¿Andrea Chávez sigue viva?
El ajedrez sucesorio de 2027 comenzó a mover sus fichas y los destapes recientes en Aguascalientes, Colima y Campeche confirman una regla no escrita del sistema: los partidos priorizan la rentabilidad electoral por encima de los acuerdos cupulares. Según las mediciones de RUBRUM, la única casa encuestadora que comenta esta columna DE FUENTES CONFIABLES, estas plazas comparten el rasgo de la máxima competitividad. La única excepción a esta regla se registró en el careo de quinientas viviendas que la empresa de Lorena Becerra levantó en Chihuahua, un ejercicio aislado que contrasta con la tónica general que aquí se analiza.
Si el método nacional replicara exactamente esos parámetros, la candidatura guinda en Chihuahua tendría nombre y apellido: Andrea Chávez. Las mediciones acumuladas sostienen un dato que incomoda en los cuartos de guerra contrarios y propios, pues la senadora ha mantenido a Cruz Pérez Cuéllar dos dígitos abajo durante los últimos veinte meses. Esa ventaja persistente explica un secreto a voces que se comenta en los pasillos del poder municipal, donde el equipo de Marco Bonilla cruza los dedos para que el elegido sea el alcalde juarense, sabiendo que enfrentarlo ofrece un escenario menos cuesta arriba que medirse con la maquinaria legislativa.
El uso del subjuntivo resulta imprescindible en este análisis por una razón de peso político. Aunque los números fríos ubican a Chávez como la carta más competitiva del obradorismo chihuahuense, su gran obstáculo no reside en las preferencias ciudadanas, sino en su cordón umbilical político con Adán Augusto López. En el juego sucesorio, los negativos pesan tanto como las virtudes y la cercanía con el exsecretario de Gobernación funcionó al mismo tiempo como un motor de impulso y hoy un ancla pesada frente a los equilibrios del centro. El tablero de las sucesiones estatales, Morena apenas muestra sus primeras jugadas y confirma que, en el ajedrez del poder chihuahuense, ni Cruz está tan vivo como para cantar victoria ni Andrea está tan muerta como para descartarla.
Morena apuesta por los más competitivos
Las primeras definiciones de Morena rumbo a 2027 dejan una lectura que va más allá de la filiación política de sus aspirantes. Nora Ruvalcaba en Aguascalientes, Pablo Gutiérrez Lazarus en Campeche y Rosa María Bayardo en Colima tienen un rasgo común: sus carreras están vinculadas con grupos políticos formados durante el ciclo de Andrés Manuel López Obrador, pero las encuestas de RUBRUM colocan a los tres como los perfiles mejor posicionados dentro de Morena. Esa coincidencia ofrece a las decisiones del partido una justificación adicional: al margen de su presunto ADN obradorista, son los que aparecen con mayor competitividad en sus respectivos estados.
La jugada tiene cierta picardía política. Morena cambia de presidente, pero no necesariamente de operadores. El obradorismo construyó las estructuras estatales y ahora Claudia Sheinbaum comienza a decidir cuáles de esas piezas pueden seguir siendo útiles. No parece tratarse de una purga ni de un relevo generalizado, sino de algo mucho más práctico: conservar a quienes tienen posibilidades reales de ganar.
Nora Ruvalcaba, vuelve por tercera vez
Nora Ruvalcaba es la que tiene una relación más directa con el Morena original. Su trayectoria comenzó en el PRD, donde ocupó cargos partidistas y fue diputada local. En 2012 participó en la fundación de Morena en Aguascalientes y se convirtió en la primera presidenta estatal del partido. Posteriormente fue candidata a gobernadora en 2016 y nuevamente en 2022, cuando obtuvo 33.69 por ciento de los votos frente al 53.71 por ciento de la panista Tere Jiménez.
Su relación con López Obrador se hizo todavía más evidente cuando fue delegada de los Programas para el Desarrollo en Aguascalientes y posteriormente subsecretaria de Educación Media Superior. Desde 2024 es senadora. No hay, pues, demasiada dificultad para ubicarla en el mapa: Ruvalcaba pertenece al obradorismo histórico, al Morena que se construyó antes de que el partido se convirtiera en la fuerza política dominante del país.
Pero aquí aparece el dato que le da una vuelta a la historia. RUBRUM no la coloca arriba por su cercanía con López Obrador, sino porque registra la mayor preferencia entre los perfiles morenistas. En su medición del 24 de julio obtuvo 59.5 por ciento, contra 18.4 de Salma Luévano y 12.3 de Ricardo Rodríguez.
Eso permite una interpretación menos partidista de su designación. Morena no solamente está premiando a una militante de la vieja guardia; está apostando por quien, de acuerdo con esa medición, ofrece mayores posibilidades de competir en un estado que el PAN todavía gobierna y donde la marca Morena no ha conseguido imponerse en la gubernatura.
