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Trasfondo electoral en caso Jauregui/ La desmesura de Godoy/ Destape de Mary Adame

Meridiano 107 Texto: Meridiano 107
18 octubre, 2026
en > De fuentes confiables
Tiempo de Lectura: 9 minutos
Portada De fuentes confiables
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Trasfondo electoral en caso Jauregui

La detención de César Jáuregui no se agota en el escándalo de seguridad nacional por la presencia de agentes extranjeros, sino que opera también como una palanca de ajuste político interno. Diversos sectores afines al grupo afectado han señalado reiteradamente un trasfondo electoral muy claro: la intención de la gobernadora María Eugenia Campos por asegurar el control político en el estado e inclinar la balanza en el Partido Acción Nacional para imponer la candidatura de Santiago de la Peña Grajeda rumbo a la alcaldía de Chihuahua. Desde este ángulo, la justicia penal se instrumentaliza como un recurso de arbitraje político. 

          La salida de un cuadro pesado del gabinete y la eliminación de posibles contendientes internos revelan que los aparatos de procuración de justicia responden con frecuencia a las urgencias de la sucesión y a los reacomodos de cuotas de poder, más que a una depuración institucional genuina. Esta lectura partidista confirma que la crisis en Chihuahua es doble: por un lado, expone las grietas en la relación con el gobierno federal y los vacíos en el manejo de la soberanía; por el otro, desnuda una geografía interna de facciones donde los cargos públicos y los procesos judiciales se utilizan como fichas de negociación para someter voluntades y definir candidaturas a conveniencia del grupo en el poder.

Fractura en el partido gobernante

Esta respuesta afirmativa confirma que el uso político de la justicia en Chihuahua tiene un costo alto para la cohesión interna del partido gobernante. Cuando las instituciones se convierten en instrumentos para dirimir disputas por candidaturas y cuotas de control, la lealtad partidista se transforma en sobrevivencia de facciones. Este choque de intereses entre el grupo de la gubernatura y los sectores desplazados debilita las bases del instituto político. En lugar de construir un proyecto competitivo rumbo a los comicios, la imposición de perfiles como el de Santiago de la Peña Grajeda mediante la vía judicial erosiona la confianza interna y genera fracturas difíciles de limar.

          El saldo de esta estrategia es un partido dividido, con liderazgos locales distanciados y una oposición que observa cómo el oficialismo desgasta su capital político en pleitos cupulares. La instrumentalización de la ley para fines electorales no solo pone en riesgo la alcaldía de la capital, sino la estabilidad de todo el proyecto político en la entidad.

La defensa de riesgo del exfiscal

En este panorama, el video difundido el pasado 15 de octubre por César Jáuregui marcó un momento crítico en su defensa jurídica y política. Al aparecer con una marcada carga emocional para afirmar que no se arrepiente de combatir al crimen organizado, que lo volvería a hacer y que afrontará con gusto cualquier responsabilidad estatal o federal, el exfuncionario incurrió en un movimiento de alto riesgo. Desde la óptica del análisis legal, estas declaraciones equivalen virtualmente a una aceptación pública de los hechos imputados, lo que debilita la estrategia técnica de sus abogados y ofrece a la fiscalía un elemento retórico de confesión que difícilmente podrá borrarse en el juicio.

          Esta postura desafiante se enmarca en el escándalo originado por la operación de agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en la sierra de Chihuahua. El núcleo del caso gira en torno al narcolaboratorio localizado en El Pinal, un sitio donde la ausencia de detenciones levantó sospechas inmediatas sobre filtraciones y colusión institucional. Las piezas de este rompecabezas comenzaron a aclararse cuando, desde abril pasado, el periodista Ramón Alberto Garza García, director de Código Magenta, señaló a Guillermo Arturo Zuany Portillo —también imputado en el proceso— como la pieza clave que detonó la intervención estadounidense. Según la información revelada por dicha fuente, Zuany Portillo habría operado como informante de agencias de Estados Unidos en un desesperado intento por recuperar su visa retirada; en ese afán, no sólo dio el aviso sobre el laboratorio clandestino, sino que presuntamente alertó a las células operativas vinculadas con El Chapo Isidro para que se retiraran del lugar antes de la llegada de las autoridades, lo cual explica la desconcertante falta de aprehensiones durante el operativo original.

