La historia política moderna de Zacatecas desafía los principios de la democracia para reducirse a una biografía de clan, donde la posible victoria de Verónica Díaz en los comicios de junio próximo garantizaría que el clan de los Monreal continúe gobernando el estado. Tras la culminación del periodo gubernamental de Ricardo Monreal en 2004, la silla principal cambió de manos. Amalia García llegó a sucederlo, pero su arribo no significó una continuidad del grupo gobernante; ella poseía un vuelo político propio y una trayectoria diferenciada que pronto generó distanciamientos con el monrealismo. Ese quiebre provocó tensiones internas y abrió la puerta para que el PRI recuperara la gubernatura, logrando mantener el control estatal durante dos sexenios consecutivos mediante las administraciones de Miguel Alonso Reyes y Alejandro Tello.
Pese a este revés frente a la alternancia priista, la maquinaria monrealista operó un retorno metódico basado en redes de operadores y estructuras clientelares. Esa paciente estrategia logró reconquistar el Ejecutivo estatal en 2021 mediante la victoria de su hermano David Monreal. Con este triunfo, la gubernatura volvió a la sala de la misma casa, inaugurando una etapa donde el apellido familiar se convirtió en el principal pasaporte para acceder a las decisiones públicas y desplazar cualquier proyecto externo.
Lejos de agotarse en la silla principal del Palacio de Gobierno, la influencia del grupo opera como un ramificado corporativo político. De la base territorial de Fresnillo y otros municipios clave han brotado alcaldes a granel, diputados federales, legisladores locales y funcionarios de todos los niveles administrativos. En este andamiaje, los cargos de elección popular y los presupuestos públicos se distribuyen por afinidad consanguínea o por rigurosa subordinación a la cúpula, diluyendo los contrapesos institucionales.
El caso más reciente de este control absoluto se observa en el proceso interno para definir la candidatura a la gubernatura. Las mediciones demoscópicas de los meses previos colocaban al diputado federal Ulises Mejía con una ventaja holgada que superaba por hasta dos dígitos a Verónica Díaz Robles. Sin embargo, en el tablero real de la cofradía, las encuestas públicas suelen ceder ante los pactos de familia y las jerarquías internas del movimiento, demostrando que los números fríos importan menos que la lealtad orgánica.
La designación final favoreció precisamente a Verónica Díaz, ex superdelegada de la Secretaría de Bienestar y senadora con licencia. Su arraigo en el grupo se consolidó tras haber estado casada con Luis Enrique Monreal Ávila, un vínculo familiar inquebrantable que se perpetúa de forma literal en sus hijos, quienes portan con orgullo los apellidos Monreal Díaz. Esta conexión sanguínea pesó infinitamente más que el rendimiento en las urnas o las preferencias ciudadanas medidas en los sondeos previos de la contienda.
Con esta imposición sobre perfiles mejor posicionados, el clan asegura la continuidad absoluta de su proyecto político y bloquea cualquier intento de relevo generacional independiente. Entre designaciones a la medida, alcaldías familiares y enroques pactados en las altas esferas, el estado consolidó un sistema de corte profundamente feudal. En este territorio los ciudadanos acuden a las urnas a emitir su sufragio, pero los hilos del poder real continúan siendo manejados por los mismos actores. Una realidad tan implacable y evidente que justifica, sin el menor ápice de exageración, renombrar geográficamente a la entidad como el feudo de Zacatecas de los Monreal.



