Nació, creció e investigó en el Bronx, el distrito más pobre y peligroso de la ciudad de Nueva York. Su padre fue conductor de tranvías y su madre costurera, ambos de familias migrantes judías, ella nacida en Alemania, él hijo de rusos. Lo que ambicionaban para su futuro era verla maestra de primaria. Quienes la recuerdan desde niña la definen como terca y testaruda, obstinada e intransigente. Al iniciarse en su anhelo de ser científica fue la única mujer entre 400 varones y se convirtió en la primera doctorada en Física en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Illinois, en enero de 1945. Ya graduada de licenciatura debió trabajar como mecanógrafa para acceder a sus estudios de posgrado. Tres hombres fueron determinantes en su carrera: su primer jefe, al que inspiró en una charla de 20 minutos a crear un puesto especialmente para ella y su sueño; su marido que la animó con entusiasmo a que estudiara medicina nuclear y luego la impulsó y apoyó sin reservas, y su subalterno y compañero de investigaciones Salomon Berson con quien hizo productiva mancuerna científica. Por ejemplo, lograron entre ambos distinguir los tipos de diabetes I y II, que son significativamente distintos y antes no se sabía. Su tesón ha salvado y contribuido a la salud de millones de personas y la llevó a ganar el Premio Nobel y más de media docena de otros galardones de gran prestigio, así como a recibir cinco doctorados honoris causa. Se le considera La Madre de la Endocrinología.

Sus grandes descubrimientos surgieron de un lugar poco pensado para la investigación de alto nivel: el Departamento de Asuntos de Veteranos del Centro Médico del Bronx, donde instaló su laboratorio en lo que había sido un viejo closet.
Rosalyn Sussman nació un día como hoy 19 de julio pero del año 1921 y adquirió el apellido Yalow el 6 de julio de 1943 al contraer matrimonio con Aarón Yalow, el hijo del rabino de Siracusa, un suburbio rural al norte de Nueva York, quien la introdujo en la práctica devota y estricta del judaísmo ortodoxo, del que ella no había sido observante. Tanto la madre como el padre de Aaron nacieron en Lituania y eran a su vez hijos de rabinos.
Cada vez que nos toman una muestra de sangre o de fluidos corporales en un laboratorio, el aporte a la medicina de Rosalyn Yalow está presente.
Pero para entender con precisión el motivo por el que recibió tan relevantes premios es menester conocer, así sea superficialmente, lo que significa el Desarrollo de radioinmunoensayos de hormonas peptídicas.

Esta técnica permite medir la concentración de sustancias en fluidos biológicos utilizando anticuerpos marcados con isótopos radiactivos, como el famoso Carbono 14, ampliamente utilizado para la datación de materiales antiguos.
¿Cómo funciona?
Se añade un marcador radiactivo a la sustancia que se quiere medir. Luego, se agrega un anticuerpo específico para esa sustancia. La cantidad de radiactividad medida después de la unión del anticuerpo indica la cantidad de sustancia presente en la muestra.
Comencemos por algunas definiciones muy básicas:
Las hormonas peptídicas son aquellas compuestas por cadenas cortas de aminoácidos, a diferencia de las hormonas proteicas, formadas por cadenas más largas. Son hormonas hidrosolubles que representan una clase de péptidos secretados dentro del torrente circulatorio y tienen una función endocrina en el organismo. Algunos ejemplos comunes son insulina, glucagón, hormona del crecimiento (GH), prolactina, y hormonas liberadoras de gonadotropinas (GnRH). Estas hormonas se producen en diversas glándulas endocrinas y desempeñan funciones cruciales en el cuerpo, como la regulación del azúcar en sangre, el crecimiento, y la reproducción.

