La Habana, Cuba.- Durante más de seis décadas, Estados Unidos ha intentado, por diversas vías, derrocar el régimen comunista en Cuba. Tras la destitución de Nicolás Maduro en Venezuela a inicios de enero de 2026 —uno de los aliados más cercanos y vitales de La Habana—, la administración de Donald Trump ha intensificado su estrategia de aislamiento económico, llevando a la isla al borde de un colapso sin precedentes. Expertos y analistas coinciden en que la situación actual es «insostenible», con cortes de combustible, apagones prolongados y racionamiento que amenazan con una crisis humanitaria.
La dependencia energética de Cuba ha sido clave en su vulnerabilidad. Históricamente, la isla producía solo alrededor del 40% del petróleo que consumía internamente. El resto provenía principalmente de Venezuela, que suministraba crudo subsidiado a cambio de servicios médicos, de inteligencia y militares cubanos. México se convirtió en un proveedor alternativo relevante en los últimos años. Sin embargo, tras la intervención estadounidense que removió a Maduro, Washington bloqueó los envíos venezolanos hacia Cuba y emitió una orden ejecutiva a finales de enero de 2026 amenazando con aranceles a cualquier país que suministre petróleo a la isla. México, bajo presión, suspendió sus exportaciones poco después, lo que eliminó cerca del 75-80% de las importaciones de combustible cubanas.
Esta medida, descrita por algunos como un «bloqueo efectivo» —aunque la Casa Blanca evita el término—, ha provocado escasez aguda. Reservas de petróleo se agotan rápidamente, con reportes de solo 15-20 días de autonomía en enero. Se han impuesto racionamientos en transporte público, bancos operan días limitados, y hay temores de que falte combustible para distribuir alimentos. Aerolíneas internacionales han cancelado o reruteado vuelos por falta de jet fuel, y servicios esenciales como hospitales y escuelas enfrentan cortes eléctricos diarios de hasta 20 horas en algunas zonas. El turismo, pilar económico tras la apertura parcial de Obama, también se resiente.
La política actual responde a una visión de larga data en Washington: eliminar un régimen comunista en su «patio trasero». Desde la Revolución de 1959, Fidel Castro nacionalizó propiedades estadounidenses, lo que desencadenó la invasión fallida de Bahía de Cochinos (1961), el embargo total y la Crisis de los Misiles (1962). Intentos de asesinato contra Castro y oleadas migratorias controladas por La Habana —como el éxodo del Mariel en 1980— sirvieron de válvula de escape para el descontento interno. La caída de la Unión Soviética en 1991 provocó el «Período Especial», de hambruna y crisis, pero el régimen sobrevivió recurriendo luego a Venezuela y al turismo.
Barack Obama intentó lo opuesto: apertura para exponer a los cubanos al capitalismo y fomentar cambios desde dentro. Trump revirtió gran parte de eso, endureciendo viajes, remesas y negocios. Biden mantuvo varias restricciones, pero el regreso de Trump en 2025-2026 marcó una escalada decisiva. El secretario de Estado Marco Rubio, de origen cubanoestadounidense y con raíces en la comunidad anticastrista de Miami, ha sido el arquitecto principal. Para Rubio, derrocar a Maduro era paso previo para asfixiar a Cuba, cortando su principal sostén petrolero. Trump ha calificado a Cuba como «amenaza extraordinaria» y ha instado a un «acuerdo» antes de que sea tarde, aunque expertos dudan de su viabilidad.
El cálculo de la administración es que la presión económica extrema —sin aliados dispuestos a rescatar a La Habana— fuerce un cambio de régimen o, al menos, concesiones profundas: reformas económicas, liberación de presos políticos o transición política. Sin embargo, riesgos abundan. El sistema cubano es monolítico y represivo, sin oposición organizada visible. Un colapso abrupto podría generar caos, violencia o migración masiva hacia Florida, complicando la política interna de Trump. Buscar un «socio» interno —como en Venezuela con figuras post-Maduro— parece improbable, ya que aceptar demandas estadounidenses sería visto como traición suicida.
Cuba ha resistido crisis previas ganando tiempo, reprimiendo disidencia y usando migración como válvula. Analistas serios —economistas, académicos— repiten que esta vez podría ser diferente: sin Unión Soviética ni Venezuela, y con un EE.UU. decidido a usar todo su poder económico. Trump ve en un eventual triunfo un legado histórico, resolviendo un problema que frustró a presidentes desde Eisenhower.
La isla enfrenta su prueba más dura en 67 años. Mientras tanto, el gobierno cubano denuncia un «bloqueo genocida» y llama a resistir. El desenlace —colapso, negociación forzada o supervivencia milagrosa— definirá si, tras décadas de esfuerzos, Washington logra finalmente su objetivo en el Caribe.