Simulación de unidad en Morena
La irrupción de Oscar Avitia en la rueda de prensa de Cuauhtémoc Estrada revela más que un simple acto de solidaridad: expone las fisuras internas de Morena en Chihuahua, donde la unidad se invoca como mantra mientras se practica el clientelismo faccioso. Al defender a la presidenta estatal Brighite Granados y equiparar su parcialidad con la del coordinador parlamentario, Avitia convierte un reclamo por neutralidad en un contraataque simétrico que diluye responsabilidades y prioriza lealtades personales sobre principios institucionales.
El discurso hipócrita
Este episodio ilustra la hipocresía inherente al discurso morenista de “unidad del movimiento”. Mientras Estrada Sotelo cuestiona la asistencia de Granados al evento de la senadora Andrea Chávez —aspirante declarada a la gubernatura 2027—, Avitia responde con un espaldarazo físico y retórico que equipara al árbitro con los contendientes. El resultado es una parálisis conveniente: nadie asume el rol de garante imparcial, y el partido se fragmenta en tribus (“grupo Tabasco” versus aliados de Cruz Pérez Cuéllar) que anticipan una guerra de encuestas y consensos manipulados.
Estrada operador faccioso
La defensa de Granados por parte de Avitia Arellanes, alineado visiblemente con el sector de Andrea Chávez y Juan Carlos Loera, confirma que la dirigencia estatal ha dejado de ser un árbitro para convertirse en operador de una precampaña disfrazada. En un contexto donde ya circulan acusaciones de destapes anticipados y alianzas subterráneas con figuras nacionales, esta parcialidad no solo erosiona la credibilidad del partido, sino que anticipa un proceso interno viciado donde la militancia será mero decorado de decisiones cupulares.
El riesgo de una victoria pírrica
En última instancia, el llamado a “dejarnos de cosas” y construir unidad suena vacío cuando proviene de quienes profundizan las divisiones. Morena en Chihuahua repite el viejo vicio priista de resolver conflictos con abrazos públicos y puñaladas privadas; si no corrige esta dinámica de facciones y favoritismos, su supuesta hegemonía rumbo a 2027 corre el riesgo de convertirse en una victoria pírrica que entregue el estado a la oposición por simple desgaste interno.
Lealtad histórica sobre el desacuerdo
En el corazón de la relación entre Morena y el Partido del Trabajo (PT) subyace una lógica de lealtad histórica y pragmatismo político que trasciende los desacuerdos puntuales. El senador Juan Carlos Loera subraya con claridad que, a pesar de la ausencia del PT en la aprobación del dictamen del plan B de la reforma electoral, Morena no tiene intención de confrontar a su aliado. Esta postura revela que, para el partido guinda, la alianza va más allá de coincidencias ideológicas coyunturales y se ancla en una memoria compartida de tiempos difíciles, cuando el PT prestó su infraestructura y recursos para sostener las operaciones iniciales de Morena.
Más tensiones internas
El senador Juan Carlos Loera de la Rosa, de Morena, respondió a la diputada Elizabeth Guzmán solo porque esta lo etiquetó en una publicación donde cuestionaba a su compañera de bancada Rosana Díaz Reyes por evaluar un cambio de grupo parlamentario. Lejos de buscar desánimo, el legislador federal insistió en que su intervención buscaba únicamente plantear cuestionamientos lógicos a la crítica interna, pero el episodio revela algo más profundo: una Morena fracturada donde las redes sociales se convierten en arena de ajustes de cuentas y donde la etiqueta de un mensaje basta para desatar un debate que expone fisuras que la dirigencia nacional preferiría ocultar.