Los Péptidos son moléculas formadas por la unión de dos o más aminoácidos a través de enlaces peptídicos. Estos enlaces se forman entre el grupo amino de un aminoácido y el grupo carboxilo de otro, liberando una molécula de agua. Los péptidos pueden ser de diferentes longitudes, y cuando contienen un gran número de aminoácidos, se les puede llamar polipéptidos.
La palabra «péptido» deriva del griego «peptos», que hace referencia a la digestión, ya que los péptidos son productos de la degradación de las proteínas. El sufijo «-ido» indica que es una sustancia derivada o relacionada con.
En bioquímica, los péptidos son componentes esenciales de las células y desempeñan diversas funciones, incluyendo la formación de proteínas, la señalización celular y la regulación de procesos biológicos. Las hormonas peptídicas son moléculas de señalización que regulan funciones como el crecimiento, la reproducción y el metabolismo.
Son sintetizadas y liberadas por glándulas endocrinas específicas como el páncreas (insulina y glucagón), la hipófisis (GH y prolactina), y el hipotálamo (GnRH).
Así, la Insulina regula los niveles de azúcar en sangre. El Glucagón eleva los niveles de azúcar en sangre. La Hormona del Crecimiento (GH) promueve el crecimiento y la división celular. La Prolactina desempeña un papel importante en la lactancia. La GnRH controla la liberación de otras hormonas involucradas en la reproducción.
Ahora veamos que son los radioinmunoensayos.
El radioinmunoensayo (RIA, por sus siglas en inglés) es una técnica analítica de laboratorio muy sensible que se utiliza para medir la concentración de una sustancia específica, generalmente un antígeno, en una muestra biológica. Se basa en la interacción específica entre un antígeno y un anticuerpo, donde uno de ellos, o ambos, están marcados con un isótopo radiactivo.

La palabra antígeno es un neologismo médico del siglo XX que denomina a ciertas sustancias que desencadenan la formación de anticuerpos y generan una respuesta inmunitaria frente a posibles agentes patógenos externos. Proviene del francés «antigène», que a su vez se deriva del griego «anti-» (contra) y «gen» (generador). Por lo tanto, etimológicamente, un antígeno es algo que actúa «contra» o «generando» una respuesta inmunitaria. Los antígenos son cruciales para el funcionamiento del sistema inmunológico, ya que permiten al cuerpo distinguir entre lo propio y lo extraño, lo cual es esencial para la defensa contra infecciones y enfermedades. En el contexto de la biología y la inmunología, un antígeno es una sustancia, generalmente una proteína, que el sistema inmunológico reconoce como extraña y desencadena una respuesta defensiva. Esta respuesta puede incluir la producción de anticuerpos, los cuales se adhieren específicamente al antígeno para neutralizarlo o marcarlo para su eliminación.
Un isótopo es cada una de las formas atómicas de un elemento químico que tienen el mismo número atómico (mismo número de protones) pero diferente número de masa (diferente número de neutrones). La palabra «isótopo» proviene del griego «isos» (igual) y «topos» (lugar), refiriéndose a que ocupan el mismo lugar en la tabla periódica.
Toda especie atómica viene definida por dos números enteros: el número de protones que hay en el núcleo (llamado número atómico, Z) y el número total de protones más neutrones (llamado número másico, A).
Se entiende por isótopos los átomos de un elemento con el mismo número atómico pero con distinta masa atómica, es decir, con el mismo número de protones y por tanto idénticas propiedades químicas, pero distinto número de neutrones y diferentes propiedades físicas. Los isótopos pueden ser estables o inestables y a estos últimos se les conoce como radioisótopos, pues sus núcleos tienen la propiedad de emitir energía en forma de radiación ionizante a medida que buscan una configuración más estable. El tecnecio-99m es el radioisótopo más utilizado en medicina nuclear para diagnóstico. El yodo-131 se usa para tratar el cáncer de tiroides. El fósforo-32 se usa en estudios de asimilación de fertilizantes.

En el radioinmunoensayo esencialmente compite un antígeno marcado radiactivamente con el mismo antígeno no marcado presente en la muestra. La cantidad de radiactividad unida al anticuerpo es inversamente proporcional a la concentración del antígeno en la muestra.
Básicamente opera así:
- Se utiliza un antígeno (la sustancia a medir) marcado con un isótopo radiactivo (como yodo-125 o yodo-131).
- Este antígeno marcado compite con el antígeno no marcado (presente en la muestra del paciente) por la unión a un anticuerpo específico.
- Después de la reacción, se separa la fracción de anticuerpo unida de la fracción no unida.
- La radiactividad en la fracción unida se mide, lo que permite determinar la concentración del antígeno en la muestra.
Imagina que tienes pequeños «detectores» llamados anticuerpos que solo se unen a una sustancia específica, como una hormona.
A esta sustancia específica se le añade una pequeña cantidad de una sustancia radiactiva, como por ejemplo un tipo de yodo.
La muestra que contiene la sustancia que queremos medir (por ejemplo, sangre) se mezcla con los anticuerpos y la sustancia radiactiva.