Pablo Gutiérrez: heredero de Layda
Pablo Gutiérrez Lazarus es un caso completamente diferente. Su carrera electoral comenzó en el PAN, partido con el que llegó a la presidencia municipal de Ciudad del Carmen. Posteriormente emigró a Morena y consiguió regresar a la alcaldía bajo las siglas guindas. Su ascenso dentro del movimiento quedó estrechamente relacionado con Layda Sansores, la gobernadora de Campeche y una de las figuras históricas del obradorismo.
Aquí la filiación de grupo es más evidente que en los otros casos. Gutiérrez Lazarus puede ser leído como una pieza del proyecto político de Sansores y, por extensión, como uno de los herederos de la estructura que López Obrador ayudó a llevar al gobierno estatal.
Sin embargo, otra vez aparece RUBRUM para complicar una lectura basada exclusivamente en los padrinazgos. El 24 de julio registró a Gutiérrez Lazarus con 74.8 por ciento de las preferencias morenistas. Un mes antes había alcanzado 77.7 por ciento.
Aquí la ventaja es tan amplia que resulta difícil atribuirla solamente a una operación de grupo. Puede haber estructura, respaldo de Layda y una red territorial, pero también existe una señal de competitividad que Morena difícilmente podía ignorar.
La decisión, entonces, tiene doble utilidad: preserva la continuidad del grupo de Layda y, al mismo tiempo, coloca al frente a quien aparece como el perfil más competitivo. En política, cuando ambas cosas coinciden, las negociaciones suelen hacerse bastante más sencillas.
Rosi Bayardo, la carta de Indira
Rosa María Bayardo representa una tercera variante. Su carrera política está estrechamente vinculada con Indira Vizcaíno, gobernadora de Colima. Bayardo llegó a la Cámara de Diputados en 2018 cuando Vizcaíno dejó la curul para incorporarse al gobierno federal. Posteriormente ocupó cargos dentro del gobierno estatal y en 2024 ganó la presidencia municipal de Manzanillo.
Su grupo político es, por tanto, el de Indira Vizcaíno. Y Vizcaíno, a su vez, es una de las gobernadoras cuya carrera se consolidó durante la expansión nacional de Morena en el sexenio de López Obrador.
Bayardo podría ser presentada, con cierta ligereza, como parte del relevo generacional del obradorismo. Pero nuevamente las cifras de RUBRUM proporcionan una explicación más terrenal. En su medición del 24 de julio obtuvo 50.2 por ciento de las preferencias entre los aspirantes de Morena, manteniéndose claramente en primer lugar. En el levantamiento del 8 al 10 de julio había registrado 50.6 por ciento.
La coincidencia empieza a ser demasiado precisa para ignorarla: los tres perfiles vinculados con estructuras gobernantes son, al mismo tiempo, los que aparecen arriba en las mediciones de RUBRUM.
La encuesta como señal
Ahí está probablemente la clave política de las tres decisiones. Sería equivocado concluir que Morena escogió a Ruvalcaba, Gutiérrez Lazarus y Bayardo únicamente porque pertenecen a grupos vinculados con el obradorismo. Las cifras sugieren otra cosa: esos grupos tienen candidatos que, además de contar con estructura política, aparecen como los más competitivos.
RUBRUM reporta que sus levantamientos fueron realizados mediante encuesta telefónica automatizada, con muestra aleatoria representativa, 95 por ciento de confianza y margen de error de ±3.8 por ciento.
Eso no convierte automáticamente sus resultados en verdad electoral. Una encuesta a más de un año de la elección es una fotografía, no el resultado del domingo electoral. Pero sí proporciona un elemento objetivo para entender por qué Morena pudo optar por estos tres perfiles sin que la decisión pareciera exclusivamente una imposición de los grupos locales.
La lectura política, entonces, cambia. Nora Ruvalcaba es obradorista, pero también es la mejor posicionada de Morena en Aguascalientes. Pablo Gutiérrez Lazarus es cercano al proyecto de Layda, pero además tiene una ventaja extraordinaria en Campeche. Rosi Bayardo pertenece al grupo de Indira, pero también aparece con una ventaja importante en Colima.
Eso permite a Sheinbaum y a la dirigencia nacional hacer algo políticamente muy conveniente: mantener vivas las estructuras heredadas de López Obrador sin asumir el costo de imponer candidatos contra las preferencias que reflejan las encuestas.
En otras palabras, el viejo obradorismo puede presumir que sus cuadros sobreviven, mientras el nuevo Morena puede argumentar que los conserva porque son competitivos.
Y ahí está la verdadera jugada. No necesariamente se trata de escoger entre obradoristas y sheinbaumistas. Se trata de saber quién puede ganar.
Porque en 2027, más que la genealogía política de los candidatos, Morena necesitará algo mucho menos romántico y mucho más útil: votos.



