La retórica intervencionista de Donald Trump ha alcanzado un nuevo nivel tras la exitosa captura del presidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero, en una operación militar estadounidense denominada «Absolute Resolve» (o «Determinación Absoluta»). Esta acción, que involucró bombardeos aéreos, supresión de defensas y la extracción forzada de Maduro y su esposa Cilia Flores desde Caracas hacia Nueva York, donde enfrentan cargos por narcoterrorismo y tráfico de armas, ha generado condenas internacionales por violar la soberanía venezolana. Maduro, quien se declaró inocente y denunció un «secuestro» en su primera audiencia el 5 de enero, permanece detenido en una prisión federal de Brooklyn, con próxima cita judicial el 17 de marzo.
Este precedente histórico —similar a la detención de Manuel Noriega en Panamá el 3 de enero de 1990— ha intensificado las amenazas de Trump contra México. En entrevistas recientes, el presidente estadounidense ha declarado que «los cárteles están gobernando México» y que, tras haber «eliminado el 97% de las drogas por vía marítima», EE.UU. «va a empezar ahora a golpear por tierra» contra los cárteles. Trump ha calificado la situación mexicana como «muy triste» y ha insistido en que ha propuesto a la presidenta Claudia Sheinbaum permitir operaciones conjuntas o directas, ofertas que ella ha rechazado rotundamente, priorizando la cooperación bilateral sin intervención unilateral.
El paralelismo histórico es inquietante
El 15 de marzo de 1916, el general John Pershing cruzó la frontera hacia Chihuahua al frente de miles de tropas estadounidenses en la Expedición Punitiva, buscando capturar a Pancho Villa tras su ataque a Columbus, Nuevo México. Aquella incursión, que duró casi un año sin lograr su objetivo principal, tensó al máximo las relaciones bilaterales y dejó un legado de resentimiento en México. En marzo de 2026, al cumplirse el 110 aniversario de esa entrada, la coincidencia simbólica podría servir de pretexto o justificación para una «operación quirúrgica» contra blancos del narcotráfico: líderes de cárteles como Sinaloa o Jalisco Nueva Generación, laboratorios de fentanilo, rutas de tráfico o infraestructura clave.
Trump ha designado a varios cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras, argumentando que el flujo de fentanilo —que causa decenas de miles de muertes anuales en EE.UU.— constituye una amenaza nacional equivalente al terrorismo. Una acción selectiva con drones, fuerzas especiales o misiles de precisión minimizaría bajas y podría enmarcarse como antiterrorismo, evitando una invasión masiva. Sin embargo, cualquier incursión unilateral violaría la soberanía mexicana y el derecho internacional, potencialmente escalando a conflicto diplomático, protestas internas o incluso respuestas armadas limitadas.
El gobierno de México, bajo Claudia Sheinbaum, ha enfatizado la colaboración existente a través de mecanismos como el Entendimiento Bicentenario y ha rechazado cualquier presencia militar extranjera. Analistas advierten que, aunque improbable una invasión total por el costo político y económico (México es el principal socio comercial de EE.UU.), las presiones podrían intensificarse vía aranceles, revisiones del T-MEC o condicionamientos en migración y comercio.
En conclusión, la captura de Maduro el 3 de enero no solo marca el fin de un gobierno autoritario, sino que establece un patrón peligroso: intervenciones quirúrgicas contra líderes o estructuras narco en fechas simbólicas. Marzo de 2026 podría evocar la Expedición Punitiva y materializar la amenaza de Trump contra México. La historia demuestra que tales operaciones, aunque «precisas», dejan cicatrices profundas en la soberanía y las relaciones bilaterales. México debe fortalecer su diplomacia, su lucha interna contra el crimen organizado y sus alianzas regionales para disuadir cualquier aventura intervencionista. La paz hemisférica depende de ello.
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