Washington D.C.- Apenas dos semanas de iniciado 2026, el segundo mandato de Donald Trump ha alcanzado niveles de audacia y confrontación que mantienen en vilo a Estados Unidos y al mundo, justo en el año de las elecciones intermedias que decidirán el control del Congreso.
En el ámbito internacional, Trump rompió con su propia doctrina «Primero Estados Unidos» al ordenar una operación militar que derrocó y sacó del país al presidente venezolano Nicolás Maduro. Rápidamente reconvirtió la acción en una oportunidad económica, anunciando que Washington controlará parte del petróleo venezolano y declarando —en tono provocador— que actuará como «presidente en funciones» de Venezuela. Simultáneamente, ha intensificado amenazas de tomar Groenlandia «de una forma u otra», territorio danés y estratégico para la OTAN, generando alarma entre aliados europeos.
Dentro del país, la política migratoria se ha vuelto escenario de alto voltaje. Trump desplegó miles de agentes enmascarados de ICE en redadas masivas que han provocado enfrentamientos violentos. El caso más grave ocurrió en Minneapolis: un agente federal mató a tiros a Renee Good, madre de tres hijos, en un incidente cuya versión oficial (defensa propia) es fuertemente cuestionada por videos y autoridades locales.
A nivel institucional, la novedad más inquietante es la investigación criminal abierta contra la Reserva Federal y su presidente Jerome Powell, tras resistir presiones para bajar tasas de interés. Este paso inédito contra el pilar de la estabilidad monetaria estadounidense ha generado fisuras incluso entre aliados conservadores; figuras como Maria Bartiromo (Fox Business) han expresado preocupación por el rechazo que genera en Wall Street.
Trump alterna discursos triunfalistas sobre una economía «en auge» con ataques directos («ese idiota se irá pronto») contra Powell. Sin embargo, las encuestas muestran solo 37% de aprobación en su manejo económico, su antiguo punto fuerte.
Historiadores como Joanne B. Freeman califican la situación como una presidencia «descontrolada» en niveles nunca vistos. Mientras demócratas y activistas progresistas advierten sobre deriva autoritaria, el entorno republicano insiste en que Trump simplemente cumple el mandato popular de priorizar seguridad y economía estadounidense.
Las elecciones de noviembre se perfilan como un juicio político directo sobre este estilo de gobierno hiperagresivo, polarizante y dispuesto a llevar al límite las instituciones. El ritmo vertiginoso de las primeras semanas de 2026 sugiere que la apuesta de Trump es clara: más confrontación antes que moderación, en un año donde cada decisión puede cambiar el tablero político y económico del país y del mundo.
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