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           En este contexto se comprende el movimiento judicial registrado cuando la defensa solicitó formalmente desechar como prueba la declaración ministerial que el propio Zuany Portillo rindió en calidad de testigo. Para el equipo legal de Jáuregui, la confesión o testimonio de un coimputado que negoció con información para salvarse representa una amenaza directa, ya que su validez procesal podría derrumbar el dique de protección que el exfiscal general intenta construir. Así, el análisis político muestra a un César Jáuregui atrapado entre dos pinzas: por un lado, la presión del grupo en el poder que busca asegurar la sucesión en la capital mediante el reacomodo de fuerzas; por el otro, un entramado de complicidades internacionales, filtraciones de personajes como Zuany Portillo y su propia impulsividad discursiva que lo orilla a asumir culpas bajo el estandarte de la lealtad al combate contra la delincuencia.

La desmesura de Godoy

La acusación de traición a la patria formulada por Ernestina Godoy, titular de la Fiscalía General de la República (FGR), contra Jáuregui Moreno coloca el caso en una dimensión que rebasa el expediente penal y lo instala en el terreno de la historia política de México. No se trata de un delito menor ni de una expresión que pueda utilizarse a la ligera, pues en la memoria nacional la traición a la patria está asociada con guerras, invasiones extranjeras, conflictos por la soberanía y episodios en los que se decidió el destino de la República

          Por ello, llama la atención que una investigación sobre la participación de agentes estadounidenses en un operativo contra el narcotráfico desemboque en una acusación de semejante gravedad. La cuestión no es si las autoridades mexicanas tienen la obligación de impedir que agentes extranjeros actúen en territorio nacional al margen de la ley —lo cual está fuera de discusión—, sino si los hechos atribuidos a Jáuregui encuadran jurídicamente en el delito de traición a la patria y si existen pruebas suficientes para sostenerlo ante un juez.

          El 17 de octubre, la FGR informó que había cumplimentado una orden de aprehensión contra el exfiscal, concedida por un juez federal después de más de cien actos de investigación. Ernestina Godoy sostuvo que Jáuregui habría ordenado y coordinado el operativo realizado en abril en El Pinal, municipio de Morelos, Chihuahua, donde presuntamente participaron agentes de la CIA, lo cual habría invadido atribuciones reservadas a la Federación y comprometido la soberanía nacional. Esta acusación merece un examen riguroso, precisamente porque la soberanía nacional es un asunto demasiado serio para convertirlo en argumento automático de culpabilidad. Una cosa es investigar si hubo colaboración irregular con personal extranjero, determinar quién la autorizó y establecer si se violaron las leyes mexicanas, y otra muy distinta es acreditar el delito de traición a la patria; la diferencia no es semántica, sino jurídica.

Felipe Ángeles, Miramón y Mejía

Para dimensionar la trascendencia de un proceso de esta naturaleza, la historia de Chihuahua ofrece antecedentes ineludibles. El primero de ellos remonta a noviembre de 1919, cuando el general Felipe Ángeles —uno de los militares más reconocidos de la Revolución mexicana— fue capturado, trasladado a la capital del estado y sometido a un remedo de Consejo de Guerra extraordinario en el Teatro de los Héroes, siendo fusilado el 26 de noviembre de aquel año. Cabe hacer una precisión histórica indispensable: aunque su proceso se ha asociado en la memoria popular con la traición, las fuentes oficiales identifican el delito por el que fue juzgado como rebelión contra el gobierno constituido, por lo que no debe afirmarse que su condena formal fuera por traición a la patria. 

          No obstante, la comparación conserva su importancia al recordar cómo un tribunal militar juzgó en Chihuahua a un general por levantarse contra el gobierno en medio de disputas por el poder, la legitimidad y el destino de la Revolución. Que en el mismo estado vuelva a emplearse una figura penal cargada de semejante significado histórico no es un dato menor, aunque tampoco autoriza a establecer equivalencias automáticas entre dos épocas, dos sistemas jurídicos y conductas distintas.

          El antecedente histórico más notable del siglo XIX conduce a 1867, cuando los generales mexicanos Miguel Miramón y Tomás Mejía, quienes combatieron del lado del Segundo Imperio, fueron sometidos a un Consejo de Guerra en el Gran Teatro de Iturbide, en Querétaro, tras la derrota de Maximiliano de Habsburgo.  Acusados de traición a la patria por su participación en el régimen imperial respaldado por la intervención francesa, fueron fusilados el 19 de junio de 1867 con base en la ley del 25 de enero de 1862.

