Sobre el meridiano 107 oeste de Greenwich, Fernando Jordán dibujó en su libro Crónica de un país bárbaro una línea invisible pero palpitante de historia y violencia. La llamó “Longitud de guerra”. Se trata de una franja vertical que atraviesa el estado de Chihuahua, desde los desiertos del norte hasta las sierras profundas del sur, donde el paisaje árido y extremo parece haber moldeado un carácter colectivo: el del hombre que no se somete fácilmente.
En esta longitud geográfica y humana, Jordán ubica pueblos y comunidades que, generación tras generación, han respondido con las armas a la injusticia y al abuso de poder. No es casualidad. El territorio —duro, seco, de distancias inmensas y recursos escasos— forja temperamentos independientes, acostumbrados a resolver solos sus problemas. “Aquí los hombres nacen con el rifle al hombro”, sintetiza el cronista con precisión periodística y poética.
El grito de Tomóchic
El episodio más emblemático de esta longitud ocurrió entre 1891 y 1892 en Tomóchic, pequeño pueblo serrano situado casi exactamente sobre ese meridiano. Liderados por Cruz Chávez, un grupo de mestizos y campesinos profundamente religiosos se rebeló contra las autoridades porfiristas. Denunciaban el despojo de tierras, los impuestos excesivos, los abusos de caciques locales y la imposición de un “progreso” que ignoraba sus costumbres y su fe católica popular.
Lo que comenzó como una protesta local escaló hasta convertirse en una verdadera guerra santa. Los “santos de Tomóchic”, como los llamaron, resistieron con un valor casi suicida a fuerzas federales muy superiores en número y armamento. Jordán describe con detalle cómo un puñado de hombres, mujeres y niños mantuvo en jaque al ejército del general Porfirio Díaz durante meses. La represión final fue brutal: en octubre de 1892, los últimos defensores fueron exterminados. Cruz Chávez y sus principales compañeros cayeron fusilados. El gobierno porfirista creyó haber apagado para siempre la llama de la rebeldía. Se equivocó.
Esa “longitud de guerra” guardaba brasas bajo la ceniza. Veinte años después, cuando estalló la Revolución Mexicana en 1910, los mismos pueblos y sierras del meridiano 107 volvieron a alzarse. Desde Tomóchic, San Isidro, Namiquipa y otras comunidades cercanas bajaron combatientes endurecidos, acostumbrados a la vida dura de la sierra. Pascual Orozco y otros líderes maderistas encontraron allí un semillero de hombres bravos que ya habían probado el sabor de la pólvora contra el porfiriato.
Fernando Jordán, con mirada de viajero, antropólogo e historiador, no se limita a relatar batallas. Analiza el territorio como un factor determinante. El clima extremo, la sequía, las cañadas profundas y la lejanía de los centros de poder crean un tipo humano particular: orgulloso, hospitalario pero feroz cuando se siente amenazado. Desde las guerras contra los apaches en el siglo XIX hasta las resistencias indígenas y mestizas, esta franja geográfica ha sido cuna de inconformes.
Hoy, más de un siglo después, el meridiano 107 sigue evocando esa memoria colectiva. No es solo una coordenada en el mapa. Es el símbolo de una Chihuahua brava, de pueblos que resisten y que, ante la injusticia, prefieren la bala al silencio. En un México donde persisten conflictos políticos, disputas por el agua y tensiones entre el centro y la periferia, la “Longitud de guerra” de Fernando Jordán continúa siendo una crónica vigente. Es el testimonio de que ciertas tierras no solo producen maíz, ganado o minerales, sino también hombres y mujeres dispuestos a jugarse la vida por lo que consideran su derecho y su dignidad.
Mujeres guerreras siempre…
La política tiene poco o nada de poesía, la que abunda en el libro póstumo de Fernando Jordán, pero cualquier cosa es pretexto para volver a ver este retrato de los las chihuahuenses, un retrato con retoques, y tal vez por ello despierta orgullo de pertenencia, fue un acierto de Maru Campos traerlo a la memoria en momento como este, porque finalmente fue un triunfo de narrativas.
Aún cuando fue una acción de guerra, en la que las estrategias de la chihuahuense: zanjas, comité de recepción en el aeropuerto, retenes carreteros y lonas por todas partes desvelando el propósito de distraer con Chihuahua y la CIA en la Sierra, las repercusiones del misil enviado desde Estados Unidos a Sinaloa, que al fragmentarse pedazos del explosivo llegaron a Palacio Nacional y Palenque, fue muy superior al plan simplón de acarrear de donde fuera 200 mil manifestantes pidiendo el desafuero de Maru Campos, quien salió dura, muy dura y triunfadora… es la primer batalla.



