Jáuregui prende alarmas en Palacio estatal
La encuesta de Lorena Becerra correspondiente a agosto introduce un dato que seguramente no cayó con la misma gracia en todos los escritorios políticos de Chihuahua: el PAN conserva una ventaja importante sobre Morena rumbo a la elección de la Presidencia Municipal de Chihuahua, pero esa ventaja no es automática ni puede transferirse por decreto a cualquiera de sus aspirantes. El estudio coloca al blanquiazul por encima de Morena como marca partidista y, cuando se cruzan nombres, muestra diferencias importantes entre los perfiles panistas. El mensaje de fondo es claro: el PAN tiene una posición favorable, pero la selección del candidato puede convertir esa ventaja en una victoria cómoda o en una contienda mucho más cerrada.
De acuerdo con la medición, el PAN registra 40 por ciento de preferencia bruta frente a 27 por ciento de Morena en el municipio de Chihuahua. El PRI aparece con 10 por ciento, Movimiento Ciudadano con 4, el Verde con 3, el PT con 2 y SomosMX con 1 por ciento, mientras que 13 por ciento no declara preferencia. Cuando se elimina a los indecisos, la ventaja panista aumenta a 46 por ciento contra 31 por ciento de Morena. Es una diferencia suficientemente amplia para que en Acción Nacional comiencen a sacar cuentas, pero no tan definitiva como para que alguien pueda darse el lujo de cantar victoria diez meses antes de las urnas.
El estudio fue realizado mediante 500 entrevistas efectivas en vivienda, a ciudadanos mayores de 18 años con credencial vigente, utilizando como marco de muestra las secciones electorales del INE. La encuesta tiene representatividad municipal y los resultados fueron ponderados; la encuesta reporta un margen de error de ±4.6 puntos porcentuales y un nivel de confianza de 95 por ciento. La tasa de rechazo fue de 56 por ciento. Es una precisión metodológica que importa, porque permite dimensionar los resultados y recordar que se trata de una fotografía del momento, no de una sentencia electoral.
Lo interesante aparece cuando la encuesta deja de preguntar por partidos y pone nombres sobre la mesa. César Jáuregui Moreno encabeza las preferencias entre los aspirantes panistas con 18 por ciento, seguido por María Angélica “Manque” Granados con 10 por ciento. Santiago de la Peña y Rafael Loera aparecen con 9 por ciento cada uno, mientras Alan Falomir registra 7 por ciento y Alfredo Chávez 6 por ciento. Sin embargo, hay un dato que obliga a poner los pies en la tierra: 28 por ciento responde “ninguno” y otro 13 por ciento no sabe o no contesta. Es decir, todavía existe un territorio electoral bastante amplio que no tiene candidato y que puede modificar sustancialmente la fotografía conforme avance el proceso.
César marca la diferencia
Ahí es donde Jáuregui empieza a hacer ruido. En un eventual enfrentamiento contra Brenda Ríos Prieto, identificada en el estudio como la morenista mejor posicionada para encabezar una eventual alianza de Morena, PT y PVEM, el panista obtiene 39 por ciento frente a 25 por ciento de la legisladora. Son 14 puntos de diferencia, una brecha que políticamente no puede considerarse menor. El dato resulta especialmente significativo porque no solamente confirma la ventaja partidista del PAN, sino que sugiere que Jáuregui tiene capacidad para convertir buena parte de esa fortaleza de marca en una ventaja personal.
La diferencia adquiere todavía mayor valor cuando se observa el resto de los escenarios. El PAN no obtiene el mismo rendimiento electoral con todos sus aspirantes. La encuesta prácticamente pone nombre y apellido a la discusión que seguramente ya existe en los círculos de decisión panistas: no basta con tener una buena marca partidista; hay que encontrar al candidato capaz de hacerla valer frente a Morena. Y, por ahora, Jáuregui es quien mejor lo consigue.
Eso explica por qué una encuesta de este tipo puede generar más movimiento político del que aparenta. Las mediciones no solamente sirven para saber quién va arriba; también modifican las expectativas de los grupos internos. Un aspirante que aparece primero adquiere capacidad de negociación, suma simpatías y comienza a convertirse en referencia obligada. Pero también se vuelve blanco de quienes consideran que su crecimiento puede cerrarles el camino.
En política, aparecer primero nunca es gratis.
De la Peña, con tarea pendiente
Pero la encuesta ofrece un escenario mucho menos holgado para el PAN cuando aparece Santiago de la Peña. Con el secretario general de Gobierno como candidato, el blanquiazul alcanza 34 por ciento frente a 29 por ciento de Brenda Ríos, de acuerdo con la medición. La ventaja se reduce entonces a cinco puntos. No es una derrota ni mucho menos, pero sí representa una diferencia sustancial respecto del escenario de Jáuregui: entre ambos perfiles hay nueve puntos de distancia en el resultado frente a Morena. En una elección competida, nueve puntos pueden ser la diferencia entre administrar una ventaja y tener que sudarla hasta el último minuto.
El dato tiene todavía mayor interés porque De la Peña aparece entre los panistas con 9 por ciento de preferencia, empatado con Rafael Loera y por debajo de Jáuregui y Manque Granados. Su principal problema, sin embargo, no parece ser necesariamente el rechazo, sino el desconocimiento. La encuesta señala que 69 por ciento de los entrevistados no lo conoce, mientras que 19 por ciento expresa una opinión favorable sobre él. Y ahí aparece la doble lectura que seguramente harán sus operadores: para sus adversarios, se trata de un aspirante que todavía no alcanza el nivel de conocimiento necesario para disputar con fuerza la elección; para quienes lo promueven, esos 69 puntos de desconocimiento representan precisamente el espacio donde puede crecer.
