“Saber lo que es correcto y no hacerlo es la peor forma de cobardía”, escribió alguna vez Mahatma Gandhi, una frase que resuena con fuerza en el México de finales de 2025.
En un ensayo titulado “El incendio”, el analista Carlos Hernández Torres describe con crudeza una demolición institucional que avanza sin prisa pero sin pausa, consentida por una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado.
No se trata de un golpe repentino ni de una catástrofe visible. Es algo más sutil y por ello más peligroso: la erosión lenta del Estado de Derecho, mientras la mayoría de los ciudadanos se acomoda en la resignación.
Hernández Torres, autor de reflexiones críticas sobre la política mexicana, pinta un panorama desolador. La Cuarta Transformación no actúa sola; cuenta con la complicidad pasiva de una tolerancia social que ha normalizado lo intolerable.
Desde la cancelación del aeropuerto de Texcoco hasta la militarización de funciones civiles, pasando por el desmantelamiento de organismos autónomos y la reciente captura del Poder Judicial mediante elecciones controvertidas, la sociedad ha respondido con silencio o con un encogimiento de hombros.
El texto señala cómo el mexicano promedio, con acceso a información y recursos, ha optado por no pensar profundamente, por indignarse solo en redes sociales y olvidar pronto. Los sistemas educativos, los medios y las algoritmos han contribuido a formar obedientes en lugar de críticos.
Lo más doloroso, según Hernández Torres, es la lucidez desperdiciada: hay talento en universidades, think tanks y movimientos civiles, pero permanece atomizado por el miedo al señalamiento, al linchamiento digital o a perder privilegios.
Empresarios acobardados, partidos de oposición convertidos en camarillas interesadas solo en migajas de poder, y una ciudadanía que justifica la decadencia: así se configura esta cobardía generalizada.
La respuesta, insiste el autor, no está en instituciones ya capturadas, sino en la gente común. No se necesitan héroes ni revoluciones espectaculares, sino adultos responsables que rompan el silencio, fortalezcan su criterio y se conecten en redes reales para actuar.
Para ilustrar el llamado urgente, Hernández Torres evoca el acto extremo del monje budista vietnamita Thích Quảng Đức, quien en 1963 se inmoló en una calle de Saigón como protesta silenciosa contra la represión gubernamental.
Aquel fuego no solo consumió su cuerpo, sino que despertó la conciencia de un pueblo entero. En México, concluye el ensayo, no hace falta llegar a tales extremos: basta con dejar de esconderse, con aportar tiempo, palabra y valentía.
La casa está en llamas, advierte. No alcanza con cambiar de canal. Es hora de levantarse y, aunque sea con una cubeta de dignidad, empezar a apagar el incendio.y
En un país donde la apatía ha sido la herramienta más eficaz del poder, este texto de Carlos Hernández Torres invita a una reflexión incómoda: ¿seguiremos siendo espectadores o asumiremos, por fin, nuestra responsabilidad?