En un giro diplomático que marca un quiebre profundo en las alianzas tradicionales de Occidente, varios países aliados clave de Estados Unidos han formalizado en las últimas horas el reconocimiento del Estado palestino, intensificando el aislamiento internacional de Israel en medio de la escalada de la crisis humanitaria en Gaza. Este domingo 21, el Reino Unido, Canadá y Australia anunciaron de manera coordinada su adhesión a esta medida, uniéndose a una ola de naciones europeas y del Pacífico que buscan revivir la solución de dos Estados como vía para la paz.
Según reportes de CNN y The Guardian, estos anuncios se adelantaron al inicio de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York, programada para el 22 de septiembre, donde Francia planea formalizar su propio reconocimiento, convirtiéndose en el primer miembro del G7 en dar este paso histórico. El primer ministro británico Keir Starmer, en un video difundido en redes sociales, enfatizó que esta decisión «revive la esperanza de paz y una solución de dos Estados», reconociendo las «aspiraciones legítimas y de larga data del pueblo palestino» mientras condena las «atrocidades» en Gaza y exige el fin inmediato del conflicto.

El movimiento no surge de la nada: sus raíces se hunden en la intensificación de la ofensiva israelí en Gaza desde julio de 2025, cuando el Ejército israelí lanzó una invasión a gran escala de la ciudad de Gaza, desplazando a más de 200,000 personas y bloqueando rutas humanitarias clave. Informes de la ONU y la Asociación Internacional de Estudiosos de Genocidio, publicados en agosto, concluyeron que las acciones de Israel —incluyendo bombardeos indiscriminados y restricciones a la ayuda— configuran un «genocidio sistemático», con más de 60,000 palestinos muertos, de los cuales al menos 18,000 son niños, según cifras de autoridades sanitarias palestinas. El Programa Mundial de Alimentos alertó el 15 de septiembre sobre una hambruna «totalmente provocada por el hombre» que afecta a 1.2 millones de residentes en el enclave, exacerbada por el colapso de infraestructuras y la destrucción de 80% de los edificios residenciales. En paralelo, negociaciones en Qatar para un alto el fuego —impulsadas por EE.UU.— se estancaron cuando líderes de Hamás rechazaron la última propuesta, que no incluía garantías de cese permanente de hostilidades ni retiro total de tropas israelíes.

Francia, bajo el liderazgo de Emmanuel Macron, ha sido el catalizador de esta marea. El 24 de julio, Macron anunció en un post en X que París reconocería formalmente al Estado palestino durante la Asamblea de la ONU, argumentando que «ha llegado el momento de la paz» y que este paso es «el único camino para una solución política que detenga la situación intolerable». En una carta entregada al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, Macron detalló que el reconocimiento se enmarca en un compromiso histórico francés con el derecho a la autodeterminación palestina, pero condicionándolo a la desmilitarización del futuro Estado, la exclusión de Hamás de su gobierno y el reconocimiento pleno del derecho de Israel a existir en paz. Este anuncio, que Macron reiteró en una cumbre multilateral en Nueva York coorganizada con Arabia Saudita los días 28-30 de julio, generó una cascada de adhesiones: el 21 de septiembre, Portugal confirmó su reconocimiento, seguido por Bélgica, Luxemburgo y Malta, elevando la cifra total de naciones que avalan a Palestina a 151 de los 193 miembros de la ONU, o más del 78% del total.
En Bruselas, el ministro de Asuntos Exteriores belga, Maxime Prévot, confirmó el 2 de septiembre que su país se sumaría durante la Asamblea de la ONU, citando la «tragedia humanitaria en Palestina, particularmente en Gaza, y la violencia perpetrada por Israel en violación del derecho internacional». Prévot anunció además 12 sanciones «firmes» contra Israel, incluyendo la prohibición de importaciones de productos de asentamientos ilegales en Cisjordania, la revisión de contratos públicos con empresas israelíes y la declaración de líderes de Hamás como personas non grata en Bélgica. Sin embargo, el reconocimiento belga está condicionado a la liberación de todos los rehenes capturados por Hamás el 7 de octubre de 2023 —de los cuales aún quedan unos 100 en Gaza— y a la remoción total del grupo del poder político palestino. Esta dualidad —apoyo a Palestina con salvaguardas para Israel— se repite en los anuncios de Canadá y Australia. El primer ministro canadiense, Mark Carney, justificó la medida como un «movimiento coordinado con Londres y Canberra» para contrarrestar el «trabajo metódico» del gobierno de Netanyahu por «impedir un Estado palestino viable», pero exigió elecciones en Cisjordania para 2026, la desmilitarización y el reconocimiento explícito del derecho de Israel a la seguridad. Anthony Albanese, su homólogo australiano, vinculó el paso a compromisos previos de la Autoridad Palestina, como la exclusión de Hamás y garantías electorales, declarando que «reconoce las aspiraciones legítimas del pueblo palestino a un Estado propio».

