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La Generación Z, de las calles olvidadas a la tormenta global

Antonio Pinedo Cornejo Texto: Antonio Pinedo Cornejo
12 noviembre, 2025
en > Crónica
Tiempo de Lectura: 6 minutos
Portada Crónica
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Era una mañana de noviembre de 2025 en la Ciudad de México, con el sol filtrándose a través de la neblina contaminada que cubre el Valle como un sudario. En el Ángel de la Independencia, cientos de jóvenes se congregaban, no con pancartas raídas de protestas pasadas, sino con celulares en alto, grabando en vivo en TikTok y Telegram. «¡Basta de balas, queremos futuro!», gritaba una chica de 19 años, con el rostro pintado de verde esperanza y negro luto, mientras el eco de sirenas policiales comenzaba a teñir el aire. Se llamaban a sí mismos «Generación Z México», un movimiento nacido apenas días antes del asesinato de Carlos Manzo, un alcalde que había destacado por sus demandas a la Federación de actuar contra el crimen organizado en Michoacán y fue tiroteado en una celebración comunitaria: los jóvenes pues, se manifiestan pacíficamente contra la inseguridad rampante. No era solo un luto; era una declaración. En un país donde la violencia se ha cobrado más de 400 mil vidas desde 2006, estos chicos —nacidos entre 1997 y 2012— habían decidido que su silencio digital ya no bastaba. Saltaban de las pantallas a las calles, inspirados en un fuego que ardía desde Birmania hasta Kenia, un contagio global de rabia y esperanza que redefine el activismo.

Para entender esta erupción, hay que retroceder al crepúsculo de la década de 2010, cuando la Generación Z —esos nativos digitales que crecieron con smartphones en la mano y crisis en el horizonte— empezó a gestar su furia. No fue un Big Bang repentino, sino un polvorín acumulado. Nacidos en la sombra de la Gran Recesión de 2008, que dejó a sus padres endeudados y a las economías tambaleantes, y bautizados por la pandemia de COVID-19 que les robó adolescencias enteras, estos jóvenes heredaron un mundo fracturado: cambio climático acelerado, desigualdad galopante y gobiernos que parecían más interesados en selfies que en soluciones.

Según un informe de la ONU de 2023, el 75% de la Gen Z global reportaba ansiedad crónica por el futuro, un sentimiento que se cristalizó en acción cuando, en febrero de 2021, Birmania (Myanmar) se convirtió en el epicentro de la primera gran revuelta Z.  Bajo el golpe de Estado militar del 1 de febrero, liderado por el general Min Aung Hlaing, miles de estudiantes y trabajadores tomaron las calles de Rangún y Mandalay. No gritaban consignas abstractas; exigían democracia real, fin a la corrupción y elecciones libres. El «saludo de tres dedos» —inspirado en Los Juegos del Hambre— se volvió símbolo viral, compartido en Instagram y Twitter (ahora X) pese a los bloqueos de internet.

Greta Thunberg, la precursora climática de la generación, tuiteó en apoyo: «La juventud birmana nos enseña que el miedo es el arma de los tiranos». En seis meses, la represión dejó más de 1,000 muertos, pero el movimiento —conocido como la Revolución de Primavera— plantó la semilla: la Gen Z no protestaba por reformas; derrocaba regímenes. 

El contagio global

El contagio fue imparable, como un virus que salta continentes vía hashtags. En marzo de 2022, Sri Lanka estalló en la «Aragalaya» (la lucha), una ocupación masiva del Galle Face Green en Colombo. Jóvenes como la estudiante de 20 años Nimalka Fernando, quien en una entrevista con The Guardian confesó: «Crecimos viendo cómo la deuda de nuestros abuelos nos ahogaba; ahora, nosotros pagamos el precio con hambre», lideraron cacerolazos nocturnos y campamentos frente a la Casa Presidencial. Las demandas eran crudas: fin a la crisis económica que había disparado la inflación al 70%, renuncia del presidente Gotabaya Rajapaksa por corrupción y acceso a comida y combustible para todos.

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Usando Telegram para coordinar «cadenas humanas» y memes para viralizar su ira —un video de un manifestante nadando en la piscina presidencial acumuló 50 millones de vistas—, forzaron la huida de Rajapaksa en julio. Fue el primer triunfo: un gobierno caído por la rabia de los que no habían votado aún.  Ese mismo año, en septiembre, Irán ardió tras la muerte de Mahsa Amini, una kurda de 22 años arrestada por la policía moral por su hijab «inapropiado». «Mujer, vida, libertad» se convirtió en el grito global, con mujeres cortándose el cabello en videos de TikTok que cruzaron fronteras. Las demandas trascendían género: secularismo, derechos humanos y fin al autoritarismo teocrático. Hasta inicios de 2023, la represión mató a 516, pero el movimiento, amplificado por IA para sortear censuras, inspiró huelgas en fábricas y universidades. 

