Cada fin de año hace su aparición, el pasado 10 de diciembre volvió a pasar de largo el espectro de Jorge Luis Borges, consolidando su presencia más como una sombra que como un galardonado en la Sala de Conciertos de Estocolmo. El autor de El Aleph, con esa ceguera que parecía ver más allá del tiempo, acuñó para sí mismo el título de el fantasma de Estocolmo, asumiendo con una ironía casi metafísica su papel de eterno nominado. Para la Academia Sueca, Borges fue el invitado invisible que nunca subió al estrado, no por falta de genio, sino por el peso de una geopolítica que no supo digerir sus posturas frente a las dictaduras del Cono Sur.
Año tras año, el ritual se repetía: el teléfono callaba en Buenos Aires mientras en Suecia se pronunciaba otro nombre, a menudo destinado al olvido frente a la inmortalidad del argentino. Al final, Borges transformó el desaire en su mejor pieza literaria; entendió que pertenecer a la lista de los olvidados —junto a figuras como Joyce o Proust— era un honor mucho más selecto que la propia medalla de oro. Su ausencia en el palmarés del Nobel no fue una derrota para él, sino una mancha permanente en el historial de un premio que, al intentar juzgar la moral del hombre, terminó perdiendo de vista la eternidad de su obra.
El tema fue recurrente en las múltiples entrevistas que para televisión dio por lo menos en la última década de su vida, en diversos países y por lo menos en dos continentes; tanto se le preguntó de esta ausencia en Estocolmo, que es relativamente fácil oír su discurso de aceptación en sus propias palabras; todas y cada una de ellas pronunciada por sus labios.
El discurso de aceptación de Borges
Señores de la Academia, señoras, señores:
Ignoro qué azar, o qué sutil distracción de los dioses, me ha traído esta tarde hasta este estrado. Siempre sospeché que mi destino era el de ser el fantasma de Estocolmo, esa sombra recurrente que cada octubre visitaba las pesadillas de los académicos suecos para recordarles que la literatura es un laberinto del que nadie sale premiado. Haber roto esa hermosa tradición de no darme el Nobel me causa una leve melancolía; me han privado ustedes de mi mejor chiste y, lo que es peor, me han condenado a la realidad.
Acepto esta medalla con la misma perplejidad con la que uno acepta un sueño. La acepto no por mis méritos, que son nulos o pertenecen a otros —a Cervantes, a Quevedo, a Schopenhauer—, sino como una generosa equivocación de Escandinavia. He pasado mi vida entre libros, habitando bibliotecas que son el universo, y hoy descubro que el universo ha decidido, por fin, devolverme una mirada de oro. No me den este premio por lo que escribí; dénmelo por lo que he leído, que es siempre más noble y más vasto.
Suelo decir que la ceguera es una forma de soledad, pero hoy esta luz que no veo, pero que percibo en sus aplausos, me reconcilia con el mundo. Alguna vez afirmé que no me daban el Nobel porque los suecos eran personas muy sensatas; hoy celebro este rapto de locura que me permite, al fin, dejar de ser un fantasma para convertirme en una de las antiguas memorias de esta ciudad. Muchas gracias, o como diría algún improbable antepasado irlandés perdido en mi sangre: Gura mya gut.

