Maru: ¿Todo el poder
El ajedrez político en el Palacio de Gobierno de Chihuahua se juega bajo una regla muy vieja pero siempre vigente: al amigo, justicia y gracia; al enemigo, la ley a secas. La gobernadora Maru Campos ha decidido desempolvar este manual para aplicarlo con pulso firme de cara a la sucesión de 2027, aunque en el camino esté dejando un rastro de heridos que amenaza con romper la legendaria paz del panismo en la capital.
La versión oficial dice que en la burocracia estatal no se permiten las distracciones electorales. Sin embargo, en la práctica, el cronómetro de la gobernadora mide el tiempo de forma muy distinta según el apellido del funcionario. Mientras unos reciben un sutil empujón hacia la salida bajo el pretexto de andar en campaña, otros pasean su aspiración con la bendición de la cúpula, dejando en claro que el problema no es el activismo, sino quién da la autorización para hacerlo.
El caso de Juan Blanco en el área de carreteras fue el aviso más ruidoso de esta temporada de reajustes. Su salida, precedida por un regaño público que lo acusaba de descuidar el trabajo por andar buscando votos, sirvió para marcar la línea. Poco después, el reacomodo alcanzó las oficinas de Desarrollo Humano tras la salida de Rafael Loera, donde la tijera de la nómina no tardó en podar los puestos de aquellos colaboradores territoriales que ya olían a proyecto independiente. Incluso el círculo del exfiscal César Jáuregui ha sentido el frío del congelador oficial, viendo cómo sus cuadros quedan al margen de las grandes convocatorias.
La otra cara de la moneda la representan los secretarios consentidos del gabinete. Santiago de la Peña y Gilberto Loya caminan por una pasarela muy distinta. Ambos han mantenido agendas con una altísima exposición y encuentros partidistas que harían sonrojar a cualquier buscador de votos independiente. La gran diferencia es que sus movimientos están coordinados desde la oficina principal del palacio. La disciplina de Loya, al descartarse públicamente para el próximo proceso electoral, es la prueba de que el blindaje para su equipo se paga con obediencia absoluta.
Esta política de dos varas está sembrando un ambiente de desconfianza profunda en las bases del PAN de la capital. El panismo chihuahuense siempre presumió de sus procesos internos y de la libre competencia entre sus liderazgos. Hoy, al ver que la lealtad grupal pesa más que los resultados institucionales, muchos operadores de campo empiezan a dudar sobre el rumbo del partido. Forzar la unidad a base de despidos y exclusiones puede dar un control inmediato, pero suele facturarse caro cuando llega el momento de salir a pedir el voto en las calles.
Café frío y grilla caliente
En un conocido mentidero sobre el Paseo Triunfo de la República, la vieja guardia del priismo juarense se reunió con el pretexto del café matutino y la realidad de un partido que busca oxígeno. Exfuncionarios y exdirigentes se sentaron a parlamentar , medir fuerzas y exigir claridad a las cúpulas, dejando en claro que el apetito por la política sigue intacto a pesar de las derrotas históricas.
El análisis crítico de los convocados arrancó señalando el desastre de los comicios pasados. Antes de entrar de lleno a los cuestionamientos operativos, en la mesa se recordó con soterrada molestia que Francisco Barrio decidió —y decidió muy mal— quiénes debían coordinar las elecciones, y el resultado fue catastrófico. Bajo esa pésima batuta, el mar de votos que presumió Cruz Pérez Cuéllar en la elección del 2024 no fue más que un espejismo inflado por la ausencia absoluta de defensores en las casillas. Aquellos 354 mil sencillamente no son reales; se sirvieron con la gran cuchara porque no había quién les pusiera un alto. A la alianza PRI-PAN le hace falta tener en las casillas quien defienda los votos, porque los votos llegan, pero se evaporan sin estructura.
Sobre esta misma línea, el tono más ríspido lo marcó José Heleno Villalba, quien soltó una de esas verdades que duelen en los búnkeres azules al recalcar que Acción Nacional no sabe operar políticamente el día de la jornada.
«Yo les digo una cosa: Acción Nacional no sabe operar políticamente el día de la elección. Ya lo vivimos con Xóchitl Gálvez: estuvimos trabajando cuatro priistas, cuatro panistas, y ellos decidieron operar la elección, pero no completaron ni siquiera el 15 por ciento de los representantes de partido», reclamó Villalba ante sus correligionarios, recordando los fiascos organizativos del pasado reciente.
Para el político, la alianza con el PAN es una ruta no solo pertinente, sino sumamente adecuada; más aún, el blanquiazul tendría que entender de una vez por todas que la experiencia territorial y la estructura del PRI para el día de la elección —fijado para el domingo primero de junio— son absolutamente básicas. Si en verdad quieren conservar el gobierno estatal, los panistas deben aprender a dejarse ayudar y dejar de lado los desplantes de suficiencia.