Los anticuerpos se unirán a la sustancia en la muestra y a la sustancia radiactiva.
La cantidad de sustancia radiactiva que se une nos indica la cantidad de la sustancia original que había en la muestra. Cuanto más radiactividad, más cantidad de la sustancia había.
Si no es simple de imaginar, descubrirlo fue ciertamente más complicado.
Cuando juntos el Dr. Salomon A. Berson y Rosalyn comenzaron a explorar el uso de radioisótopos en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades, sus primeras investigaciones apuntaban a la aplicación de los radioisótopos en la determinación del volumen sanguíneo, el diagnóstico clínico de enfermedades de la tiroides y la cinética del metabolismo del yodo. Ahí se encontraron con que el tiempo de retraso en la desaparición de la insulina en la circulación de los pacientes que la recibían supletoriamente, confirmaba que el organismo desarrollaba anticuerpos frente a las insulinas de origen animal.

Al estudiar la reacción de la insulina con anticuerpos se dieron cuenta de que habían desarrollado una herramienta con el potencial para medir la insulina circulante. Les tomó varios años más de trabajo su aplicación práctica para la medición precisa de la insulina plasmática en el ser humano, pero ¡la era del radioinmunoanálisis había comenzado! : era el año 1959.
Con el éxito del radioinmunoanálisis de insulina, Berson y Yalow extendieron su descubrimiento a otras hormonas, como la corticotropina, la gastrina, la hormona paratiroidea y la hormona del crecimiento, haciendo descubrimientos significativos en su fisiología.

Paulatinamente, el radioinmunoensayo se fue utilizando para medir cientos de sustancias de interés biológico en miles de laboratorios en el mundo. La aplicación de la física nuclear a la práctica de la clínica médica posibilitó que los científicos pudieran emplear el indicador radioisotópico para medir la concentración de diversas sustancias biológicas y farmacológicas en la sangre, otros fluidos del cuerpo humano y de animales e incluso de plantas. El radioinmunoensayo se puede utilizar también, por ejemplo, como método de prevención para descartar la existencia de sangre contaminada con el virus de la hepatitis o para detectar drogas en lo que hoy se conoce como antidoping.
Se convirtió en un uso esencial en endocrinología para medir niveles de hormonas, enzimas, e infinidad de moléculas, alcanzando una amplia aplicación en investigación biomédica y diagnóstico.
Pronto adquirió el nivel de una prueba indispensable para el diagnóstico preciso de enfermedades, incluyendo el diagnóstico de hipotiroidismo, una causa prevenible de retraso mental en neonatos, la determinación de dosis efectivas de medicamentos, el seguimiento a terapias, la producción de alimentos y medicamentos, la detección de contaminantes, la Identificación en investigaciones criminales de sustancias como sangre, semen o ADN y un largo etcétera.
El descubrimiento del RIA ha sido considerado una de las más importantes aplicaciones de la investigación básica en la medicina clínica y la química orgánica y a pesar de su vertiginoso éxito mundial, que les hubiera significado una incalculable fortuna, por su enorme potencial comercial, Rosalyn y Salomón se negaron a patentarlo, dejando su uso libre para todo público.
Cuando alguna vez le preguntaron cuál era su mayor alegría, Rosalyn no dudó en expresar: «… es el hecho de que el RIA sea hoy usado en miles de laboratorios en tantos países del mundo, incluidos los países en vías de desarrollo”.
LA CARRERA
Rosalyn comenzó a leer antes de empezar preescolar, instruida por su madre que era una asidua lectora. Su profesora de química de séptimo grado despertó su interés por la ciencia y estimuló su curiosidad. A los quince años, Rosalyn comenzó a estudiar en Hunter College, una universidad exclusivamente femenina y gratuita en Nueva York. En palabras de una compañera de clase: «Era muy decidida. Sabía, con toda certeza, que iba a ser física. Se lo decía a cualquiera que la escuchara».

