WASHINGTON, D.C – El todoterreno negro que transportaba al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu llegó a la Casa Blanca poco antes de las 11:00 a. m. del 11 de febrero. Sin apenas ceremonias y lejos de las cámaras, el dirigente israelí, que llevaba meses presionando a Washington para lanzar un ataque de gran envergadura contra Irán, fue conducido directamente a una reunión de alto secreto en la Sala de Situación.
En esa sesión, Netanyahu, acompañado por el director del Mosad, David Barnea, y altos mandos militares israelíes, presentó al presidente Donald Trump y a su equipo una propuesta agresiva: una operación conjunta que podría acabar con el programa de misiles balísticos iraní en pocas semanas, debilitar gravemente al régimen y abrir la puerta a un posible cambio de régimen en Teherán.
Trump, sentado frente a Netanyahu, escuchó con atención la exposición, que incluyó un video con posibles nuevos líderes iraníes, entre ellos Reza Pahlavi. Al final, el mandatario estadounidense resumió su impresión con dos palabras: “Suena bien”.
La deliberación interna y las divisiones en el equipo de Trump
Al día siguiente, 12 de febrero, los principales asesores de Trump se reunieron sin el presidente para analizar la viabilidad de las afirmaciones israelíes. Los funcionarios de inteligencia estadounidenses desglosaron la presentación en cuatro partes: decapitación del liderazgo iraní, paralización de su capacidad militar, fomento de un levantamiento popular y cambio de régimen.
John Ratcliffe, director de la CIA, calificó los escenarios de cambio de régimen como “ridículos”. El secretario de Estado, Marco Rubio, lo resumió con mayor crudeza: “En otras palabras, es una patraña”. El vicepresidente JD Vance y el general Dan Caine, jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor, expresaron un escepticismo similar, aunque Caine subrayó que los israelíes suelen exagerar sus planes para involucrar a Estados Unidos.
A pesar de las advertencias, Trump separó claramente los objetivos. Descartó el cambio de régimen como “problema de ellos”, pero mostró fuerte interés en las dos primeras fases: eliminar al ayatolá Alí Jameneí y a los principales dirigentes iraníes, y desmantelar las capacidades militares de Irán.
Durante las semanas siguientes, las deliberaciones continuaron en un círculo muy reducido. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, se posicionó como el principal defensor de la acción militar. Susie Wiles, jefa de gabinete, expresó preocupación por las consecuencias políticas y económicas, pero no se opuso frontalmente. Vance fue el más crítico, advirtiendo que una guerra a gran escala sería “una enorme distracción de recursos” y “masivamente cara”, y que podría romper la base electoral de Trump.
El general Caine insistió en los riesgos logísticos, especialmente el agotamiento de las reservas de municiones estadounidenses tras años de apoyo a Ucrania e Israel, y la dificultad de proteger el estrecho de Ormuz. Sin embargo, evitó dar una opinión directa contra la operación, limitándose a presentar opciones y consecuencias.
La decisión finalEl jueves 26 de febrero, en una reunión decisiva en la Sala de Situación, Trump pidió a cada uno de sus principales asesores su parecer. Vance reiteró su oposición pero ofreció su apoyo si el presidente decidía avanzar. Hegseth defendió la necesidad de actuar contra Irán en algún momento y recomendó hacerlo ahora. Rubio distinguió entre objetivos: consideró irrealista un cambio de régimen, pero viable la destrucción del programa de misiles.
Tras escuchar a todos, Trump tomó la decisión: “Creo que tenemos que hacerlo”. Dijo que era necesario impedir que Irán desarrollara un arma nuclear y que pudiera amenazar a Israel o a la región con sus misiles.
Al día siguiente, a bordo del Air Force One y 22 minutos antes del plazo indicado por el general Caine, el presidente envió la orden: “Se aprueba la Operación Furia Épica. No se aborta. Buena suerte”.
Con esta decisión, Estados Unidos se sumó a Israel en una campaña militar de gran escala contra Irán, un paso que podría redefinir el equilibrio de poder en Oriente Medio y marcar uno de los momentos más arriesgados de la segunda presidencia de Donald Trump.