Pekín, China.- El gran desfile militar presidido por el líder chino, Xi Jinping, el miércoles en Pekín no solo conmemoró el 80.º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, sino que también sirvió como una contundente declaración de la ambición de China por consolidarse como una potencia mundial y desafiar el orden global liderado por Estados Unidos. El evento, cargado de simbolismo nacionalista, proyectó el poder militar y la cohesión política del Partido Comunista Chino (PCCh), mientras enviaba un mensaje claro a sus rivales internacionales: China no cederá en su búsqueda de soberanía, influencia y autosuficiencia.
El desfile, realizado en la emblemática Plaza de Tiananmén, contó con la presencia de líderes de países que han cuestionado abiertamente el dominio estadounidense, como el presidente ruso Vladimir Putin y el líder norcoreano Kim Jong-un. También asistieron representantes de Irán, Pakistán y otras naciones, muchas de ellas con regímenes autoritarios, lo que subrayó la alineación de China con un bloque de países que buscan contrarrestar la influencia de Occidente. La ausencia de altos representantes de democracias occidentales, como Estados Unidos, Reino Unido o Japón, destacó la creciente polarización entre Pekín y las potencias occidentales, especialmente en el contexto de la guerra en Ucrania y las tensiones en el Indo-Pacífico.
Xi Jinping, vestido con un traje estilo Mao, pronunció un discurso desde la histórica Puerta de Tiananmén, sobre un retrato gigante de Mao Zedong, evocando la continuidad entre el pasado revolucionario del PCCh y su liderazgo actual. En su alocución, Xi vinculó los sacrificios de China durante la Segunda Guerra Mundial contra Japón con los desafíos contemporáneos, presentando al país como una fuerza unida frente a las «fuerzas hegemónicas» que, según él, buscan contener su ascenso. «La nación china no teme a ninguna tiranía y se mantiene firme sobre sus propios pies», afirmó, reforzando un mensaje de determinación y autosuficiencia.
Exhibición de poder militar y tecnología
El desfile mostró el creciente poderío militar de China, con un despliegue de misiles balísticos, drones submarinos, aviones de combate no tripulados y otros equipos de última generación. Estas armas, muchas de ellas diseñadas para contrarrestar la superioridad militar de Estados Unidos en Asia, reflejaron las inversiones masivas de China en innovación militar. Entre los equipos destacados estaban los misiles «destructores de barcos», diseñados para neutralizar portaaviones, una clara advertencia a Estados Unidos y sus aliados en el contexto de las tensiones en el Mar de China Meridional y alrededor de Taiwán.
Xi también aprovechó el evento para enviar un mensaje implícito a Taiwán, reafirmando el compromiso de China con la «reunificación» y la defensa de su integridad territorial. «El Ejército Popular de Liberación chino siempre ha sido una fuerza heroica en la que el Partido y el pueblo pueden confiar plenamente», declaró, subrayando la preparación de China para cualquier escenario, incluida una posible confrontación militar.
Nacionalismo y legitimidad interna
El desfile fue el punto culminante de una campaña de varias semanas del PCCh para avivar el fervor nacionalista y redefinir el papel de China en la Segunda Guerra Mundial. Históricamente, el PCCh ha presentado la guerra como una lucha liderada por el partido contra el Japón Imperial, minimizando el papel de otros actores, como el Kuomintang o las potencias aliadas. Esta narrativa busca reforzar la legitimidad del PCCh en un momento de incertidumbre económica interna y crecientes tensiones geopolíticas.
El evento estuvo acompañado de un simbolismo cuidadosamente orquestado. Xi pasó revista a las tropas desde una limusina Bandera Roja, un vehículo icónico que representa tanto la herencia maoísta como las ambiciones de China de liderar en tecnología e industria. Los soldados, marchando en perfecta sincronía, respondieron a los saludos de Xi con cánticos que reafirmaron su lealtad al partido: «¡Sigan al Partido! ¡Luchen para ganar! ¡Forjen una conducta ejemplar!». Además, la liberación de 80.000 palomas y globos, junto con los 80 cañonazos iniciales, simbolizó el aniversario de la victoria en la guerra y la unidad nacional.

Reacciones internacionales y críticas
El desfile no pasó desapercibido en el escenario internacional. Desde Washington, el presidente Donald Trump respondió en Truth Social, criticando a Xi por no reconocer el papel de Estados Unidos en la victoria aliada durante la Segunda Guerra Mundial. Trump también acusó a Xi, Putin y Kim de «conspirar» contra Estados Unidos, una afirmación que el Kremlin desmintió rápidamente. Dmitri Peskov, portavoz de Putin, calificó las declaraciones de Trump como «figuradas» y negó cualquier conspiración, afirmando que los líderes estaban enfocados en sus propios intereses nacionales.
Analistas como Joseph Torigian, de la American University, señalan que tanto Xi como Putin utilizan la memoria de la Segunda Guerra Mundial para legitimar sus agendas nacionales y proyectar una visión alternativa del orden mundial. Para ambos líderes, la guerra es un recordatorio de los sacrificios de sus pueblos y una justificación para exigir un mayor peso en la gobernanza global, frente a lo que perciben como un sistema dominado por Occidente.
Por su parte, Ryan Hass, de la Brookings Institution, destacó que la presencia de líderes de países no alineados con Occidente en el desfile valida los esfuerzos de Xi por posicionar a China como una potencia central en un sistema internacional reconfigurado. Sin embargo, la ausencia de representantes de democracias clave también refleja el aislamiento de China en ciertos círculos internacionales, especialmente en el contexto de su apoyo tácito a Rusia en Ucrania.
Seguridad y control interno
El desfile estuvo acompañado de medidas de seguridad extraordinarias en Pekín. Calles fueron cerradas, y miles de guardias y voluntarios con brazaletes rojos patrullaron la ciudad para prevenir cualquier disturbio. Los residentes recibieron instrucciones de ver el evento desde casa y evitar reuniones públicas, mientras que banderas chinas fueron colocadas en los tradicionales hutongs de la ciudad. Estas medidas reflejan el enfoque del PCCh de mantener un control estricto sobre la narrativa pública y evitar cualquier incidente que pudiera empañar el evento.
Contexto global y el ascenso de China
El desfile militar de Xi no fue solo una conmemoración histórica, sino una demostración de la confianza de China en su creciente poder económico, militar y diplomático. En un momento en que las tensiones con Estados Unidos, Japón y otros países de la región están en aumento, el evento sirvió para proyectar a China como una potencia «imparable», según las palabras de Xi. La presencia de aliados clave como Rusia y Corea del Norte reforzó la imagen de un bloque antioccidental liderado por Pekín, mientras que las ausencias de las democracias occidentales pusieron de manifiesto las profundas divisiones en el orden global actual.

En conclusión, el desfile de Pekín fue mucho más que una ceremonia conmemorativa: fue una afirmación del ascenso de China, un desafío a sus rivales y un mensaje al mundo de que el PCCh está decidido a redefinir el orden internacional en sus propios términos. A medida que China continúa fortaleciendo sus alianzas y capacidades militares, eventos como este seguirán siendo un recordatorio de su creciente influencia y de las tensiones que definen la geopolítica del siglo XXI.
(Con información de David Pierson, Vivian Wang (desde Pekín), Chris Buckley y Lily Kuo (desde Taipéi, Taiwán).