Ella comenta:
«Estaba entusiasmada por dedicarme a la física”. Después de graduarse, Rosalyn buscó matricularse en un doctorado en física. Sin embargo, le resultó un gran desafío por ser mujer y judía. De manera que se incorporó al Laboratorio Federal de Telecomunicaciones durante un año. Cuatro de sus biógrafos afirman que en ese lapso fue rechazada por la Universidad de Pardue, Indiana, por tres motivos: por provenir de Nueva York, por ser judía y por ser mujer.
En septiembre de 1940, recibió una oferta de uno de sus profesores, Jerrold Zacharias (1905-1986), que laboraba en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Le había conseguido un puesto de medio tiempo como secretaria de Rudolf Schoenheimer (1898-1941), un conocido bioquímico. No era un trabajo envidiable para una científica, pero “era una forma de acceder a los cursos de posgrado por la puerta de atrás”, comenta Rosalyn. Aceptó, aunque tuvo que aprender primero taquigrafía en la Escuela de negocios.

En diciembre de 1941 se produjeron los acontecimientos de Pearl Harbor y Estados Unidos entró a la Segunda Guerra Mundial, lo cual la favoreció. Debido a que cada vez se reclutaba a mayor número de jóvenes varones para el frente o para el trabajo científico militar, el Departamento de Física quedó diezmado de personal abriendo espacio para una mujer. Así accedió a la Universidad de Illinois en Urbana como un favor a uno de sus profesores del Hunter College. Fue la primera mujer en ser aceptada desde 1917, no por casualidad otro período de guerra, a la que Estados Unidos ingresó en 1916.
“Cuando yo comencé a ir a la universidad, la física, y en concreto la física nuclear de partículas, era el campo de estudio más emocionante del mundo. Era como si cada gran experimento fuese para un premio Nobel”, comentó en una entrevista.

Por entonces, Ève Curie acababa de publicar la biografía de su madre, Marie Curie, que se convirtió en una lectura imprescindible para cualquier mujer joven que aspirase a ser científica. Rosalyn lo devoró y fue combustible para su inspiración. Si hubiera tenido alguna duda de su vocación, ese libro desvaneció y sepultó cualquiera.
Al ingresar, efectivamente era la única mujer entre los 400 profesores y asistentes a la cátedra de la Facultad de Ingeniería. Impartía dos cursos sin créditos a los pregraduados y se matriculó en tres cursos de postgrado. En el de Laboratorio obtuvo una calificación de A-, lo que llevó al Jefe del Departamento de Física a decir que esta nota confirmaba que a las mujeres no se les daba bien el trabajo de laboratorio. Lamentablemente el hombre no vivió lo suficiente para percatarse de su estupidez.

Ahí conoció a quien sería su marido, Aarón Yalow, también estudiante. Sólo había 3 judíos en el campus, incluidos ellos dos. La idea de que la física pudiera influir en la medicina, o física médica como se conocía a esta disciplina, era relativamente nueva. Aarón consideró que la medicina nuclear sería una magnifica opción para ella y al exponérselo la convenció sin ninguna dificultad, despertando en ella un gran entusiasmo. Para conseguirlo Rosalyn se ofreció como voluntaria para investigar con un físico médico de la Universidad de Columbia. Ese físico la recomendaría para el puesto en el Departamento de Asuntos de Veteranos. Como recordaba Rosalyn:

«Me ofrecí como voluntaria para trabajar en el laboratorio de la Dra. Quimby para adquirir experiencia en investigación… Ella me llevó a ver al Jefe, el Dr. Gioacchino Failla, decano de la Asociación Estadounidense de Físicos Médicos. Después de hablar un rato conmigo, cogió el teléfono, marcó y lo oí decir: ‘Bernie, si quieres establecer un servicio de radioisótopos, tengo a alguien a quien debes contratar».

