La isla más grande del mundo, Groenlandia, se ha convertido en el epicentro de una intensa disputa geopolítica. Su posición por encima del Círculo Polar Ártico la transforma en pieza clave para la seguridad del hemisferio norte, el control de rutas marítimas emergentes y el acceso a recursos minerales estratégicos. En medio del deshielo acelerado por el cambio climático, que abre nuevos pasos navegables y expone yacimientos valiosos, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha intensificado su presión para que su país controle este territorio autónomo de Dinamarca. “Lo haremos por las buenas o por las malas”, ha advertido, tras acciones recientes en otros escenarios internacionales.
Groenlandia, con apenas 56,000 habitantes en su mayoría inuit, ha sido durante décadas un territorio casi olvidado. Sin embargo, su ubicación frente a la costa noreste de Canadá y su control sobre la brecha GIUK (Groenlandia-Islandia-Reino Unido) la convierten en un baluarte natural para la defensa del Atlántico Norte. Desde la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos ocupó la isla para impedir su caída en manos nazis, hasta la Guerra Fría, su valor estratégico ha sido innegable.
Hoy, el Ártico ya no es un espacio de cooperación pacífica. El adelgazamiento del hielo promete un paso al noroeste comercial viable, lo que reaviva la competencia por rutas y recursos. Rusia ha reforzado su presencia militar, restaurando bases soviéticas y modernizando infraestructuras en la región. China, por su parte, se autoproclama “estado cercano al Ártico” y avanza en su “Ruta Polar de la Seda”, generando preocupación en Occidente por una posible militarización similar a la del Mar de China Meridional.
La base de Pituffik y el pulso por el control
En el noroeste de Groenlandia opera la Base Espacial Pituffik (antes Thule), instalada en 1951 mediante acuerdo con Dinamarca. Esta instalación de la Fuerza Espacial estadounidense es vital para la alerta temprana de misiles, la defensa antimisiles y la vigilancia espacial, tanto para Washington como para la OTAN. Con solo unos 150 efectivos permanentes, representa la presencia más visible de Estados Unidos en la isla, aunque el tratado permite ampliarla.
Dinamarca, consciente de las tensiones, ha incrementado su propio esfuerzo militar. En años recientes aprobó un plan de 2,300 millones de dólares que incluye nuevos buques árticos, drones de vigilancia y capacidad satelital adicional. El Comando Ártico Conjunto danés, con sede en Nuuk, y la élite Patrulla de Trineos de Perros Sirius refuerzan la soberanía en un territorio vasto y casi despoblado.
Los líderes groenlandeses y daneses rechazan de plano cualquier cesión. “Groenlandia pertenece a su pueblo”, han reiterado, mientras líderes europeos, incluidos Francia, Alemania y España, respaldan la soberanía danesa y advierten que cualquier acción unilateral podría poner en riesgo la OTAN.
Más allá de la defensa, Groenlandia alberga enormes reservas de minerales críticos. Alberga 25 de las 34 materias primas consideradas esenciales por la Unión Europea, entre ellas tierras raras —clave para imanes de turbinas eólicas, baterías y electrónica—, grafito, litio, níquel, cobalto y cobre. Proyectos como Tanbreez y Kvanefjeld apuntan a explotaciones que podrían diversificar el suministro global, hoy dominado por China en más del 90% del procesamiento.
Sin embargo, la extracción enfrenta obstáculos enormes: clima extremo, falta de infraestructuras, estrictas normas ambientales y costos elevados. Aunque se estima un potencial de hasta 36 millones de toneladas de tierras raras, ninguna mina de este tipo opera aún con éxito pleno en la isla.
En enero de 2026, las declaraciones de Trump han elevado la tensión a niveles inéditos. Tras operaciones en otros países, el mandatario insiste en que Groenlandia es “prioridad de seguridad nacional” y no descarta opciones militares. La Casa Blanca discute desde compras directas hasta incentivos económicos a los habitantes, pero Copenhague y Nuuk mantienen su postura firme: el futuro de Groenlandia lo decidirán sus propios habitantes, no las ambiciones externas.
La isla ártica ya no es solo hielo y silencio. Es el tablero donde se juegan el futuro del Ártico, la transición energética y el equilibrio de poder global. (Con información de la periodista Danica Kirka, de AP).
Me gusta esto:
Me gusta Cargando...
Relacionado