El impacto de estas decisiones trasciende lo simbólico: elevan a Palestina de su estatus de «Estado observador no miembro» en la ONU —concedido en 2012— hacia una mayor legitimidad internacional, facilitando potencialmente su adhesión a tratados y foros multilaterales. Países como China, India, Rusia y la mayoría de naciones africanas y latinoamericanas ya lo habían reconocido desde 1988, tras la proclamación de independencia por el Consejo Nacional Palestino; en 2025, se sumaron Barbados, España, Eslovenia, México, Armenia, Irlanda, Noruega y otros 10 en abril, en respuesta a la guerra en Gaza. Portugal y Luxemburgo impulsaron en julio una declaración conjunta para revitalizar la solución de dos Estados, mientras Nueva Zelanda evalúa unirse pronto. En la ceremonia en Londres, donde Husam Zomlot —jefe de la misión palestina en el Reino Unido— izó la placa de «Embajada del Estado de Palestina», el ambiente fue de celebración contenida, con Zomlot afirmando que esto «marca el fin de la negación británica del derecho palestino a la autodeterminación».
No obstante, las resistencias son feroces. Israel, a través de su Ministerio de Asuntos Exteriores, acusó a estos gobiernos de «premiar el terrorismo» al reconocer a un Estado que, según Netanyahu, «serviría de plataforma para aniquilar a Israel». El primer ministro israelí, en un discurso el 21 de septiembre, reiteró que «un Estado palestino no se establecerá», prometiendo contramedidas como la expansión de asentamientos en Cisjordania —donde ya residen 700,000 colonos— y la aplicación de soberanía total sobre Judea y Samaria (el término israelí para Cisjordania). Ministros de ultraderecha como Itamar Ben-Gvir e Itzhak Smotrich exigieron el «desmantelamiento total de la Autoridad Palestina» y la anexión inmediata de territorios ocupados. En EE.UU., bajo la administración de Donald Trump, la reacción ha sido de rechazo absoluto: el presidente calificó los anuncios como «irrelevantes» y «sin peso», mientras el secretario de Estado Marco Rubio los tildó de «decisión imprudente que solo sirve a la propaganda de Hamás y es un insulto a las víctimas del 7 de octubre». En julio, Washington advirtió a Canadá de posibles «consecuencias comerciales» y impuso sanciones a la Autoridad Palestina, negándole visas para la cumbre de la ONU y bloqueando su membresía plena en el Consejo de Seguridad.
En el Congreso estadounidense, la división es palpable. Republicanos como la ex-embajadora en la ONU Nikki Haley han condenado los reconocimientos como «rendición ante Hamás», argumentando que establecen un «precedente peligroso» al ignorar la seguridad israelí. Sin embargo, un grupo de senadores demócratas, liderados por Jeff Merkley de Oregón, presentó el 18 de septiembre la primera resolución en el Senado urgiendo a Trump a reconocer un Estado palestino desmilitarizado, afirmando que la expansión de asentamientos y la anexión son «incompatibles con la paz». Senadores como Chris Van Hollen, Tina Smith y Bernie Sanders —este último independiente de Vermont— se unieron, criticando la «campaña de limpieza étnica» en Gaza y abogando por más ayuda humanitaria. En la Cámara de Representantes, el demócrata Ro Khanna circula una carta similar, reflejando un cambio en el sentimiento washingtoniano ante la guerra que se acerca a su segundo aniversario.
Alemania e Italia, por su parte, han descartado unirse, citando su «compromiso histórico» con Israel post-Holocausto y la necesidad de negociaciones directas. Mientras, en Gaza, la respuesta palestina ha sido de alivio mixto: multitudes se reunieron el 22 de septiembre en las ruinas de edificios residenciales bombardeados, ondeando banderas y exigiendo no solo reconocimiento, sino un cese al fuego inmediato. Abbas celebró los anuncios como un «paso hacia la justicia», pero Hamás los calificó de «positivos aunque insuficientes», urgiendo a más países a seguir el ejemplo. Analistas como Rida Abu Rass advierten que, pese a su peso simbólico, estos reconocimientos no alteran la realidad en el terreno sin acciones concretas como embargos de armas o presión económica sobre Israel, y no otorgan a Palestina privilegios plenos en la ONU sin el aval de EE.UU.
Este viraje diplomático, impulsado por la cumbre de Nueva York co-presidida por Macron y el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman —quien no asistirá personalmente—, busca aislar a Hamás y forzar un alto el fuego, pero también expone fracturas en la alianza transatlántica. Mientras Trump diserta el martes en la ONU —su primer discurso en su segundo mandato—, el mundo observa si esta «nueva aurora» para Palestina, como la llamó Starmer, se traducirá en avances reales o quedará en retórica ante la inercia del conflicto.



