Buenos Aires, Argentina.- En un giro que pocos analistas anticipaban, el presidente Javier Milei ha consolidado su apuesta radical por la transformación económica de Argentina con un triunfo rotundo en las elecciones legislativas del domingo. Su partido, La Libertad Avanza, capturó casi el 41% de los votos nacionales, según los resultados oficiales con el 99% de las mesas escrutadas, posicionándose como la fuerza más votada del país y allanando el camino para una segunda mitad de mandato más estable. Este resultado no solo expande la bancada oficialista en Diputados y Senadores a partir de diciembre, sino que inyecta oxígeno fresco a un gobierno que navegó por tormentas de escándalos y ajustes dolorosos.
El eco de la victoria resonó en las calles porteñas, donde miles de simpatizantes ondearon banderas celestes y blancas al son de trompetas y cánticos, celebrando lo que Milei bautizó como «el punto bisagra» hacia una «Argentina grande». «Hoy comienza la construcción de esa nación que soñamos, y durante los próximos dos años debemos afianzar el camino reformista», proclamó el mandatario en un discurso cargado de optimismo, transmitido en vivo desde el balcón de la Casa Rosada. Aunque La Libertad Avanza no alcanzará mayorías absolutas en el Congreso –pasando de 37 a 101 diputados y de 6 a 20 senadores–, el resultado fortalece su capacidad para vetar iniciativas opositoras y negociar alianzas puntuales, un escenario que el propio presidente se apresuró a calificar de «oportunidad histórica».
La euforia electoral se tradujo de inmediato en un rebote bursátil que ilumina el amanecer de esta semana. El peso argentino se fortaleció un 10% frente al dólar en las primeras horas del lunes, mientras los bonos soberanos escalaron a máximos históricos y el índice Merval de la Bolsa de Buenos Aires saltó un 20%, reflejando la confianza de los inversores en la continuidad del modelo ultraliberal. Este entusiasmo financiero contrasta con los tropiezos que marcaron la campaña: un ajuste fiscal implacable que recortó subsidios y salarios públicos, sumado a escándalos que salpicaron al oficialismo, como el fallido lanzamiento de una criptomoneda promovida por Milei –ahora bajo escrutinio judicial– y la renuncia del candidato a diputado por Buenos Aires, ligada a vínculos con un empresario estadounidense acusado de narcotráfico.
Aun así, el oficialismo no solo resistió, sino que conquistó bastiones opositores clave. En la provincia de Buenos Aires, cuna del peronismo que en septiembre había infligido una derrota de 13 puntos al gobierno, La Libertad Avanza se impuso con holgura. Victorias similares en Santa Fe, Córdoba, Mendoza y la Capital Federal –esta última en tándem con el PRO de Mauricio Macri– delinean un mapa electoral donde el oficialismo emerge como eje indiscutido, relegando al peronismo unificado bajo el lema «Fuerza Patria» a un 32% de los sufragios, y a la alianza Provincias Unidas, que buscaba desarticular la polarización, a un modesto 7.13%.
¿Cómo se explica la remontada de un gobierno en jaque?
La interrogante que domina los pasillos del Congreso y las tertulias analíticas es sencilla: ¿qué alquimia política permitió a Milei transmutar el descontento económico en un mandato renovado? La respuesta parece anclarse en el contexto de una Argentina agotada por décadas de ciclos viciosos. Cuando Milei asumió en diciembre de 2023, el país lidiaba con su tercera crisis mayor desde el retorno democrático de 1983: una inflación galopante del 25% mensual, dos de cada cinco habitantes en la pobreza y un Estado ahogado en déficits crónicos. Su llegada, impulsada por un discurso antisistema que demonizaba a la «casta» política, sedujo especialmente a los más jóvenes –hoy, la mitad del padrón electoral tiene menos de 39 años–, hartos de promesas incumplidas y anhelantes de un futuro incierto pero prometedor.
Los logros macroeconómicos, aunque a costa de sacrificios individuales, han sido el pegamento de este respaldo. La inflación se domestica al 2% mensual, la pobreza retrocedió 10 puntos en la primera mitad de 2025, y por primera vez en más de una década, Argentina cerró 2024 con superávit fiscal. Claro que el precio ha sido alto: ingresos reales estancados para jubilados y empleados públicos, un PIB que patina en territorio negativo y oleadas de protestas callejeras. «La gente optó por mantener el crédito abierto al cambio, prefiriendo la incertidumbre del futuro a la certeza del pasado fallido», reflexiona Orlando D’Adamo, psicólogo especializado en comportamiento electoral, en diálogo con este medio. La oposición, por su parte, tropezó al reciclar figuras conocidas, permitiendo que el oficialismo –aún novato en muchos distritos– reviviera su aura rupturista con candidatos frescos y poco expuestos.
A esto se suma un fenómeno sociológico sutil pero potente: el desencanto generacional. «Crecieron viendo a sus mayores quejarse de la política, y ahora valoran más el ajuste que el gasto descontrolado», apunta Lara Goyburu, politóloga y directora de la consultora Management & Fit. La abstención récord del 32% –el mayor en legislativas en más de una década, pese al voto obligatorio– también jugó a favor del oficialismo, diluyendo el peso de un electorado opositor desmotivado. En las urnas, el mensaje fue claro: no un cheque en blanco, sino una prórroga para el experimento mileísta.
El factor Donald Trump
No se puede obviar el factor externo que lubricó esta maquinaria: el respaldo explícito de Donald Trump, quien desde la Casa Blanca inyectó vitalidad al gobierno argentino. «Fue un gran vencedor, y recibió mucha ayuda de nuestra parte», tuiteó el presidente estadounidense, alardeando de los US$20,000 millones en swaps monetarios y la compra directa de US$1.000 millones en pesos por parte del Tesoro yanqui. Estas inyecciones evitaron una devaluación catastrófica del peso en vísperas electorales, estabilizando el dólar en la banda de flotación y brindando un respiro de «certeza económica», como lo describe Goyburu. Trump, sin embargo, dejó caer una advertencia velada: su auxilio estaba condicionado a un triunfo en las urnas, un guiño que Milei celebró como «el apoyo de mayor calibre que EE.UU. haya dado jamás a Argentina».
Desde la oposición, las voces no tardaron en encenderse. Axel Kicillof, gobernador bonaerense y baluarte peronista, ironizó: «Se equivoca Milei si festeja, cuando seis de cada diez argentinos rechazaron su modelo. Ni Washington ni JP Morgan son filántropos; vienen por el lucro y ponen en jaque nuestros recursos». D’Adamo minimiza el impacto electoral del «factor Trump», descartando que haya movilizado votos a favor o en contra, pero Goyburu advierte que su rol simbólico fue marginal comparado con el alivio tangible en las arcas públicas.
Con este mandato ampliado, Milei enfrenta un dilema ineludible: moderar su estilo confrontacional para tejer consensos con «actores racionales» en provincias clave, como Córdoba o Mendoza, donde aliados locales secundaron al oficialismo. Insultos a rivales y vetos sistemáticos podrían erosionar esta luna de miel legislativa. «La línea gris entre radicalismo y pragmatismo definirá si esta victoria es un trampolín o un espejismo», sentencia Goyburu. Por ahora, el presidente ultraliberal camina sobre nubes políticas, pero la gravedad –esa de deudas pendientes y desigualdades latentes– acecha en el horizonte.



