Copenhague, Dinamarca.- La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, lanzó un mensaje tajante este fin de semana: “Europa no se dejará chantajear”. La declaración llega en respuesta directa al anuncio del presidente estadounidense Donald Trump de imponer aranceles progresivos del 10% al 25% a las exportaciones de Dinamarca y otros siete aliados europeos, medida que mantendrá vigente “hasta que Dinamarca acepte vender Groenlandia” a Estados Unidos.
En una publicación en Truth Social, Trump justificó la amenaza comercial asegurando que “¡la paz mundial está en juego!” y que China busca controlar la estratégica isla ártica, mientras Dinamarca “no puede hacer nada al respecto”. El mensaje se produjo apenas días después de que Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Alemania, Francia, Países Bajos y Reino Unido desplegaran de manera conjunta una misión militar de refuerzo en territorio groenlandés.
La reacción europea ha sido rápida y, por momentos, inusualmente unificada. Mientras varios gobiernos iniciaron contactos diplomáticos discretos con Washington, otros han optado por un tono mucho más duro. El presidente francés Emmanuel Macron pidió formalmente a sus socios de la Unión Europea activar el Instrumento Anticoerción Económica (ACI), conocido en los círculos comunitarios como la “bazuca comercial”.
La “bazuca” europea contra la coerción económica
Aprobado en 2023, el ACI constituye el mecanismo de respuesta más potente que ha diseñado la UE frente a presiones comerciales de terceros países. El instrumento permite, entre otras medidas:
- Imposición de aranceles adicionales a productos estadounidenses
- Restricción de licencias de importación y exportación
- Limitaciones al comercio de servicios
- Prohibición de acceso a contratación pública
- Bloqueo a la inversión extranjera directa de empresas de países coercitivos
- Exigencia de reparación económica por los daños ocasionados
El diseño del ACI responde a dos experiencias traumáticas para Europa: las restricciones comerciales chinas contra Lituania en 2021 tras el acercamiento de Vilnius a Taiwán, y las recurrentes tensiones arancelarias durante el primer mandato de Trump (2017-2021).
Aunque el objetivo declarado del instrumento es disuasorio, los eurodiputados que lo impulsaron —entre ellos el alemán Bernd Lange— han insistido en que la UE cuenta ahora con “una amplia gama de contramedidas reales” y no solo declaraciones.
Líderes como el irlandés Micheál Martin y el noruego Jonas Gahr Store han llamado a agotar primero la vía diplomática y evitar una escalada que derive en guerra comercial abierta. Sin embargo, la petición francesa de activar el ACI marca un punto de inflexión: por primera vez desde su aprobación, un gran país miembro solicita poner en marcha el mecanismo ante una amenaza directa de Estados Unidos.
El volumen comercial en juego es colosal. En 2023, el intercambio de bienes y servicios entre la UE y EE.UU. superó los US$1.8 billones, equivalente a unos 5,000 millones de dólares diarios. Cualquier escalada arancelaria bilateral tendría consecuencias profundas en ambas orillas del Atlántico.
Los embajadores de los Veintisiete se reunieron de emergencia este domingo para evaluar opciones. Fuentes diplomáticas indican que, aunque prevalece la voluntad de diálogo, crece la convicción de que Europa debe demostrar que las amenazas de coerción económica ya no pueden ser una herramienta válida en la relación transatlántica.
Con Groenlandia como epicentro geopolítico y el Ártico como nuevo tablero estratégico global, la crisis actual pone a prueba no solo la solidez de la alianza occidental, sino también la capacidad real de la Unión Europea para defender su soberanía económica frente a las grandes potencias.
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