Teherén, Irán.- La ofensiva militar conjunta iniciada el 28 de febrero de 2026 por Estados Unidos e Israel contra Irán ha entrado en su segunda semana sin alcanzar los objetivos declarados de destruir el programa nuclear y misilístico iraní ni provocar un cambio de régimen.
Los ataques aéreos eliminaron al líder supremo Alí Jameneí y varios altos mandos, pero Teherán respondió con más de 30 oleadas de misiles balísticos y drones contra bases estadounidenses en la región y objetivos en Israel. El nuevo líder supremo, Mojtabá Jameneí, hijo del fallecido, representa un endurecimiento de la línea dura respaldada por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), que mantiene hasta la mitad de su arsenal misilístico y afirma poder sostener el nivel actual de combates durante meses.
Analistas de The New York Times critican la estrategia de la Administración Trump por subestimar la resistencia iraní y califican su enfoque de “arrogante”. Expertos rusos como Borís Dzhereliyevski y Georgi Bovt coinciden en que la apuesta por una “guerra relámpago” fracasó: no hubo colapso interno ni capitulación, y una prolongación del conflicto podría derivar en una victoria pírrica para Washington, con graves consecuencias para el suministro mundial de petróleo.
Irán ha advertido que impedirá la exportación de “ni un litro” de crudo de la región hacia Estados Unidos. En Washington, el dilema persiste: continuar con posible intervención terrestre o declarar una victoria parcial y buscar una salida rápida, ante la improbabilidad de desmantelar el sistema político iraní sin ocupación significativa del territorio.
El conflicto ya deja al menos siete militares estadounidenses fallecidos y genera crecientes críticas internas y externas a la gestión del presidente Trump, que alterna ultimátums con afirmaciones optimistas sobre el debilitamiento total de las fuerzas iraníes.