Se habla desde la comodidad de la oficina de Maru Campos de que no se necesitó al PRI en el pasado, apostando a fórmulas con un PRD que ya es cadáver político. La cruda realidad es que, en el espectro de la derecha y el centro, el único socio posible para contener a la aplanadora guinda es el tricolor.
Mientras el café circulaba entre mesas, la grilla giraba en torno a la supervivencia. Los priistas de esta frontera saben perfectamente que la contienda que viene no es un asunto menor de siglas partidistas. En el fondo de la discusión, y mientras este columnista observaba la escena, la reflexión inevitable apuntaba hacia el destino de las instituciones públicas. Aquellas estructuras que el propio PRI levantó a empujones y acuerdos políticos —a veces enfrentando, a veces negociando con la oposición panista— hoy enfrentan un proceso de demolición sistemática desde la llegada de Morena al poder central…ahí está el motivo de la alianza.
Ante este panorama adverso, Villalba no dudó en proponer una estrategia de guerrilla electoral enfocada en el Congreso local. «Si es necesario, hasta nos convertimos en mercenarios políticos para sacar cuatro distritos, mínimo, de los nueve que se van a sacar en esta zona, pero sí tenemos que tener definiciones», insistió al perfilar la ruta crítica para el proceso.
En la misma mesa, Ignacio Duarte Murillo aportó su dosis de realismo geográfico y rebeldía norteña. Entre risas y tragos amargos reconoció que el liderazgo nacional de Alejandro Moreno queda muy lejos de la realidad fronteriza.
«Tenemos que ver, como priistas juarenses, qué nos conviene, porque estamos muy lejos de Chihuahua; estamos lejísimos de Alito. Hay muchos que no lo queremos, hay muchos que sí lo queremos, hay muchos que vemos cosas mal en el PRI, muchos comentarios de que el PRI está muerto y miren qué muerto, si estamos aquí», ironizó Duarte, defendiendo la vigencia de su grupo. «Bueno, pues en la política los muertos reviven», sentenció, exigiendo demostrar músculo político en Ciudad Juárez.
Entre alianzas forzadas, reclamos de operatividad y la nostalgia de un sistema institucional que se desmorona, el tricolor local intenta negociar su cuota de sobrevivencia antes de que la barredora guinda termine por borrar los últimos mapas del viejo régimen.
La UACH a la deriva
El máximo recinto de estudios del estado se encuentra atrapado en una profunda crisis operativa, administrativa y política que amenaza con paralizar por completo la vida académica. Mientras las demandas estudiantiles se acumulan en los pasillos y los conflictos internos estallan día tras día sin encontrar interlocución seria, la máxima autoridad universitaria parece habitar en otra realidad paralela, mucho más interesada en los emparrillados profesionales de la NFL y los partidos de los Aguilas de la UACH que en resolver los graves problemas que ahogan a la comunidad escolar.
Las causas de esta descomposición institucional son claras y hunden sus raíces en la soberbia y la negligencia burocrática. Las facultades operan entre carencias de presupuesto, instalaciones descuidadas y un descontento generalizado que se alimenta de la nula empatía institucional. En lugar de encabezar una gestión cercana a las necesidades cotidianas del alumnado y del cuerpo docente, la cabeza visible de la administración despacha con una displicencia insultante, apostando al avestruz político mientras los paros y las protestas se multiplican ante la absoluta falta de respuestas eficaces.
La ineptitud del rector Luis Alfonso Rivera Campos ha quedado expuesta de manera inocultable. Resulta grotesco que, con una nómina dorada y los recursos públicos destinados a la educación superior, las prioridades del funcionario se extravíen en el ocio personal y en el seguimiento fanático de su equipo de fútbol favorito, dejando los asuntos universitarios en el más completo abandono. Esta desconexión criminal convierte a la rectoría en un elefante blanco donde los trámites se entrampan, los apoyos escasean y la grilla interna medra a sus anchas, cobrando factura en el prestigio de una institución histórica que hoy camina a tientas.
El futuro inmediato del conflicto pinta por demás sombrío y volátil. Ante la cerrazón de una autoridad sorda y distraída, los estudiantes y los sectores inconformes no vislumbran canales institucionales de diálogo, lo que anticipa una escalada en las movilizaciones y una mayor confrontación en los campus. Si la cúpula directiva insiste en gobernar desde la frivolidad y el desdén, la universidad se encaminará hacia un colapso operativo irremediable, donde el único saldo visible será el desmantelamiento de la academia y la vergüenza de haber tenido a un aficionado de tiempo completo al frente de la máxima casa de estudios.



