Paris, Francia.- La politóloga Marlène Laruelle analiza en una tribuna para Le Monde la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) estadounidense, publicada el 5 de diciembre de 2025 bajo la administración Trump. Este documento declara a Europa «estratégicamente y culturalmente vital» para Estados Unidos, disipando temores de un aislamiento estadounidense. Sin embargo, este renovado interés conlleva un alto precio: convertir al Viejo Continente en escenario de las guerras culturales importadas desde EE.UU., con crecientes injerencias.
Impulsada por el ala ideológica del trumpismo, representada por el vicepresidente J.D. Vance, la NSS pinta un retrato sombrío de Europa: un supuesto fracaso «civilizatorio» demográfico, político, cultural y geopolítico, causado por la negación de su identidad y la sumisión a entidades supranacionales como la Unión Europea. Invoca temas conspirativos como el «gran reemplazo» y la censura impuesta por el «wokismo», narrativas que evocan el discurso ruso promovido por Vladímir Putin desde hace años.
Moscú se autoproclama la «auténtica Europa», heredera de Bizancio, preservadora de raíces cristianas frente al liberalismo «anglosajón». El Kremlin se presenta como el «katéchon» bíblico, baluarte contra el caos liberal y prometedor de una renacimiento europeo.
Laruelle advierte, no obstante, contra reducir la NSS a una mera copia del relato ruso. Aunque comparten un enemigo común —la Europa liberal—, los proyectos estratégicos divergen. La defensa trumpista de la civilización occidental tiene raíces puramente estadounidenses: el anticomunismo judeocristiano de la Guerra Fría, la reacción conservadora post-1960 contra la secularización y el multiculturalismo, el «choque de civilizaciones» tras el 11-S y una visión racializada de Occidente amenazado.
En resumen, Trump y Putin coinciden en diagnosticar el declive europeo, pero sus recetas —una para restaurar una grandeza occidental desde América, otra para posicionar a Rusia como salvadora— revelan ambiciones irreconciliables.