Con esto, Rosalyn se incorporó al Departamento de Asuntos de Veteranos del Centro Médico del Bronx en 1947 como jefa de una nueva Unidad de Radioisótopos, creada exprofeso por orden de Failla. Ante la falta de espacio, improvisó su laboratorio en un viejo closet. Allí conocería tres años más tarde al médico Salomon A. Berson, quien ingreso como su subalterno y durante los siguientes veintidós años, ambos colaboraron en investigaciones pioneras.
Salomon Berson (22 de abril de 1918 – 11 de abril de 1972) su compañero indispensable de investigación, nacido en Nueva York, era además un músico apasionado y ajedrecista. Se graduó del City College de Nueva York en 1938. Tras no conseguir plaza en la facultad de medicina, tomó una maestría (1939) y una plaza como profesor de anatomía en la Universidad de Nueva York, antes de conseguir finalmente una cátedra en la facultad de medicina de la misma universidad en 1941. Obtuvo su título ( Alpha Omega Alpha, óptimo nivel de excelencia ) en 1945 y, tras realizar prácticas en Boston y dos años en el ejército, regresó a Nueva York para ejercer una residencia de medicina interna en el Hospital de la Administración de Veteranos del Bronx…y para encontrar su futuro al lado de Rosalyn.
Juntos desarrollaron el radioinmunoensayo y publicaron sus hallazgos en 1959. Habían dedicado 10 años de meticulosa observación y prueba tras prueba, llevando un registro metódico y detallado.

Paralelamente, Rosalyn atendía a su familia con apego a las tradiciones judías, manejando un hogar kosher, es decir observando estrictamente las leyes de la Torá y el Talmud sobre lo que se puede comer y lo que no y cómo prepararlo. Tenía y usaba dos vajillas y dos juegos de utensilios y cubiertos para nunca mezclar aquellos con los que procesaba o servían la carne con los que destinaban a leche, lácteos o sus derivados, solos o combinados con verduras o frutas y se guardaban en dos gabinetes separados. Estrictamente, sólo comían carne de mamíferos de pezuña partida y que tuvieran más de un estómago. Como todos sabemos los judíos no comen cerdo porque sólo tiene un estómago, aunque sus pezuñas sean partidas y tampoco conejos porque carecen de ambas características. Con frecuencia en su mesa había pescado, pero sólo aquellas variedades con aletas y escamas. Jamás camarones, pulpos ni mantarrayas. Tampoco anfibios ni reptiles. Aarón se encargaba de cerciorarse qué tipo de muerte había sufrido el animal que llegaba a su mesa, visitando personalmente los lugares de sacrificio y siempre elegía únicamente aquellos que fueran limpiamente degollados.
Esa década nacieron sus dos hijos, Benjamín en 1952 y Eliana en 1954. Con frecuencia se le vio amamantando a uno y otra en el laboratorio y saliendo rápidamente a preparar el almuerzo y regresar, lo mismo que la cena. Muchas fueron las ocasiones en las que después de cenar en familia regresaba al trabajo hasta muy entrada la noche.
Fue entonces que ella y Salomon discriminaron los dos tipos de diabetes, I y II, y precisaron que la diabetes tipo II se debe a un uso deficiente de la insulina, refutando la creencia de que era por falta de esa hormona. Lo lograron rastreando la insulina al inyectar radioisótopos de yodo in vitro en sangre de los pacientes. Fue un avance determinante para todo lo que vino consecuentemente.
Se pensaba que cuerpos tan pequeños como la insulina no podían generar anticuerpos. Pero observaron que la insulina inyectada en el torrente sanguíneo de los pacientes persistía allí durante más tiempo cuando estos habían estado expuestos previamente a la hormona, como por ejemplo para el tratamiento del shock o de lo que entonces se denominaba diabetes del adulto.
Razonaron que la exposición inicial a la insulina extrínseca provocaba la producción de anticuerpos contra la hormona, y que estos anticuerpos se unían a ella y la mantenían en circulación durante más tiempo del que habría persistido de otro modo. Sin embargo, tal conclusión equivalía a una herejía, ya que la creencia predominante era que los anticuerpos solo podían formarse contra objetos extraños relativamente grandes, como virus y bacterias. Por ese paradigma el primer trabajo de Rosalyn y Salomon sobre el tema fue rechazado por revistas como Science y el Journal of clinical investigation. Tras eliminar la palabra «anticuerpo», fue publicado en este último. El origen de la investigación era comprobar si la causa de la diabetes era la formación de una enzima que destruía la insulina circulante. Los diabéticos se inyectaban insulina animal que generaba anticuerpos que acababan por inactivarla. Los niveles de insulina detectados en los diabéticos por RIA eran más altos que en los sujetos sanos porque no llegaba a consumirse. En la diabetes tipo II también se detectaron cifras altas, lo que ponía de manifiesto una incapacidad orgánica para utilizar la propia insulina. Hoy se habla de «resistencia a la insulina», proceso multifactorial que implica tanto factores genéticos como factores adquiridos.

