Iztapalapa, Ciudad de México.- Con más de un millón de asistentes y bajo el recién obtenido reconocimiento de la Unesco, la alcaldía vivió este Viernes Santo su 183ª representación de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, una de las tradiciones religiosas y culturales más grandes de México que transforma sus calles en un escenario bíblico vivo.
La historia de esta representación se remonta a 1833, cuando una devastadora epidemia de cólera azotó la Cuenca de México y diezmó a la población de Iztapalapa. Los habitantes de los ocho barrios originarios hicieron una promesa al Señor de la Cuevita: si la enfermedad cesaba, realizarían una procesión anual en su honor. El milagro se cumplió y, a partir de 1843, comenzaron las escenificaciones inspiradas en el teatro evangelizador virreinal. Desde entonces, la tradición se ha transmitido de generación en generación sin interrupciones, convirtiéndose en un acto de identidad, cohesión social y memoria colectiva para los pueblos originarios de la demarcación.
Los ocho barrios se convierten en Jerusalén
Cada año, los barrios de San Lucas, San Pablo, San Pedro, San José, La Asunción, Santa Bárbara, San Ignacio y San Miguel se preparan durante meses. Vecinos construyen escenarios, columnas romanas y tronos; cuidan a los 65 caballos y asnos que participarán, y ensayan con rigor. El recorrido principal del Viernes Santo inició alrededor de las 8:00 horas en la Casa de los Ensayos, pasó por la Macroplaza del Jardín Cuitláhuac y avanzó por calles como Aztecas, 5 de Mayo, Toltecas, General Anaya y Ermita, entre otras, para culminar en el Cerro de la Estrella con la crucifixión a las 15:00 horas.
Más de 136 actores con diálogo, alrededor de 2 mil nazarenos y cerca de 600 extras participaron en la escenificación, que dura aproximadamente nueve horas. Solo para encarnar a Jesús se exige ser originario de los barrios, tener al menos 18 años, medir 1.75 metros, estar soltero, sin tatuajes ni perforaciones, y contar con excelente condición física.
Un evento que une fe, cultura y comunidad
La representación no es solo religiosa: es un ritual que fortalece la pertenencia territorial y preserva oficios tradicionales. Familias enteras se asoman desde azoteas y balcones; miles caminan kilómetros para ver las 14 estaciones del Viacrucis y las escenas clave como la Última Cena, el lavatorio de pies, la traición de Judas y las tres caídas. En 2026, esta fue la primera edición tras la inscripción en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, aprobada por la Unesco en diciembre de 2025 durante su reunión en Nueva Delhi.
El Comité Organizador de la Semana Santa en Iztapalapa (COSSIAC) coordina el evento con apoyo de autoridades locales, garantizando seguridad y logística para los millones de visitantes que generan una importante derrama económica en la zona oriente de la Ciudad de México.
Un símbolo vivo de la identidad iztapalapense
Más allá de los números —más de 180 años de historia y miles de participantes—, la Pasión de Iztapalapa representa la resiliencia de un pueblo que, desde su origen prehispánico, ha fusionado elementos indígenas y cristianos. Este 2026, el reconocimiento internacional no solo honra la tradición, sino que refuerza su compromiso de preservarla para las futuras generaciones. Mientras las cruces se guardan y los escenarios se desmontan, los ocho barrios ya piensan en la próxima edición: la fe y la comunidad siguen caminando juntas por las calles que, una vez al año, se convierten en el Calvario.