Nueva York, EE.UU.- Vivimos rodeados de placeres instantáneos. Con un teléfono en la mano podemos pedir comida, apostar en un partido, chatear con desconocidos, ver contenido infinito o comprar cualquier objeto en segundos. Esta comodidad extrema, según la psiquiatra Anna Lembke, nos está haciendo menos felices. En los países desarrollados, los niveles de soledad, ansiedad y depresión alcanzan récords históricos, respaldados por múltiples estudios. Lembke, directora de la Clínica de Diagnóstico Dual de Medicina de las Adicciones en Stanford, atiende desde adicciones a opiáceos hasta lo que denomina “drogas digitales”: redes sociales, compras en línea, videojuegos o pornografía que inducen un trance en el que se pierde la noción del tiempo.
En su libro Generación dopamina (2021), Lembke explica que el cerebro humano está cableado para buscar estimulación constante. La vida moderna, con su flujo inagotable de contenidos y bienes, hace casi imposible resistir ese impulso. Desde el inicio de los 2000 observó un aumento en adicciones a opioides recetados, seguido por pornografía compulsiva en hombres de mediana edad con la llegada de internet de alta velocidad. Hacia 2012-2013 aparecieron adolescentes con problemas por videojuegos; después, en 2015-2016, redes sociales, compras compulsivas y apuestas virtuales. En los últimos años ve una “adicción dispersa”: la gente salta de una “droga” digital a otra cuando una no está disponible.
Define la adicción como el consumo compulsivo continuado de una sustancia o conducta pese al daño evidente a uno mismo o a otros. No hay pruebas biológicas definitivas; el diagnóstico se basa en patrones repetidos de comportamiento. Distingue entre adicción grave —obvia y devastadora— y formas leves o moderadas, donde el límite entre uso recreativo y patológico es difuso y depende del contexto cultural. Por ejemplo, la adicción al trabajo se celebra en muchas sociedades.
El problema no es solo individual, sino sistémico. Lembke lo enmarca en el Antropoceno: hemos pasado de la escasez a una sobreabundancia que altera nuestra química cerebral. Tenemos más tiempo libre, ingresos y acceso a placeres que nunca, pero en lugar de debates profundos o conexiones reales, invertimos energía en el mundo online. Esto drena la vida real, que se vuelve más aburrida por comparación. Llama a esto la “paradoja de la abundancia”: cuanto más tenemos, peor nos sentimos, porque el exceso de dopamina nos deja en déficit crónico. Ya no consumimos para sentirnos bien, sino para sentirnos normales.
Aunque no califica a todos como adictos, reconoce que el control del apetito se ha vuelto una lucha colectiva en la era moderna. Tecnologías emergentes —gafas inteligentes, implantes, inteligencia artificial— agravan el aislamiento al satisfacer necesidades emocionales, sexuales o sociales sin intervención humana real. Una mujer que se enamora de su “novio IA” ilustra lo aterrador de esta tendencia.
Lembke aplica sus ideas en su vida personal. Como madre, evitó internet y smartphones en casa hasta que sus hijos entraron a secundaria. Aunque reconoce que fue posible por su profesión privilegiada, valora que sus hijos (hoy de 18 a 23 años) interioricen que el exceso online daña. En vacaciones familiares sin dispositivos, como un viaje reciente a Yosemite, notó una presencia más profunda: conversaciones prolongadas, juegos de mesa, paseos nocturnos. Eliminar la opción de conectarse cambia el deseo mismo.
Propone crear “espacios comunes sin internet” donde nadie pueda elegir distraerse digitalmente. En un mundo que avanza hacia mayor integración tecnológica, esta utopía parece lejana, pero Lembke insiste: recuperar el equilibrio requiere límites colectivos y momentos de desconexión deliberada. La sobreabundancia no nos libera; nos atrapa. Encontrar la salida pasa por reconocer que, a veces, menos es más.