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Meridiano 107
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Ferro… Piezas para un retrato 

Meridiano 107 Texto: Meridiano 107
24 mayo, 2026
en > Crónica
Tiempo de Lectura: 9 minutos
Portada Crónica
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Por Hugo Almada Mireles

Estaba en ciudad de México el día que murió Ferro. No pude ir al homenaje ni al funeral, ni estar con los amigos, –vario(a)s de ello(a)s muy querido(a)s– con quienes había venido compartiendo a últimas fechas la clase de los sábados.  No he dicho aún lo que necesito decir. Y más que hacer una historia, lo que quiero compartir son –a la manera de piezas para un retrato–, algunos momentos que me tocó vivir y que acogí y guardé con el corazón.

1.  No recuerdo con exactitud cuando conocí a Ferro. Mis primeros recuerdos datan de mediados de los ochenta, cuando fui maestro en la Escuela de Sociología y compartíamos las reuniones de profesores. La situación se había puesto tensa en la escuela, la directora había decidido correr a uno de los maestros y Antonio Muñoz y yo habíamos decidido, junto con la mayoría de los alumnos, solidarizarnos y arriesgarnos a correr la misma suerte. Y también fue quedando claro, al correr de los días, a quienes nos había tocado estar de un lado y a quienes del otro. ¿Y Ferro? le pregunté a Toño uno de esos días, hay que hablar con Ferro.  No, me contestó con mucha seguridad, déjalo. Ferro va a reaccionar bien. Ha reaccionado bien en todas las que le han tocado. Y si no reacciona bien, no hay nada que hacer.  No ganaríamos nada.

      Ferro reaccionó bien. Ya en la reunión de profesores en la que se nos planteó la situación contestó, de forma muy enérgica, que él no estaba de acuerdo. Que no podía estar de acuerdo en que se atentara contra el sustento de un maestro, que además sabía que era querido por sus alumnos. Y cuando la situación se puso más tensa fue y habló con el rector. Le dijo que si corrían al maestro Muñoz y al maestro Almada él cerraba la maestría, porque no podía estar de acuerdo con eso y porque no iba a tener quién le diera la filosofía de las ciencias sociales. 

      Aprendí muchas cosas en esa lucha, en la que hubo aciertos y errores.

      La solidaridad de Ferro fue de lo más valioso.

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2. Antonio Muñoz me había pedido un favor. Había la intención de organizar acá, de traerse a la Universidad, el Congreso Latinoamericano de Filosofía de la Liberación, y se estaban haciendo las gestiones con la Asociación Mexicana de Filosofía, que no recuerdo si se llama así.  Se había organizado un foro en el que se evaluaría si en la UACJ había la capacidad y el interés para organizar el evento, y  Toño me había pedido si yo podía preparar, en esa perspectiva, un texto sobre el papel y el aporte de la Teología de la Liberación. Venían a Juárez el presidente de la asociación, un argentino de apellido Cerruti, y otras personalidades, y al maestro Ferro le tocó ser el moderador.

      “Ahora les quiero presentar al maestro Almada. Él es un hombre que piensa en lo que vive, y que vive como piensa. Los invito a que lo escuchemos” dijo sencillamente Ferro, y me cedió la palabra.

En la ponencia me fue bien.  Había tenido cuidado de recoger el aporte de algunos teólogos argentinos, menos conocidos, y de la relación de la filosofía y la teología en el caminar de nuestros pueblos, y se generó un buen debate. En general nos fue bien, “pasamos la prueba” y el Congreso se realizó con éxito, con la visita de muchos de los filósofos y teólogos más representativos del mundo.

      Yo me quedé con las palabras de Ferro. Sé, –con mucha más claridad ahora, luego de mis estudios de psicoterapia–, hasta qué punto lo que decimos a otros no somos más que nosotros mismos, es “nuestra propia proyección”. Tenía y tengo claro que sus palabras lo describen a él, que dijo siempre, siguiendo a Sócrates, que “una vida que no es pensada no merece ser vivida”, que se entregó a la Filosofía y que vivió de la manera sencilla y transparente que conocimos.

       Pero que en aquella ocasión me agarrara de percha para colgar su sombrero, tuvo para mí una gran profundidad, me cimbró, y merecidas o no yo recogí sus palabras con el corazón.

3.  Apenas un tiempo después Ferro me dio a leer su ponencia, con la que le tocaba abrir el Congreso, y me pidió que se la criticara. Yo la leí con cuidado y en general me gustó bastante, era un texto sobre el papel de la filosofía en nuestro tiempo, que empezaba con la frase de Sócrates que cito arriba. Tenía con todo un par de observaciones, pero la verdad es que me ganó el respeto y no me animé a criticarlo, y me hice el desentendido. 

      Me lo encontré por casualidad una mañana en Rectoría, ya con el Congreso encima y cuando ya había entregado su ponencia. Ya el gesto adusto no presagiaba nada bueno. “Tengo un reclamo muy serio que hacerle”, me dijo. “No le di mi ponencia en balde. ¡Si no me critica me deja morirme!… No esperaba eso de usted” 

4. Eran ya los tiempos de Barrio y el proyecto Chihuahua Siglo XXI, que coordinaba entonces Armando Loera, y no recuerdo por qué pero a Ferro y a mí nos tocó ir a Chihuahua en representación de la UACJ.  El proyecto intentaba hacer algo así como un Plan Estratégico para la Entidad, con la participación de los distintos actores económicos y sociales. 

