WASHINGTON, D.C.— El perfil de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido popularmente como El Cangrejo y nieto del expresidente cubano Raúl Castro, ha experimentado una transformación radical en la última década, pasando de ser un discreto escolta personal a convertirse en una figura central de interlocución en las negociaciones secretas entre el gobierno de Cuba y la administración de Estados Unidos, pese a no ostentar ningún cargo público oficial.
Reportes de inteligencia y documentos judiciales de tribunales estadounidenses revelan que el coronel del Ministerio del Interior, de 42 años, ha sido señalado por testigos colaboradores y líderes de redes criminales de presuntamente utilizar su influencia para proteger actividades de tráfico de personas y contrabando de mercancías a gran escala operadas por la llamada Mafia Cubana en Quintana Roo.
Las investigaciones federales en Estados Unidos, que derivaron en la condena de al menos 21 personas con penas de prisión de hasta 25 años, apuntan a que Rodríguez Castro habría recibido sobornos consistentes en una embarcación de alta velocidad, relojes Rolex, motocicletas y artículos de lujo a cambio de facilitar el paso de contrabando y permitir la libre circulación de operadores criminales vinculados a la red que extraía ilegalmente migrantes desde Florida hacia México.
A pesar de los señalamientos, que han sido calificados como calumnias por altos funcionarios del régimen cubano como el viceministro de Relaciones Exteriores Carlos Fernández de Cossío, Rodríguez Castro ha participado recientemente en encuentros con altos mandos de la seguridad estadounidense, incluidos funcionarios de la Agencia Central de Inteligencia y del Departamento de Estado, en el marco de los contactos diplomáticos orientados a distender las sanciones bilaterales.
Quienes conocen su trayectoria familiar y política apuntan a que su cercanía absoluta con el círculo íntimo del poder en La Habana lo posiciona dentro de los escenarios de relevo generacional y de negociación económica con potencias extranjeras, consolidando un esquema de poder familiar que genera tanto disputas internas como un intenso escrutinio internacional.



