El abrazo que incomodó
Las palabras de Terry Cole, director de la DEA, quien presentó a Omar García Harfuch como un “socio de confianza” y un “buen amigo de Estados Unidos”, tuvieron una repercusión política mucho mayor que la que probablemente buscaba el funcionario estadounidense. El reconocimiento, hecho en el contexto de la cooperación bilateral contra el crimen organizado, colocó de golpe a Harfuch en una vitrina internacional y, en México, abrió una discusión inevitable: ¿se estaba reconociendo a un secretario de Seguridad o se estaba perfilando, voluntaria o involuntariamente, a un eventual candidato presidencial?
Seguridad con apellido político
El asunto no apareció de la nada. Harfuch lleva varios años ocupando un lugar privilegiado en el aparato de seguridad y en el entorno político de Claudia Sheinbaum. Desde que ella gobernaba la Ciudad de México, su relación de trabajo se convirtió en una de las cartas fuertes de su equipo, y desde 2024 lo colocó al frente de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana. Su exposición pública, sus resultados operativos y su cercanía con la Presidenta han ido construyendo una figura que rebasa ya el ámbito estrictamente policial. Hoy, cuando la DEA lo califica como un socio confiable, el elogio adquiere inevitablemente una lectura política.
Y apareció el 2030
Fue suficiente que Cole pronunciara esas palabras para que regresara con mayor insistencia una conversación que Morena prefería mantener en voz baja: las posibilidades de Harfuch rumbo a 2030. No porque exista una candidatura definida —no la hay—, sino porque el secretario reúne algunos atributos que suelen resultar atractivos en una sucesión presidencial: conocimiento nacional, alto nivel de reconocimiento, una imagen asociada con eficacia en seguridad y una relación política estrecha con quien ocupa actualmente Palacio Nacional. El problema para Morena es que hablar de 2030 en 2026 equivale a encender una luz demasiado pronto sobre una carrera que todavía no debería comenzar.
Morena enseñó las costuras
Y ahí apareció la verdadera repercusión política. El elogio externo funcionó como espejo interno y dejó ver que Morena no es un bloque tan monolítico como pretende mostrarse. En torno a Harfuch comenzaron a cruzarse simpatías, recelos y cálculos sucesorios. La pregunta dejó de ser solamente si el secretario es eficiente en seguridad y empezó a ser otra, bastante más incómoda: ¿qué grupo estaría dispuesto a impulsarlo cuando llegue la hora de disputar la candidatura presidencial? En un partido donde los grupos, las corrientes y las lealtades personales pesan cada vez más, el nombre de Harfuch tiene la virtud —o el defecto, según quién lo mire— de mover demasiadas aguas.
El morenismo de dos velocidades
También salieron a relucir contradicciones. Una parte de Morena ha construido durante años un discurso de soberanía nacional y de rechazo a cualquier intervención estadounidense, mientras otra observa con pragmatismo la cooperación con Washington en materia de seguridad. Harfuch se encuentra precisamente en ese cruce: es uno de los principales operadores de la estrategia de seguridad de Sheinbaum y, al mismo tiempo, el funcionario mexicano que acaba de recibir un reconocimiento particularmente generoso de la agencia antidrogas estadounidense. Para algunos morenistas eso es un activo; para otros, una bandera amarilla. Y en política, cuando aparecen las banderas amarillas, rara vez faltan quienes empiezan a correr.
Sheinbaum puso freno
Claudia Sheinbaum entendió rápidamente la dimensión política del episodio y decidió atajarlo. Rechazó la lectura de que los elogios de Cole fueran un respaldo rumbo a 2030 y acusó a Estados Unidos de recurrir a tácticas de “injerencia” para generar divisiones dentro del Gobierno mexicano. La Presidenta sostuvo que su gabinete de seguridad permanece unido y que este tipo de intentos “se topan con pared”. La respuesta fue significativa porque no defendió solamente a Harfuch: defendió el control político de su propio tablero y dejó claro que, si alguien pretende repartir fichas para la sucesión mexicana desde Washington, tendrá que hacerlo sin su autorización.
El elogio se volvió problema
La paradoja es evidente. Cole quiso reconocer la cooperación de Harfuch y terminó provocando exactamente el debate que Sheinbaum quiso evitar: quién puede convertirse en una figura presidencial dentro de Morena. El secretario, además, no necesita que nadie le coloque un reflector encima. Su trabajo en seguridad ya le proporciona una plataforma política considerable y sus resultados han fortalecido su presencia pública. De acuerdo con datos difundidos por el propio Gobierno, la estrategia de seguridad encabezada por Sheinbaum registra una reducción importante de homicidios y numerosas operaciones contra organizaciones criminales; Harfuch es uno de los rostros centrales de esa política.
La sucesión ya respira
Por eso el verdadero efecto de las declaraciones de Terry Cole no está en Washington, sino dentro de Morena. El episodio recordó que la sucesión presidencial de 2030, aunque todavía lejana, ya comienza a generar movimientos, mediciones y celos. Y también dejó una advertencia para el partido: cuando un personaje empieza a destacar demasiado, los grupos que antes caminaban juntos comienzan a preguntarse quién ganará con su crecimiento y quién podría quedarse fuera de la fotografía. Sheinbaum cerró filas y habló de injerencia; Harfuch negó que exista una aspiración impulsada desde Estados Unidos. Pero el ruido ya quedó instalado. Y en política, cuando un nombre empieza a sonar con demasiada fuerza, ni siquiera hace falta que exista oficialmente una candidatura para que todos comiencen a comportarse como si ya estuviera en campaña.



