El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, mantuvo una conversación telefónica con su homólogo venezolano, Nicolás Maduro, a finales de la semana pasada, en un momento de máxima tensión bilateral. Según reveló The New York Times, la llamada incluyó la participación del secretario de Estado, Marco Rubio, y giró en torno a la posibilidad de una reunión entre ambos líderes en territorio estadounidense. Fuentes cercanas al asunto indicaron que, aunque se exploró esta opción, no existe actualmente ningún plan concreto para materializarla. Dos personas vinculadas al gobierno de Maduro confirmaron la existencia del contacto directo, pero prefirieron el anonimato al no tener autorización para hablar públicamente. La Casa Blanca, por su parte, rechazó comentar la información, mientras que el Ejecutivo venezolano no respondió a solicitudes de aclaración.
Este intercambio se produjo apenas días antes de que entrara en vigor la designación del Departamento de Estado que califica a Maduro como cabecilla del Cártel de los Soles, una red supuestamente integrada por altos mandos militares y funcionarios chavistas dedicada al narcotráfico. La medida, efectiva desde el 24 de noviembre, clasifica al grupo como organización terrorista extranjera, lo que amplía las facultades de Washington para congelar activos, perseguir legalmente a sus miembros y justificar acciones más agresivas. Expertos en crimen organizado, como los de InSight Crime, señalan que, aunque la corrupción narco en Venezuela es rampante, las pruebas de una estructura cartelizada liderada directamente por Maduro son limitadas y controvertidas. Caracas rechazó la acusación como una «fabricación ridícula», insistiendo en que no existe tal entidad.
El timing de la llamada resalta la estrategia de doble vía de la administración Trump: presiones militares y diplomáticas paralelas. En las últimas semanas, Estados Unidos ha desplegado más de una docena de buques de guerra, 15,000 tropas y aviones de combate en el Caribe bajo la Operación Lanza del Sur, enfocada en interceptar rutas de droga. Estas acciones ya han resultado en más de 80 muertes en bombardeos a embarcaciones sospechosas en aguas internacionales, sin que se haya presentado evidencia pública de su carga ilícita. El jueves, durante una llamada de Acción de Gracias con militares desde Mar-a-Lago, Trump anunció un giro clave: los esfuerzos antinarcóticos pasarán a operaciones terrestres en Venezuela, que comenzarán «muy pronto». «En tierra es más fácil, pero eso empezará muy pronto», declaró el mandatario, argumentando que los traficantes han adaptado sus rutas tras una reducción del 85% en envíos marítimos, con la destrucción de al menos 20 barcos desde septiembre.
Este escalamiento coincide con informes de The Washington Post que sugieren que Maduro evalúa un exilio en Turquía, país con el que mantiene lazos estrechos gracias a la relación entre Erdogan y Trump. Analistas ven en Ankara un refugio viable, con garantías contra extradición, que permitiría a Washington lograr el retiro de Maduro sin una confrontación directa que lo impulse hacia aliados como Rusia o Irán. Venezuela denuncia el despliegue como preludio a una invasión, mientras Maduro reafirma su defensa «palmo a palmo» del territorio. La combinación de diálogo y ultimátum ilustra la imprevisibilidad de la política exterior trumpista, donde las amenazas de fuerza coexisten con ofertas de negociación. En un contexto de crisis humanitaria en Venezuela, con millones de migrantes y sanciones que agravan la escasez, este capítulo podría definir no solo el futuro de Maduro, sino la estabilidad regional en América Latina.