El problema es que crecer cuesta tiempo, y en política el tiempo también es un adversario. Si Morena consigue definir pronto a su candidato y comienza a construir conocimiento, De la Peña tendría que crecer a mayor velocidad. No le bastaría con ser competitivo dentro del PAN; tendría que demostrar que puede transformar el respaldo de la estructura panista en una preferencia ciudadana capaz de resistir el embate de Morena.
No está fuera de la jugada. Pero tampoco está donde está Jáuregui.
El PAN y el problema de escoger bien
Y ahí está la parte más delicada para el panismo. La fortaleza del partido es evidente, pero los nombres modifican considerablemente el escenario. Con Jáuregui, la diferencia frente a Brenda Ríos alcanza 14 puntos; con De la Peña baja a cinco. En el caso de Rafael Loera, la ventaja también es estrecha, mientras que con Manque Granados el escenario prácticamente se empata. Dicho de otra manera, el PAN tiene una buena plataforma electoral, pero no todos sus aspirantes tienen la misma capacidad para aprovecharla.
Esto convierte a la encuesta de agosto en algo más que una simple fotografía de preferencias. También funciona como una radiografía de la decisión que deberá tomar Acción Nacional. La pregunta ya no es solamente quién tiene más posibilidades dentro del partido, sino quién puede conservar la ventaja que hoy tiene el PAN cuando se enfrente a Morena con nombre, rostro, historia y campaña propia.
Porque una cosa es ganar una encuesta interna y otra ganar una elección constitucional.
El caso de Jáuregui es particularmente llamativo. El exfiscal no solamente aparece como el panista mejor posicionado dentro de la baraja, sino que es quien produce la mayor ventaja frente al escenario morenista. Eso inevitablemente tendrá consecuencias en la conversación interna del PAN. Las encuestas no deciden candidaturas, pero sí modifican el precio político de los aspirantes. El que aparece arriba comienza a recibir apoyos, llamadas y adhesiones; también empieza a recibir cuestionamientos, ataques y, en algunos casos, fuego amigo.
Manque también está en la jugada
Tampoco conviene perder de vista a Manque Granados. Su presencia en la contienda panista es significativa porque cuenta con un nivel de conocimiento mayor y aparece apenas un punto abajo de Morena en uno de los escenarios. Eso demuestra que la contienda no está cerrada entre Jáuregui y De la Peña y que el PAN tiene varias cartas, aunque con rendimientos electorales diferentes.
El problema para el partido es precisamente ése: tiene opciones, pero todavía debe determinar cuál de ellas ofrece la mejor combinación entre conocimiento, competitividad y capacidad para conservar la ventaja partidista. Una mala decisión podría reducir considerablemente la ventaja que hoy tiene el PAN; una selección acertada podría convertir la elección municipal de Chihuahua en una contienda cuesta arriba para Morena.
La medición también representa una advertencia para el partido guinda. Morena puede presumir crecimiento y una base electoral considerable, pero en Chihuahua capital todavía enfrenta una cuesta arriba importante. Brenda Ríos aparece como su perfil más competitivo, pero incluso ella queda 14 puntos abajo de Jáuregui. Frente a De la Peña, la distancia se reduce a cinco puntos, y ahí está probablemente la ventana de oportunidad para Morena: si logra encontrar un candidato con capacidad de crecer, puede convertir una elección que hoy luce favorable al PAN en una competencia mucho más cerrada.
La ventana de Morena
Morena, además, todavía tiene tiempo para corregir. La elección no está definida y los resultados de agosto no pueden interpretarse como una boleta adelantada. Faltan candidaturas formales, alianzas, campañas, debates, errores, aciertos y, sobre todo, una larga operación territorial. En una ciudad como Chihuahua, donde el PAN mantiene una estructura política y electoral consolidada, Morena necesitará algo más que la marca nacional para dar la vuelta al tablero.
Por eso el dato quizá más interesante de la encuesta no es quién está arriba, sino la diferencia que produce cada candidato. El PAN tiene 46 por ciento de preferencia efectiva contra 31 por ciento de Morena, pero cuando se introducen los nombres la ecuación se mueve. Con Jáuregui, la ventaja partidista parece convertirse en ventaja personal; con De la Peña se reduce; con otros perfiles prácticamente desaparece.
La conclusión es incómoda, pero útil: el PAN tiene la ventaja, pero debe elegir cuidadosamente quién será el encargado de cobrarla.
En términos de política de café, el blanquiazul tiene la mesa servida, pero todavía puede equivocarse de platillo. Jáuregui aparece como el candidato que mejor aprovecha la marca; De la Peña aparece como una opción competitiva con un enorme espacio para crecer; Manque Granados mantiene capacidad para cerrar la contienda y el resto de los aspirantes todavía tiene que demostrar que puede meterse de lleno en la conversación.
La encuesta de Lorena Becerra no entrega ganadores anticipados. Entrega algo más interesante: señales. Y la señal para el PAN es que tiene una ventaja que debe cuidar; para Morena, que todavía puede competir; para Jáuregui, que ya se convirtió en el referente que los demás tendrán que alcanzar; y para De la Peña, que cinco puntos de ventaja pueden ser una plataforma de lanzamiento o una fotografía pasajera, dependiendo de lo que haga de aquí a que las candidaturas sean cosa seria.
Porque en agosto de 2026 todavía falta mucho para la elección. Pero en política, cuando una encuesta coloca a un aspirante 14 puntos arriba y a otro apenas cinco, las conversaciones comienzan mucho antes que las campañas. Y esas conversaciones, en los partidos, suelen ser las que terminan definiendo quién llega a la boleta.