Llamada a “tener más memoria”
Aunque Loera coincide en las críticas a Díaz, su contraataque se centra en recordar que los mismos que ahora linchan a la diputada “guinda” aplaudieron —o al menos guardaron silencio— cuando cabildos morenistas, incluido el de Juárez, avalaron reformas constitucionales impulsadas por la gobernadora Maru Campos. Esa exigencia de memoria no es retórica vacía: es un dardo directo a la hipocresía partidista, porque señala que en Chihuahua la lealtad de Morena se mide con vara selectiva y que el fervor crítico solo aparece cuando el objetivo es un compañero de bancada caído en desgracia, no cuando se trata de defender coherencia ideológica.
El Cabildo de Cruz apoyó a Maru
Dos reformas concretas quedan en el centro del señalamiento: una que blindó a magistrados nombrados por el exgobernador priista César Duarte y otra que liberó a la mandataria estatal de pedir permiso para ausentarse del país. Ambas fueron aprobadas por cabildos morenistas, incluido el que encabezaba Cruz Pérez Cuéllar, actual aspirante a la gubernatura y figura a la que la propia diputada Guzmán ha manifestado apoyo público. El senador Loera de la Rosa pone el dedo en la llaga: mientras se estigmatiza a Rosana Díaz por dudar de su permanencia en el grupo, se premia o se olvida el respaldo que el propio partido dio a medidas que fortalecieron a una gobernadora de oposición. Esa doble vara no solo debilita la narrativa de Morena como fuerza transformadora, sino que la expone como un actor pragmático dispuesto a negociar principios por cuotas de poder local.
El costo de la inconsistencia
En política, admite Loera, cualquiera puede equivocarse, pero el problema surge cuando se aplica la misma vara solo contra los disidentes internos y se olvida ante las propias contradicciones. La polémica entre Guzmán y Loera no es un simple rifirrafe en redes: es síntoma de un partido que exige disciplina ciega a sus cuadros mientras tolera —y a veces celebra— alianzas oportunistas con la oposición. En Chihuahua, donde Morena aspira a recuperar el gobierno estatal, esta falta de coherencia podría convertirse en un lastre electoral; porque los electores, a diferencia de los legisladores, sí tienen memoria larga y castigan con el voto aquellas prácticas que huelen a cálculo antes que a convicción.
El recuerdo de la solidaridad
Muy activo estuvo hoy Loera de la Rosa, recordó que cuando Morena carecía de prerrogativas y financiamiento público, el PT actuó como socio generoso al prestar su imprenta para el Periódico Regeneración y al respaldar la candidatura de Andrés Manuel López Obrador desde 2006. Al evocar estos episodios, Loera busca desdramatizar el disenso actual y enviar un mensaje claro tanto al interior de la alianza como hacia la opinión pública: los lazos entre ambos partidos están construidos sobre deuda política y gratitud mutua, no sobre una coincidencia perfecta en cada votación. De esta forma, Morena evita que un desacuerdo en materia electoral erosione la coalición de cara a futuros procesos electorales.
La sutil presión al PT
Al mismo tiempo, el legislador morenista introduce un elemento de presión sutil pero efectiva: si el PT decide mantener su rechazo al plan B, será el electorado quien eventualmente “castigue” esa posición. Esta afirmación combina dos mensajes. Por un lado, reafirma la narrativa de austeridad republicana como un principio irrenunciable de la 4T; por otro, sitúa al PT en una posición incómoda, donde disentir podría interpretarse como alejamiento de las prioridades populares en materia de ahorro y eficiencia en el gasto público. De esta manera, Morena preserva su imagen de partido responsable mientras deja la responsabilidad del costo político en manos de su aliado.
La alianza estratégica prevalece
Finalmente, la declaración de Loera confirma que, en la lógica de la alianza Morena-PT, los disensos tácticos no amenazan la unidad estratégica. La reforma electoral del plan B se presenta como un avance hacia procesos más acordes con la realidad económica mexicana, y Morena está dispuesta a avanzar incluso sin el voto unánime de sus socios. La alianza, según este cálculo, se mantiene sólida porque se fundamenta en una historia compartida de supervivencia política y en la convicción de que, a largo plazo, los beneficios de permanecer juntos superan con creces cualquier diferencia coyuntural en el Senado.

