amplía el margen de maniobra de manera contundente.
Al final, la gubernatura chihuahuense se encamina a una disputa de pronóstico reservado donde el PAN tiene con qué pelear sin compañía, pero en la que sumar al PRI representa la diferencia entre planear una transición holgada o pasar la noche electoral con los Jesús en la boca contando voto por voto.
Pragmatismo vs. doctrina
El dilema que hoy carcome los comités y las sobremesas del panismo en Chihuahua pone sobre la mesa un relevo generacional muy evidente, donde la supuesta pureza ideológica sobrevive únicamente en los viejos militantes de sesenta y cinco años y más, una grey cada vez más reducida y nostálgica. En contraste, los cincuentones que hoy mandan y operan el partido son de otra madera; mucho más pragmáticos y alejados de los dogmas fundacionales, entienden la política como una correlación de fuerzas y no como un templo doctrinal. Para estos cuadros directivos, ver a Acción Nacional abrazarse con el histórico nemésis tricolor no representa una crisis existencial, sino una simple y llana herramienta para conservar el poder.
A este realismo político se suma un pegamento que hoy resulta infalible: el deseo manifiesto y compartido de ambos partidos por vencer en esta abierta elección de estado a Morena. La administración federal y sus operadores se han encargado, a base de una política sistemática de polarización, de difuminar por completo las viejas diferencias ideológicas entre la derecha y el viejo régimen. En este nuevo escenario de trincheras, el espectro político quedó reducido a los amlistas y a los antiamlistas, dejando sin espacio a los tibios y obligando a los opositores a cerrar filas bajo una causa común.
A pesar de los gritos en el cielo que todavía alcanzan a dar algunos decanos, la realidad de las urnas es implacable y demuestra que ir juntos no es una hipótesis de laboratorio, sino un hecho consumado, hay evidencia empírica. En el proceso federal de 2024, la alianza opositora en Chihuahua compitió amarrada bajo unas mismas siglas, logrando triunfos de mayoría relativa en distritos clave que hoy tienen nombres y apellidos muy específicos.
Bajo ese esquema coaligado, el blanquiazul aseguró plazas estratégicas como el Distrito 6 con cabecera en Chihuahua capital, representado por María Angélica Granados Trespalacios. Por su parte, el tricolor aportó victorias cruciales de mayoría en el territorio con figuras como Tony Meléndez Ortega en el Distrito 5 con cabecera en Delicias, Alex Domínguez Domínguez en el Distrito 8 con cabecera en la zona sur de la capital, y Noel Chávez Velázquez en el Distrito 9 con cabecera en Hidalgo del Parral. Estos nombramientos comprueban de sobra que el matrimonio partidista ya operó en las boletas y dejó frutos legislativos concretos en la entidad.
El verdadero peligro de fractura interna no radica en una rebelión masiva de la vieja guardia, sino en la fatiga del activista de a pie que resiente hacer campaña con aquellos a quienes combatió en las calles. Sin embargo, el votante contemporáneo en Chihuahua ya entendió que los rencores de la transición democrática quedaron enterrados y prefiere el pragmatismo antes que el lujo estéril de conservar las manos limpias mientras el oficialismo arrasa. Al final, los cuadros dirigentes y las bases tendrán que elegir si tragan veneno doctrinal o se resignan a perder por puritanismo.



