De paladín anticorrupción a prófugo
Javier Corral Jurado, el exgobernador panista que saltó al ruedo de Morena como un chapulín oportunista, ha tenido un último año en el Senado plagado de tropiezos que revelan su verdadera esencia: un político hipócrita que predica contra la corrupción mientras huye de sus propios fantasmas judiciales. Desde septiembre de 2024, cuando asumió su curul plurinominal por el partido guinda, Corral ha acumulado acusaciones de peculado, enriquecimiento ilícito y abuso de poder, todo mientras se refugia en el fuero que tanto criticó en sus rivales. Su trayectoria en este periodo no es más que un catálogo de cinismo, donde el «defensor de Chihuahua» se convierte en el protegido de la 4T, traicionando sus promesas y exponiendo las grietas de un Morena que acoge a los mismos corruptos que juró erradicar.
El fantasma de la orden de aprehensión
Uno de los resbalones más espectaculares de Corral ocurrió apenas en sus primeros meses como senador. En agosto de 2024, la Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua emitió una orden de aprehensión en su contra por presunto peculado agravado, relacionado con el desvío de 98.6 millones de pesos del erario estatal durante su gubernatura. El operativo para detenerlo en un restaurante de la CDMX falló estrepitosamente, gracias a la «falta de colaboración» de autoridades locales, pero el fiscal Abelardo Valenzuela no se anduvo con rodeos: lo declaró prófugo de la justicia. Corral, con su flamante fuero senatorial, se escudó en él para evadir la cárcel, negando ser prófugo y acusando «persecución política». ¿Ironía? El mismo que gritaba por la extradición de César Duarte ahora usa el blindaje constitucional como escudo personal. En noviembre de 2025, la Guardia Nacional tuvo que resguardar su casa en Chihuahua por amenazas, un recordatorio vivo de que su «legado» anticorrupción dejó más enemigos que aliados.
Enriquecimiento oculto y la inhabilitación
En septiembre de 2024, el Tribunal Estatal de Justicia Administrativa de Chihuahua lo inhabilitó por un año por «enriquecimiento oculto», tras descubrir irregularidades en la compra de un terreno de 15 hectáreas que simuló para liberar un embargo sobre su mansión en El Campanario. El terreno, prestado por el empresario Eduardo Almeida (a quien Corral investigó por defraudación fiscal de 500 millones), fue el colmo de la simulación: un negocio turbio disfrazado de transacción legal. Senadores opositores como Mario Vázquez lo tildaron de corrupto que «se esconde bajo las faldas de Morena», exigiendo que rinda cuentas en Chihuahua. ¿Resultado? Morena lo mantuvo en su puesto, ignorando la sentencia y permitiendo que presidiera la Comisión de Justicia, un puesto que roza lo obsceno dada su hoja de vida.
El pasaporte negado y tráfico de influencias
Octubre de 2025 trajo otro patinazo: Corral solicitó un pasaporte para «salir del país», pero la SRE lo negó al confirmar la orden de aprehensión vigente por el peculado de 98.6 millones. Peor aún, en noviembre, la Fiscalía de Chihuahua lo acusó de abuso de poder y tráfico de influencias por presionar a la FGR para atraer su caso y blindarlo federalmente. Confirmó él mismo haber pedido a un juez federal que interviniera, argumentando «fabricación de pruebas». Este movimiento no solo huele a desesperación, sino a un uso descarado de contactos para evadir la justicia estatal, todo mientras Morena lo aplaude como «aliado».
Censor, traidor y ¿rebelde?
Corral no solo tropieza con la ley; también con sus nuevos compañeros. En octubre de 2024, votó en contra de la reforma que extingue organismos autónomos, ganándose el reproche público de Gerardo Fernández Noroña, quien lo llamó «malagradecido» por ser «rescatado de la cárcel» por Morena. En mayo de 2025, como conductor de foros sobre la ley de telecomunicaciones, censuró a Denise Dresser por criticar chapulines como él, cortándole el micrófono y luego arremetiendo contra reporteros que lo grababan –precisamente él, exdefensor de la libertad de expresión. Y en noviembre de 2025, criticó a diputados de Morena por ratificar a un auditor controvertido en Chihuahua, contradiciendo el discurso anticorrupción de Sheinbaum y Alcalde. Sus «rebeliones» internas parecen más un cálculo para posicionarse contra Adán Augusto que genuina coherencia.
Víctima o semilla de su propia violencia
En marzo de 2025, Corral fue agredido físicamente por Eduardo Almeida en el aeropuerto de Chihuahua, quien lo persiguió para golpearlo por venganza de investigaciones pasadas. Escoltas lo salvaron, pero el incidente –que dejó a Corral con cara de espanto– es un boomerang de su «guerra al crimen» como gobernador, donde persiguió a rivales pero acumuló denuncias propias. En X, lo tildan de «traidor» y «corrupto purificado» por Morena, junto a Yunes y Murat.
En resumen, el último año de Corral en el Senado ha sido un desfile de contradicciones: acusa corrupción ajena mientras acumula la propia, defiende la «soberanía» en foros pero censura voces críticas, y se presenta como rebelde en Morena cuando su supervivencia depende de su indulgencia. Morena lo adoptó como trofeo, pero este chapulín ha demostrado que la corrupción no tiene partido: solo poder. Si la 4T busca credibilidad, debería empezar por botar a sus peores adquisiciones, antes de que arrastren al movimiento entero al fango del que prometieron sacarnos.



