El maestro Alejandor Irigoyen decía que las bibliotecas también son proyectos de lectura, por aquello de que es común que en las ansias de leer se acumulen los libros o permanezca en espera indefinida. Así me pasó con la novela de Umberto Eco: La misteriosa llama de la reina Loana, la menos buenísima de sus obras, si se permite la expresión, por lo menos en la opinión de este lector.
Luego de más de una década de su compra la reencontré y me decidí a abrir sus páginas. Inmediatamente en la segunda página redescubrí el cultismo del piamontés en sus referencias a la novela policíaca con un “elemental mi querido Watson” y una mención al inspector Maigret. Imposible no recordar las pláticas con Alejandro Irigoyen y las primeras novelas de Eco, recién nos conocimos había publicado El nombre de la Rosa que fue motivo de largas y sabrosas conversaciones.
El genial descaro del autor de iniciar su gran novela con una recreación de un cuento de Voltaire, recreación que no refrito, es simplemente genial. El suizo nos cuenta cómo en la Ia antigua Babilonia un potentado extravió su caballo y el italiano convierte al gobernante de la Mesopatamia en un abad de un monasterio benedictino del norte de Italia, quien también pierde su caballo Brunello. En Voltaire la capacidad deductiva es de Zadig, quien da nombre al cuento y en el italiano es de un monje franciscano inglés Guillermo de Baskerville, quien en su capacidad de deducción recuerda a Sherlock Holmes. Algunas noches-madrugadas pasadas con el maestro Irigoyen, que siempre estaban llenas de libros y larga conversaciones, fueron ocupadas por esta novela de Eco.
Algunos años después, leyendo otra novela del gran estudioso de la semiótica, El péndulo de Foucault, cada quien decidió su grado masón: Alejandro Irigoyen gustó de «Custodio del nombre impronunciable» yo me conforme con ser un simple «Caballero Kadosh».
Siempre encuentro en los libros el recuerdo de personas que han sido fundamentales en mi vida, eso viene al caso porque en la novela recién abierta, el personaje se llama Giambattista Bodoni, y eso me llevó a mi adolescencia y mi encuentro con el maestro Mava (Arturo Martínez Valdez), con quien aprendí tipografía y aún recuerdo cuando me ordenaba : “Chavo, una línea en 40 puntos Bodoni que diga Gran Apertura, con signos de admiración”. Entonces tomaba el componedor y abría la caja del tipo ordenado y de aquellos dos bellos y enormes “chivalets” salían una a una las letras metálicas, perfectas, en el armónico Bodoni.
Recuerdo al maestro Irigoyen decir que El nombre de la Rosa era desde luego una novela negra y no confundir este género, con la novela policiaca, aclaraba, y entonces con la solvencia que le era propia mencionaba a los creadores del género negro, los norteamericanos Carrol John Daly, poco apreciado por el maestro Iri y buenos comentarios para Raymond Chandler y Dashiel Hammett, el primero con su ácido e irónico detective Philip Marlowe, Chandler empezó tarde pero bien a escribir sus novelas, tenía 51 años cuando publicó Sueño eterno. De Hammett, habrá que recordar dos novelas: El Halcón maltés y Cosecha roja y por supuesto a su personaje Sam Spade. Por cierto Humphrey Bogart, caracterizó a ambos detectives en el cine…Alejandro Irigoyen, no era precisamente cinéfilo, aquí era muy profundo o elemental. Gustaba hablar de Nosferatu de Werner Herzog, de Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola, del Séptimo Sello, de Igmar Bergman. Pero lo que nunca olvidaba es la escena en donde Marlon Brando, siendo el coronel Walter Kurtz tiene en sus manos el libro La Rama Dorada, obra fundamental en la vida de Irigoyen y parte de la herencia que de él recibí. Prefería el cine simple, que lo hiciera reír, cine de escape y olvido.