El libro La otra historia de la insulina de 1921, de la científica india Rabirin Gopalakrishnan destaca que “1921 fue un año crucial para la insulina”. Aunque desde finales del siglo xix, varios investigadores intentaron aislar la insulina a partir de páncreas de mamíferos, oficialmente para el comité del Premio Nobel fueron Frederick Banting y John James Richard Macleod los que tuvieron éxito, en el verano de 1921 en la Universidad de Toronto y recibieron el Premio en 1923, “por el descubrimiento de la insulina”, según un artículo publicado por ellos en 1922, en el Journal Laboratory Clinical Medicine, con el título La secreción interna del páncreas, al que siguió otro, del mismo año, en el Canadian Medical Association Journal con el título de Extracto pancreático en el tratamiento de la diabetes mellitus. La decisión causó polémica porque la nominación se hizo un año después de la publicación original, y generó reclamaciones internacionales del alemán Georg Ludwig Zuelzer, del norteamericano de Columbia Ernest Lyman Scott, quien exigió reconocimiento por haber realizado experimentos exitosos antes que los canadienses; del también norteamericano, descubridor del glucagón John Raymond Murlin y, sobretodo, del médico rumano Nicolae Constatin Paulescu, cuyas investigaciones relacionadas con el descubrimiento de la insulina y su aplicación en el tratamiento de la diabetes aparecieron y se publicaron antes que los trabajos de Banting y Macleod quienes, curiosamente, citan mal su trabajo en el artículo de 1922. Años después, Charles Herbert Best quien era estudiante en una pasantía de fisiología y bioquímica y colaborador cercano y directo de Macleod y Banting, reclamaría para sí mismo la primacía en el descubrimiento de la Insulina. Otro investigador que quedó fuera de todo reconocimiento, colaborador activo y decisivo en el proceso, fue el bioquímico James Collip, quien purificó el extracto pancreático para poderlo aplicar en seres humanos.

Sin embargo y más allá de este notable cuanto polémico descubrimiento, Gopalakrishnan anota su otra historia: ese año, 1921, fue también relevante porque entonces nació una niña que sin polémica alguna realizaría un trabajo históricamente determinante sobre la insulina: Rosalyn Yalow.
En el año 1959 la tarea de la década de Rosalyn y Salomon produjo una gran revolución en el campo científico, cuando presentaron el método de ensayos radioinmunológicos en la publicación de un artículo que cosechó un gran reconocimiento y transformó el diagnóstico médico. Sin duda constituyó un antes y un después.
A la vez que ambos llevaban sus ideas al mundo médico, también asumieron la responsabilidad de promocionar su trabajo. Viajaban a menudo. A partir de 1961, Rosalyn dictó cursos a unos ciento cincuenta endocrinólogos, en el término de cuatro años. Ellos fueron entrenados en el uso de esta prueba, y así difundieron y practicaron el hallazgo en diferentes laboratorios del mundo.
«No solo descubrimos el radioinmunoanálisis, sino que tuvimos que popularizarlo … No vas a la Costa Oeste dos días y regresas en un vuelo nocturno a menos que estés loca como yo”, cuenta Rosalyn, a quien al principio de su carrera la habían descrito como una «persona pequeña, alegre y de cabello oscuro, no muy imponente», y ahora resaltaba por su preponderancia y se le veía con gran respeto. Sin embargo, quienes trabajaban cerca, en su laboratorio, la consideraban una persona cálida que se preocupaba por su comodidad y se esforzaba al máximo por cuidarlos.
Aunque siempre propugnó por la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, nunca se unió al movimiento feminista de su época. Pensaba que la primera tarea de la mujer era la de ser madre y esposa y recomendaba a sus pupilas que en lugar de protestar se esforzaran para demostrar su valía. Aunque jamás se le vio en manifestaciones de protesta, en su estudio tenía un cartel que decía:
«Cualquiera sea lo que haga una mujer debe hacerlo el doble de bien que un hombre para que sea considerada la mitad de buena”.
Tampoco fue defensora de las organizaciones de mujeres en el campo científico. Incluso alguna vez declaró: «Me molesta que ahora existan organizaciones para mujeres en la ciencia, lo que significa que creen que deben ser tratadas de manera diferente a los hombres. No lo apruebo».
Jamás fue una partidaria de diferenciar el trato ni la representación de las mujeres en la ciencia, pero insistía: “El mundo no puede permitirse la pérdida del talento de la mitad de su gente si queremos resolver los numerosos problemas que nos aquejan”.
Salomon Berson murió en 1972 de un ataque cardíaco en Atlantic City mientras asistía a una reunión de la Federación de Sociedades Estadounidenses de Biología Experimental y aunque ya era una celebridad, no alcanzó a vivir los tiempos de gran gloria y reconocimiento. Rosalyn continuó con tesón sus investigaciones, con un mayor equipo de asistentes, pero sin una pareja profesional del nivel que lo fue Salomon.
En 1976, fue la primera mujer a quien se le otorgó el Premio Lasker (Albert Lasker Basic Medical Research Award)
Luego obtuvo muchos otros:
- Profesora honoraria de la Escuela de Medicina del hospital Mount Sinaí.
- Miembro de la Academia Nacional de Ciencias.
- Premio en Ciencias Naturales de la Academia de Ciencias de Nueva York.
- Premio al Logro Científico de la Asociación Médica Americana.
- Premio de Koch de la Sociedad de Endocrinología.
- Premio Internacional de la Fundación Gairdner.[7]
- Premio del American College of Physicians por su contribuciones distinguidas en la ciencia.
- Premio Eli Lilly de la American Diabetes Association.[3]
- Premio William S. Middletonde de Investigación Médica de la VA.
- Medalla Presidencial por Servicio Civil Federal Distinguido
Fue incluida en el Salón de la Fama en 1997.
Y en 1977 el Premio Nobel de Medicina y Fisiología. Fue la primera mujer estadunidense que lo obtuvo.

