La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, enfrenta un delicado equilibrio diplomático tras la operación militar estadounidense que capturó al presidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026. El gobierno de Donald Trump ejecutó una incursión audaz en Caracas, bombardeando defensas aéreas y extrayendo a Maduro y su esposa para llevarlos a Nueva York, donde enfrentan cargos por narcoterrorismo. Trump declaró que Estados Unidos “gobernaría” temporalmente Venezuela para asegurar una transición y recuperar intereses petroleros.Esta acción, que dejó decenas de muertos según reportes venezolanos, ha elevado la alarma en México. Durante meses, Trump había amenazado con intervenir contra los cárteles mexicanos —incluyendo “botas en el suelo” o ataques selectivos— para frenar el flujo de fentanilo. Muchos en el gobierno mexicano lo consideraban retórica exagerada, confiando en los profundos lazos económicos y la cooperación en seguridad bilateral.
Sin embargo, la captura de Maduro rompió esa percepción de seguridad. Altos funcionarios mexicanos admiten ahora que la situación es “más grave de lo pensado” y que México podría ser el siguiente objetivo, especialmente tras acusaciones estadounidenses que vinculan al derrocado régimen venezolano con el Cártel de Sinaloa y mencionan a México en múltiples ocasiones en la imputación contra Maduro.
Sheinbaum busca el equilibrio perfecto
La mandataria ha intentado una respuesta medida: rechazar tajantemente cualquier intervención extranjera —en Venezuela y, por extensión, en México— invocando la Carta de la ONU y la doctrina histórica de no intervención mexicana, mientras evita un lenguaje que provoque directamente a Trump.
Horas después del ataque, publicó en X un extracto de la Carta de la ONU contra el uso de la fuerza. La Casa Blanca replicó con un video donde Trump la describía como “buena mujer” pero afirmaba que “los cárteles dirigen México”. Ante la escalada, Sheinbaum instruyó a su canciller contactar directamente al secretario de Estado Marco Rubio para reforzar la coordinación bilateral.
La presidenta ha minimizado públicamente el riesgo de intervención militar, pero reconoció que las designaciones estadounidenses del fentanilo como “arma de destrucción masiva” y de los cárteles como organizaciones terroristas podrían dar a Trump “más elementos” para justificar acciones unilaterales.
Dilema interno y apuesta por la acción
Dentro del gabinete mexicano hay división: todos acuerdan condenar la acción en Venezuela conforme al derecho internacional, pero algunos temen que condenas públicas repetidas perjudiquen las negociaciones arancelarias en curso y la revisión del T-MEC prevista para este año. Trump ha usado la migración y las drogas como pretextos para imponer aranceles.
Sheinbaum ha intensificado la cooperación con Washington: mayor vigilancia fronteriza, detenciones masivas de miembros de cárteles, incautaciones récord de fentanilo, entrega de 55 traficantes buscados por EE.UU. y alineación en aranceles contra China. El mensaje interno es claro: “las acciones hablan más que las palabras”.
El gobierno analiza cada declaración de Trump y monitorea la cobertura mediática estadounidense para medir el riesgo. Un gráfico oficial mostró un pico de menciones a México tras el ataque a Venezuela, que luego bajó al desviarse la atención hacia otros temas.
Sheinbaum está acorralada: debe defender la soberanía y apaciguar a su base de izquierda —que nunca condenó abiertamente a Maduro—, sin pagar un costo económico o diplomático con el principal socio comercial de México. El analista Jesús Silva Herzog resume el panorama: la presidenta está “acorralada por todos los frentes”.
En este contexto de alta tensión, México apuesta por demostrar resultados concretos contra el crimen organizado para desincentivar cualquier aventura militar estadounidense, consciente de que la línea entre cooperación y subordinación es cada vez más delgada.