Los Ángeles, California.- En un extenso reportaje publicado este 30 de noviembre de 2025 en el Los Angeles Times, la periodista Brittny Mejia y el fotógrafo Robert Gauthier ofrecen un retrato crudo y profundamente humano de los trabajadores agrícolas que cosechan melones y sandías en el corazón rural de California. Bajo el título original que acompañaba las imágenes (“Farmworkers in the field”), Mejia no solo narra, sino que se sumerge literalmente en el trabajo de campo durante varios días para comprender desde dentro la dureza física y la incertidumbre que define la existencia de estos hombres y mujeres, muchos de ellos indocumentados.

Durante más de un siglo, los trabajadores agrícolas indocumentados han sido la columna vertebral de la agricultura californiana. Recogen la fruta que llega a los supermercados estadounidenses en condiciones que la mayoría de los ciudadanos nacidos en el país rechazan de plano. Seis días a la semana, bajo temperaturas que en verano superan fácilmente los 38 grados, cortan enredaderas, seleccionan frutos, cargan cajas y mantienen en movimiento una industria que genera miles de millones de dólares. Como señala el reportaje de Mejia, un solo equipo puede cosechar hasta 12.000 sandías en un día de máxima intensidad.
La periodista del Los Angeles Times se presentó en el campo como una trabajadora más. Llevaba guantes blancos de algodón, protector solar y una gorra recién comprada. A las pocas horas ya quedaba rezagada respecto a los hombres que, inclinados casi en ángulo recto, limpiaban la fruta con un rápido golpe de cuchillo y avanzaban sin pausa. Esteban Rodríguez, de 62 años y cuarenta temporadas a sus espaldas, le quitó suavemente el cuchillo de la mano: “Yo las cortaré y te las daré”, le dijo, evitando que tuviera que agacharse cada pocos metros. En ese gesto se resumía la solidaridad cotidiana entre quienes saben lo que cuesta ganarse el jornal.
Muchos de estos trabajadores proceden de la misma región agrícola de Sinaloa, México. Cruzaron la frontera ilegalmente hace décadas, trabajaron primero en las tierras de sus padres y luego en las de California. Entre bromas sobre suegras autoritarias y comentarios sobre la quinceañera de alguna hija, comparten una vida marcada por la precariedad legal. Algunos obtuvieron la residencia gracias a la amnistía de 1986 firmada por Ronald Reagan, la última gran reforma migratoria integral en Estados Unidos. Otros, como Ángel, de 23 años, llegaron siendo niños y hoy trabajan con documentos falsos adquiridos por 150 dólares. “Así trabaja casi todo el mundo en el campo”, explica Ángel a Brittny Mejia. Pagan impuestos con números de Seguridad Social que no son suyos, pero nunca podrán cobrar desempleo ni prestaciones.
La mano de obra envejece rápidamente
El reportaje del Los Angeles Times subraya un dato preocupante: la mano de obra agrícola en California envejece rápidamente. Según un estudio del Centro Comunitario y Laboral de la Universidad de California en Merced citado por Mejia, entre 2009 y 2019 aumentó un 64 % el número de trabajadores de 55 a 64 años. En la próxima década se espera una ola de jubilaciones sin precedentes. Esteban, con sus cejas canosas, lo resume con crudeza: “Trabajaré hasta que el cuerpo aguante”. No hay plan B.

Con la llegada de la segunda administración Trump, el miedo a las redadas del ICE ha regresado a los campos, aunque de manera más contenida de lo que podría esperarse. Ha habido operativos puntuales (en Oxnard, agentes persiguiendo a un trabajador entre las fresas; en Camarillo, un hombre que murió al caer de un tejado mientras huía), pero las grandes redadas masivas en zonas agrícolas no se han materializado todavía. El propio Trump reconoció en agosto, en una entrevista con CNBC, que los trabajadores agrícolas “lo hacen de forma natural” y se mostró dispuesto a encontrar una vía para regularizar su situación, presionado por los propios agricultores que ven peligrar sus cosechas.
Esa ambivalencia genera confusión. El propietario de la granja donde trabajó Mejia, votante de Trump, se lamenta de los mensajes contradictorios: un día el presidente dice que hay que proteger a los agricultores, al siguiente la secretaria de Seguridad Nacional habla de deportaciones masivas. “No sabemos qué pensar”, admite. Sabe que más de la mitad de los 350.000 trabajadores agrícolas de California carecen de papeles, pero prefiere no preguntar demasiado cuando alguien presenta documentación aparentemente válida. “El trabajador está contento de cobrar su sueldo”, explica con pragmatismo.
“Si nos agarra la migra, perdemos todo”
Los estadounidenses nacidos en el país casi nunca solicitan estos empleos. Cuando lo hacen, rara vez duran más de una semana. El propietario recuerda el último grupo de blancos no latinos que contrató hace cinco años: recogieron melones siete días, cobraron 600 dólares cada uno y desaparecieron para siempre.
En el campo, la vida transcurre entre el calor, el polvo y la broma fácil. Durante la pausa del almuerzo, Rosario, esposa del capataz Raúl, sirve tortillas hechas a mano y frijoles. Los hombres comen sentados en bancos dentro de un remolque, ven vídeos en el celular y se ríen de sus propias desgracias. “De vuelta al sueño americano”, dice uno con ironía mientras reanudan la tarea. “El sueño americano nos consume”, responde Raúl.
Mujeres como Mirian, hondureña de 24 años que huyó de las pandillas, o Mimi, con 23 años en el país de forma ilegal, trabajan pensando en sus hijos. Mimi muestra orgullosa la foto de su hijo mayor, beneficiario de DACA y recién graduado en ingeniería mecánica. “Son mi motivación”, dice. Otra trabajadora, llegada con visa de turista, utiliza los documentos de su sobrina y ahorra para terminar la casa que su hijo construye en México: primero el suelo, luego el tejado, después puertas y ventanas. “Si nos agarra la migra, perdemos todo”, confiesa.
Brittny Mejia, hija de inmigrante mexicano, reconoce que nunca se sintió tan estadounidense como cuando intentaba seguir el ritmo de estos trabajadores. Al final de la jornada, con el pañuelo rosa que le regaló Mimi anudado al cuello, Raúl le dice riendo: “Ya se fue la reportera”. Y tiene razón. Durante unos días, la redactora del Los Angeles Times dejó de ser observadora para convertirse en una más entre quienes, día tras día, inclinan la espalda para que el resto del país pueda comer fruta fresca.
El reportaje de Mejia y las imágenes de Robert Gauthier, publicadas en el Los Angeles Times este 30 de noviembre de 2025, no buscan sentimentalismo fácil ni denuncia grandilocuente. Ofrecen algo más valioso: un espejo incómodo donde se refleja la contradicción esencial de un país que depende por completo de una mano de obra a la que mantiene en la sombra y bajo amenaza permanente. Mientras no haya una reforma migratoria real, los campos de California seguirán llenándose cada temporada de hombres y mujeres que trabajan con el cuerpo agotado y el miedo contenido, sabiendo que todo —el jornal, la casa a medio construir en México, el futuro de sus hijos— puede desvanecerse en cualquier momento si aparece un vehículo verde del ICE en el horizonte.