Para 2024, la ola Z era un tsunami. En junio, Kenia vio el #RejectFinanceBill2024: estudiantes irrumpieron en el Parlamento de Nairobi contra un proyecto de ley que subía impuestos en un país donde el 40% de los jóvenes está desempleado. «No somos adinerados, ¿por qué pagamos por la codicia de los viejos?», tuiteó Kianje Gecaga, un activista de 18 años, mientras drones policiales lanzaban gas lacrimógeno. Métodos innovadores brillaron: ChatGPT se usó para redactar manifiestos virales, y filtros de Instagram ocultaron rostros de manifestantes. El saldo: 22 muertos, pero el presidente William Ruto retiró la ley.  En julio, Bangladés derrocó a la primera ministra Sheikh Hasina en la Revolución de Julio, nacida de protestas contra cuotas laborales que favorecían a hijos de «héroes de la independencia». Más de 215 muertos en enfrentamientos, pero el movimiento estudiantil anti-discriminación tomó el poder interino, exigiendo meritocracia y fin a la represión.  Diciembre trajo Corea del Sur al borde: la declaración de ley marcial por Yoon Suk-yeol provocó barricadas humanas en Seúl, revocando la medida en horas y abriendo un proceso de destitución. 

Las demandas de la Gen Z no son un manifiesto único, sino un tapiz de confluencia, tejido con hilos de urgencia global. En el núcleo: justicia económica, con llamados a empleos dignos y fin a la precariedad —en América Latina, donde el «bono demográfico» Z podría impulsar el PIB, pero el desempleo juvenil roza el 20%, según la OIT.  El clima late fuerte: desde Fridays for Future de Thunberg en 2018 hasta las marchas peruanas de septiembre 2025 contra reformas que ignoran la Amazonía en llamas. Derechos digitales y mentales emergen: en Nepal, septiembre 2025 vio quema del Parlamento por bloqueos a redes sociales; en México, la Gen Z exige protección contra ciberacoso y acceso a terapia gratuita.  Racial y de género: apoyo al 57% para derechos LGBTQ+ y 58% para equidad de género, según un sondeo de United Way.  En Gaza, marzo 2025, jóvenes palestinos marcharon contra Hamás, demandando fin a la guerra y control externo.  Corrupción une todo: de Serbia (noviembre 2024, 325,000 en Belgrado por un derrumbe mortal) a Paraguay (septiembre 2025, contra el clan Peña). 

Sus métodos son la revolución misma: híbridos, veloces, inclusivos. Redes sociales no son accesorios; son armas. Hashtags como #GoHomeGota en Sri Lanka o #GenZ212 en Marruecos coordinan millones sin jerarquías —»sin pirámides», como dice un análisis en Vértigo Político sobre México, donde memes y videos cortos en en la aplicación Discord reclutan en horas.  IA filtra contactos, traduce consignas; apps como Signal evaden espionaje. En las calles: desobediencia no violenta primero —cacerolazos en Francia (Bloquons Tout, septiembre 2025, paralizando 200,000 con huelgas de escuelas)— pero escalando a ocupaciones, como la Casa Presidencial en Sri Lanka, o «homenajes simbólicos»: la mano ensangrentada en Serbia por víctimas de corrupción. 

La confluencia es clave: coaliciones con movimientos obreros en Kenia o feministas en Irán, amplificando voces marginadas.  En México, el detonante de Manzo impulsó marchas del 8 de noviembre 2025 desde el Ángel, con demandas de seguridad, educación y derechos digitales, usando IA para mapear rutas seguras.  Pero no sin riesgos: represión global ha matado miles, desde los 250 en Mozambique (octubre 2024) hasta toques de queda en Tanzania (octubre 2025). 

Vuelvo a esa mañana mexicana, donde la chica de 19 años, ahora con lágrimas surcando el maquillaje, abraza a un compañero herido por gas. «Somos el 32% de la población mundial», dice en un live que capto de rebote, citando a Amnesty International. «No pedimos caridad; exigimos el mundo que nos robaron».  La Generación Z no es el futuro; es el presente en llamas. Han derrocado presidentes en Bangladés y Sri Lanka, forzado renuncias en Mongolia y Corea, paralizado economías en Francia e Indonesia. En 2025, con protestas en 20 países —de Togo a Filipinas—, su poder contagioso asusta a los viejos guardianes. Pero como advierte un ensayo en The New York Times, «tienen el fuego, no el control: ¿qué vendrá después?»  En las calles de México y más allá, la respuesta resuena: lo que venga, lo forjarán ellos, con celulares en mano y sueños intactos. La chispa no se apaga; se expande.

Autor

  • Antonio Pinedo Cornejo
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