El Consejo de Pérez Cuéllar
La sesión del Consejo Estatal de este domingo no fue el despliegue de unidad que rezan los comunicados oficiales, sino un síntoma de una fractura expuesta. Mientras los discursos hablaban de cohesión, el aire en la sede de Morena en Chihuahua estaba cargado de un pragmatismo frío: el control territorial frente a la narrativa ideológica. Morena en el estado ha dejado de ser un movimiento de causas para convertirse en un tablero de ajedrez donde las piezas ya no se reconocen entre sí.
Sillas vacías, mensajes llenos
La ausencia de Brighite Granados y Andrea Chávez no es una coincidencia de agenda, sino un retiro estratégico que grita más que cualquier discurso. Al no presentarse, ambas figuras enviaron un mensaje de rechazo a un foro que sabían hostil. La política es presencia, y cuando la dirigencia estatal y la apuesta legislativa del centro deciden no dar la cara ante su propio Consejo, es porque el hilo de la legitimidad interna está a punto de romperse.
El feudo de la frontera
Hoy quedó claro que el Consejo Estatal tiene un dueño con nombre y apellido: Cruz Pérez Cuéllar. El alcalde de Juárez ha logrado lo que pocos en el movimiento: «soldar» una estructura que le responde con disciplina casi militar. La mayoría de los consejeros presentes no solo comparten su visión, sino que operan bajo su órbita, convirtiendo el máximo órgano de decisión partidista en una caja de resonancia para las aspiraciones del grupo juarense.
Giras de humo y distracción
Justificar la ausencia de la dirigente Granados con una gira por Bocoyna y Madera es un insulto a la inteligencia de la militancia. En el manual básico de política, nada es más importante que el Consejo donde se definen las reglas del juego para la gubernatura. Irse a la sierra mientras en la capital se discute el futuro del partido no es «trabajo de base», es una fuga política para evitar el juicio sumario de una base que la percibe como una figura decorativa.
Andrea: la licencia del miedo
Lo de Andrea Chávez es un caso de estudio en contradicciones. Tras pedir una licencia al Senado que vendió como un acto de valentía y entrega al territorio, decide que su primer domingo de «libertad» es mejor pasarlo volanteando en una colonia que enfrentando el debate interno. Su ausencia sugiere que prefiere el cobijo de la gente que no la cuestiona antes que el choque con los cuadros medios que ven en su ascenso una imposición del centro del país.
Piso parejo o pared alta
El famoso «acuerdo de neutralidad» y la exigencia de separarse de los cargos no son herramientas de ética, sino armas arrojadizas. Al proponer estas reglas mediante una carta, Brighite Granados intentó ponerle un freno administrativo a Cruz Pérez Cuéllar desde la distancia. Sin embargo, lanzar piedras desde Madera hacia un Consejo dominado por el «Crucismo» es como intentar apagar un incendio forestal con una pistola de agua; la estructura ya tomó partido.
Loera en tierra ajena
Juan Carlos Loera fue el único de los «pesos pesados» que se atrevió a caminar por los pasillos de la casa de Morena, pero su presencia se sintió más como un acto de supervivencia que de liderazgo. En un Consejo que ya no le pertenece y ante una estructura que ha migrado hacia nuevos centros de poder, Loera parece ser el último puente de un morenismo fundacional que se desmorona frente al pragmatismo de los nuevos grupos de poder.
Unidad de papel, guerra de lodo
La conclusión es amarga para quienes creen en la institucionalidad: Morena Chihuahua está dividido en dos gobiernos y dos visiones irreconciliables. Por un lado, la burocracia partidista y los favoritos del centro que operan por correspondencia; por el otro, la maquinaria juarense que ha tomado por asalto los órganos de decisión. Lo de hoy no fue un consejo de unidad, fue el pase de lista de un ejército que ya sabe a quién le rinde cuentas, y no es a la dirigencia estatal.



