Sheinbaum carga contra EE.UU.
El discurso de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo en el Monumento a la Revolución expone una preocupante priorización de la retórica soberanista sobre la realidad de la seguridad nacional, evidenciando que el Ejecutivo federal prefiere tensar las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos antes que admitir la persistencia de la narcopolítica en el territorio mexicano y proceder con la entrega de los extraditables de Sinaloa. Al afirmar de manera tajante que durante el periodo neoliberal «la política económica era dictada desde el exterior, y además, permitieron la injerencia del gobierno de Estados Unidos en buena parte de las decisiones de la vida pública de México», la mandataria no solo busca descalificar el pasado, sino construir un andamiaje ideológico que justifique la parálisis actual en la cooperación bilateral en materia de justicia.
Este uso instrumental de la historia patria funciona como una cortina de humo frente a las presiones contemporáneas de los departamentos de Estado y de Justicia de la potencia norteamericana. Para sostener esta postura, Sheinbaum recurrió a pasajes de las memorias de Francisco Labastida para afirmar que Ernesto Zedillo «pactó en Estados Unidos la salida del PRI y la llegada del PAN a la presidencia» a cambio de un préstamo «para atender la crisis que ellos mismos convocaron». De igual forma, sostuvo que bajo el mandato de Felipe Calderón «la guerra contra el narco fue planeada desde el exterior y las agencias estadunidenses tenían la puerta abierta», utilizando el operativo Rápido y Furioso como ejemplo. Este argumento le permite presentarse como la defensora de una supuesta dignidad nacional, autonombrándose bajo la consigna de que «los tiempos cambiaron y en México gobierna el pueblo».
Desde una óptica analítica estrictamente crítica, la insistencia presidencial en que la soberanía nacional se encuentra de pronto amenazada por las solicitudes de detención provisional con fines de extradición revela un cálculo político de alto riesgo. Al preferir el conflicto abierto y la confrontación con el vecino del norte mediante llamados a la movilización popular bajo el lema de que la patria no se vende, se defiende, la administración federal opta por el aislamiento institucional antes que asumir el costo político de reconocer que el aparato estatal sigue infiltrado por los intereses del crimen organizado. Esta postura debilita los lazos de confianza con el principal socio comercial del país y coloca las agendas de impunidad local por encima de los tratados de colaboración judicial internacional.
En conclusión, la arenga gubernamental instrumentaliza el sentimiento antiinjerencista para evadir la corresponsabilidad en el combate transnacional al narcotráfico. Al transformar las órdenes de captura de exfuncionarios sinaloenses en un falso dilema de sumisión extranjera —y justificando su desconfianza en supuestos pactos de sumisión histórica como el de la alternancia zedillista—, la presidencia mexicana sacrifica la estabilidad diplomática en el altar de la cohesión ideológica de sus bases. El costo de esta estrategia no se medirá en encuestas de popularidad, sino en el progresivo deterioro de la seguridad fronteriza y en la desconfianza institucional que fractura el futuro de las relaciones bilaterales con el país más poderoso del mundo.
Llama a tomar la calle
El llamado de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo a reactivar la movilización social y desplegar brigadas de difusión en las plazas públicas representa una maniobra de manual de la ortodoxia populista, diseñada para desplazar un debate judicial e institucional complejo hacia el terreno de la pasión ideológica y el nacionalismo defensivo. Al instruir a sus bases a repartir volantes y periódicos informativos bajo la consigna de que «la patria no se vende, la patria se defiende», el Ejecutivo federal busca generar un ambiente de agitación civil que sirva como escudo político frente a los requerimientos de la justicia internacional, particularmente ante las solicitudes de extradición emitidas por el gobierno de los Estados Unidos contra perfiles vinculados a la delincuencia organizada y la administración pública en Sinaloa.
Esta estrategia de movilización a ras de suelo evidencia una profunda resistencia del Estado mexicano a asumir sus compromisos en los tratados bilaterales de seguridad. Al transformar un procedimiento netamente legal y ministerial de captura en un supuesto agravio contra la soberanía, la presidencia mexicana prefiere erosionar los lazos de confianza con su principal socio comercial e institucional antes que reconocer la persistente penetración de la narcopolítica dentro de las estructuras de gobernanza local. La apelación al sentimiento antiinjerencista funciona como una efectiva cortina de humo para evadir los costos políticos que implicaría procesar y entregar a los liderazgos fácticos del estado de Sinaloa solicitados por las cortes de Washington.
Asimismo, la utilización de la estructura civil para contrarrestar las presiones de las agencias de procuración de justicia norteamericanas traslada de forma irresponsable la tensión diplomática a la ciudadanía. En lugar de dirimir los diferendos por la vía del derecho internacional y el fortalecimiento de la Fiscalía General de la República, el gobierno central recurre al músculo callejero para legitimar la opacidad y justificar la inacción bajo la premisa de la dignidad nacional. Este repliegue soberanista debilita de forma alarmante la cooperación internacional necesaria para combatir un fenómeno de naturaleza transnacional como el tráfico de estupefacientes y el lavado de dinero.
La movilización convocada para la próxima semana en el espacio público no persigue la defensa real de la soberanía, sino la consolidación de un monopolio discursivo que inmunice a la administración frente al escrutinio externo. Tensar la cuerda con el vecino del norte mediante la agitación de las bases de simpatizantes coloca al Estado mexicano en una posición de aislamiento operativo y debilidad institucional, donde la retórica de la resistencia civil termina por subordinar las obligaciones fundamentales del Estado en materia de justicia, legalidad y combate eficaz a la impunidad del crimen organizado.