      El evento era en el Tec de Monterrey y estaba lleno de “cacas grandes”, empresarios de los más fuertes de la entidad y directores de primer nivel del gobierno del estado. Se había hecho la plenaria con una técnica participativa y luego nos habíamos dividido en dos mesas. Ya casi para el final Ferro, que no había hablado, se puso de pie:

      “¡Ustedes sólo están pensando en el negocio!” les dijo con voz muy fuerte. “¡Eso no va a servir. Es necesario que entiendan que, si no atienden a la Educación, si no se preocupan de que desde la primaria, pero sobre todo en la Universidad, haya Humanidades sólidas, todo esto no va a servir para nada!”. Y se sentó.

Se hizo un silencio denso, pesado, que no se rompió sino volviendo a la plenaria.  No nos volvieron a invitar.

5. Uno de los momentos que guardo de Ferro fue sin Ferro. Terminaban las Jornadas por la Paz, en las que habíamos estado protestando contra la guerra de Irak, –y descubriendo frente al Consulado la liberación que producen 10 minutos de tambor– y había fiesta en casa de Willi Delgadillo. Andaba Toño Muñoz, Fong, Carlos Murillo, Lalas, Itzel, Blanca, Rubén Macías y el grupo de jóvenes de Fronteras por la Paz, y después de unas cervezas de alguna forma la plática derivó hacia Ferro. Críticos, cuestionaban “el culto a la personalidad” que hacía la Universidad, si no lo estaban usando, o la manera en que Ferro reprendía a algunos de sus alumnos, y aquello derivó en una discusión de una gran riqueza.  Ferro te hace que te comprometas con lo que dices, apuntaba Toño, y algunos alumnos no lo entienden. La gente lo quiere por lo que es, por lo que representa. Es hambre de autenticidad, sintetizaba yo, de una autenticidad que pareciera ausente en estos tiempos. 

6.  Regresé de ciudad de México después de varios años y un día, a pesar de estar cargado de actividades, decidí ir a la clase de Ferro. No había una razón especial, era algo que sencillamente quería hacer, darle un espacio al gusto y al corazón.

       Me encontré allí con Jorge, Paula, Alejandro, Claudia, Carlos, con Juana Mary, Martha. Con José Luis, Ingrid, Arsenia, Mónica, Ivón, Don José y otros muchos que es largo enumerar pero que no son menos significativos. El grupo era un conjunto de gente rara, en búsqueda, de gente buena, (que parecía sacado de los Poetas Muertos), con los que me sentí bien.

       (Creo que como a todos) a Ferro le dio mucho gusto verme. Yo lo esperaba algunas veces al final para saludarlo y acompañarlo a su camioneta. Le enviaba saludos a Nohemí, de quién decía que junto con Javier Corral habían sido sus mejores alumnos.

7.-  Vimos a Marx, a Kierkegaard y al existencialismo y posteriormente la filosofía de la edad media. Ferro era ante todo un humanista, que desentrañaba cada pensamiento y explicaba con profundidad lo que significaba para los hombres de su tiempo. Tomás de Aquino, Francisco de Asís, Buenaventura, Guillermo de Backersville, Guillermo de Okham y muchos otros se convertían con Ferro en hombres de carne y hueso, que habían luchado por lo que creían y que habían sido o más o menos consecuentes.

      Además del lugar de su esposa, siempre presente, me llamó la atención la paciencia de Ferro con Edgar y a veces con Jorge, que interrumpían constantemente y nos importunaban a los demás.  “No estoy de acuerdo con usted” o “En ese punto difiero de usted” era lo más que decía Ferro, para luego aclarar con minuciosidad. Parecía incluso disfrutarlo.  Como un hombre que ha buscado mucho, sabía que detrás de esa necesidad de atención se esconden búsquedas muy profundas.

      Pida por mí, me dijo un día cuando al despedirse le pregunté cómo estaba.

8. No fui uno de los amigos más cercanos de Ferro, no me tocó compartir lo cotidiano como a sus compañeros permanentes de disciplina. Pero me asumo con sencillez y con honor entre los que quisimos, y queremos, a Ferro. A sus valores y a él como era él. 

      En esta sociedad en la que estamos tan apegados a nuestra imagen, Ferro era una persona directa y casi sin máscara. Siguiendo a la existencialista Gertrude Stein y su famosa frase: “una rosa es una rosa es una rosa” diría que “Ferro era Ferro era Ferro”. Era “muy él”. A Ferro se le notaba su dolor, su molestia, su gozo.  Era un humanista comprometido que hacía lo suyo. Era un hombre enérgico y al mismo tiempo increíblemente cálido.

Maestro, no se vaya.

Quédese entre nosotros…

Aparézcase por Derecho

por las macroaulas

por Humanidades

o por Ciencias Sociales

y el sábado por Rectoría

por donde se le extraña.

Tómese un descanso,

el que quiera…

Dele una vuelta a Marx, o a Epicuro

O dé un paseo por el mundo

para abrazar a Francisco

o para invitar a Sócrates

a enseñar con usted.

Pero no se vaya.

No deje el aula.

Que hay muchos alumnos

y esta ciudad 

necesita su ejemplo

para enseñar.

No se vaya todavía

quédese entre nosotros.

Que su figura encorvada 

trace la senda

que su voz, profunda

señale el rumbo

que el que marque el paso

sea su bastón.

No se vaya todavía

No se muera ahora

cuando su vida y su esfuerzo

apenas florece.

Quédese entre nosotros

Y váyase mañana

con todos sus alumnos

con todos sus frutos

y en la paz de su Dios.

(Publicado originalmente el 20 de mayo de 2006)

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