Su marido estuvo orgullosamente presente en todas las ceremonias en las que Rosalyn fue premiada. Murió en 1992.

El nobel lo compartió 50% para ella y 50 % para el polaco Andrew Victor Schally y el francés Roger Guillemin
Rosalyn nunca trabajó en conjunto con Schally y Guillemin.
El comité Nobel dio a ella la mitad y a ellos una cuarta parte a cada uno por considerar que Rosalyn lideró a los científicos del mundo a la medición precisa de las hormonas.
Ellos fueron premiados por sus descubrimientos sobre la producción de hormonas peptídicas en el cerebro. Alrededor de la glándula hipófisis que como todos sabemos es del tamaño de una lenteja -también llamada pituitaria o “glándula maestra” por la cantidad de actividades endocrinológicas que depende de ella para su correcto funcionamiento- se forman “hormonas liberadoras”. La hipófisis está unida al hipotálamo que es una parte del encéfalo. El hipotálamo envía señales a la hipófisis, que luego elabora hormonas para liberar otras hormonas de otras glándulas y regular muchas funciones del cuerpo. Las hormonas liberadoras se forman a su alrededor en cantidades muy pequeñas. De grandes cantidades de cerebros de cerdo y de cordero, respectivamente, Roger Guillemin y Andrew Schally extrajeron por separado una cantidad suficiente de hormonas liberadoras para determinar su estructura en 1969. Posteriormente, lograron producirlas mediante métodos químicos.
Aunque Rosalyn no fue maestra de primaria como lo soñaron en algún momento de su niñez sus padres, sí la fue de altos niveles. Siempre generosa con aquellos en quienes veía potencial, fue determinante en la formación de grandes científicos.

