Duelo de espejismos en Morena
En Chihuahua, la carrera por la gubernatura se ha convertido en un «todos contra todos» donde Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar han decidido quemar sus naves prematuramente. La licencia de la senadora y el activismo desbordado del alcalde juarense no son señales de fortaleza, sino síntomas de una profunda ansiedad política. Ambos han sacado toda la artillería al campo de batalla porque, en el fondo, saben que el «Gran Elector» de Palacio Nacional ha guardado un silencio sepulcral. Sin el «dedazo» bendecido ni señales de humo desde el Altiplano, la estrategia ha sido clara: saturar el estado con propaganda para que, cuando llegue la hora de la encuesta, el centro no tenga más opción que aceptar los hechos consumados.
La orfandad del Altiplano
Lo que más debería inquietar a los aspirantes es la gélida neutralidad que emana de la Ciudad de México. Mientras en el estado se vive una guerra de espectaculares y descalificaciones, en la oficina de la presidenta Claudia Sheinbaum la prioridad no es Chihuahua, sino la estabilidad legislativa y la economía. Esta falta de «línea» ha provocado que Chávez y Pérez Cuéllar se lancen al vacío sin paracaídas; Andrea apostando al carisma y al territorio, y Cruz a la chequera municipal y la estructura fronteriza. La ausencia de un guiño oficial los ha obligado a una pelea de desgaste que, lejos de consolidar a un líder, está desnudando las fracturas de un movimiento que en el norte todavía no sabe caminar sin guía.
Pelea de callejón entre Andrea y Cruz
La lucha se ha vuelto encarnizada y, por momentos, de una torpeza política alarmante. El retiro de lonas, los ataques en redes sociales y la guerra de encuestas —donde cada quien compra su propia verdad— han convertido la precampaña en una pelea de callejón que ya preocupa en las altas esferas del partido. En el Altiplano, la visión es pragmática: Chihuahua es una plaza difícil donde el PAN sigue vivo, y una división interna tan temprana es el mejor regalo para la oposición. Ver a sus dos cartas fuertes despedazarse por un liderato que nadie les ha otorgado aún, empieza a ser visto más como una debilidad que como una muestra de músculo democrático.
El riesgo de la autodestrucción
Andrea Chávez ha jugado su carta más arriesgada al dejar el Senado, una plataforma nacional que le daba protección y visibilidad, para apostarlo todo a una gira que podría desgastarla antes de tiempo. Por su parte, Cruz Pérez Cuéllar se mantiene atrincherado en su gestión, pero con el estigma de las acusaciones de corrupción y el acecho constante de los grupos que ven en él a un panista infiltrado. Ambos están echando toda la carne al asador sin entender que el fuego podría consumirlos antes de 2027. La falta de pericia para procesar sus diferencias internamente está enviando un mensaje de caos que podría asustar al votante indeciso.
El silencio que aturde
Al final, el destino de Chihuahua no se decidirá en los municipios que Andrea recorre, ni en las escuelas que Cruz pinta, sino en el análisis de riesgos que se haga en la capital del país. El Altiplano observa con desconfianza cómo sus dos alfiles se han vuelto ingobernables en su ambición. Si la lucha sigue escalando en agresividad, no sería extraño que la «tercera vía» —esa figura de consenso que hoy nadie ve— empiece a cobrar fuerza en las oficinas de Morena nacional. Por ahora, el duelo sigue: dos políticos dándolo todo por una señal que, hasta hoy, simplemente no llega.
Viejos lobos abrazan a Bonilla
La irrupción del grupo MásXJuárez en la escena política estatal ha enviado un mensaje inequívoco de realineamiento: el apoyo abierto a la precandidatura de Marco Bonilla para la gubernatura. Lo que en el papel se presenta como una «agrupación ciudadana», en la práctica opera como un refugio de alto tonelaje para el ADN político de la frontera. Al levantarle la mano al alcalde de Chihuahua, este bloque no solo aporta votos, sino una estructura de «colmilludos» que conocen cada rincón de la operación electoral en Juárez, un territorio que históricamente le ha sido esquivo al panismo tradicional.
Alianza de facto
La anatomía de MásXJuárez revela una mutación fascinante del priismo juarense. Entre sus fundadores y operadores estrella destacan figuras que alguna vez fueron la columna vertebral del tricolor en la ciudad, incluyendo a dos pesos pesados que buscaron la alcaldía bajo las siglas del PRI: José Luis Canales de la Vega y Eleno Villalba. Su presencia en este bloque «apartidista» confirma que la vieja guardia no se ha extinguido, sino que ha encontrado en la figura de Bonilla el vehículo ideal para mantenerse vigente, saltándose las estructuras burocráticas de sus antiguos partidos para negociar directamente desde la periferia.
Alianzas bajo la mesa
La tesis central de este movimiento es la consolidación de una alianza de facto que trasciende los logos de los partidos. Bonilla ha entendido que para conquistar el estado no le basta con la marca del PAN; necesita los «fierros» y la experiencia de los grupos que dominan la movilización en el norte. Al cobijarse bajo agrupaciones que no son estrictamente partidistas, el alcalde capitalino construye una plataforma de aterrizaje suave para aquellos que reniegan de las dirigencias actuales del PRI o el PAN, pero que están dispuestos a cerrar filas en un frente común contra el avance de Morena.
Juárez como campo de batalla
La incorporación de personajes como Canales de la Vega y Villalba le da a Bonilla una legitimidad inmediata en sectores donde el panismo de la capital suele ser visto con recelo. Esta maniobra es un golpe de ajedrez: mientras las dirigencias formales de la coalición Fuerza y Corazón por México discuten cuotas, en Juárez se está armando una estructura paralela con sabor a «priismo de antaño» pero con objetivos renovados. La estrategia es clara: si no puedes entrar a Juárez con la bandera azul, entra con la estructura de quienes alguna vez fueron sus dueños.
¿Voto útil o supervivencia?
Al final, el respaldo de MásXJuárez a Marco Bonilla es un síntoma de la política de supervivencia que domina el estado. Para los exlíderes priistas, el alcalde representa la única ficha con posibilidades reales de retener la gubernatura frente a la ola guinda; para Bonilla, estos operadores son el «combustible» necesario para prender la maquinaria en una frontera que define elecciones. Es una simbiosis pragmática donde los principios ideológicos han pasado a tercer plano, dejando una sola prioridad sobre la mesa: el control del poder territorial por encima de las siglas.

