Ni Venganza ni perdón.- La salida de Olga Sánchez Cordero de la Secretaría de Gobernación en agosto de 2021 y la posterior renuncia de Julio Scherer Ibarra a la Consejería Jurídica de la Presidencia no fueron eventos aislados, sino el desenlace de una prolongada guerra de posiciones por el control de la arquitectura legal del Estado. La relación entre ambos funcionarios, que inició con una aparente sintonía institucional, terminó convertida en un choque de trenes que paralizó la coordinación política en el Palacio Nacional y obligó a una reconfiguración total del círculo cercano al Ejecutivo.
El origen de la fractura se rastrea hasta la transferencia de facultades críticas que tradicionalmente pertenecían a Gobernación hacia la oficina de Scherer. Desde el inicio del sexenio, el consejero jurídico asumió funciones de interlocución directa con el Poder Judicial, la Fiscalía General de la República y el sector empresarial, desplazando a la exministra a un papel predominantemente administrativo y de derechos humanos. Esta bicefalia jurídica generó duplicidad de funciones y una competencia interna que los propios protagonistas ventilaron meses después de abandonar sus cargos.
Sánchez Cordero ha señalado en diversas entrevistas que su margen de maniobra fue acotado sistemáticamente por la oficina de Scherer, a la que acusó de operar una agenda paralela que no siempre coincidía con la política interior de la federación. Por su parte, el entorno de Scherer defendió en su momento que la inoperancia de la Secretaría de Gobernación en las mesas de negociación con los gobernadores y los partidos de oposición obligó a la Consejería a asumir un rol de cabildeo político que técnicamente no le correspondía, pero que era necesario para avanzar en las reformas prioritarias.
El conflicto escaló a niveles críticos cuando las diferencias personales se mezclaron con expedientes judiciales de alto impacto. La tensión entre la Secretaría de Gobernación y la Consejería Jurídica se hizo evidente en la gestión de la relación con el Fiscal General, Alejandro Gertz Manero, donde Scherer mantenía un canal de comunicación exclusivo que excluía a la responsable de la política interna. Esta falta de cohesión provocó que el Gobierno Federal emitiera mensajes contradictorios en casos emblemáticos de corrupción y seguridad nacional.
La ruptura definitiva se precipitó tras las elecciones intermedias de 2021, cuando el Ejecutivo decidió que la convivencia entre ambos perfiles era insostenible para el segundo tramo del mandato. La llegada de Adán Augusto López a Gobernación buscó recentralizar el poder político que se había dispersado entre las pugnas de Cordero y Scherer. Mientras la senadora regresó a la Cámara Alta manteniendo una postura institucional, Scherer salió en medio de señalamientos cruzados que terminaron en denuncias penales y en la publicación de su libro testimonial, donde acusó directamente a Sánchez Cordero y a Gertz Manero de confabular en su contra.
Este episodio es analizado hoy por especialistas como el momento en que el pragmatismo jurídico de Scherer chocó con el formalismo institucional de Sánchez Cordero, resultando en un desgaste que debilitó la interlocución del gobierno con los contrapesos constitucionales. La salida de ambos marcó el fin de una era de «justicia negociada» y dio paso a una etapa de mayor verticalidad operativa, dejando como lección la dificultad de gestionar un gabinete donde las lealtades personales y las atribuciones legales no están claramente delimitadas.