A la primera de sus pupilas la “adoptó” desde los años mozos en los que regresó al Hunter College para enseñar física. Ahí se encontró con la joven Mildred Dresselhaus, apenas 9 años menor que ella. Fue Rosalyn quien le contagió su pasión científica, convirtiéndose Mildred en una física y nanotecnóloga pionera en el estudio de los nanomateriales. Es conocida históricamente como “La reina de la ciencia del carbono» y fue la primera catedrática y profesora emérita de Física e Ingeniería Eléctrica del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Obtuvo numerosos premios que incluyen la Medalla Presidencial de la Libertad, la Medalla Nacional de Ciencia, el Premio Enrico Fermi y el Premio Vannevar Bush.
Igualmente Rosalyn actuó como figura mentora para científicos de todo el mundo, muchos de los cuales vinieron a compartir a su lado su pasión por la investigación en endocrinología investigativa. Uno de sus estudiantes, John Eng, más tarde utilizó su técnica de radioinmunoensayo en 1992 para descubrir una nueva sustancia en el veneno del monstruo de Gila que llamó exendina. La exenatida, un fármaco basado en una versión sintética de la exendina-4, fue aprobada por la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos en 2005 como el primero de los fármacos agonistas del receptor GLP-1 que se hicieron enormemente populares en la década de 2020 para el control de la diabetes y la pérdida de peso .
Otra de sus aprendices, la Dra. Narayana Panicker Kochupillai, se convirtió en una destacada investigadora endocrinológica en la India, estudiando las hormonas tiroideas y la deficiencia de yodo.

No puede dejar de destacarse el Dr. N. Kochupilai, quien se formó con Rosalyn y se convirtió en una figura prominente en el campo de la investigación endocrina en la India. En un artículo de coautoría conjunta describen la purificación, preparación y estabilidad de las hormonas tiroideas. Este trabajo se convirtió en el precursor de las pruebas y la detección de TSH o Tirotropina, la hormona estimulante de la tiroides. El examen de TSH está indicado para ayudar en el diagnóstico de Hipotiroidismo primario, congénito, clínico o subclínico; Hipertiroidismo clínico, subclínico o central; Enfermedad de Graves; Tiroiditis de Hashimoto; Cáncer de tiroides; Nódulo o quiste en la tiroides; Tumor en la glándula hipófisis o adenoma pituitario.

Kochupilai y su grupo tuvieron una relevante participación en la lucha contra los trastornos por deficiencia de yodo en la India y el mundo en desarrollo. En los trabajos sobre la diabetes colaboraron también otros científicos. De los primeros hay que mencionar a Arthur Bauman y Marcus Rothschild (1924-2006) a los que siguieron Enoch Gordis, Shimon Glick (1932-) y Jesse Roth (1934-). Marcus Rothschild marchó después al Hospital de Veteranos de Manhattan donde siguió trabajando en los campos de la fisiología cardíaca y la medicina nuclear. Roth y Glick estudiaron la hormona del crecimiento a principios de los años sesenta. Este último se convirtió después en el director asociado de la División de Endocrinología y Metabolismo del Hospital Maimónides en Nueva York y después Jefe de Endocrinología del Hospital de Coney Isaland. Luego se marchó a Israel donde propagó el uso de RIA. Por su parte Roth se fue a la Clinical Endocrinology Branch del National Institute of Diabetes and Digestive and Kidney Diseases. Gerald Aurbach (1927-1991) y John Potts desarrollaron en 1963 el primer RIA para la hormona paratiroidea. Sheldon Rothenberg trabajó con Yalow y Berson por las noches y los fines de semana para completar su residencia. Desarrolló los primeros ensayos con la vitamina B12 y el ácido fólico.
Después de jubilarse Rosalyn continuo trabajando.
Murió al anochecer del 30 de mayo de 2011 de causas que no fueron reveladas y siguen siendo un misterio.

En la entrevista que concedió luego de ganar el Nobel, dejó una frase que revela su filosofía y su creencia más profunda:
«…Si queremos tener fe en que la humanidad sobreviva sobre la faz de la tierra, debemos depender de las continuas revoluciones que producirá la ciencia… Estas revoluciones liberarán a la humanidad del hambre y de las enfermedades, permitiéndole posar la vista en las estrellas…».

Muy cerca de donde ella vivió, en el Bronx, opera la Escuela Charter Rosalyn Yalow una primaria autónoma que abarca desde preescolar hasta octavo grado y que abrió sus puertas el 1 de septiembre de 2015. Su predicado dice: Esperamos que el legado de la Dra. Yalow inspire a una nueva generación de niños del Bronx a esforzarse por su educación y a alcanzar el éxito. En su décimo año de existencia, atiende a 404 estudiantes. La institución ha obtenido reconocimiento por su evaluación en matemáticas y lenguaje, muy por encima de la media del país, específicamente más del doble en matemáticas. El Departamento de Educación del Estado de Nueva York la nombró Escuela de Reconocimiento al Logro 2020. Comparte su campus principal con la Cardinal Hayes High School.

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