Por Alberto Capella
Excomisionado de Seguridad de Baja California y activista ciudadano con experiencia en la organización y contención de manifestaciones. También fue importante mando a las órdenes de Julián Leyzaola en Ciudad Juárez de 2010 a 2013.
El sábado 9 de noviembre de 2025, la Ciudad de México vivió una de las movilizaciones ciudadanas más importantes de los últimos años. Convocada principalmente por la Generación Z tras el brutal asesinato del alcalde de Acapulco, Carlos Manzo, la marcha reunió a decenas de miles de personas que caminaron desde el Ángel de la Independencia hacia el Zócalo. Alberto Capella, testigo directo y protagonista con doble mirada —como exorganizador de marchas ciudadanas hace casi dos décadas y como exfuncionario responsable de la seguridad en manifestaciones masivas—, relata en primera persona lo que vio, sintió y analizó sobre el terreno.
Desde las 11 de la mañana, el río humano comenzó a fluir por Reforma. No era una marcha de partido ni de sindicato. Eran familias enteras con niños en hombros, adultos mayores con bastón, profesionistas en tenis, vecinos de colonias populares y jóvenes con banderas rosadas y mexicanas. El blanco dominaba como símbolo de paz; las consignas, claras y constantes: justicia por Carlos Manzo y rechazo frontal a Morena, a Claudia Sheinbaum, a Adán Augusto López y a Gerardo Fernández Noroña. Durante más de tres horas, el contingente fue ininterrumpido, ordenado y profundamente pacífico.
Sin embargo, al acercarse al primer cuadro del Centro Histórico, el escenario cambió radicalmente. El operativo policial no estaba diseñado para proteger ni para facilitar la concentración, sino para inhibirla. Capella describe con precisión quirúrgica el dispositivo: vallas metálicas formando una “L” que blindaba Catedral y Palacio Nacional, cierre total de Eje Central Lázaro Cárdenas y Francisco I. Madero, y un único acceso real por la calle 5 de Mayo. “Es una configuración clásica de contención política”, explica. “Reduce el impacto visual, fragmenta el flujo y genera miedo”.
Y el miedo llegó exactamente donde debía llegar. Al ingresar por 5 de Mayo, los manifestantes pacíficos se toparon de frente con un grupo de jóvenes encapuchados que atacaban las vallas laterales de la Catedral. Humo, golpes, antimotines resistiendo, gritos. Miles de personas se detuvieron en seco o retrocedieron. Minutos después, el foco principal de violencia se trasladó frente a Palacio Nacional: piedras, botellas, cohetones de estruendo ensordecedor, bombas molotov. Capella es tajante: la mitad de las vallas derribadas fueron las del frente del palacio, no las de la Catedral. El mensaje era claro y dirigido.
Uno de los detalles más reveladores que aporta el autor es su empatía hacia los elementos antimotines. “He estado del otro lado del escudo”, escribe. Durante más de cinco horas, los policías recibieron pedradas, botellas, gas pimienta y cohetones sin autorización para avanzar. “Fueron víctimas de una ecuación política que los mantuvo estáticos mientras los agredían”. Cuando finalmente los “soltaron”, la reacción fue desproporcionada, pero comprensible desde el punto de vista humano.
Los cohetones, en particular, jugaron un papel psicológico devastador. Su estruendo hizo creer a muchos —especialmente a familias con niños y personas mayores— que se trataba de disparos de arma de fuego. Capella vio a menores llorando y a contingentes enteros dando media vuelta. “Ese ruido fue determinante para que miles optaran por no ingresar al Zócalo”, afirma.
La gran pregunta que queda flotando es: ¿por qué no se llenó el Zócalo si la marcha era evidentemente masiva? La respuesta, según el testimonio directo de Capella, es que el Zócalo fue operado para no llenarse. Violencia colocada en los accesos, embudos operativos, humo, ruido intimidante y un diseño de vallas que reducía el espacio útil lograron que cada nuevo contingente, al llegar, viera el caos y decidiera retirarse. La dispersión final, cerca de las 4 de la tarde, fue caótica: antimotines abriendo el cerco y avanzando provocaron una estampida por las pocas salidas disponibles, todas saturadas.
Capella acuñó para este tipo de estrategia el término “autocracia pasiva”. No es la represión abierta de otros tiempos, sino una forma más sofisticada de control: te permiten marchar, pero colocan violencia donde llegas; te dejan avanzar, pero te fragmentan; no te prohíben entrar, pero generan miedo para que no te quedes. Es autoritarismo administrado que no necesita declarar el estado de excepción porque logra el mismo efecto por otros medios.
Su conclusión es contundente: “Lo pacífico fuimos nosotros. La narrativa del caos fue inducida”. Lo que el sábado ocurrió en el Centro Histórico no fue desorden espontáneo ni fracaso ciudadano, sino ingeniería política destinada a distorsionar la percepción pública de una movilización histórica.
El texto de Alberto Capella —viralizado en redes sociales— se ha convertido en uno de los testimonios más completos y creíbles de lo sucedido. Porque no habla desde la especulación ni desde el escritorio: habla desde la calle, con la autoridad moral de quien ha estado tanto del lado de los escudos como del lado de las consignas. Y su voz, en medio de la polarización, recuerda una verdad incómoda: en México, el derecho a manifestarse sigue existiendo… siempre y cuando no logre llenar el Zócalo de ciudadanos indignados.
(Texto basado íntegramente en el relato en primera persona de Alberto Capella, testigo presencial y actor con experiencia en ambos lados de las vallas).