          Aunque la distancia histórica es considerable, el denominador común de estas figuras penales es la relación entre la conducta de una persona y la defensa de la soberanía nacional en un contexto de confrontación armada por el régimen político del país. En el caso de Jáuregui, en cambio, la controversia se origina en un operativo antidrogas donde, según la FGR, participaron agentes estadounidenses sin autorización federal. La cuestión central consiste en determinar si dicha participación ocurrió en los términos señalados, quién la permitió, cuáles eran las facultades de cada autoridad y qué delito corresponde a los hechos acreditados. La cooperación bilateral en materia de seguridad no elimina la soberanía mexicana, pero la existencia de una irregularidad administrativa o de una posible invasión de competencias no demuestra por sí misma la consumación de traición a la patria; el encuadramiento penal debe probarse.

Debido proceso frente a la carga política 

La desmesura de la acusación, vista desde su dimensión política, radica en el peso histórico de las palabras elegidas y en el efecto que producen antes de concluir el proceso judicial, colocando al acusado bajo una de las etiquetas más graves para un ciudadano mexicano. Corresponde a la Fiscalía investigar, presentar sus pruebas y sostener su acusación, mientras la defensa tiene derecho a conocer el expediente, controvertir los elementos y demostrar su propia versión de los hechos para que un juez determine lo legalmente procedente. Lo que no corresponde es sustituir ese procedimiento por un veredicto anticipado: ni el cargo que ocupaba Jáuregui lo exime de responder ante la ley, ni la gravedad del señalamiento demuestra su culpabilidad.

           La acusación de Ernestina Godoy ha llevado el caso a un terreno excepcional donde, desde Felipe Ángeles hasta Miramón y Mejía, los procesos vinculados con la rebelión, la colaboración extranjera y la soberanía han estado acompañados de profundas disputas políticas. Sin embargo, la historia obliga a distinguir los contextos y a no confundir los delitos. 

           En el caso de Jáuregui, la pregunta decisiva no es cuánto escándalo provoca la expresión de traición a la patria, sino si la FGR podrá demostrar con pruebas y argumentos jurídicos que la conducta atribuida satisface los elementos del delito. En un Estado de derecho, la soberanía se defiende haciendo cumplir la ley, pero también respetando el debido proceso; un estándar cuya garantía se vuelve sumamente compleja en México, y aún más difícil bajo la abrumadora carga política que envuelve el caso de Jáuregui Moreno.

Destape de Mary Adame

Bajo la fachada institucional de un ejercicio de rendición de cuentas, el Segundo Informe de Actividades de la regidora María Dolores Adame Alvarado se transformó en un evidente mitin de promoción política y en el espaldarazo oficial a sus aspiraciones por la diputación del distrito nueve local. La presencia del alcalde Héctor Rafael Ortiz Orpinel y de la estructura municipal no dejó margen a la duda: el aparato del Ayuntamiento se alineó para arropar a la coordinadora de Morena en el Cabildo, pavimentando el camino hacia la próxima contienda electoral en Ciudad Juárez.

          El discurso de Ortiz Orpinel no ocultó la carga política de su asistencia. Al alabar el «barrio» y la cercanía territorial de la edil, el presidente municipal utilizó los recursos y reflectores institucionales para legitimatizar a una de las piezas clave del grupo político que domina la administración local. No se trató de un reconocimiento aislado al servicio público, sino de una operación de grilla fina donde se midió la rentabilidad electoral.

         Las cifras presumidas durante el informe —centenares de títulos de propiedad, apoyos sociales y soluciones de bacheo o servicios públicos— revelan una maquinaria de clientelismo institucionalizado muy útil en periodos preelectorales. Utilizar la estructura de comisiones edilicias y la coordinación con dependencias municipales para pavimentar liderazgos territoriales evidencia el uso faccioso del erario y de la gestión social con fines proselitistas.

         La asistencia masiva de directores municipales y regidores confirmó que la prioridad del gobierno local es mantener el control político de los territorios mediante la promoción personalizada de figuras afines. Mientras los problemas estructurales de la frontera demandan soluciones técnicas y presupuestales de fondo, la administración prefiere apostar por el viejo estilo del acarreo y la simulación democrática, disfrazando destapes de informes legislativos. El distrito nueve ya tiene una candidata oficial bendecida desde el poder municipal, demostrando que en la política local los dados están cargados mucho antes de que arranque formalmente el proceso electoral

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