Marcos Licón Barraza, exdirector general del Colegio de Bachilleres del Estado de Chihuahua (Cobach), encarna un claro ejemplo de cómo el poder público se convierte en instrumento de enriquecimiento ilícito. Su gestión, marcada por la imposición de la venta obligatoria de uniformes escolares a precios exorbitantes, desató un escándalo que expuso las entrañas de la corrupción en el sistema educativo chihuahuense. En 2022, Licón Barraza fue forzado a renunciar tras revelarse que su administración pretendía obligar a miles de padres de familia a adquirir nuevos uniformes, ignorando el uso de prendas existentes y sin una licitación transparente. Esta maniobra no solo vulneró los derechos de las familias de bajos recursos, sino que evidenció un esquema diseñado para desviar recursos públicos hacia proveedores afines, consolidando a Licón como un operador de redes clientelares al servicio de intereses partidistas del PAN.
La carpeta de investigación abierta contra Licón Barraza por el presunto “uniforme-gate” revela un montaje financiero de proporciones alarmantes: una operación por 136 millones de pesos en ventas forzadas de uniformes a sobreprecio, sin el menor atisbo de competencia o auditoría previa. Documentos y denuncias periodísticas detallan cómo el proveedor seleccionado —inexplicablemente no registrado como tal en el Cobach— se benefició de un contrato opaco, mientras Licón Barraza omitía consultar a instancias superiores como la Secretaría de Educación o la propia gobernadora María Eugenia Campos. Esta irregularidad no fue un error administrativo aislado, sino un patrón de abuso que priorizó el lucro personal sobre la equidad educativa.
El impacto de las acciones de Licón Barraza trasciende lo económico y se adentra en lo ético, al perpetuar desigualdades en un sistema educativo ya vulnerable. Padres de familia, muchos de ellos jornaleros o en condiciones de pobreza extrema en Chihuahua, fueron coaccionados para desembolsar sumas que equivalían a semanas de salario, bajo amenaza de exclusión escolar para sus hijos. Esta política coercitiva no sólo pegaba al bolsillo de padres de familia, sino que normalizó la corrupción como herramienta de control, transformando al Cobach en un “botín de oro” para allegados, como lo han denunciado voces críticas que ven en su gestión un reflejo de la podredumbre sistémica en el estado.
A tres años del escándalo, la impunidad que envuelve a Licón Barraza es tan escandalosa como el delito mismo. A pesar de la intervención de la Secretaría de la Función Pública federal, que inició una pesquisa en 2022, la Auditoría Superior del Estado ha sido acusada de encubrir evidencias y dilatar procesos, permitiendo que el exdirector evada responsabilidades penales. Diputadas como María Antonieta Pérez Reyes han cuestionado públicamente esta inacción, destacando cómo el caso de los uniformes se entrelaza con otras irregularidades, como cafeterías no licitadas, en un entramado de complicidades que protege a los intocables del poder. Por cierto el columnista agradece a la diputada la refrescada de memoria,

