Berlín, Alemania.- Un avión de transporte militar alemán despegó el jueves desde una base en Alemania rumbo a Dinamarca, con 13 soldados a bordo. El viernes, este pequeño pero simbólico contingente llegó a Groenlandia junto a un equipo danés de reconocimiento. La misión, bautizada como «Resistencia Ártica», responde a una invitación expresa de Copenhague y busca explorar futuras cooperaciones militares en vigilancia marítima y otras áreas estratégicas dentro del marco de la OTAN.
El detonante no es secreto: las reiteradas declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sobre la necesidad de controlar Groenlandia «por razones de seguridad nacional». Trump ha insistido en que la isla debe pasar a manos estadounidenses, ya sea por compra, presión diplomática o —según sus críticos— incluso por la fuerza. La ubicación geoestratégica de Groenlandia, su riqueza en minerales críticos y su relevancia para rutas árticas y sistemas de defensa antimisiles como el proyectado «Golden Dome» explican el interés.
La respuesta europea ha sido rápida y coordinada. Además de Alemania, países como Francia, Suecia y Noruega también envían personal militar a la isla. Dinamarca, soberana del territorio, ha reforzado su propia presencia, mientras el Gobierno autónomo groenlandés —con apenas 56.000 habitantes— mantiene su postura firme: «Groenlandia no está en venta».
La primera ministra danesa Mette Frederiksen ha advertido que cualquier agresión estadounidense contra un aliado de la OTAN destruiría el orden internacional posterior a 1945. En Alemania, el ministro de Defensa Boris Pistorius defendió la misión como una forma de contrarrestar el avance militar de Rusia y China en el Ártico, mientras que la vicepresidenta del grupo SPD en el Bundestag, Siemtje Möller, la calificó de «muestra de solidaridad europea».
No todos comparten el entusiasmo. El partido La Izquierda critica la operación como un posible «globo sonda» para escaladas futuras, y desde Moscú la embajada rusa ante la OTAN expresó «gran preocupación» por el incremento de presencia militar europea en la región.
Con este despliegue, Europa envía un mensaje inequívoco a Washington: la cohesión de la alianza atlántica y la integridad territorial de sus miembros no son negociables, ni siquiera ante las ambiciones de su principal socio. Groenlandia, helada y remota, se ha convertido en el nuevo tablero donde se juega la credibilidad de la OTAN en tiempos de incertidumbre.
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