La prensa el enemigo construido
El enconado reclamo de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo contra los principales consorcios de comunicación, a los que acusa de mantener una «campaña de desprestigio y manipulación orquestada», representa la continuación de una estrategia de polarización que, lejos de ser nueva, expone cómo la denominada cuarta transformación está cosechando exactamente lo que sembró en su relación con la prensa. Al argumentar que esta narrativa tendenciosa «se agudizó a raíz del operativo en la Sierra Tarahumara donde se registró el accidente de agentes de la CIA», la mandataria recurre al viejo libreto de culpar a los medios tradicionales de «utilizar la seguridad nacional para defender intereses corporativos y debilitar a su administración», evadiendo la responsabilidad de transparentar los hechos de seguridad pública.
Este permanente estado de confrontación no es el resultado de un complot empresarial de la derecha, sino la consecuencia directa de una política de estado iniciada en el sexenio anterior que transformó las conferencias matutinas en un tribunal de linchamiento público para los comunicadores. La actual administración padece los efectos de haber dinamitado los puentes del diálogo institucional, sustituyéndolos por la descalificación sistemática hacia cualquier pluma o micrófono que ose ejercer el contrapeso periodístico. Uno de los casos más emblemáticos e ilustrativos de esta dinámica es el de Carmen Aristegui, quien pasó de ser la comunicadora que más apoyaba el diagnóstico social del movimiento a ser catalogada como «conservadora» y «traidora» por el oficialismo, sin que la periodista hubiera cambiado un ápice su línea editorial crítica de las últimas décadas.
La intolerancia gubernamental ante el escrutinio público revela una profunda contradicción ideológica. Al catalogar la labor informativa como un ataque corporativo, el régimen busca inmunizarse contra las revelaciones incómodas, pretendiendo que los periodistas abdiquen de su función fiscalizadora a cambio de lealtad ciega. El viraje discursivo que despojó a periodistas independientes de su calidad de aliados para etiquetarlos como adversarios demuestra que el poder actual no tolera el periodismo de investigación cuando este documenta los hierros, las opacidades y las contradicciones de la presente administración.
La denuncia presidencial sobre las supuestas campañas de desinformación es el reflejo de un ecosistema de desconfianza mutua procreado desde las propias tribunas del poder ejecutivo. Al insistir en que los medios actúan motivados por intereses fácticos, la presidencia de la república justifica su propio repliegue hacia un monólogo propagandístico que debilita el debate democrático. La lección desatendida por el oficialismo es que el ejercicio del periodismo profesional no se arrodilla ante las alternancias partidistas; la persistencia de una prensa crítica no es una conspiración golpista, sino la factura natural que cobra la historia a los gobiernos que deciden gobernar sembrando encono contra la libertad de expresión.
Recordar el pasado para evadir el presente
La virulenta descalificación de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo hacia las administraciones de la transición democrática, emitida durante su informe masivo en el Monumento a la Revolución, trasciende la mera relatoría histórica para consolidarse como una calculada estrategia de control de daños y cohesión ideológica. Desde el arranque de su mensaje, la mandataria marcó un fuerte contraste con las administraciones del pasado al calificar formalmente como un «narcogobierno» al sexenio de Felipe Calderón Hinojosa, afirmando categóricamente que su «alianza con un cártel de la droga fue demostrada con creces». Este encuadre discursivo busca activar los agravios colectivos para justificar la actual parálisis institucional y blindar a su gestión frente a las críticas contemporáneas en materia de seguridad.
El uso de epítetos demoledores contra los regímenes previos opera como un distractor sistemático ante los saldos pendientes de la estrategia de seguridad vigente. Al acusar a la gestión de Vicente Fox Quesada de caracterizarse por la «cruel represión a los pobladores de San Salvador Atenco» y la «brutal represión a los maestros de Oaxaca», además de señalarlo por orquestar el «fraude electoral de 2006» que llevó a la presidencia al que denominó «el espurio de Felipe Calderón», Sheinbaum construye una narrativa de victimización fundacional. Esta retórica absuelve de facto al oficialismo de sus propias omisiones, pretendiendo que la sola contraposición con la época que «llenó el país de muerte, de sangre con la fallida guerra contra el narco» sea credencial suficiente para validar las políticas del presente.
La insistencia en evocar los fantasmas del calderonismo y el foxismo revela la necesidad del régimen de mantener un enemigo histórico activo para justificar la creciente militarización del espacio público y la falta de resultados contundentes en la pacificación del país. Al asentar que «por más que los adversarios añoren los tiempos de los privilegios, esos no van a regresar», la jefa del Ejecutivo federal intenta clausurar cualquier disidencia técnica o ciudadana, etiquetando la crítica legítima como un simple anhelo de impunidad del pasado neoliberal.
En conclusión, la dura diatriba presidencial demuestra que el oficialismo prefiere gobernar desde el espejo retrovisor de la historia que asumir el costo de las realidades criminales que hoy asuelan a diversas regiones de la república. Convertir los informes de gobierno en tribunales sumarios contra expresidentes inmuniza temporalmente la popularidad del proyecto político ante sus bases, pero debilita la calidad de la deliberación democrática y posterga la construcción de soluciones de Estado para la crisis de violencia que sigue ensangrentando al territorio nacional.

